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Un fuego que enciende otros fuegos

La mayoría de los católicos, a diferencia de los cristianos pentecostales, no hablamos mucho del Espíritu Santo. Nos resulta un tema lejano y un tanto extraño. Quizás por ello solemos dirigirnos a Dios, a Jesús y a María, pero rara vez al Espíritu. A los curas nos pasa igual. No solemos predicar sobre la tercera persona de la Trinidad y, aunque empecemos la misa invocando al Espíritu, la terminemos dando la bendición en su nombre e insistamos en la importancia de la “vida espiritual”, rara vez hacemos del Espíritu Santo el centro de nuestras predicaciones.

Con el Espíritu sucede como con la vajilla de porcelana que mi abuela utilizaba en contadas ocasiones. Ella, por miedo a que se rompiese, la tenía guardada en un mueble; nosotros, por no saber muy bien cómo hablar del Espíritu, acabamos hablando de otras cosas.

Sin embargo, y esta es la paradoja, sólo tenemos acceso a Dios por medio del Espíritu. El propio Jesús ya nos advirtió, “a Dios nadie lo ha visto nunca”. No esperemos nosotros verlo tampoco. Al único que podemos experimentar de forma directa es al Espíritu Santo. Como recordó Pablo en el areópago a los atenienses, “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos”.

Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, el día del año en que la liturgia subraya la importancia del Espíritu Santo, el día que recordamos el envío y la presencia permanente del Espíritu entre nosotros. Este es un buen día para sacar a la luz el tesoro mejor guardado de nuestra tradición y preguntarle: ¿Quién eres y qué haces entre nosotros?

El Espíritu nos abre los ojos 

Una breve historia nos puede ayudar a entender qué es lo primero que hace el Espíritu en nuestras vidas: abrirnos los ojos.

Hace unos años, una mujer llamada Sheila Harkin, ciega de nacimiento, recuperó la vista gracias a una nueva técnica médica. Después de la larga operación, pudo ver el mundo con sus propios ojos por primera vez. En una entrevista que ofreció poco tiempo después, dijo:

Nunca pensé que el mundo fuera tan bello. Ahora me cruzo con la gente y les digo: “¿Has visto lo bonita que ha sido la puesta de sol de esta tarde?” Siempre me dicen que no se han dado cuenta. Lo dan por supuesto, supongo. Me encanta el color de las flores, de los árboles, del césped… Todo es tan diferente de lo que yo había imaginado. No quiero ganar la lotería. Sólo quiero ver.

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Sheila tenía razón en dos cosas; vivimos en un mundo bello y pocas veces nos paramos a contemplarlo. San Agustín expresó una intuición similar, poco después de su conversión, en una de las frases mejor conocidas de las Confesiones: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba … Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo.”

Para un creyente, la belleza presente en la naturaleza y en el interior de cada uno es signo de la presencia del Espíritu. Convertirse consiste en abrir los ojos y descubrir esa presencia en lo cotidiano. Los signos escondidos en la realidad cotidiana sólo se descubren abriendo los ojos de nuevo, como Sheila, o tras una conversión, como Agustín.

El agradecimiento y la sorpresa por las cosas sencillas y cotidianas, por tanto, están en el centro de la experiencia de Pentecostés. Quien sólo espera encontrar al Espíritu en situaciones extraordinarias, es probable que no lo encuentre nunca. Ejercitar la mirada, examinando y dando gracias por todo lo bueno que recibimos a diario, es una de las mejores maneras de descubrir su presencia.

El Espíritu ilumina 

Pero la experiencia de Sheila y de Agustín se nos quedan cortas para entender cómo funciona el Espíritu Santo en nuestras vidas. Se quedan cortas porque el Espíritu no es sólo, ni principalmente, una experiencia estética y personal. El Espíritu es una experiencia de grupo, una experiencia que se vive y se alimenta en comunidad. Por ello, las historias que nos hablan del Espíritu Santo en la biblia casi siempre suceden teniendo como protagonista a un grupo de creyentes.

El día de Pentecostés, los discípulos experimentaron la alegría, la paz y la unidad en medio de una situación dominada por el miedo, la ceguera (era de noche) y la cerrazón (las puertas estaban cerradas). Es en esa situación angustiada, de oscuridad y aislamiento, cuando irrumpe el Espíritu de Jesús para traer paz, abrir las puertas e iluminar la noche.

La imagen tradicional de Pentecostés –un grupo de personas encerradas a oscuras y en silencio– siempre me ha recordado esos conciertos multitudinarios cuando el cantante, al final ya de su intervención, toca la canción que esperaban sus fans desde el principio. Es en ese momento, al generarse un fuerte sentimiento de comunión y fraternidad, cuando los asistentes sacan sus mecheros (ahora móviles) y empiezan a cantar al unísono, abrazados e iluminados por cientos de frágiles y pequeñas llamas.

Pentecostés no consiste tanto en ser iluminados desde fuera, por un fuego exterior, como en la capacidad de vibrar juntos, apoyarnos mutuamente e iluminarnos unos a otros.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos lo ha contado de otra manera al hablar de la sorprendente unidad generada entre creyentes provenientes de todo el mundo, capaces de “oír hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”. En medio de la diversidad de lenguas –símbolo del pecado y la ruptura de la comunión en el relato de la torre de Babel– los creyentes son capaces de entenderse, “cada uno los oía hablar en su propio idioma”. Pentecostés es la cara opuesta del relato de la torre de Babel. Si el orgullo humano generó incomunicación en Babel, el Espíritu Santo restableció la comunión.

Esta es otra de las intuiciones cristianas sobre el Espíritu: podemos convertirnos en cauces de comunicación, podemos iluminarnos los unos a los otros, podemos ser reflejo de la presencia del Espíritu a nuestro alrededor. Podemos convertirnos en imágenes luminosas de Dios, en signos de su presencia.

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El espíritu da consistencia 

Pero la presencia del Espíritu no es sólo una experiencia estética y una experiencia puntual que genera unión en un grupo humano. Esa unión, si es fruto del Espíritu, se mantiene a lo largo del tiempo.

Porque el Espíritu no solo genera entendimiento y comunión en la iglesia; también la cohesiona y la sostiene a lo largo del tiempo. A diferencia del sentimiento generado en los eventos multitudinarios–como un flash-mob o un concierto–la experiencia del Espíritu, cuando es auténtica, permanece y une al grupo a lo largo del tiempo.

La palabra religión, en una de sus muchas acepciones (re-ligio), significa re-ligar, unir, mantener cohesionado. Esta manera de entender la religión nos indica que el Espíritu no es una experiencia temporal, fluida y pasajera; es aquello que “religa”, da solidez y consistencia a la comunidad.

Igual que el cemento–mezclado con áridos y agua, tras un tiempo de fraguado–forma una estructura sólida y resistente, también la presencia del Espíritu alimentada en la contemplación, en los sacramentos, en la vida de comunidad y en los actos de caridad nos hace creyentes sólidos, fuertes frente a las dificultades y las dudas.

Es habitual escuchar que, en lugares donde ha estallado una guerra, son las organizaciones religiosas las últimas en marchar. Cuando los organismos internacionales y las empresas se han ido, son solo ellas las que permanecen. Hay algo que las hace resistentes al desánimo y les da fuerzas para continuar en medio de las dificultades, algo que las cohesiona y sostiene en el tiempo.

El Espíritu, para los cristianos, es el cemento de la vida de fe y el que cimienta la comunidad. La iglesia es fruto del Espíritu y sigue viva gracias al Espíritu. Cuando no sabemos a quién acudir, es el apoyo que nos sostiene; cuando parece que no podemos más, es la fuerza que sale de nuestra flaqueza; cuando parece que estamos solos, es la presencia que nos acompaña.

El Espíritu abre los ojos. El Espíritu genera comunidad. El Espíritu consolida la fe. El Espíritu “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos”.

Jaime Tatay, SJ

Estas y otras meditaciones están publicadas en mi libro:

La llegada de un Dios salvaje (2019)

Hechos de los apóstoles 2, 1-11


Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

-No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, cómo es que cada uno los olmos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua

1 Corintios 12, 3b-7. 12-13


Hermanos:
Nadie puede decir: Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Juan 20, 19-23


Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

    Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

 

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Homilia

Caminar, hablar y comer juntos

Estoy leyendo a ratos sueltos el último libro de Antonio Spadaro, un compañero jesuita italiano periodista que ha reflexionado sobre los retos y las oportunidades que “la red” ofrece a la teología. El título del libro es clarificador: “Ciberteología. Pensar el cristianismo en tiempos de la red.”

No pretendo hacer aquí propaganda de su libro (aunque es recomendable), sino tomar prestada una de sus intuiciones para tratar de traducir a nuestro tiempo y a nuestro lenguaje algo de lo que (creo) sucedió en el conocido relato de los caminantes de Emaús, el evangelio correspondiente a este III Domingo de Pascua.

En los últimos siglos, sugiere Spadaro, el hombre habría pasado de ser una brújula –que se orienta de forma natural a Dios– a ser un radar –que busca sentido por su cuenta, a menudo en el vacío–.

La brújula quedó rota, de forma irremediable, al dejar nuestras sociedades de mirar colectivamente a Dios como algo evidente y normal. El norte magnético dejó hace tiempo de ser Dios y las agujas dejaron de señalar en una única dirección.

Ahora son muchos los polos de atracción, las propuestas de vida y sentido en circulación. Por eso el radar sustituyó a la brújula durante un tiempo. Esta metáfora, aunque todavía útil para explicar nuestro modo de buscar sentido en la vida está, sin embargo, cada vez más agotada. El creyente hoy se enfrentaría a la soledad de una búsqueda individual que a menudo resulta estéril y desalentadora –como un radar que escanea en silencio un espacio vacío, sin recibir ninguna señal clara–.

Ni la brújula ni el radar, por tanto, servirían ya para explicar cómo funcionamos los creyentes en nuestro tiempo.

En la era digital (la “era de la red”), según Spadaro, nos habríamos convertido en algo así como en de-codificadores, personas desbordadas por las múltiples propuestas de sentido en circulación, bombardeadas constantemente por respuestas que, antes incluso de haber podido formular preguntas, nos seducen y atraen.

El gran reto de nuestra época, por tanto, consistiría en aprender a discernir en el gran supermercado cultural, en aprender a seleccionar y “de-codificar” bien las múltiples propuestas que recibimos, antes de confirmar su validez.

El camino de la fe, visto así, no consiste tanto en ponerse en camino hacia “un norte” (que ya no resulta evidente) ni en encontrar respuestas lógicas, atractivas o novedosas (respuestas que tenemos en abundancia), sino en formular bien las preguntas que nos conducirán a la respuesta más adecuada.

Este camino es el que recorren los discípulos de Emaús.

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Efectivamente, al principio de la historia, los caminantes de Emaús van perdidos y desorientados, sin norte y sin brújula. Por eso, desconsolados y tristes, vuelven a su lugar de origen. No son capaces de interpretar –de leer en el radar de la experiencia– lo que ha sucedido en Jerusalén durante los días de Pascua. La brújula ha quedado rota y el radar “barre” la experiencia vivida, sin encontrar nada.

Los testigos de la Pasión, tras la muerte de Jesús, quedan desorientados, incapaces si quiera de formular preguntas adecuadas. “Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto”, le dicen al peregrino desconocido que camina junto a ellos.

Entonces es cuando Jesús interviene e inicia el diálogo que dará un vuelco a la historia: “Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.”

Jesús, recordémoslo, porque es importante, no enseña nada nuevo en el camino de Emaús, tan sólo explica las escrituras y cena junto a los dos peregrinos. Es en el camino hacia Emaús -andando, hablando y finalmente comiendo juntos- cuando los discípulos aprenderán a preguntar bien y a descubrir al resucitado junto a ellos.

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Es la larga conversación y la cena compartida la que obrará la transformación, la que hará que todo se vea y se escuche con ojos y oídos nuevos. Como reconocerán sorprendidos más tarde, a toro pasado: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Caminando, dialogando y compartiendo la comida, los discípulos de-codifican el mensaje cristiano.

Porque este es el mensaje principal que la iglesia nos lanza este domingo: en el diálogo itinerante y en la cena compartida –en la palabra y en el sacramento– aprendemos a entender y ver, poco a poco, lo que nos ha sucedido. Cuando escuchamos la palabra, nos disponemos a escuchar y celebramos la vida, empezamos a ver con ojos nuevos aquello de lo que hemos sido ya testigos.

Dicho de otro modo, y volviendo a la sugerencia de Spadaro, los peregrinos aprenden, mediante la escucha y el diálogo, mediante la hospitalidad y la celebración comunitaria, a de-codificar los mensajes recibidos anteriormente y apropiárselos, como si fueran nuevos. Con nosotros, dos mil años después, sucede algo muy similar. No podía ser de otra manera.

Del relato de Emaús podemos extraer pistas para nuestra vida de fe y para la vida de nuestras comunidades cristianas. Algunos han afirmado que el evangelio de Emaús es una catequesis modélica que resume muy bien los tres pilares, las tres patas, sobre las que se apoya una identidad cristiana bien formada: la escucha dialogada de la palabra, la celebración de los sacramentos y el compromiso ético comunitario.

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Palabra, sacramento y hospitalidad conducen, por tanto, a la fe en el resucitado. Pero la relación funciona en ambos sentidos; la fe en Cristo resucitado nos envía también a cuidar los tres pilares que nos sostienen como comunidad cristiana: la escucha atenta de las escrituras, la celebración comunitaria de los sacramentos y el compromiso con los necesitados de nuestro mundo.

Jaime Tatay, SJ

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Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

-«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:

-«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»

El les preguntó:

-«¿Qué?»

Ellos le contestaron:

-«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron. »

Entonces Jesús les dijo:

¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:

-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron:

-«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

-«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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