Homilia, Reflexión

El laberinto de la soledad y el hilo de la fe

El poeta y filósofo Jorge Riechmann afirma que las nuevas tecnologías –en especial el smartphone– han conducido a muchos al “laberinto de la cibersoledad”. La expresión, un poco rebuscada, ilustra sin embargo muy bien la conclusión a la que algunos sociólogos han llegado con palabras más sencillas: en la era digital vivimos permanentemente conectados, pero estamos solos (o corremos el riesgo de acabar estándolo).

No hay más que asomarse a la calle, darse un paseo o subirse al autobús para comprobar que hemos dejado de mirar al cielo, al tráfico y –lo que es todavía peor– a la cara de las personas. Abducidos como estamos por las pantallas luminosas de nuestros dispositivos móviles no prestamos atención a lo que pasa a nuestro alrededor.

Llevan razón estos lúcidos observadores de nuestro tiempo: el mundo digital y tecnológico ha traído sin duda ventajas y posibilidades insospechadas de comunicación instantánea e información ilimitada, sí, pero también nos ha encerrado en nosotros mismos creando personas ensimismadas, perdidas en la “cibersoledad” de la red, aisladas en un mundo habitado por amigos y contactos virtuales.

Esta realidad recuerda el mito griego que cuenta la historia de Ariadna, la hija del rey Minos de Creta, quien, para evitar que su enamorado el príncipe Teseo se perdiese en el laberinto del minotauro, tuvo la sencilla idea de darle un ovillo. “El hilo”, pensó lúcidamente la princesa, “le acompañará y le guiará de vuelta hasta la entrada después de dar caza al minotauro”. Y así fue. Sin el hilo, Teseo hubiese quedado, como tantos contemporáneos nuestros, desorientado en el laberinto. Gracias a esa guía, sin embargo, consiguió salir y emprender el viaje de vuelta a Atenas junto a Ariadna.

El hilo de la fe

El Adviento, igual que hizo Ariadna con Teseo, pone también en nuestras manos un ovillo, uno capaz de guiarnos a lo largo de todo el año por el laberinto de la vida. En este tiempo, los cristianos recordamos la humanidad de Dios –su encarnación y su sorprendente cercanía– y tratamos de cuidar o retomar el contacto con familiares y amigos. Es el tiempo por excelencia de las comidas, los reencuentros y las celebraciones; es el tiempo de la conversación, la compañía y la relación personal.

Por eso la Navidad contrasta con fuerza con el resto del año. Frente a la prisa, la dispersión y la soledad a la que nos aboca muchas veces el mundo laboral y la vida moderna, la Navidad invita justo a lo contrario: a la estabilidad, al diálogo y a la fraternidad. Invita, en definitiva, a retomar el hilo de lo importante, de aquello que nos humaniza: la amistad, la vida de fe y la celebración sencilla de la vida.

Cuando escuchamos a Jesús decir –en una frase tantas veces repetida– “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no está diciéndonos que haya un solo camino que todos tengamos que recorrer para alcanzar una vida plena. Se refiere, más bien, a su presencia en todos y cada uno de los caminos, como hilo conductor, guía y sentido. Sus palabras son más una invitación que una afirmación.

La fe cristiana no garantiza que no nos desorientemos, ni que jamás experimentemos la soledad, ni que nunca lleguemos a perdernos en el laberinto de la existencia. De hecho, igual que le sucedió a Teseo, a lo largo de nuestro peregrinar por este mundo acabamos con frecuencia perdidos y necesitados de orientación. ¿Quién no ha precisado en algún momento de su vida que le “echen un cable”, un hilo que le saque de las dificultades, le reoriente y le permita volver de nuevo a casa?

Como advierte Jesús a sus discípulos, “cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no tengáis pánico […] no se perderá ni un pelo de vuestra cabeza”. El Jesús adulto e itinerante afirma que al final no nos perderemos –que no se perderá, metafóricamente, ni uno de nuestros cabellos–. Nos asegura su presencia fiel, hasta el extremo, hasta el más oscuro de los laberintos que es la muerte. Pero es ahora, en el Adviento, al inicio, cuando el Dios que se hace humano nos invita a ser acompañante, hilo conductor del año que tenemos por delante.

Escuchemos su invitación, miremos su rostro, fijémonos en los brazos extendidos del niño en los belenes que veremos por todas partes durante estos días. Es Dios mismo quien nos tiende una mano, quien nos echa un cable, quien nos ofrece, como Ariadna, el extremo del ovillo, para que lo cojamos y no nos perdamos.

Durante el Adviento y la Navidad recordamos el inicio de la historia de la salvación, el principio de esa gran narración que es la vida de Jesús, aquella que nos acompañará y que iremos “desenrollando” si la meditamos y la hacemos nuestra. El inicio del ciclo litúrgico coincide con la época en que celebramos nuestra común humanidad y nos deseamos lo mejor unos a otros, el momento en que hacemos propósitos de vida nueva.

¡Y qué mejor propósito que coger el ovillo por el extremo y no soltarlo! No lo soltemos nunca, porque aquel que tira del hilo de la fe, no se perderá.

Jaime Tatay, SJ

Esta y otras reflexiones las he publicado en el libro “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/el-pozo-de-siquen/3162-llegada-dios-salvaje-9788429327304.html

Foto: paperblog.com

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Reflexión

Me rindo

En los evangelios hay un personaje principal (Jesús), un nutrido grupo de actores secundarios (María, José, Juan el Bautista, discípulos, familiares y amigos de Jesús, fariseos, sacerdotes) y un conjunto de personajes menores o teloneros que aparecen durante un breve instante para desaparecer definitivamente (por ejemplo, los Reyes Magos, Jairo, la hemorroísa, el centurión romano, el anciano Simeón y la profetisa Ana).

La función de estos últimos en el conjunto de los evangelios es muy diversa: unos conectan con la tradición de Israel, otros suponen un giño al mundo gentil y algunos simplemente ilustran un aspecto de las enseñanzas de Jesús.

En el caso de Simeón y Ana –los ancianos que viven junto al templo y esperan la venida del Mesías– resulta evidente que su función consiste en vincular el nacimiento de Jesús con la promesa judía de la llegada del Mesías.

Pero la entrañable pareja, cuya historia leemos cada año en la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, nos recuerda además algo más importante todavía: cuáles son las actitudes básicas de un creyente ante la venida de Dios.

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Simeón y Ana representan la capacidad para esperar pacientemente a que suceda lo imposible; los dos muestran, además, la necesidad de renunciar a nuestros propios proyectos e ideas para acoger la Buena Noticia; y ambos señalan, por último, que es imprescindible rendirse para que Dios pueda entrar en nuestras vidas.

Estas actitudes quedan recogidas en el conocido Cántico de Simeón o Nunc dimitis:

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

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Simeón, con estas palabras, reconoce públicamente que su espera ha concluido, que ha encontrado definitivamente lo que buscaba, que todo lo que ha vivido cobra sentido. Tras una larga vida entregada a la oración y al estudio de las Escrituras, su búsqueda, su paciencia y su perseverancia han valido la pena y, por fin, se rinde ante la presencia de Jesús.

Tanto Ana como Simeón representan la madurez espiritual de quienes han ido dejando atrás todo para centrarse sólo en lo importante. Al mismo tiempo, expresan también un modo inocente y desarmado –infantil incluso– de vivir la fe. La fe de la Navidad, el tipo de fe que se despoja de argumentos, plazos y seguridades para dejar que Dios entre cuando lo crea oportuno.

La imagen de la rendición y de la fortaleza interior son motivos recurrentes en la Biblia y en la literatura mística. Los salmos están llenos de referencias a esta temática. “Refugio mío y fortaleza mía, mi Dios, en quien confío”, dice el salmista, “tú eres mi roca y mi castillo”. Santa Teresa de Jesús, haciéndose eco de la tradición sapiencial, habla también, en una de sus obras más conocidas, de las moradas del castillo interior.

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San Ignacio de Loyola, contemporáneo de Teresa, no utiliza estas expresiones, aunque la historia de su conversión religiosa y su vida entera puede entenderse como un largo proceso de rendición del propio castillo interior. De hecho, el punto de inflexión en su vida espiritual tuvo lugar, precisamente, durante la rendición de la ciudadela de Pamplona. Rodeado por las tropas francesas y herido por un cañonazo, Ignacio –que en aquella ocasión era el militar al cargo de la defensa de la plaza– no tuvo más remedio que izar la bandera blanca.

Pero la claudicación militar será seguida, con el paso del tiempo, por otras muchas. La entrega de la ciudadela fue la antesala de la rendición de las múltiples moradas de su fortaleza interior. Ignacio se desarmará progresivamente y abandonará sus pretensiones caballerescas, sus ideales de cortesano, sus deseos de permanecer en Tierra Santa y hasta sus recurrentes escrúpulos religiosos.

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Sólo entonces, tras purificar su experiencia espiritual y su seguimiento de Cristo a lo largo de muchos años –tras múltiples fracasos y varios intentos fallidos de conformar una comunidad, tras ser perseguido por la Inquisición y tras ser abandonado por sus primeros seguidores– Ignacio logra escribir los Ejercicios Espirituales, atraer a un grupo de hombres a su modo de vida y conseguir la aprobación de la Compañía de Jesús.

En ese momento, al final de su vida, el viejo Ignacio se asemeja al anciano Simeón y a la anciana Ana. Es entonces cuando, rendido ante la voluntad de Dios y despojado de toda falsa pretensión espiritual, pronuncia su particular Nunc dimitis. Y es entonces cuando el Espíritu Santo entra definitivamente en su fortaleza interior y se instala en ella.

Según cuenta en su autobiografía, al final de su vida Ignacio podía encontrar a Dios en cualquier lugar y con gran facilidad. Fruto de la intensa consolación espiritual que experimentaba, lloraba con tanta frecuencia que llegó al punto de hacerse daño en los ojos (el conocido don de lágrimas). Rendido ante la constante irrupción de Dios, no tenía palabras para expresar su inefable presencia.

Simeón, Ana, Teresa e Ignacio, por tanto, nos muestran, cada uno a su manera, caminos de crecimiento espiritual que pasan, todos ellos, por la sencillez, la perseverancia y la rendición. Caminos que conducen a la claudicación de los propios planes, las propias ideas y hasta las propias imágenes de Dios.

Aunque los cuatro son personajes marginales en la historia de la salvación, los cuatro reflejan rasgos característicos de la vida cristiana. Los cuatro nos muestran la importancia de vaciarnos y rendirnos para dejar entrar a Dios.

“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”, dice Pablo en la segunda carta a los Corintios. Y no le falta razón, porque Dios sólo entra cuando bajo las defensas, izo la bandera blanca y abro la puerta. Cuando, por fin, digo: “me rindo”.

Jaime Tatay, SJ

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