Reflexión

Espiritualidad experimental

La astrónoma británica S. Jocelyn Bell Burnell sostiene que hay una sintonía natural entre su espiritualidad cristiana cuáquera y el método que guía su investigación académica: “El científico trabaja experimentando, anotando el resultado del experimento, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo el ciclo. De un modo análogo, los cuáqueros tienen experiencia de la acción de Dios en el mundo, revisan su comprensión a la luz de esa experiencia y ponderan qué es lo próximo que se requiere de ellos”.

Al leer esta frase en un libro que recomiendo a todos aquellos interesados en el diálogo ciencia-religión (Evolución espiritual, Sal Terrae 2019), pensé que en la tradición espiritual cristiana que más ha influido en mi vida, la ignaciana, hay también una importante dimensión “experimental”, aunque nunca la hubiese adjetivado antes de ese modo.

En aquel momento me vino también a la cabeza el comentario que el jesuita irlandés Brian O’Leary, experto en historia de la espiritualidad cristiana, hizo de pasada en un retiro sin darle demasiada importancia: “la espiritualidad ignaciana es una espiritualidad del ensayo-error”.

A continuación—así parece que funciona la asociación libre de ideas de la que hablan los sicólogos—me acordé de otra expresión de uso corriente en la jerga interna jesuita. Se trata de la expresión latina ad experimentum, que hace referencia a la importancia de probar, y evaluar, antes de asignar una misión particular. Para Ignacio, enviar de modo experimental—ad experimentum—a un jesuita (o a un grupo de jesuitas) era uno de los mejores métodos para recabar información y comprobar si aquel ministerio o tarea era viable y podría dar fruto a largo plazo. La toma de decisiones ante posibles nuevas misiones se basaba, en gran medida, en esta metodología experimental, del ensayo-error.

También el término experiencia es fundamental en el proceso de admisión de los nuevos candidatos jesuitas. Ignacio insistía en la importancia de que sólo hiciesen los votos quienes, “después de sus experiencias y probaciones”, fuesen idóneos. De nuevo experimentar—en este caso con la vocación—resulta fundamental para poder alcanzar un conocimiento suficiente de la autenticidad y la motivación del candidato.

En tercer lugar, la importancia de la dimensión experiencial está muy presente en los Ejercicios Espirituales. Para Ignacio, todo proceso de discernimiento consiste, precisamente, en “tomar claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones”. Alcanzar claridad en el conocimiento—cuestión fundamental para Descartes y el desarrollo de la metodología científica—requiere experimentar, anotar y seguir la pista a esos movimientos interiores (o mociones) del Espíritu que Ignacio llamaba consolaciones y desolaciones.

“Efectivamente”, me dije confirmando la primera intuición, “la espiritualidad ignaciana tiene una fuerte componente experimental”. Al fin y al cabo, Ignacio fue un hombre que vivió culturalmente en el tránsito de la Edad Media y el Renacimiento, justo cuando emerge con fuerza el moderno método científico que nos ha conducido al sorprendente desarrollo tecnológico contemporáneo.

No es casual tampoco que Ignacio, cuando se enfrentó con la Inquisición al ser acusado de alumbrado, tuviese que demostrar que su experiencia espiritual estaba en sintonía con la fe cristiana. Es decir, que no era un iluminado, sino alguien que se había comunicado con Dios y podía hablar con ciertas garantías (objetivas) de esas experiencias (subjetivas).

Las “Reglas de discernimiento de espíritus” que desarrolla en sus Ejercicios pueden entenderse, desde este punto de vista, como un intento de objetivar la experiencia, como una metodología para comprobar—mediante el uso de unas detalladas claves de interpretación probadas a lo largo de la propia vida de Ignacio—que las mociones, movimientos o experiencias espirituales son ciertas o falsas.

Parafraseando a Jocelyn Bell Bruner, podríamos afirmar que, para Ignacio, “el ejercitante trabaja experimentando interiormente, anotando el resultado de sus mociones, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo—de manera nueva—el ciclo”.

Esta reflexión nos lleva, por último, al examen ignaciano, otra pieza clave de los Ejercicios y una de las contribuciones más importantes de la espiritualidad ignaciana. La práctica frecuente del examen nos recuerda la importancia de la observación, la evaluación y la repetición—rasgos, de nuevo, propios de una metodología experimental—para permanecer atentos a la acción de Dios en nuestras vidas.

Dejar registro de aquello que experimentamos (de los ensayos y los errores), habitualmente en forma de diario espiritual, es una práctica recomendada en numerosas tradiciones religiosas. El hábito de reflexionar pausadamente y anotar los principales movimientos interiores guarda también, de nuevo, similitud con la disciplina y la meticulosidad que caracteriza a la ciencia experimental.

Ahora bien, llegados a este punto, cabría preguntarse no sólo si hay paralelismos entre el método científico experimental y la tradición espiritual cristiana, sino—lo que es quizás más atrevido sugerir—si esta última ha podido influir de algún modo en el surgimiento de la ciencia moderna.

Así lo han afirmado quienes argumentan que no es anecdótico que esta metodología surgiese en un contexto cultural cristiano, marcado por el hábito contemplativo, la visión positiva del mundo, la concepción del ser humano como imagen de Dios, la confianza en la inteligibilidad del mundo creado y la convicción en la importancia de compartir el conocimiento recibido gratuitamente.

En cualquier caso, lo que resulta evidente a la luz de esta breve reflexión es que la vida espiritual requiere no sólo de apertura y espontaneidad, sino también de una atención cuidadosa y metódica para descubrir los muchos modos como podemos experimentar, conocer y comunicarnos con Dios para responderle acertadamente.

Experimentamos a Dios, sí, pero Él también “nos experimenta” y nos visita cuando quiere. Por eso conviene estar preparados, atentos, esperándole. Para que no nos pille desprevenidos. Y para darle la bienvenida que se merece.

Jaime Tatay, SJ

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Recension

Evolución espiritual

Esta breve colección de diez autobiografías de científicos creyentes financiada por la Templeton Foundation se publicó por primera vez en inglés en 1998. Dos décadas más tarde, ve la luz en lengua castellana.

Se trata de un libro peculiar tanto por el tema que aborda—científicos que dan razón de su fe—como por la diversidad de estilos y modos de narrar la experiencia personal que llevó a este selecto grupo de académicos a abrazar o (en la mayoría de los casos) conservar la fe cristiana. Dada la gran diversidad de trayectorias personales, resulta difícil encontrar un hilo conductor de todos los relatos, aunque hay algunos elementos comunes.

En primer lugar, resulta llamativo que la mayoría de los científicos provienen del ámbito de la física y, en menor medida, de la biología, la bioquímica o la medicina. Es evidente que, por ciencia, los editores entienden ciencias naturales.

Hay un segundo denominador común identificable en casi todas las autobiografías, la escasa conflictividad que supuso la vivencia de la fe a lo largo de su desarrollo personal e intelectual: “Jamás he tenido la sensación de haber detectado una colisión frontal entre ellas”, afirma John Polkinghorne, profesor de física matemática de Cambridge.

Frente a la percepción habitual de un inevitable divorcio o guerra entre la ciencia y la religión, los autores narran un camino de complementariedad, profundización y enriquecimiento mutuo entre los dos ámbitos de la experiencia humana. Quizás porque, tal y como afirma el benedictino Stanley L. Jaki: “La ciencia, si se usa apropiadamente, puede ser de gran ayuda en la construcción de argumentos teológicos, incluso en teología bíblica” (p. 133).

Y en no pocos casos, además, se sugiere la posibilidad de una síntesis entre ellas. Tal y como confiesa Arthur Peacocke, antiguo director del Ian Ramsey Centre de la Universidad de Oxford: “mi síntesis de los aspectos científico y cristiano de mi vida y mi pensamiento se producía crecientemente a través de los sacramentos y de los aspectos sacramentales de la vida” (p. 153).

En tercer lugar, en la que es la sugerencia más provocadora y arriesgada de todas, se llega a sostener que la ciencia moderna no solo no entra en conflicto con el cristianismo, sino que le debe su origen y sus condiciones de posibilidad. Así lo formula el físico nuclear Peter E. Hodgson:

“Desde luego, la ciencia misma se basa en creencias muy específicas sobre el mundo natural que no se encuentran en otras culturas. Un examen adicional muestra que son creencias cristianas, y esta es la razón por la que la ciencia tal como la conocemos solo tuvo un nacimiento viable en Europa occidental durante la Alta Edad Media” (p. 91).

Algo similar expresan el médico internista Larry Dossey, “la ciencia nació de una motivación espiritual, del deseo de confrontarse con lo real de forma no mediada” (p. 49), o la cosmóloga cuáquera S. Jocelyn Bell Burnell cuando comenta el modo como su espiritualidad se relaciona con el método científico:

“El científico trabaja experimentando, anotando el resultado del experimento, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo el ciclo. De un modo análogo, los cuáqueros tienen experiencia de la acción de Dios en el mundo, revisan su comprensión a la luz de esa experiencia y ponderan qué es lo próximo que se requiere de ellos” (p. 37).

Jaki, por su parte, afirma que “el panteísmo fue la causa de los partos fallidos de la ciencia y de que solamente el monoteísmo cristiano posibilitó el nacimiento de la ciencia como criatura viable” (p. 131).

Por otro lado, se percibe también una sincera preocupación pastoral respecto al efecto secularizador de la cultura científica contemporánea. Esta inquietud lleva a plantear la urgente necesidad de procesos formativos y catequéticos que presenten la fe en categorías y estilos inteligibles: “El prestigio de la ciencia impresiona fuertemente a los jóvenes, quienes se alejan del cristianismo. Este es un problema que solo puede ser abordado convincentemente por cristianos con formación científica” (p. 93), sostiene Hodgson.

La tarea que se presenta por delante es, por tanto, enorme. “Se necesita un inmenso trabajo de educación general por doquier para que la fe religiosa pueda comenzar a confrontarse creativamente con las nuevas percepciones del mundo que la ciencia ofrece en la actualidad” (p. 157), afirma Peacocke.

Aunque la sensibilidad pastoral y pedagógica viene acompañada a menudo de una actitud combativa, apologética, que denuncia la “asimetría” en el modo de expresar las propias convicciones. Como observa Owen Gingerich, catedrático emérito de astronomía en la universidad de Harvard:

“Los profesores ateos pueden expresar—y a menudo expresan—sus opiniones personales en los cursos que imparten; en cambio, aludir a las creencias cristianas de uno de manera análogamente enérgica acarrearía sin duda acusaciones de proselitismo” (p. 72).

Para Jaki, es necesario rehabilitar el denostado concepto de apologética. El científico está invitado a reconocer que “toda enseñanza es una suerte de apologética pura. La apologética es una un alegato a favor de una idea, de una doctrina” (p. 128).

Hay que señalar también la centralidad que juega el amor como experiencia espiritual fundante y como clave de la vivencia de la fe y del modo de comunicarla para muchos de los científicos. “Nuestra única respuesta adecuada al amor persuasivo de Dios, al amor de la preocupación última, es la pasión infinita” (p. 28), afirma el biólogo australiano Charles Birch.

Al fin y al cabo, como nos recuerda el físico Russell Stannard, “a nadie se le persuade con argumentos para que entable una relación amorosa con Dios” (p. 187).

La prudencia del científico y la humildad del creyente se entretejen para bordar el rico tapiz de las diez autobiografías que conforman este pequeño gran libro: “Ser capaz de decir: ‘no lo sé’, requiere la habilidad de vivir con cuestiones irresueltas, que es una forma de madurez” (p. 40).

Jaime Tatay, SJ

TEMPLETON, John Marks; GINIGER, Kenneth Seeman: Evolución espiritual. Diez científicos escriben sobre su fe (Sal Terrae, Santander 2019)

 

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