Homilia

El descenso por amor

En la película El Señor de los anillos, la elfa Arwen -hija de Elrond- abandona su privilegiada vida por amor a Aragorn –hijo de Arathorn. Renunciando a la inmortalidad élfica, Arwen entrelaza su destino con el de los hombres.

Traigo a colación esta historia de la taquillera película basada en las novelas de Tolkien porque el bautismo de Jesús -la fiesta que celebramos hoy- puede entenderse también como un descenso, por amor, hacia la humanidad. La historia de Arwen y Aragorn ilumina, salvando las diferencias, la decisión de Jesús de hacer cola y pedir el bautismo. Arwen y Jesús descienden (repito, por amor) hasta el corazón de lo humano, para acompañarlo.

Es cierto que ambas historias no son del todo comparables. De hecho hay diferencias importantes: la decisión de Jesús no supone una pérdida de superpoderes, sino una identificación más profunda con una realidad –la humana– a la que Jesús ya pertenece desde su concepción; el detonante de la decisión de descender no es el amor a una persona concreta, sino la misión de amar, a todos, hasta el extremo; una misión que no consiste en salvar a la Tierra Media del poder de Sauron y destruir el anillo, sino en salvar a la humanidad y llevar adelante el Reino de Dios.

Sin embargo, e insisto una vez más, hay un elemento clave en las historias de Erwin y Jesús que justifica la comparación y que, a mi juicio, está en el centro del mensaje del evangelio: el descenso por amor.

El bautismo de Jesús nos recuerda quién es Dios, amor que desciende; y cuál es su misión, proclamar al mundo la irrupción del amor que desciende a la vida de los hombres.

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Es el tipo de misión que resuena ya en las palabras del profeta Isaías, una misión que consiste en abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y, de las mazmorras, a los que habitan en tinieblas. El descenso de Jesús al Jordán anuncia su bajada a los sótanos de lo humano para liberar, devolver la vista y sacar de la oscuridad. El amor que desciende rompe cadenas, abre los ojos e ilumina la vida.

Recuerdo que en clase de historia medieval de la iglesia oí hablar por primera vez de los mercedarios, una congregación de religiosos fundada por San Pedro Nolasco en el s. XIII. Los mercedarios se comprometen, con un cuarto voto, a liberar a otros más débiles en la fe, aunque su vida peligre por ello. En la edad media se intercambiaban, literalmente, por prisioneros cristianos cautivos en el norte de África.

Si tuviésemos que elegir un ejemplo de amor gratuito, desinteresado, de “amor que desciende” hasta las mazmorras –literalmente– para salvar al que está preso, los mercedarios serían un magnífico ejemplo. Un ejemplo que, sin embargo, resulta incómodo, extremo y provocador. ¿No es excesivo este tipo de “descenso”, no produce vértigo imaginar una decisión de este tipo?

Esta es también la reacción entre los elfos ante la decisión de Arwen. Elrond, el padre de Arwen, pregunta preocupado a su hija si está segura de las consecuencias que supone descender al mundo de los humanos y renunciar a la inmortalidad. “Debido a su amor, temo que disminuirá la Gracia de Arwen, Estrella de la Tarde”, afirma otro de los elfos.

Una reacción similar de sorpresa y desconcierto expresa Juan cuando, escandalizado por la petición de Jesús de ser bautizado, se resiste y le pregunta: “¿Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Su sorpresa refleja la resistencia de la primera comunidad cristiana para entender la petición de Jesús, ¿cómo puede ser que el Mesías pida un bautismo que, en el caso de Juan, era “para el perdón de los pecados”?

El desconcierto de Juan y de los primeros cristianos es en parte lógico, pero, por otro lado, ilustra también la dificultad para reconocer en Jesús a uno de los nuestros y, por tanto, a nosotros en Él. Mantener a Jesús a distancia, en otra categoría -como alguien “de otro mundo”, como un elfo sólo en apariencia humano- es una de las grandes tentaciones del cristianismo (en teología se llama docetismo).

En el fondo, esta tentación es una excusa para no mirarnos más en Él, para no dejarnos arrastrar más por Él, para no identificarnos más con Él. El descenso de Jesús, su identificación con nosotros, su descenso por amor, nos compromete y nos invita a unirnos a su movimiento.

El relato del bautismo, como digo, resultó enormemente incómodo para los primeros cristianos, que insistían en la divinidad de Jesús. ¿Cómo es posible que Jesús haga cola, como uno más, para pedir el bautismo? ¿Acaso el Hijo de Dios no se encarnó y se hizo igual al hombre en todo, menos en el pecado? Jesús, sin embargo, no responde a la pregunta de Juan, la deja en suspenso al remitir a la voluntad del que le envió: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere”.

Dios quiere descender y su descenso, libre y gratuito, por amor, provoca siempre una mezcla de fascinación y sorpresa. Provoca preguntas que no pueden responderse.

Podríamos poner más ejemplos contemporáneos de esta lógica de descenso libre y gratuito que descoloca: el perdón radical de Nelson Mandela, por amor, en Sudáfrica; la bajada de Teresa de Calcuta, por amor, al submundo de la pobreza en la India, etc. La lista es larga. Hay algo en todas estas historias que atrae y repele al mismo tiempo. Algo que no puede ser totalmente explicado ni entendido, sólo intuido.

La decisión de Jesús no sorprendió solo a Juan, nos sigue sorprendiendo a todos, cuando profundizamos en ella. El amor, cuando desciende, es escandaloso, provoca e interpela. “¿Sería yo capaz de algo así, en circunstancias similares?”, nos preguntamos todos en algún momento. “Dejémoslo ahora. Está bien así”, nos decimos también al tratar sin éxito de encontrar razones que expliquen la lógica de estas historias.

El amor que desciende remueve, provoca y fuerza una reacción. Es cierto que en la vida nos mueven muchas cosas: la envidia, el deseo, el placer, el prestigio, el dinero, pero, sobre todo, lo que nos moviliza a largo plazo, es el amor. El amor es el detonante de muchas decisiones, conscientes o inconscientes, que nos acompañan toda la vida.

Ninguna persona amada de forma gratuita queda igual. Todos somos transformados por el amor: Aragorn por el amor generoso de Arwen, el cautivo por el amor inesperado del mercedario, el pueblo sudafricano por el amor que perdona de Nelson Madela, el dalit por el amor que sana de Teresa de Calcuta, el creyente por el amor universal de Cristo. Todos, sin exepción, quedan marcados para siempre, transformados por un amor que desciende para elevar al amado y sacar lo mejor que lleva dentro. El amor que desciende se traduce en el ascenso de lo humano.

El amor de Dios funciona como una polea, baja para otros suban; al ser visitados por el amor que desciende, nosotros subimos.

Este es el mensaje central del cristianismo.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación apareció publicada en el libro: “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/ebook/3178-llegada-dios-salvaje-9788429327120.html

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Homilia, Reflexión

El laberinto de la soledad y el hilo de la fe

El poeta y filósofo Jorge Riechmann afirma que las nuevas tecnologías –en especial el smartphone– han conducido a muchos al “laberinto de la cibersoledad”. La expresión, un poco rebuscada, ilustra sin embargo muy bien la conclusión a la que algunos sociólogos han llegado con palabras más sencillas: en la era digital vivimos permanentemente conectados, pero estamos solos (o corremos el riesgo de acabar estándolo).

No hay más que asomarse a la calle, darse un paseo o subirse al autobús para comprobar que hemos dejado de mirar al cielo, al tráfico y –lo que es todavía peor– a la cara de las personas. Abducidos como estamos por las pantallas luminosas de nuestros dispositivos móviles no prestamos atención a lo que pasa a nuestro alrededor.

Llevan razón estos lúcidos observadores de nuestro tiempo: el mundo digital y tecnológico ha traído sin duda ventajas y posibilidades insospechadas de comunicación instantánea e información ilimitada, sí, pero también nos ha encerrado en nosotros mismos creando personas ensimismadas, perdidas en la “cibersoledad” de la red, aisladas en un mundo habitado por amigos y contactos virtuales.

Esta realidad recuerda el mito griego que cuenta la historia de Ariadna, la hija del rey Minos de Creta, quien, para evitar que su enamorado el príncipe Teseo se perdiese en el laberinto del minotauro, tuvo la sencilla idea de darle un ovillo. “El hilo”, pensó lúcidamente la princesa, “le acompañará y le guiará de vuelta hasta la entrada después de dar caza al minotauro”. Y así fue. Sin el hilo, Teseo hubiese quedado, como tantos contemporáneos nuestros, desorientado en el laberinto. Gracias a esa guía, sin embargo, consiguió salir y emprender el viaje de vuelta a Atenas junto a Ariadna.

El hilo de la fe

El Adviento, igual que hizo Ariadna con Teseo, pone también en nuestras manos un ovillo, uno capaz de guiarnos a lo largo de todo el año por el laberinto de la vida. En este tiempo, los cristianos recordamos la humanidad de Dios –su encarnación y su sorprendente cercanía– y tratamos de cuidar o retomar el contacto con familiares y amigos. Es el tiempo por excelencia de las comidas, los reencuentros y las celebraciones; es el tiempo de la conversación, la compañía y la relación personal.

Por eso la Navidad contrasta con fuerza con el resto del año. Frente a la prisa, la dispersión y la soledad a la que nos aboca muchas veces el mundo laboral y la vida moderna, la Navidad invita justo a lo contrario: a la estabilidad, al diálogo y a la fraternidad. Invita, en definitiva, a retomar el hilo de lo importante, de aquello que nos humaniza: la amistad, la vida de fe y la celebración sencilla de la vida.

Cuando escuchamos a Jesús decir –en una frase tantas veces repetida– “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no está diciéndonos que haya un solo camino que todos tengamos que recorrer para alcanzar una vida plena. Se refiere, más bien, a su presencia en todos y cada uno de los caminos, como hilo conductor, guía y sentido. Sus palabras son más una invitación que una afirmación.

La fe cristiana no garantiza que no nos desorientemos, ni que jamás experimentemos la soledad, ni que nunca lleguemos a perdernos en el laberinto de la existencia. De hecho, igual que le sucedió a Teseo, a lo largo de nuestro peregrinar por este mundo acabamos con frecuencia perdidos y necesitados de orientación. ¿Quién no ha precisado en algún momento de su vida que le “echen un cable”, un hilo que le saque de las dificultades, le reoriente y le permita volver de nuevo a casa?

Como advierte Jesús a sus discípulos, “cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no tengáis pánico […] no se perderá ni un pelo de vuestra cabeza”. El Jesús adulto e itinerante afirma que al final no nos perderemos –que no se perderá, metafóricamente, ni uno de nuestros cabellos–. Nos asegura su presencia fiel, hasta el extremo, hasta el más oscuro de los laberintos que es la muerte. Pero es ahora, en el Adviento, al inicio, cuando el Dios que se hace humano nos invita a ser acompañante, hilo conductor del año que tenemos por delante.

Escuchemos su invitación, miremos su rostro, fijémonos en los brazos extendidos del niño en los belenes que veremos por todas partes durante estos días. Es Dios mismo quien nos tiende una mano, quien nos echa un cable, quien nos ofrece, como Ariadna, el extremo del ovillo, para que lo cojamos y no nos perdamos.

Durante el Adviento y la Navidad recordamos el inicio de la historia de la salvación, el principio de esa gran narración que es la vida de Jesús, aquella que nos acompañará y que iremos “desenrollando” si la meditamos y la hacemos nuestra. El inicio del ciclo litúrgico coincide con la época en que celebramos nuestra común humanidad y nos deseamos lo mejor unos a otros, el momento en que hacemos propósitos de vida nueva.

¡Y qué mejor propósito que coger el ovillo por el extremo y no soltarlo! No lo soltemos nunca, porque aquel que tira del hilo de la fe, no se perderá.

Jaime Tatay, SJ

Esta y otras reflexiones las he publicado en el libro “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/el-pozo-de-siquen/3162-llegada-dios-salvaje-9788429327304.html

Foto: paperblog.com

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