Reflexión

No soy digno, pero…

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Esta es la frase que decimos en la eucaristía, justo antes de la comunión. Está tomada de la escena del evangelio que narra el encuentro del centurión romano con Jesús y, por alguna razón, se coló en la liturgia quedando grabada para siempre en la memoria colectiva de la comunidad cristiana.

Pero, ¿Por qué esta frase y no otra? ¿Qué atrajo la atención de los primeros cristianos para considerar su inclusión en un momento central de la eucaristía?

La indignidad que confiesa el centurión (un gentil) antes de pedir la intercesión de Jesús (un judío) trasciende su condición religiosa y apunta a una vivencia compartida por todo creyente que, siendo sincero consigo mismo, reconozca sus propios límites. Se trata de la doble experiencia de reconocerse indigno, pero también capaz de buscar a Dios, de pedir su perdón y de hacer algo por cambiar.

Esa fue la experiencia y la esperanza de aquel romano cuyo nombre desconocemos. Consciente de sus límites, de su indignidad y de su pretensión, reunió las fuerzas necesarias para salir al encuentro de quien podía curar a uno de sus criados.

Hay un pequeño detalle en esta narración que ilumina la escena con una luz especial y suele pasar desapercibido. El centurión acude a Jesús implorando su intervención, pero lo hace en favor de uno de sus siervos. No pide nada para sí, ni para su familia, ni para sus soldados, sino para un simple criado.

Como leemos en el evangelio: “le rogó diciendo: Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos”. El centurión no busca su propia salvación, intercede para que otra persona sea sanada, una persona insignificante en ese contexto cultural: un criado que, por si fuese poco, además es paralítico.

La grandeza del centurión (y probablemente también el mensaje principal de esta historia del evangelio) no consiste solo en reconocer su condición indigna, sino en compadecerse ante el sufrimiento de alguien socialmente inferior, preocupándose por él. Es su compasión hacia el débil la que le impulsa, primero, a buscar ayuda y la que le permite, a continuación, experimentar la cercanía y la gracia de Dios expresada por medio de las palabras de Jesús.

Como si de un boomerang se tratase, la compasión se vuelve hacia él mismo transformada en alabanza, una de las mayores que encontramos en los evangelios:

“Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande”.

¿Puede ser ésta la razón por la que la primitiva comunidad cristiana, abierta cada vez más al mundo gentil,  identificó la figura del centurión como alguien clave? ¿Fue por ello que decidió recordarle en la invocación de los fieles previa a la comunión?

El centurión representa a los gentiles que son invitados a participar del banquete de la eucaristía, pero simboliza algo todavía más importante en la configuración del cristianismo: la centralidad de la caridad como una de las tres virtudes teologales.

Es la mezcla de compasión y fe sincera de una persona que se reconoce indigna la que conmueve a Jesús y la que lo hace tan auténtico ante la comunidad cristiana. Es la mezcla de humildad y valentía la que caracteriza al centurión; la humildad de quien reconoce su propia fragilidad y la valentía de quien no queda por ello paralizado a la hora de ayudar al prójimo.

La dura experiencia de una creyente contemporánea ilustra con fuerza esta combinación de fe lúcida, humilde y compasiva.

Hoy sabemos por su propio testimonio que Teresa de Calcuta vivió una larga noche oscura, siendo incapaz de encontrar a Dios en la oración. Sin embargo, no dejó por ello de salir a las calles de Calcuta cada mañana, día tras día, año tras año, para buscar y acompañar a los moribundos, dándoles consuelo y una sepultura digna.

Teresa era consciente de su indignidad, su desorientación y su fragilidad, pero dejó, a pesar de la dolorosa ausencia de Dios, que la compasión fuese sostén, guía y luz. En este caso, fue la caridad quien sostuvo a la fe. “No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya me dará fuerzas para acompañar a este moribundo”, debió pensar Teresa en más de una ocasión.

A menudo la experiencia de nuestras limitaciones nos paraliza y nos empequeñece, ensimismándonos en nuestro pequeño mundo de preocupaciones, impidiéndonos prestar atención a las necesidades del otro. Frente a esta tentación, los testimonios del centurión, de Teresa y de tantos otros creyentes sirven de inspiración y estímulo para vivir nuestra fe en medio de la incertidumbre. Se trata de reconocer nuestros “peros”, sí, pero no para excusarnos o echarnos atrás, sino para dar un paso adelante, a pesar de las dudas.

Porque todos somos indignos, y en unos momentos de la vida más que en otros: indignos de llamarnos seguidores de Jesús; indignos de pedir cuando olvidamos agradecer; indignos de la gracia de Dios, que es siempre un regalo inmerecido.

La entrada de Jesús en la casa del centurión y la curación del criado paralítico representan la irrupción –sorprendente, gratuita y sanadora– de la gracia en la vida de aquellos que buscan a Dios con sinceridad y conscientes de sus límites. Por ello la presencia fugaz de este hombre en el evangelio nos recuerda algo fundamental: cuando nos convertimos en mediadores, intercesores y canales de la misericordia superamos nuestra mediocridad y abrimos las puertas a la gracia de Dios.

Entonces entramos en comunión con los creyentes que nos han precedido, con los cristianos anónimos que buscan a Dios y ayudan al prójimo sin quedar paralizados por sus miedos y miserias. Porque entrar en comunión consiste en reconocer que “no soy digno de que entres en mi casa, Señor, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación fue publicada en el libro “La llegada de un dios salvaje” (2019)

https://gcloyola.com/ebook/3178-llegada-dios-salvaje-9788429327120.html

Foto: pixabay

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