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Un fuego que enciende otros fuegos

La mayoría de los católicos, a diferencia de los cristianos pentecostales, no hablamos mucho del Espíritu Santo. Nos resulta un tema lejano y un tanto extraño. Quizás por ello solemos dirigirnos a Dios, a Jesús y a María, pero rara vez al Espíritu. A los curas nos pasa igual. No solemos predicar sobre la tercera persona de la Trinidad y, aunque empecemos la misa invocando al Espíritu, la terminemos dando la bendición en su nombre e insistamos en la importancia de la “vida espiritual”, rara vez hacemos del Espíritu Santo el centro de nuestras predicaciones.

Con el Espíritu sucede como con la vajilla de porcelana que mi abuela utilizaba en contadas ocasiones. Ella, por miedo a que se rompiese, la tenía guardada en un mueble; nosotros, por no saber muy bien cómo hablar del Espíritu, acabamos hablando de otras cosas.

Sin embargo, y esta es la paradoja, sólo tenemos acceso a Dios por medio del Espíritu. El propio Jesús ya nos advirtió, “a Dios nadie lo ha visto nunca”. No esperemos nosotros verlo tampoco. Al único que podemos experimentar de forma directa es al Espíritu Santo. Como recordó Pablo en el areópago a los atenienses, “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos”.

Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, el día del año en que la liturgia subraya la importancia del Espíritu Santo, el día que recordamos el envío y la presencia permanente del Espíritu entre nosotros. Este es un buen día para sacar a la luz el tesoro mejor guardado de nuestra tradición y preguntarle: ¿Quién eres y qué haces entre nosotros?

El Espíritu nos abre los ojos 

Una breve historia nos puede ayudar a entender qué es lo primero que hace el Espíritu en nuestras vidas: abrirnos los ojos.

Hace unos años, una mujer llamada Sheila Harkin, ciega de nacimiento, recuperó la vista gracias a una nueva técnica médica. Después de la larga operación, pudo ver el mundo con sus propios ojos por primera vez. En una entrevista que ofreció poco tiempo después, dijo:

Nunca pensé que el mundo fuera tan bello. Ahora me cruzo con la gente y les digo: “¿Has visto lo bonita que ha sido la puesta de sol de esta tarde?” Siempre me dicen que no se han dado cuenta. Lo dan por supuesto, supongo. Me encanta el color de las flores, de los árboles, del césped… Todo es tan diferente de lo que yo había imaginado. No quiero ganar la lotería. Sólo quiero ver.

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Sheila tenía razón en dos cosas; vivimos en un mundo bello y pocas veces nos paramos a contemplarlo. San Agustín expresó una intuición similar, poco después de su conversión, en una de las frases mejor conocidas de las Confesiones: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba … Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo.”

Para un creyente, la belleza presente en la naturaleza y en el interior de cada uno es signo de la presencia del Espíritu. Convertirse consiste en abrir los ojos y descubrir esa presencia en lo cotidiano. Los signos escondidos en la realidad cotidiana sólo se descubren abriendo los ojos de nuevo, como Sheila, o tras una conversión, como Agustín.

El agradecimiento y la sorpresa por las cosas sencillas y cotidianas, por tanto, están en el centro de la experiencia de Pentecostés. Quien sólo espera encontrar al Espíritu en situaciones extraordinarias, es probable que no lo encuentre nunca. Ejercitar la mirada, examinando y dando gracias por todo lo bueno que recibimos a diario, es una de las mejores maneras de descubrir su presencia.

El Espíritu ilumina 

Pero la experiencia de Sheila y de Agustín se nos quedan cortas para entender cómo funciona el Espíritu Santo en nuestras vidas. Se quedan cortas porque el Espíritu no es sólo, ni principalmente, una experiencia estética y personal. El Espíritu es una experiencia de grupo, una experiencia que se vive y se alimenta en comunidad. Por ello, las historias que nos hablan del Espíritu Santo en la biblia casi siempre suceden teniendo como protagonista a un grupo de creyentes.

El día de Pentecostés, los discípulos experimentaron la alegría, la paz y la unidad en medio de una situación dominada por el miedo, la ceguera (era de noche) y la cerrazón (las puertas estaban cerradas). Es en esa situación angustiada, de oscuridad y aislamiento, cuando irrumpe el Espíritu de Jesús para traer paz, abrir las puertas e iluminar la noche.

La imagen tradicional de Pentecostés –un grupo de personas encerradas a oscuras y en silencio– siempre me ha recordado esos conciertos multitudinarios cuando el cantante, al final ya de su intervención, toca la canción que esperaban sus fans desde el principio. Es en ese momento, al generarse un fuerte sentimiento de comunión y fraternidad, cuando los asistentes sacan sus mecheros (ahora móviles) y empiezan a cantar al unísono, abrazados e iluminados por cientos de frágiles y pequeñas llamas.

Pentecostés no consiste tanto en ser iluminados desde fuera, por un fuego exterior, como en la capacidad de vibrar juntos, apoyarnos mutuamente e iluminarnos unos a otros.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos lo ha contado de otra manera al hablar de la sorprendente unidad generada entre creyentes provenientes de todo el mundo, capaces de “oír hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”. En medio de la diversidad de lenguas –símbolo del pecado y la ruptura de la comunión en el relato de la torre de Babel– los creyentes son capaces de entenderse, “cada uno los oía hablar en su propio idioma”. Pentecostés es la cara opuesta del relato de la torre de Babel. Si el orgullo humano generó incomunicación en Babel, el Espíritu Santo restableció la comunión.

Esta es otra de las intuiciones cristianas sobre el Espíritu: podemos convertirnos en cauces de comunicación, podemos iluminarnos los unos a los otros, podemos ser reflejo de la presencia del Espíritu a nuestro alrededor. Podemos convertirnos en imágenes luminosas de Dios, en signos de su presencia.

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El espíritu da consistencia 

Pero la presencia del Espíritu no es sólo una experiencia estética y una experiencia puntual que genera unión en un grupo humano. Esa unión, si es fruto del Espíritu, se mantiene a lo largo del tiempo.

Porque el Espíritu no solo genera entendimiento y comunión en la iglesia; también la cohesiona y la sostiene a lo largo del tiempo. A diferencia del sentimiento generado en los eventos multitudinarios–como un flash-mob o un concierto–la experiencia del Espíritu, cuando es auténtica, permanece y une al grupo a lo largo del tiempo.

La palabra religión, en una de sus muchas acepciones (re-ligio), significa re-ligar, unir, mantener cohesionado. Esta manera de entender la religión nos indica que el Espíritu no es una experiencia temporal, fluida y pasajera; es aquello que “religa”, da solidez y consistencia a la comunidad.

Igual que el cemento–mezclado con áridos y agua, tras un tiempo de fraguado–forma una estructura sólida y resistente, también la presencia del Espíritu alimentada en la contemplación, en los sacramentos, en la vida de comunidad y en los actos de caridad nos hace creyentes sólidos, fuertes frente a las dificultades y las dudas.

Es habitual escuchar que, en lugares donde ha estallado una guerra, son las organizaciones religiosas las últimas en marchar. Cuando los organismos internacionales y las empresas se han ido, son solo ellas las que permanecen. Hay algo que las hace resistentes al desánimo y les da fuerzas para continuar en medio de las dificultades, algo que las cohesiona y sostiene en el tiempo.

El Espíritu, para los cristianos, es el cemento de la vida de fe y el que cimienta la comunidad. La iglesia es fruto del Espíritu y sigue viva gracias al Espíritu. Cuando no sabemos a quién acudir, es el apoyo que nos sostiene; cuando parece que no podemos más, es la fuerza que sale de nuestra flaqueza; cuando parece que estamos solos, es la presencia que nos acompaña.

El Espíritu abre los ojos. El Espíritu genera comunidad. El Espíritu consolida la fe. El Espíritu “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos”.

Jaime Tatay, SJ

Estas y otras meditaciones están publicadas en mi libro:

La llegada de un Dios salvaje (2019)

Hechos de los apóstoles 2, 1-11


Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

-No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, cómo es que cada uno los olmos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua

1 Corintios 12, 3b-7. 12-13


Hermanos:
Nadie puede decir: Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Juan 20, 19-23


Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

    Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

 

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Poder blando

Cuentan que en 1935 Stalin respondió sarcásticamente a la petición del embajador francés de poner fin a la persecución religiosa en Rusia con una pregunta: “¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”. La reacción de Stalin, salvando las distancias, no fue muy distinta de la de Herodes, quien, veinte siglos antes, formuló una pregunta similar ante la pretensión mesiánica de Jesús: “¿Dónde están tus hombres si eres rey?”.

Aunque las preguntas de Stalin y Herodes no son tan irónicas como parecen. Al fin y al cabo, la mayoría de los representantes políticos y de los líderes militares de la historia han identificado el poder con la fuerza de las armas y del dinero. Como recomendaba Macchiavello a los príncipes italianos de su época, “más vale ser temido que amado”. O como escribió Quevedo en uno de sus famosos poemas, “poderoso caballero es don dinero”. Porque hay dos cosas que todos tememos, la violencia física y la ruina económica.

Varios siglos después, uno de los grandes estudiosos de las relaciones internacionales, Joseph Nye, denomina este tipo de poder militar y económico—el tradicional poder del palo y la zanahoria, de las amenazas militares y las sanciones económicas—como poder duro. Sin embargo, junto a este primer tipo existe otro que puede ser tanto o más importante para conseguir aquello que uno desea, el poder blando. Para Nye, un país también puede lograr mucho de lo que busca si hace que los demás admiren sus valores, aspiren a su nivel de prosperidad, sueñen con su apertura y emulen su ejemplo. El poder blando es un tipo de autoridad que renuncia a la fuerza y a la coerción, optando por la atracción y la seducción. Todo gran imperio o superpotencia, para llegar a serlo, ha tenido que aprender a administrar ambos tipos de poder.

La moderna teoría de las relaciones internacionales nos ayuda a comprender y juzgar la reacción de Stalin y de Herodes, su error de cálculo, su visión cortoplacista y su minusvaloración de los distintos modos de influir y transformar la realidad. Ser capaz de ejercer el poder a lo largo del tiempo no reside única ni principalmente en la fuerza—de las armas y del dinero—sino, sobre todo, en la capacidad de seducción de un mensaje.

Tanto el imperio romano como el imperio soviético cayeron, desapareciendo para siempre; el cristianismo, sin embargo, sobrevivió a ambos, llegando hasta nuestros días. Al final, el mensaje del Reino de Dios fue más poderoso que todos los ejércitos romanos y soviéticos juntos; el poder blando superó con creces al poder duro, aunque su victoria final no fue evidente al principio y requirió del paso del tiempo para ser confirmada.

La discusión sobre los distintos tipos de poder aparece y reaparece también en el evangelio, desde el principio de la vida de Jesús hasta el final. En la conocida escena de las tentaciones, justo al inicio de su vida pública, el demonio invita a Jesús a instaurar el Reino por la fuerza de las armas, a ejercer sin ambages ni tapujos el poder duro. Jesús, sin embargo, rechaza de plano esa estrategia. Y lo hace no sólo porque Satanás legitimara la violencia, sino porque esa opción implica desconfiar de la fuerza del amor y de su sorprendente poder blando.

Durante su vida apostólica, muchos de los seguidores que habían sido atraídos por el predicador de Nazaret quedan decepcionados al comprobar que su plan no era el que ellos estaban esperando. Por eso, los anuncios de la pasión que anticipan la Pascua resultan intolerables a oídos de los discípulos, que sospechan del poder real del mensaje de Jesús. “Mi Reino”, afirma, “no es de este mundo”. “Mi poder”, nos sigue advirtiendo siglos después, “no es del tipo que pensáis”.

La renuncia a la violencia y a la fuerza de los primeros cristianos refleja el pacifismo radical del mensaje evangélico, pero muestra algo todavía más importante: la fe en el poder blando del mandamiento del amor. La comunidad cristiana que surgió tras la Pascua ejercerá una creciente influencia en el Imperio Romano, aunque nadie al principio fuese capaz de sospecharloA lo largo de los primeros siglos de nuestra era, el poder seductor de la fe no sólo hará posible su supervivencia en medio de las persecuciones, sino que acabará incluso convirtiendo al cristianismo en la religión oficial.

Ahora bien, esta lectura histórica y política del cristianismo puede y debe ser trasladada también al pequeño círculo de relaciones personales, así como a la vivencia personal de la fe. Todos y cada uno de nosotros estamos invitados a ser seducidos, atraídos y convencidos del poder del mensaje evangélico. Las tentaciones y controversias que aparecen en los evangelios siguen estando presentes, bajo diversas apariencias, en nuestra experiencia espiritual y en nuestra vida cotidiana, en nuestras relaciones familiares, laborales y sociales.

En las últimas décadas se ha popularizado el término empoderar—y su contrario, desempoderar—para expresar la importancia y la necesidad de dar cuotas de poder a personas o colectivos tradicionalmente marginados en una sociedad, empresa o colectivo particular. Sin embargo, lo que a menudo no se discute al utilizar este neologismo es el tipo de poder que se quiere conceder (o retirar).

Como creyentes, estamos llamados a cuestionar una comprensión unidimensional, dura, del poder, para abrirnos a una visión más rica, blanda, del mismo. Haciéndolo, no sólo comprenderemos mejor el funcionamiento del mundo, sino también la lógica del evangelio.

Al fin y al cabo, el auténtico ejercicio de la libertad consiste en ser capaz de dar un paso atrás y renunciar al ejercicio del poder. Paradójicamente, a la larga, desempoderarse resulta enormemente poderoso. Esa es la gran lección de la experiencia pascual.

Jaime Tatay, SJ

 

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Trastorno por Déficit de Espiritualidad

En estos últimos años, se ha popularizado un conjunto de expresiones provenientes del mundo de la sicología y la pedagogía para tratar de explicar los trastornos que sufren los jóvenes y los adolescentes en sus procesos de crecimiento y aprendizaje. Una de las más conocidas es el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Según los especialistas, esta patología hace que sea muy difícil para un niño estarse quieto, prestar atención, controlar los impulsos y concentrarse en una tarea.

El déficit de atención y el de hiperactividad no son lo mismo, aunque en la mayoría de los casos coinciden y suelen ser causa de problemas sociales y educativos para quienes los padecen y para sus familias. La dificultad, sin embargo, no es exclusiva de los más jóvenes. También hay muchos adultos que, ante la omnipresencia de los smartphones y la permanente interconexión que ofrece la era digital, sufren síndromes muy similares a los de los jóvenes, viviendo en una distracción permanente.

En referencia a esta problemática, y tomando como referencia el TDAH, hay quienes hablan incluso de un Trastorno por Déficit de Naturaleza. En un mundo digital como el nuestro, que se urbaniza a gran velocidad—y en el que son cada vez más las personas que crecen alejadas del entorno rural ignorando, por tanto, los ciclos de la naturaleza, el funcionamiento de las plantas y el comportamiento de los animales—no resulta del todo descabellada la expresión. De hecho, hay estudios que tratan de mostrar los efectos que tiene sobre la salud una desconexión prolongada del mundo natural. A diferencia del TDAH, en este caso el trastorno no se debe tanto a causas genéticas o hereditarias, sino al contexto cultural en el que cada vez más personas estamos inmersas.

En relación con estos dos trastornos, y especialmente en sociedades crecientemente secularizadas como la nuestra donde la religión juega un papel cada vez más irrelevante, ¿tendría sentido hablar también de un Trastorno por Déficit de Espiritualidad?

Para las tradiciones bíblicas, la posibilidad de una experiencia espiritual se fundamenta en el hábito del silencio y la contemplación. La distracción permanente y la dispersión se convierten en amenazas que descentran y acaban desintegrando al creyente. Al mismo tiempo, la relación con el conjunto de la creación—signo permanente de la presencia del Creador—se concibe como un lugar privilegiado de encuentro con Dios. Su desaparición influiría también en la riqueza e intensidad de esos encuentros. En resumen, no resulta descabellado afirmar que tanto el déficit de naturaleza como el déficit de atención entorpecen el crecimiento y la maduración espiritual.

Ahora bien, el Trastorno por Déficit de Espiritualidad—si aceptamos su existencia—no cabría achacarlo sólo a los males de nuestra época. Se trataría de un problema que afecta al ser humano de todos los tiempos, por el mero hecho de serlo. En las propias Escrituras aparecen ya referencias sutiles a este problema.

Uno de los relatos evangélicos más extraños y difíciles de interpretar para el lector moderno es un pasaje del evangelio de Marcos que describe el exorcismo del endemoniado de Gerasa (Mc 5, 1-10). En esta historia—que ha sido interpretada de múltiples maneras a lo largo de la historia—el hombre poseído de espíritu impuro responde a la pregunta de Jesús–“¿Cómo te llamas?”–afirmando: “Mi nombre es legión, pues somos muchos”. Tras la enigmática respuesta de aquel hombre que se golpeaba contra las piedras aparecen algunos de los rasgos principales de la persona desintegrada espiritualmente: el aislamiento, la dispersión, la fragmentación y la violencia interior.

Menos dramática que la historia del geraseno es la que narra el encuentro de Jesús con dos hermanas, Marta y María, con quienes le unía una sincera amistad (Lc 10, 38-42). En esta ocasión, Jesús reprende a Marta por su dispersión y su activismo, por su incapacidad—oculta bajo la apariencia de un servicio desinteresado—para hablar, escuchar y contemplar. “Marta, Marta, te preocupas por muchas cosas y sólo es necesaria una”, le advierte Jesús. Bajo su advertencia resuena un mensaje universal, dirigido a los creyentes de todos los tiempos: céntrate en lo único importante, en Dios.

La pérdida de sintonía y de finura para intuir qué es lo que Dios me pide en cada momento es, quizás, uno de los síntomas más claros del déficit de espiritualidad. El “síndrome de Marta”—así lo han definido algunos comentaristas—expresa de forma paradigmática el tipo de dispersión que caracteriza nuestra época, encarnado en un personaje bíblico. Frente a la exégesis tradicional que contraponía la vida contemplativa (María) y la activa (Marta), esta interpretación alternativa no sólo resulta plausible, sino más actual que nunca.

A diferencia del TDAH, el déficit de naturaleza y el de espiritualidad no han entrado todavía en los tradicionales cauces académicos e institucionales. Sin embargo, no son pocos los autores que, en los últimos años, han propuesto la existencia de una Inteligencia Espiritual, tratando de describir sus rasgos y sus beneficios físicos, sicológicos y sociales.

Ciertamente—más allá incluso de las convicciones religiosas particulares—si asumimos que existe en el ser humano una dimensión religiosa, espiritual o trascendente, una Inteligencia Espiritual, cabría aceptar también la posibilidad de un trastorno que afecte al desarrollo y la maduración de esta dimensión. La superficialidad, la dispersión, el aislamiento, el activismo y la desconexión de la naturaleza serían algunos de sus síntomas.

Frente al riesgo de empobrecer la experiencia humana atrofiando una de sus dimensiones más importantes, la tradición espiritual cristiana propone un camino de integración, profundización y unidad. Este es el deseo que expresa Jesús: “que todos sean uno” (Jn 17, 21). El Papa Francisco, siglos después, se ha hecho eco de este deseo, expresándolo con sus palabras: “Estamos hablando de una actitud del corazón, que vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después, que se entrega a cada momento como don divino que debe ser plenamente vivido” (Laudato si’, 226).

Jaime Tatay, SJ

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El arte de recomponer lo roto

Los japoneses utilizan un término difícil de pronunciar—Kintsukoroi—para referirse al “arte de recomponer lo roto”. Cuenta Carlos López-Otín al respecto: “Cuando se rompe una pieza de cerámica, los maestros de este arte ancestral la reparan con oro, dejando la cicatriz de la reconstrucción completamente a la vista y sin ningún disimulo, pues para ellos una pieza reconstruida es un símbolo perfecto que aúna fortaleza, fragilidad y belleza”.

Los primeros cristianos, como los maestros del Kintsukoroi, decidieron también conservar y transmitir la historia de Jesús sin ocultar las muchas rupturas, heridas y traiciones que le acompañaron durante su vida. Podrían haber edulcorado, suavizado o directamente omitido los elementos más humillantes del final de la vida de Jesús o algunos de los aspectos más polémicos de sus enseñanzas. Sin duda hubiesen ahorrado controversias y facilitado la aceptación del mensaje cristiano. Sin embargo, no lo hicieron. Los cuatro evangelistas dejaron las cicatrices de la pasión completamente a la vista y sin ningún disimulo.

Y lo hicieron no solo por ser fieles a la historia—algo que, por otro lado, no era una cuestión tan importante como lo es para nosotros—sino, sobre todo, para mostrar la fortaleza, la fragilidad y la belleza de la reconstrucción obrada por Dios en la resurrección. Conviene mostrar el oro precioso que rellena los huecos entre las piezas rotas, la huella de Dios en las cicatrices de la historia.

La importancia de recomponer lo roto resuena también con el concepto judío del Tikun Olam (en hebreo, “reparar el mundo”), que expresa la responsabilidad compartida de la humanidad para curar, reparar y transformar el mundo. Aunque el término no aparece en la Mishnáhasta el siglo III, su mensaje conecta con las insistentes exhortaciones de los Profetas de Israel y fundamenta la ética judía de la cual bebe el propio Jesús, buen conocedor de la tradición de su pueblo. Una de las frases que mejor expresa esta llamada al compromiso con la reparación que brota de la experiencia del Dios creador y anuncia la fe en la resurrección es del profeta Isaías: “Los tuyos reedificarán las ruinas antiguas. Tú levantarás los cimientos de generaciones pasadas, y te llamarán reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas” (Is 58, 12).

La restauración siempre es una tarea colectiva. No es únicamente Jesús, solo y con sus propias fuerzas, quien vuelve de la muerte tras bajar a los infiernos. Es en gran medida el Padre quien, como experto artesano, tras enviarle y sostenerle a lo largo de su misión, le eleva, le reconstruye y le resucita. La restauración obrada en Jesús es un trabajo de colaboración, una labor de equipo en la que participa la Trinidad entera, extendiéndose y afectando a los testigos de la resurrección.

Este es la razón por la que, para los cristianos, el compromiso con la restauración del mundo es un ideal ético, pero es sobre todo el modo de actualizar la experiencia de la resurrección y de vivir la vocación cristiana. No es casual que la reparaciónse haya convertido con el paso del tiempo en un motivo central para algunas congregaciones religiosas como las Religiosas Reparadoras del Sagrado Corazón o los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, conocidos también como Dehonianos o Reparadores.

Ahora bien, como nos recuerda Isaías, ser “reparador de brechas y restaurador de casas en ruinas” no es una vocación exclusiva para personas consagradas, sino un modo universal de vivir la fe. El creyente escucha la llamada de los profetas y de Jesús para unirse a la labor del Dios-creador quien, en la resurrección, re-crea de nuevo la humanidad rota. Los teólogos, siglos después, llamaron a Jesús la “nueva creación” porque la resurrección les recordaba el poder de Dios y la posibilidad de reconstrucción de una nueva humanidad.

Toda labor de reparación, sin embargo, está plagada de dificultades, externas e internas. En el libro de Nehemías—un libro histórico que narra la reconstrucción de la Ciudad Santa tras la vuelta del destierro en Babilonia—el resto fiel del pueblo judío se enfrenta a la dura tarea de la reconstrucción: “La muralla de Jerusalén está llena de brechas, y sus puertas incendiadas” (Ne 1,3), le espeta Jananí a Nehemías. Junto a las dificultades materiales de la reconstrucción y la abierta hostilidad de los samaritanos, se siembran también dudas respecto al sentido de esa tarea: “¿Van a dar vida a esas piedras, sacadas de montones de escombros y calcinadas?” (Ne 3,34).

Las dificultades experimentadas en la reconstrucción de Jerusalén tras la traumática experiencia del destierro prefiguran los obstáculos que los cristianos encontrarán—cinco siglos más tarde—para creer en la resurrección. Quizás por eso el propio Jesús, aludiendo a esta experiencia central en la historia de Israel, anuncia veladamente la esperanza en la resurrección echando mano de una metáfora del mundo de la construcción: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.” Los judíos replicaron: ‘Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?’ Pero hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús” (Jn 2, 19).

Los maestros japoneses del arte del Kintsukoroidejan la cicatriz de la reconstrucción completamente a la vista y sin ningún disimulo. Sin haber conocido a Cristo, ellos anuncian veladamente que la pieza reconstruida es un símbolo perfecto que aúna fortaleza, fragilidad y belleza. Ella es el símbolo del poder y la belleza que se expresa en la fragilidad.

La resurrección, como el oro, rellena los huecos de la frágil vasija del Reino de Dios—el sueño de los cristianos—reconstruyéndola de nuevo.

Jaime Tatay, SJ

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Coste de oportunidad

Los economistas hablan del coste de oportunidad para referirse al valor de la mejor opción no realizada. El término fue acuñado por Friedrich von Wieser en 1914 y desde entonces se ha popularizado fuera del ámbito académico de la economía. En un sentido coloquial, el concepto se refiere también a aquello de lo que alguien se priva o renuncia cuando hace una elección o toma una decisión. La renuncia se justifica por el mayor valor asociado a la opción escogida.

Cualquier decisión que tomemos, por pequeña e irrelevante que parezca, tiene un coste de oportunidad. Por ejemplo, ir de vacaciones a un lugar excluye la posibilidad de conocer otros muchos. Aprender a tocar bien un instrumento musical suele hacer muy difícil llegar a dominar otro. Elegir unos estudios implica casi siempre renunciar a otra carrera profesional que también interesaba. En definitiva, una decisión excluye siempre otras muchas posibles y el precio a pagar es el potencial beneficio de las alternativas descartadas. La mayoría de estos costes, sin embargo, pasan desapercibidos y ni siquiera los formulamos en estos términos.

En el ámbito religioso este neologismo no se utiliza. Pero hay un concepto análogo que no resulta extraño al modo de razonar de la economía: el de sacrificio. Un sacrificio implica siempre una transferencia de valor entre aquello a lo que se renuncia y aquello que pretende conseguirse. Un ejemplo extremo es el de los sacrificios humanos propios de las religiones del mundo antiguo. En estos ritos, la sangre de la víctima aplacaba la ira de los dioses, sacrificándose así un gran valor—el de la vida humana—por otro todavía mayor: el restablecimiento del orden cósmico. En la Biblia, este tipo de dinámica aparece insinuada en el relato del sacrificio de Isaac (Gn 22, 1-19).

En la historia de las religiones, los sacrificios humanos fueron desapareciendo para ser sustituidos por animales o por la ofrenda de los primeros frutos de la cosecha (las primicias) u otros objetos valiosos. También en la Biblia encontramos referencias a esta dinámica ritual que hace de la ofrenda y el sacrificio algo central. Tal y como narra el evangelista Lucas: “Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor […] y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: ‘un par de tórtolas o dos pichones’” (Lc 2, 22-24).

Aunque en una etapa posterior estos sacrificios se simplificaron aún más, rechazándose la dimensión cruel y “sangrienta”, todavía hoy es habitual el sacrificio ritual de animales—por ejemplo, en la fiesta del cordero de la religión islámica—así como ofrendas votivas y ofertorios de objetos materiales y de dinero en muchas otras tradiciones religiosas, incluida la cristiana. La dimensión material, sin embargo, ha ido perdiendo fuerza progresivamente, dando paso a una concepción más mística del sacrificio. Uno de los mejores ejemplos de este proceso de “desmaterialización” sería la eucaristía, recuerdo espiritual del sacrificio pascual de Cristo.

Esta evolución no significa que la dinámica sacrificial sea una reliquia histórica en proceso de desaparición. Al contrario, a pesar de las apariencias sigue estando tan presente como siempre ya que es una parte constitutiva del ser humano. La experiencia del sacrificio, más bien, se habría camuflado cambiando su apariencia, mudando su ropaje religioso tradicional. Al fin y al cabo, como nos recuerda la moderna ciencia económica, mucho de lo que hacemos en la vida conlleva algún coste de oportunidad, implica una transferencia de valor, supone un sacrificio.

El término sacrificio, sin embargo, resulta cada vez más extraño, llegando incluso a generar un abierto rechazo. La razón principal es que se ha identificado exclusivamente con la negación de la libertad y de la autonomía personal—valores sacrosantos de nuestra cultura—asociándose exclusivamente a opciones de vida heroicas difícilmente imitables (en el mejor de los casos) o a peligrosas patologías y deformaciones religiosas (en el peor de ellos).

Pero hay que insistir en que, a pesar de las connotaciones históricas y los prejuicios culturales que arrastra la palabra sacrificio, la realidad a la que apunta es consustancial a todo lo que hacemos. Cuando uno piensa en ámbitos tan distintos como el deporte, la música, la investigación o la familia, rápidamente cae en la cuenta de la dinámica sacrificial que existe en todos ellos. Ser un buen atleta, adquirir conocimientos, aprender a tocar un instrumento o formar una familia conlleva muchas renuncias que, paradójicamente, no son formuladas en términos sacrificiales, sino como un ofrecimiento libre y generoso que permite alcanzar un bien mucho mayor.

Llegados a este punto, conviene recordar el origen del término y su sentido originario. La palabra sacrificio proviene del latín sacre (sagrado) y facere (hacer); sacrificar significa, literalmente, hacer sagrado. Un sacrificio es aquello que convierte una realidad en sagrada. El sacrificio, por tanto, no es una negación de la libertad sino un modo de ejercerla de forma plena.

Por eso conviene recuperar el sentido originario del término. No sólo para desvelar su presencia cotidiana y universal, sino también para desvelar y cuestionar los muchos sacrificios que hacemos de forma inconsciente e ingenua a lo largo de nuestras vidas, en forma de peajes que no hemos elegido. Pero conviene recuperar su sentido, sobre todo, para poder ver con mayor claridad el bien mayor por el que valdría la pena sacrificarse.

Para un cristiano, la meditación frecuente de la vida de Cristo es uno de los mejores lugares donde reflexionar sobre el sentido último del sacrificio. En el relato de las tentaciones del desierto se explicitan los tres principales costes de oportunidad del mesianismo escogido por Jesús. Frente a los valores de la riqueza, el prestigio y el poder, se contrapone el bien mayor del Reino de Dios, un Reino de paz y justicia, de vida y de amor.

Pero es en la eucaristía, misterio central de la fe cristiana, donde se manifiesta de forma más plena que el sacrificio entendido como entrega generosa, confiada y agradecida de la vida genera un bien: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).

Nuestras vidas están atravesadas, inevitablemente, por pequeños y grandes sacrificios. Elijamos bien, “como arqueros que apuntan al blanco”, para hacer sagrado sólo aquello que de verdad lo es.

Jaime Tatay, SJ

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“La pregunta no es si hay vida después de la muerte, la pregunta es si hay vida antes de la muerte.”

La viuda de Naín y la vida antes de la muerte

La primera causa de muerte no natural en nuestro país es el suicidio, una “epidemia silenciosa” de desesperanza que se lleva por delante a diez personas cada día. Detrás de esa cifra escalofriante hay muchas situaciones límite, muchas vidas rotas, muchos muertos vivientes; personas que –como la viuda de Naín, protagonista del evangelio de hoy– piensan que su vida vale muy poco y no les queda ya nada que esperar.

Albert Camús afirmó que el suicidio es el único problema filosófico realmente serio. Para las religiones, la pregunta por el valor último de la vida y la importancia de preservarla es también una cuestión central. Los filósofos no se han puesto del todo de acuerdo respecto a la cuestión; los cristianos sí: el Dios cristiano es un Dios que ama la vida, un Dios que para los cortejos funerarios y reanima a los muertos. Dicho en palabras de Ireneo: “la gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre es la gloria de Dios.” La afirmación del valor de la vida es una convicción religiosa central y la respuesta cristiana a la inevitable pregunta por la muerte.

Corcovado jesus

Corcovado jesus (Photo credit: @Doug88888)

Una reflexión similar a la planteada por Camús es la que nos narra la historia de la viuda de Naín, una historia que no habla de muertos que vuelven a la vida, sino de vivos que parecen muertos, vivos que se preguntan por el valor de la vida en una situación desesperada. En el encuentro de Jesús con el cortejo el protagonista no es el joven fallecido que despierta gracias a la acción milagrosa de Jesús, sino la viuda “muerta en vida,” reanimada por Jesús.

Cuentan que en el lavabo de un bar apareció una vez escrito: “la pregunta no es si hay vida después de la muerte, la pregunta es si hay vida antes de la muerte.” Esa es, también, la pregunta que hoy nos plantean las escrituras. Las lecturas de este domingo hablan de muertos que vuelven a la vida pero hablan, sobre todo, de vivos que re-descubren el valor de la vida.

Jesús sólo devolvió a la vida a tres muertos durante sus años de predicación itinerante: a la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga; a Lázaro, su amigo; y al hijo de la viuda de Naín, nuestra protagonista de hoy. El caso de la viuda, sin embargo, es algo distinto de los otros: es el único de los tres en que Jesús toma la iniciativa –sin que nadie interceda o pida ayuda– y es, también, el único fallecimiento de un varón hijo único de una viuda. Estas dos diferencias hacen de esta escena un lugar especial en el evangelio de Lucas.

Efectivamente, a diferencia de la mayoría de leprosos, inválidos, ciegos y endemoniados que gritan pidiendo ayuda a Jesús, la viuda de Naín no pide nada y nadie intercede por ella. Es Jesús quien se tropieza con la dramática escena del entierro y quien toma la iniciativa, es Jesús quien detecta la urgencia de la situación, quien se acerca y quien recompone esa realidad rota. Es Jesús quien decide pasar de ser un observador a ser un actor, movido por la compasión.

¿Y qué decir respecto a la segunda diferencia? ¿Qué significaba la muerte del único hijo varón para una viuda en la sociedad patriarcal de la Palestina del siglo I? Significaba que esa mujer quedaba desprotegida, social y económicamente desahuciada; significaba el final de la historia de esa familia. Significaba, como nos recuerda insistentemente la Biblia hebrea, que huérfanos, emigrantes y viudas eran (y siguen siendo) los grupos más vulnerables, los tres colectivos en mayor riesgo de exclusión social, las personas más necesitadas de compasión, compañía y ayuda.

Adolfo Nicolás, Superior General of the Societ...

Adolfo Nicolás, Superior General of the Society of Jesus (Photo credit: Wikipedia)

El padre general de los jesuitas, Adolfo Nicolás, eligió recientemente la jirafa como metáfora para expresar lo que se espera de un creyente en nuestro tiempo: alguien con amplias miras y gran corazón, capaz de ver la realidad con perspectiva, capaz de compadecerse y capaz de “bombear sangre” a gran altura. En la historia de este domingo, Jesús se sitúa ante la realidad como las jirafas y nos invita, a todos, a imitar la estrategia de la jirafa: tener grandes miras, observar cuidadosamente la realidad atravesando la costra de la desesperanza, desarrollar un gran corazón y bombear sangre (vida) a gran altura. Nos invita a descubrir vida donde sólo parece haber muerte. Para poder acercarnos a situaciones desesperadas, como la de la viuda de Naín –o la epidemia silenciosa de la desesperanza– la recomendación de Adolfo Nicolás es oportuna: estiremos el cuello y desarrollemos un gran corazón. Quizás así podremos esperar “contra toda esperanza” (Rom 4, 18) y ofrecer esperanza donde parece que no la hay.

Jesús, el hombre que venía de Dios, el hombre de amplias miras y gran corazón, el hombre capaz de ver la realidad desde la altura que ofrece la esperanza, nos invita a vivir esperando y a vivir de esperanza. Esa fue la invitación que Jesús hizo a sus apóstoles el domingo pasado al invitarles a bendecir, partir y compartir lo que tenían en el relato de la multiplicación de los panes y los peces: frente a la aparente escasez, desorientación y muerte, busquemos bendición, sentido y vida. Este es el mensaje que se nos vuelve a enviar este domingo. La lucidez de la esperanza nos ayuda a mirar de nuevo, nos ayuda a bendecir, nos muestra ventanas de oportunidad donde parece que sólo hay oscuridad.

El creyente protege la vida y rechaza el suicidio porque es un mandato divino, pero sobre todo, y principalmente, porque la vida humana es reflejo de la gloria de Dios. Dios desea que vivamos plenamente y nos recuerda que hay vida, y vida en abundancia, ya antes de la muerte. “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”

Homilía – 10º domingo T.O. (C)

1R 17, 17-24; Gal 1, 11-19; Lc 7, 11-17

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El efecto multiplicador

CORPUS CHRISTI – El efecto multiplicador y la viralidad del mensaje cristiano.

Gn 14, 18-20; 1Cor 11, 23-26; Lc 9, 11-17

Las redes sociales han popularizado un nuevo término, de origen inglés: “viralidad”. Está relacionado con la palabra virus y, aunque no tiene (todavía) una entrada en el diccionario de la RAE, podríamos definir la viralidad como “la capacidad que tiene algo para reproducirse, multiplicarse y expandirse como un virus.” En el mundo de las comunicaciones digitales se refiere a la difusión de un contenido de persona a persona. Este neologismo nos ayuda a entender por qué muchos de los gestos y palabras de Jesús se extendieron de forma “viral” hasta llegar a nosotros.

Las parábolas, gestos y acciones de la vida de Jesús tienen algo que las hace contagiosas; en la historia del cristianismo también hay algo que le hace extenderse como las epidemias. Jesús, a pesar de su estrepitoso fracaso y muerte humillante, es reconocido como alguien digno de fe; los primeros cristianos, frente a la dificultad de predicar sobre un Dios crucificado, consiguen transmitir su mensaje a propios y extraños; la primera comunidad cristiana, frente a todo pronóstico, se propaga a gran velocidad alrededor del mediterráneo; los discípulos, frente a todo cálculo, alimentan una multitud con muy poca comida.

Pero, ¿Cómo sucede algo así? ¿Cómo triunfan proyectos condenados al fracaso de antemano? ¿Cómo prospera una religión absurda, que predica un Dios hecho hombre, crucificado y resucitado? ¿Cómo se alimentan muchos con muy poco? Hoy el evangelio nos da pistas para tratar de responder a estas preguntas.

La clave principal es que estas preguntas hay que situarlas en el contexto de la eucaristía. Jesús pronuncia, en la escena de la multiplicación de los panes y los peces, tres palabras que son fundamentales. Tres palabras que aparecen también en el relato de la institución de la eucaristía de la carta a los Corintios. Tres palabras que el sacerdote repite en la consagración. Palabras y gestos clave que nos ayudan a entender lo sucedido junto a la multitud cansada y hambrienta: “alzó la mirada al cielo, pronuncio la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.”

Bendecir, partir y dar: tres verbos que explican el éxito multiplicador del gesto de Jesús y el mensaje central de la eucaristía.

1. El primero es el verbo bendecir. A menudo nos cuesta pensar bien, hablar bien y “decir bien” de la realidad. Hay demasiadas malas noticias y frustraciones acumuladas. Sin embargo, a pesar de las dificultades, Jesús bendice; dice bien, espera lo mejor de la realidad, espera contra toda esperanza. Es cierto que la realidad es muchas veces dura y difícil, como una costra o un muro impenetrable. Jesús pide a los discípulos atravesar un muro, llevar adelante una misión imposible: “dad de comer a la gente, pero sin tener a penas comida.” No es de extrañar que los discípulos respondan sorprendidos: “no tenemos más que cinco panes y dos peces,” o dicho en lenguaje coloquial, “no nos pidas cosas imposibles.” Sin embargo, Jesús pide lo imposible, pide que busquen grietas en el muro, pide que se paren y busquen alternativas.

Para enfrentarse a un problema es más importante formular bien la pregunta que tratar de resolverlo. Quizás por ello Jesús no responde a la pregunta que le hacen los discípulos sobre cómo alimentar a mucha gente con poca comida. Jesús pide tiempo; Jesús inicia una especie de sesión de coaching e invita a sus seguidores a una lluvia de ideas, a una dinámica de grupo –de 50–  donde pueda surgir la respuesta al difícil problema planteado: ¿cómo alimentar a muchos con poco? La respuesta no vendrá de arriba, sino de abajo; no será resuelta por un experto, sino deliberada y consensuada en grupo; no será Jesús el que conteste, sino sus seguidores los que encuentren una salida a la situación, una grieta en el muro.

Muchos de los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra época se parecen al dilema planteado a Jesús por sus discípulos: dar trabajo a millones de parados, transformar un modelo económico basado en la acumulación ilimitada que degrada el planeta, devolver la dignidad a millones de pobres que no acaban de salir de su pobreza, alimentar multitudes “con dos panes y cinco peces.” Todos estos problemas, sin aparente solución,  se plantean como misiones imposibles, como muros ante los que parece que poco podemos hacer.

Sin embargo, los discípulos y la multitud de seguidores encontraron una solución aquella tarde para alimentarse y para continuar juntos, sin tener que dispersarse por los cortijos de la zona, como proponían los discípulos. Aquellos hombres, mujeres y niños fueron capaces de hablar bien, de parase y tomar distancia de las necesidades inmediatas, se organizaron en grupo y miraron la realidad con ojos nuevos. Aprendieron a mirar y a deliberar juntos. Aprendieron, frente a la maldición de la escasez, a bendecir las posibilidades de la abundancia compartida. Esta es la primera pista de la mística eucarística, la mística de los ojos abiertos, el bien-decir y el bien pensar juntos; la pista que conduce al segundo verbo: partir.

2.       Bendecir nos abre el horizonte, nos ayuda a “mapear” juntos la realidad y explorar nuevas posibilidades. Partir nos ayuda a profundizar y a descubrir las grietas del muro por las que podemos entrar: partir la realidad -no sólo hablar bien de ella- perforar y explorar juntos las posibilidades ocultas que encierra.

La palabra compañero significa, literalmente, aquel con quien se comparte el pan. Partir, compartir y compañero entran en resonancia en la eucaristía: son las claves de la multiplicación de los gestos de Jesús, de la viralidad de sus mensajes y del rápido crecimiento de la comunidad cristiana. Jesús invita a partir la realidad y compartirla, con pan (y vino) en torno a una mesa. En estos tiempos de escasez y recortes, de desesperanza y desconfianza, no dejan de surgir iniciativas que apuntan justo en la dirección contraria: vecinos que se organizan para poner en común recursos, foros de internet donde la gente regala lo que ya no necesita o aporta conocimientos de forma gratuita, bancos de tiempo, desconocidos que viajan juntos o intercambian sus casas para poder veranear por muy poco dinero.

El auge de la “economía del compartir,” posibilitado en parte por las redes sociales, es una de las luces del ambiguo mundo de las nuevas tecnologías, una luz que invierte la dinámica de la desconfianza y redescubre la abundancia que se genera cuando grupos de desconocidos se atreven a partir la realidad, mirarse a la cara y soñar caminos alternativos. Esta es la segunda pista del día de Corpus Christi, el día en que recordamos la partición del cuerpo de Cristo para dar vida.

3.       El tercer verbo-clave es dar: “se los dio a los discípulos, para que se los sirvieran a la gente.” “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8), recordará Jesús en otro lugar. “Tomad y comed, tomad y bebed… haced esto en memoria mía,” escuchamos en la consagración cada vez que vamos a misa.

Esta es la invitación final de la historia de la multiplicación milagrosa: dad y devolved lo que os dieron primero, convertíos en canales, no en presas. La dinámica del bendecir y del partir conduce, finalmente, al dar. Un dar que es devolver, porque nunca fue del todo nuestro nada de lo que poseemos. Aquel que vive bendiciendo aprende a partir la realidad, junto a otros, y no tarda mucho en descubrir la alegría del compartir, la alegría de comprobar que todo lo que posee le fue regalado.

Cuando vivimos de este modo en comunidad la realidad se transforma y multiplica. La escasez se torna abundancia. Quizás por ello la reflexión social de la iglesia ha afirmado que todo bien tiene “un destino universal” y que sobre los bienes siempre pesa una “hipoteca social.” Esta es una convicción profundamente eucarística que, llevada a la práctica, se contagia y transforma la realidad. Es una convicción que se remonta al relato eucarístico de la multiplicación de los panes y los peces.

Hay personas que arrastran, hay gestos que atraen, hay historias que se comparten, se retuitean y se vuelven virales. La de la eucaristía es una de ellas. La de la multiplicación de los panes y los peces es la historia de la eucaristía puesta en práctica.

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