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El barbecho y la rotación espiritual

Aunque el monocultivo y la industrialización de la agricultura tienen grandes ventajas y, en gran medida, han posibilitado en las últimas décadas que millones de personas se alimenten y salgan de la pobreza extrema, presentan también graves inconvenientes señalados por los propios expertos en agronomía.

Por un lado, el monocultivo conduce inevitablemente a un progresivo empobrecimiento del suelo que debe ser compensando con abonos. El barbecho y la rotación de cultivos permiten también, cuando no hay disponibilidad de fertilizantes, la recuperación del suelo. Ambas prácticas agrícolas quedan recogidas ya en la Biblia, reflejando una sabiduría acumulada por generaciones de agricultores que se remonta a los inicios del proceso de sedentarización de nuestra especie.

Al mismo tiempo, el monocultivo extensivo reduce drásticamente la diversidad biológica de la zona donde es introducido. El ejemplo contemporáneo más dramático de esta problemática es la sustitución de bosques primarios tropicales—los que poseen la mayor riqueza de especies del planeta—de países como Brasil o Indonesia por plantaciones de palma de aceite, campos de soja o pastos para la ganadería extensiva.

La concentración parcelaria suele ir de la mano de este tipo de cultivos, dado que facilita la mecanización, reduce los costes de producción y, en definitiva, hace más rentable la inversión. 

Estrechamente ligado a esta cuestión está el uso de una sola variedad de la especie—la más productiva, la más resistente a plagas, la que aguanta mejor la sequía y la salinidad—, viéndose así también reducida la diversidad biológica, en este caso la “diversidad intra-específica”. 

Además, si no se controla bien, la contaminación de acuíferos, ríos y lagos por los pesticidas y los fertilizantes utilizados a gran escala, así como su impacto sobre la fauna, constituyen con frecuencia “daños colaterales” del monocultivo que no se contabilizan.

La gravedad de estos impactos alarma a la comunidad científica. La bióloga norteamericana Rachel Carson, en un libro de referencia para el movimiento conservacionista titulado Primavera silenciosa (1962), alertó hace ya más de medio siglo del peligro de usar de forma indiscriminada pesticidas capaces de terminar no solo con los insectos, sino también con las aves y otros muchos animales, “silenciando” así la primavera.

Por último, se podría incluso hablar de un empobrecimiento estético, al transformarse el paisaje en un inmenso y monótono “mundo unidimensional” en el que la diversidad de matices, sonidos, olores y colores desaparece engullida por la homogeneidad de la única especie dominante.

Aerial View, Cornfield, Arable, Monoculture

Como si fuesen un espejo, al contemplar estas enormes extensiones “antropizadas”, homogeneizadas, intensificadas y empobrecidas biológicamente que caracterizan la agricultura industrial contemporánea, podemos mirarnos y preguntarnos: ¿no refleja este modo de producir alimentos el modo como funciona nuestra sociedad? , ¿no se simplifica también nuestro paisaje interior cuando reducimos en exceso la diversidad de nuestras fuentes y cultivos interiores?, ¿no nos empobrecemos acaso cuando optamos por el monocultivo, por un único punto de vista político, cultural o espiritual?

En la Biblia se intuyen ya los riesgos del monocultivo y la concentración de tierras. Isaías, por ejemplo, denuncia: “¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos, hasta no dejar sitio, y vivir ellos solos en medio del país!” (Is 5,8).

Frente a estas prácticas, los profetas proponen el reparto, la rotación de cultivos y el barbecho como alternativas. Proponen una visión diferente, más rica, más diversa, más justa, alejada de los grandes latifundios. Aunque la cuestión no se plantea como un mero reto técnico y político. Se inserta en la tradición del Sabbath y el Jubileo, conectándose con la vida espiritual y la justicia social: con la liberación de los esclavos, con el reparto equitativo de los bienes y con el reconocimiento de la Tierra como don de Yahvé.

El Sabbath y el Jubileo representan la liberación de la cultura del trabajo esclavo de Egipto. La intensificación que caracteriza el monocultivo y la concentración parcelaria que suele llevar asociada buscan racionalizar la productividad, reducir los costes y maximizar el beneficio. Pero estas dinámicas chocan con la visión bíblica del trabajo artesano y el reparto equitativo de la tierra entre pequeños productores. El peligro principal, sin embargo, es que la acumulación creciente de renta y poder en pocas manos hacen olvidar que el primer y único dueño es Dios mismo.

En el ámbito de la experiencia espiritual existe un riesgo análogo de homogeneización y empobrecimiento interior, de monocultivo espiritual que, como el agrícola, no está exento de peligros. Echar raíces en una sola tradición espiritual casi siempre empobrece el suelo de la experiencia, simplifica el paisaje interior y reduce la diversidad de encuentros con el Misterio. En el peor de los casos, nos puede llevar a la miopía, la cerrazón y el extremismo religioso.

De ahí que una cierta rotación espiritual o exploración de diversas tradiciones y prácticas de oración y meditación resulte tan enriquecedora. No es infrecuente tropezarse con el entusiasmo de quienes, provenientes de una tradición, descubren al acercarse a otra escuela espiritual muchos elementos que iluminan su experiencia anterior, profundizándola. 

Igual que al cruzar distintas variedades de especies vegetales o animales la biología habla de un “vigor híbrido”, también en la experiencia espiritual la fecundación entre diversas escuelas o tradiciones conduce habitualmente a un fortalecimiento de la fe y la devoción.

En mi caso, enraizado en la tradición ignaciana, me ha enriquecido mucho leer los escritos y las biografías de Agustín, Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Charles de Foucault.

Me pregunto también si un cierto barbecho espiritual puede ser beneficioso. Igual que ayunamos y hacemos silencio, si dejamos durante un tiempo un modo de orar, o una devoción particular, con el fin de reposar y cultivar otras formas de rezar no sólo nos abriremos a la riqueza de la enorme riqueza de la tradición cristiana; también, al volver luego a nuestra tradición espiritual de origen, redescubriremos intuiciones y matices que no habíamos percibido antes.

Deberíamos escuchar tanto a los antiguos profetas como a los científicos modernos para no caer en la tentación del monocultivo espiritual.

Jaime Tatay, SJ 

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Reflexión

Espiritualidad experimental

La astrónoma británica S. Jocelyn Bell Burnell sostiene que hay una sintonía natural entre su espiritualidad cristiana cuáquera y el método que guía su investigación académica: “El científico trabaja experimentando, anotando el resultado del experimento, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo el ciclo. De un modo análogo, los cuáqueros tienen experiencia de la acción de Dios en el mundo, revisan su comprensión a la luz de esa experiencia y ponderan qué es lo próximo que se requiere de ellos”.

Al leer esta frase en un libro que recomiendo a todos aquellos interesados en el diálogo ciencia-religión (Evolución espiritual, Sal Terrae 2019), pensé que en la tradición espiritual cristiana que más ha influido en mi vida, la ignaciana, hay también una importante dimensión “experimental”, aunque nunca la hubiese adjetivado antes de ese modo.

En aquel momento me vino también a la cabeza el comentario que el jesuita irlandés Brian O’Leary, experto en historia de la espiritualidad cristiana, hizo de pasada en un retiro sin darle demasiada importancia: “la espiritualidad ignaciana es una espiritualidad del ensayo-error”.

A continuación—así parece que funciona la asociación libre de ideas de la que hablan los sicólogos—me acordé de otra expresión de uso corriente en la jerga interna jesuita. Se trata de la expresión latina ad experimentum, que hace referencia a la importancia de probar, y evaluar, antes de asignar una misión particular. Para Ignacio, enviar de modo experimental—ad experimentum—a un jesuita (o a un grupo de jesuitas) era uno de los mejores métodos para recabar información y comprobar si aquel ministerio o tarea era viable y podría dar fruto a largo plazo. La toma de decisiones ante posibles nuevas misiones se basaba, en gran medida, en esta metodología experimental, del ensayo-error.

También el término experiencia es fundamental en el proceso de admisión de los nuevos candidatos jesuitas. Ignacio insistía en la importancia de que sólo hiciesen los votos quienes, “después de sus experiencias y probaciones”, fuesen idóneos. De nuevo experimentar—en este caso con la vocación—resulta fundamental para poder alcanzar un conocimiento suficiente de la autenticidad y la motivación del candidato.

En tercer lugar, la importancia de la dimensión experiencial está muy presente en los Ejercicios Espirituales. Para Ignacio, todo proceso de discernimiento consiste, precisamente, en “tomar claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones”. Alcanzar claridad en el conocimiento—cuestión fundamental para Descartes y el desarrollo de la metodología científica—requiere experimentar, anotar y seguir la pista a esos movimientos interiores (o mociones) del Espíritu que Ignacio llamaba consolaciones y desolaciones.

“Efectivamente”, me dije confirmando la primera intuición, “la espiritualidad ignaciana tiene una fuerte componente experimental”. Al fin y al cabo, Ignacio fue un hombre que vivió culturalmente en el tránsito de la Edad Media y el Renacimiento, justo cuando emerge con fuerza el moderno método científico que nos ha conducido al sorprendente desarrollo tecnológico contemporáneo.

No es casual tampoco que Ignacio, cuando se enfrentó con la Inquisición al ser acusado de alumbrado, tuviese que demostrar que su experiencia espiritual estaba en sintonía con la fe cristiana. Es decir, que no era un iluminado, sino alguien que se había comunicado con Dios y podía hablar con ciertas garantías (objetivas) de esas experiencias (subjetivas).

Las “Reglas de discernimiento de espíritus” que desarrolla en sus Ejercicios pueden entenderse, desde este punto de vista, como un intento de objetivar la experiencia, como una metodología para comprobar—mediante el uso de unas detalladas claves de interpretación probadas a lo largo de la propia vida de Ignacio—que las mociones, movimientos o experiencias espirituales son ciertas o falsas.

Parafraseando a Jocelyn Bell Bruner, podríamos afirmar que, para Ignacio, “el ejercitante trabaja experimentando interiormente, anotando el resultado de sus mociones, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo—de manera nueva—el ciclo”.

Esta reflexión nos lleva, por último, al examen ignaciano, otra pieza clave de los Ejercicios y una de las contribuciones más importantes de la espiritualidad ignaciana. La práctica frecuente del examen nos recuerda la importancia de la observación, la evaluación y la repetición—rasgos, de nuevo, propios de una metodología experimental—para permanecer atentos a la acción de Dios en nuestras vidas.

Dejar registro de aquello que experimentamos (de los ensayos y los errores), habitualmente en forma de diario espiritual, es una práctica recomendada en numerosas tradiciones religiosas. El hábito de reflexionar pausadamente y anotar los principales movimientos interiores guarda también, de nuevo, similitud con la disciplina y la meticulosidad que caracteriza a la ciencia experimental.

Ahora bien, llegados a este punto, cabría preguntarse no sólo si hay paralelismos entre el método científico experimental y la tradición espiritual cristiana, sino—lo que es quizás más atrevido sugerir—si esta última ha podido influir de algún modo en el surgimiento de la ciencia moderna.

Así lo han afirmado quienes argumentan que no es anecdótico que esta metodología surgiese en un contexto cultural cristiano, marcado por el hábito contemplativo, la visión positiva del mundo, la concepción del ser humano como imagen de Dios, la confianza en la inteligibilidad del mundo creado y la convicción en la importancia de compartir el conocimiento recibido gratuitamente.

En cualquier caso, lo que resulta evidente a la luz de esta breve reflexión es que la vida espiritual requiere no sólo de apertura y espontaneidad, sino también de una atención cuidadosa y metódica para descubrir los muchos modos como podemos experimentar, conocer y comunicarnos con Dios para responderle acertadamente.

Experimentamos a Dios, sí, pero Él también “nos experimenta” y nos visita cuando quiere. Por eso conviene estar preparados, atentos, esperándole. Para que no nos pille desprevenidos. Y para darle la bienvenida que se merece.

Jaime Tatay, SJ

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Recension

Evolución espiritual

Esta breve colección de diez autobiografías de científicos creyentes financiada por la Templeton Foundation se publicó por primera vez en inglés en 1998. Dos décadas más tarde, ve la luz en lengua castellana.

Se trata de un libro peculiar tanto por el tema que aborda—científicos que dan razón de su fe—como por la diversidad de estilos y modos de narrar la experiencia personal que llevó a este selecto grupo de académicos a abrazar o (en la mayoría de los casos) conservar la fe cristiana. Dada la gran diversidad de trayectorias personales, resulta difícil encontrar un hilo conductor de todos los relatos, aunque hay algunos elementos comunes.

En primer lugar, resulta llamativo que la mayoría de los científicos provienen del ámbito de la física y, en menor medida, de la biología, la bioquímica o la medicina. Es evidente que, por ciencia, los editores entienden ciencias naturales.

Hay un segundo denominador común identificable en casi todas las autobiografías, la escasa conflictividad que supuso la vivencia de la fe a lo largo de su desarrollo personal e intelectual: “Jamás he tenido la sensación de haber detectado una colisión frontal entre ellas”, afirma John Polkinghorne, profesor de física matemática de Cambridge.

Frente a la percepción habitual de un inevitable divorcio o guerra entre la ciencia y la religión, los autores narran un camino de complementariedad, profundización y enriquecimiento mutuo entre los dos ámbitos de la experiencia humana. Quizás porque, tal y como afirma el benedictino Stanley L. Jaki: “La ciencia, si se usa apropiadamente, puede ser de gran ayuda en la construcción de argumentos teológicos, incluso en teología bíblica” (p. 133).

Y en no pocos casos, además, se sugiere la posibilidad de una síntesis entre ellas. Tal y como confiesa Arthur Peacocke, antiguo director del Ian Ramsey Centre de la Universidad de Oxford: “mi síntesis de los aspectos científico y cristiano de mi vida y mi pensamiento se producía crecientemente a través de los sacramentos y de los aspectos sacramentales de la vida” (p. 153).

En tercer lugar, en la que es la sugerencia más provocadora y arriesgada de todas, se llega a sostener que la ciencia moderna no solo no entra en conflicto con el cristianismo, sino que le debe su origen y sus condiciones de posibilidad. Así lo formula el físico nuclear Peter E. Hodgson:

“Desde luego, la ciencia misma se basa en creencias muy específicas sobre el mundo natural que no se encuentran en otras culturas. Un examen adicional muestra que son creencias cristianas, y esta es la razón por la que la ciencia tal como la conocemos solo tuvo un nacimiento viable en Europa occidental durante la Alta Edad Media” (p. 91).

Algo similar expresan el médico internista Larry Dossey, “la ciencia nació de una motivación espiritual, del deseo de confrontarse con lo real de forma no mediada” (p. 49), o la cosmóloga cuáquera S. Jocelyn Bell Burnell cuando comenta el modo como su espiritualidad se relaciona con el método científico:

“El científico trabaja experimentando, anotando el resultado del experimento, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo el ciclo. De un modo análogo, los cuáqueros tienen experiencia de la acción de Dios en el mundo, revisan su comprensión a la luz de esa experiencia y ponderan qué es lo próximo que se requiere de ellos” (p. 37).

Jaki, por su parte, afirma que “el panteísmo fue la causa de los partos fallidos de la ciencia y de que solamente el monoteísmo cristiano posibilitó el nacimiento de la ciencia como criatura viable” (p. 131).

Por otro lado, se percibe también una sincera preocupación pastoral respecto al efecto secularizador de la cultura científica contemporánea. Esta inquietud lleva a plantear la urgente necesidad de procesos formativos y catequéticos que presenten la fe en categorías y estilos inteligibles: “El prestigio de la ciencia impresiona fuertemente a los jóvenes, quienes se alejan del cristianismo. Este es un problema que solo puede ser abordado convincentemente por cristianos con formación científica” (p. 93), sostiene Hodgson.

La tarea que se presenta por delante es, por tanto, enorme. “Se necesita un inmenso trabajo de educación general por doquier para que la fe religiosa pueda comenzar a confrontarse creativamente con las nuevas percepciones del mundo que la ciencia ofrece en la actualidad” (p. 157), afirma Peacocke.

Aunque la sensibilidad pastoral y pedagógica viene acompañada a menudo de una actitud combativa, apologética, que denuncia la “asimetría” en el modo de expresar las propias convicciones. Como observa Owen Gingerich, catedrático emérito de astronomía en la universidad de Harvard:

“Los profesores ateos pueden expresar—y a menudo expresan—sus opiniones personales en los cursos que imparten; en cambio, aludir a las creencias cristianas de uno de manera análogamente enérgica acarrearía sin duda acusaciones de proselitismo” (p. 72).

Para Jaki, es necesario rehabilitar el denostado concepto de apologética. El científico está invitado a reconocer que “toda enseñanza es una suerte de apologética pura. La apologética es una un alegato a favor de una idea, de una doctrina” (p. 128).

Hay que señalar también la centralidad que juega el amor como experiencia espiritual fundante y como clave de la vivencia de la fe y del modo de comunicarla para muchos de los científicos. “Nuestra única respuesta adecuada al amor persuasivo de Dios, al amor de la preocupación última, es la pasión infinita” (p. 28), afirma el biólogo australiano Charles Birch.

Al fin y al cabo, como nos recuerda el físico Russell Stannard, “a nadie se le persuade con argumentos para que entable una relación amorosa con Dios” (p. 187).

La prudencia del científico y la humildad del creyente se entretejen para bordar el rico tapiz de las diez autobiografías que conforman este pequeño gran libro: “Ser capaz de decir: ‘no lo sé’, requiere la habilidad de vivir con cuestiones irresueltas, que es una forma de madurez” (p. 40).

Jaime Tatay, SJ

TEMPLETON, John Marks; GINIGER, Kenneth Seeman: Evolución espiritual. Diez científicos escriben sobre su fe (Sal Terrae, Santander 2019)

 

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Reflexión

Palancas de cambio

Tanto la sicología como la espiritualidad coinciden en un punto: no podemos modificar muchos aspectos de nuestra vida de golpe. Lo que sí podemos hacer es dar pequeños pasos que actúen como palancas de cambio en otros ámbitos. Partiendo de ellos, poco a poco, salimos del círculo vicioso en el que estamos instalados e –incluso, si nos damos tiempo– entramos en otro virtuoso.detecting-lever-737809_1920

Por ejemplo, resulta muy improbable que alguien deje el tabaco, empiece a hacer ejercicio y modifique su modo de comer de la noche a la mañana. Sin embargo, una sola de estas decisiones –sostenida en el tiempo– puede y suele conducir a las otras dos. Los detonantes que llevan a emprender el camino de salida son muy diversos: un problema de salud, un cambio repentino en el trabajo, un traslado, una seria advertencia del médico o el efecto contagio de un amigo o familiar cercano. Siempre hay “algo” o “alguien” que empuja a dar el primer paso.

En la vida espiritual sucede como con la salud y con el cuidado del cuerpo: son muchos los  que desearíamos tener una vida de fe más auténtica e integrada con el resto de aspectos cotidianos. Otros querrían poder iniciarla por completo, encontrar un motivo que les ayude a crecer y profundizar en su experiencia religiosa. En todos los casos, sin embargo, ayuda empezar por un aspecto muy concreto si no queremos llevarnos a engaño, frustrarnos y enterrar antes de hora los buenos propósitos.

En este sentido, los relatos de conversiones resultan iluminadores. En cada uno de ellos encontramos una palanca distinta que actúa como detonante de la transformación personal. Si nos fijamos en los evangelios, comprobamos que todas las personas que se acercan a Jesús han tomado clara conciencia de la necesidad de reorientar sus vidas y de iniciar algo nuevo.

A Zaqueo, a María Magdalena, a la hemorroísa, al centurión romano o al hombre rico, ¿no les impulsa el deseo de cambiar algo en sus vidas?,  ¿no tratan de integrar piezas que andan sueltas?, ¿no buscan llenar un vacío? A cada uno, sin embargo, se le sugiere un camino diferente, una palanca de cambio distinta.

Es por eso que Jesús, en su encuentro personal con los hombres y mujeres de su tiempo, primero les escucha y luego les pide que empiecen, precisamente, por el aspecto que les ha impulsado a dar el primer paso: la codicia de riquezas, el desorden de los afectos, la frivolidad de las relaciones, el olvido de Dios, la excesiva preocupación por el bienestar, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Cada uno sabe bien qué necesita abordar antes.

De hecho, Jesús nunca pide que revisemos toda nuestra vida. No nos pide que hagamos tabla rasa y empecemos de cero. Sabe bien que eso es imposible. Al contrario, propone que construyamos desde donde estamos: partir de nuestra situación concreta y abordar primero aquello que nos ha removido por dentro. El resto vendrá luego.

No podemos usar recetas cuando hablamos de personas, aunque sí podemos inspirarnos en la experiencia de otros creyentes. La pedagogía de la fe requiere paciencia, pero sobretodo una estrategia: la sencillez de la paloma se combina –también aquí– con la astucia de la serpiente. Frente a las resistencias interiores que frenan la maduración espiritual, se hace necesaria una especie de acupuntura espiritual que incida primero allí donde la parálisis es más aguda.

Jesús era un maestro en el arte de combinar ambas habilidades, sabía acompañar compasivamente y aconsejar astutamente. Fruto del encuentro personal con Jesús, el recaudador Zaqueo decide devolver cuadruplicado “el dinero que he defraudado”, Magdalena se compromete a no pecar más, el centurión reconoce que no es “digno de que entres en mi casa” y la mujer siro-fenicia intuye que “con solo tocarle el manto, curaré”.

Unos pocos ejemplos bastan para ilustrar el fruto de unos encuentros que narrativamente duran un instante pero que, sin duda, implicaron un largo proceso de maduración y conversión.

Al inicio del curso que inauguramos pueden iluminarnos estos relatos para meditar sobre nuestro deseo de renovación y nuestra propia necesidad de conversión.

Desear una mayor calidad en la oración, examinar nuestras vidas con más detenimiento, ejercitarnos en pedir perdón, buscar una lectura espiritual que nos alimente, quitarnos algo de lo mucho que nos sobra, encontrar momentos para contemplar la creación, dedicar parte de nuestro tiempo al servicio del prójimo: son pequeños ejercicios espirituales y corporales que la Iglesia recomienda. Son palancas de cambio que pueden desencadenar transformaciones mayores. De nosotros depende utilizarlas.

Arquímedes decía “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. El refranero popular afirma que “todo largo camino empieza con un primer paso”. La sabiduría de nuestros antepasados coincide en este aspecto con la del evangelio.

Ambas nos invitan a la humildad y a la constancia –a ser como palomas– pero también a la astucia y a la inteligencia –a ser como serpientes– con un objetivo: convertirnos, como Jesús, en palancas de cambio en nuestro mundo. Porque transformándonos nosotros, poco a poco, el Reino de Dios se hará presente.

Jaime Tatay, SJ

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