Reflexión

El evangelio de la simplicidad voluntaria

A lo largo de la historia, la mayoría de tradiciones religiosas han propuesto a sus seguidores vivir de un modo sencillo y sobrio, rechazando la avaricia, la usura y el materialismo. La razón principal de este consenso no es un rechazo al bienestar y a la riqueza (que es considerada, casi siempre, una bendición) sino una constatación tan simple como evidente: cuanto más tiempo y energías invertimos en alcanzar fines materiales, de menos disponemos para los aspectos inmateriales y relacionales de la vida, incluidos los espirituales.

La crítica al consumo excesivo y a la acumulación material atraviesa la tradición cristiana llegando hasta nuestros días. Recientemente, el Papa Francisco ha popularizado la expresión cultura del descarte, poniendo en relación la dimensión material y humana de una cultura que “usa y tira” a las personas y a la naturaleza. Con esta expresión, Francisco subraya la dimensión social de la tradicional crítica religiosa al materialismo introduciendo al mismo tiempo la preocupación por el medioambiente como una cuestión moral.

Las raíces históricas de la distorsión cultural a la que apunta Francisco son múltiples y desbordan el objeto de esta breve reflexión. Pero resulta oportuno recordar al menos uno de los motivos principales que hacen que una sociedad entre en la triple dinámica de degradación espiritual, social y ecológica.

Una convicción básica común a las tres grandes religiones bíblicas afirma que el ser humano se desorienta con facilidad y su corazón no se centra en lo más valioso, en aquello que le enriquece, crea vínculos profundos y da sentido a su existencia. Tradicionalmente, a esta ruptura en la tradición cristiana se le ha denominado pecado o mysterium iniquitatis.

Debido a esta distorsión, el creyente es invitado a cambiar de dirección y a volver, una y otra vez, a lo importante, dejando a un lado aquello que le estorba, incluidas las excesivas propiedades materiales.

Tanto es así que la llamada a una re-orientación radical de las motivaciones y los fines últimos de la vida constituye el mensaje central de la predicación de Jesús. Sus primeras palabras, en el evangelio de Marcos, son: “conviértete y cree en la buena noticia”.

Pero, ¿qué puede significar hoy día convertirse y creer en la buena noticia? Estos dos términos han sido interpretados de muy diversos modos a lo largo del tiempo y siguen siendo objeto de discusión para exegetas, teólogos, pastores y creyentes. La pregunta, sin embargo, desborda el marco del cristianismo –e incluso el de las religiones– y se introduce, desvestida de su ropaje confesional, en algunos debates seculares contemporáneos que han ido cobrando fuerza en las últimas décadas.

Así se pone de manifiesto en las propuestas académicas y los movimientos sociales que propugnan abiertamente –aunque sin hacer referencia a ninguna tradición espiritual– una necesaria conversión hacia estilos de vida austeros, frugales y sobrios, hacia una nueva simplicidad voluntaria.

Dos de estos movimientos seculares, provenientes del mundo anglosajón, resultan significativos por su sintonía con el tradicional mensaje religioso y por ensalzar el denostado valor de la ascesis. Se trata del Simplicity Institute (Instituto de la Simplicidad) y una pareja de jóvenes norteamericanos autodenominada The Minimalists (Los Minimalistas) que invita a simplificar la vida reduciendo el nivel de consumo y la cantidad de posesiones materiales con el fin de conseguir una mayor plenitud existencial.

Las procedencias y motivaciones de estos dos grupos son diversas, pero ambos coinciden en la búsqueda de una vida armónica y plena, en la necesidad de aceptar los límites ambientales de un planeta que no puede soportar un consumo ilimitado, en la conciencia de que los más pobres pagan los platos rotos del despilfarro y en el celo misionero por transmitir su particular evangelio de la simplicidad voluntaria.

El mensaje de estos nuevos predicadores seculares contrasta poderosa y paradójicamente con el de otros predicadores pentecostales y evangélicos contemporáneos que, en las últimas décadas, han divulgado con gran éxito el llamado evangelio de la prosperidad. La expresión se remonta al artículo del industrialista y multimillonario Andrew Carnegie, The Gospel of Wealth (1889). Con un sentido algo distinto del de Carnegie, los proponentes de la nueva interpretación afirman que el bienestar físico y la riqueza económica son siempre voluntad de Dios. La fe, el pensamiento positivo y las donaciones a causas religiosas a la larga aumentan la riqueza material. De ahí que los predicadores del evangelio de la prosperidad animen a sus fieles, inspirándose en algunos textos bíblicos, a orar e incluso a exigir a Dios la riqueza material.

Aunque no hay necesidad de entrar en el interesante debate teológico que se esconde tras la propuesta del evangelio de la prosperidad y su vinculación con el auge de las iglesias evangélicas y pentecostales que lo han divulgado con gran éxito (sobre todo en países en vías desarrollo), sí merece la pena contrastar su mensaje con el del –en apariencia tan secular– evangelio de la simplicidad voluntaria para descubrir que a menudo, en cuestiones religiosas, las apariencias engañan.

Engañan porque no queda nada claro cuál es el límite entre lo secular y lo religioso y quién, bajo un lenguaje y un ropaje espiritual, trata de vender (nunca mejor dicho) la moto del materialismo. Quizás debamos escuchar con atención otras voces que, desde los lugares más inesperados, usan palabras nuevas para indicarnos caminos recorridos desde muy antiguo.

Antonio Machado escribió: “a distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una”. Quizás el gran poeta andaluz presagiaba ya la urgencia del discernimiento espiritual y la necesidad de una nueva ascesis en el modo contemporáneo de vivir la fe.

En cualquier caso, no está de más prestar atención a toda palabra que hoy establezca puentes, ofrezca una mirada fresca y proponga redescubrir el evangelio de modo nuevo. Toda palabra que invite a la conversión, a la simplicidad voluntaria y a la buena noticia –venga de donde venga– es bienvenida.

 

Jaime Tatay, SJ

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Homilia

Ver, sentir y vivir la Pasión

Unos pocos días al año, la iglesia nos invita a parar y escuchar con especial atención una historia. En la Misa del Gallo, en el Domingo de Ramos y en la Vigilia Pascual escuchamos de corrido una larga historia, la Historia de la Salvación.

La escuchamos para recordarla, pero también, y sobre todo, para revivirla, para que se convierta en parte de nuestra historia. Durante la Semana Santa, se nos invita a entrar y hacer propia la historia de la Pasión y la Resurrección de Jesús.

  1. Escuchar la historia de la Pasión: asomarse al balcón de la Semana Santa

Normalmente sólo leemos y escuchamos fragmentos de los evangelios y de otros libros de la biblia. Pocos de nosotros leemos un evangelio entero (cosa que, por cierto, se hace en poco más de una tarde) o, todavía menos, dedicamos tiempo a comparar lecturas bíblicas. La liturgia de algunos días muy especiales, sin embargo, es una excepción respecto al resto del año. En esos días, aunque no leemos todo el evangelio, sí leemos entera una versión de lo sucedido en Jerusalén entre la última cena y la muerte de Jesús en la cruz.

Estas lecturas panorámicas, atalayas de la Semana Santa, pretenden introducirnos en el sentido profundo de lo que celebramos estos días. 

La primera invitación consiste en hacer algo tan simple como escuchar: convertirnos en oyentes atentos de la palabra y asomarnos –con todos los sentidos– a la Semana Santa.

  1. Entrar en la historia de la Pasión: ver, sentir y revivir momentos claves de la fe

Pero no basta con escuchar, pasivamente, la misma historia, una vez más. Conviene, además (y esta es la segunda invitación) disponerse para entrar en la historia, “colarse” entre los protagonistas de la Pasión y tratar de ver, sentir y vivir –como si allí estuviera– para ver, sentir y vivir lo que ellos vivieron antes.

Y es aquí donde las procesiones y devociones populares de Semana Santa –que estos últimos años no hemos podido disfrutar– nos ofrecen una gran oportunidad para revivir lo que otros vivieron. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, hablaba de la importancia de “aplicar los sentidos”. Esta expresión, un tanto extraña a nuestros oídos, no significa, en el fondo, más que dedicar un rato –usando los sentidos y la imaginación– para trasladarnos al tiempo y al lugar de la escena que contemplamos.

Durante una semana, en muchas ciudades de nuestro país, numerosas cofradías recorren las calles tratando, quizás sin decirlo así, de “aplicar los sentidos” (y los sentimientos) a una escena particular de la Pasión.

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En Zaragoza, por ejemplo, hay una cofradía que contempla la Entrada de Jesús en Jerusalén; otra se fija en la Institución de la Sagrada Eucaristía; la hay que medita el Prendimiento del Señor y el Dolor de la Madre de Dios; otras –sin embargo– prefieren pararse a contemplar la Coronación de Espinas y al Señor atado a la Columna; hay una cofradía que acompaña a Jesús Camino del Calvario; otra, camino también del calvario, se fija en Cristo Abrazado a la Cruz y en la Verónica; la hay que eligió meditar la Llegada de Jesús al Calvario; otra prefirió avanzar más allá de la muerte para orar ante la escena del Descendimiento de la Cruz y las Lágrimas de Nuestra Señora. Hay, por último, también, una cofradía que adelanta ya el final y anuncia a Cristo Resucitado y a Santa María de la Esperanza y del Consuelo.

La lista es larga, y dejo muchas cofradías sin nombrar, pero ¿acaso no invitan todas y cada una de ellas a meditar escenas de la Pasión, para así ver, sentir y revivir momentos claves de la fe cristiana?

  1. Hacer propia la Pasión: que su historia sea mi historia

La invitación a entrar en el relato de la Pasión que nos ofrecen las devociones populares en Semana Santa es, sin duda, una gran oportunidad para revivir nuestra fe. Quizá por ello el Papa Francisco nos ha exhortado a valorar este tipo de manifestaciones religiosas.

“La piedad popular”, nos dijo, es “verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios … donde el Espíritu Santo es el agente principal”. Y nos sugirió una pista: “Para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar”.

Contemplemos, pues, las escenas de la Pasión aplicando los sentidos, pero también amando, dejándonos afectar por la realidad que contemplamos.

Las devociones populares, por sí mismas, aunque ayudan, no bastan. Si sólo somos nosotros los que entramos en la historia, para luego salir, sin quedar afectados, entonces la aventura se habrá quedado corta. La historia debe también entrar en nosotros.
El cofrade, como el peregrino, está invitado a serlo siempre y en todo lugar, no sólo en Semana Santa, y haya o no pasos en las calles. Aunque durante estos días se viva con mayor intensidad, es toda la vida la que debería quedar afectada por lo vivido la Semana Santa.

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De aquí la importancia de contemplar con amor a la que se refiere Francisco. Porque la tercera y última invitación de la Semana Santa consiste, precisamente, en hacer propia la historia de la Pascua, y eso sólo se hace amando.

Si “aplicamos los sentidos”, si revivimos y contemplamos las escenas de la Pasión, si sacamos pasos de Semana Santa a la calle, es para que esa historia –la historia de amor cristiana– sea, también, parte de mi historia. Y yo parte de ella.

Jaime Tatay, SJ

 

 

 

 

 

 

 

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