Reflexión

Hacer de la necesidad virtud

Juan Casiano, uno de los primeros maestros espirituales de la era cristiana, afirmaba que la vocación tiene tres orígenes.

Existe un primer tipo de vocación que procede directamente de Dios, quien comunica una misión particular al creyente.

El segundo tipo se debe a las mediaciones humanas que contagian-–mediante un testimonio o modo de ser ejemplar–-el deseo de imitar ese particular estilo de vida.

El tercer tipo no proviene directamente de Dios ni es mediada por terceros, sino que es casual e inesperada.

Según Casiano, este último tipo de vocación procede de la pura necesidad cuando-–golpeados por la pérdida, el fracaso o la enfermedad–-recurrimos a Dios, desesperados, como última tabla de salvación.

De las tres llamadas, la primera se sustenta en los propósitos más elevados. A la mente acuden rápidamente muchas historias de la Biblia, con sus revelaciones divinas, sus apariciones angélicas y (también) las dubitativas respuestas de los elegidos. Los profetas, David, María, Pablo y hasta el propio Jesús en el Jordán entrarían en esta primera categoría de vocaciones directas, inmediatas, “teológicas”.

En el segundo tipo incluiríamos a la mayoría de los santos y las santas que, deseando imitar a otros creyentes –o al propio Jesús– respondieron a la llamada a lo largo de sus vidas. También deberíamos considerar aquí a tantas personas que, de modo sencillo y discreto, han vivido su fe con coherencia; inspirados, impulsados y sostenidos por innumerables cristianos anónimos. Todas estas vocaciones podríamos considerarlas llamadas indirectas, mediadas, “antropológicas”.

Si el primer tipo de vocación irrumpe de forma inesperada y repentina, el segundo se transmite por el complejo y sutil proceso del deseo, el contagio y la imitación. Respecto al tercero, aquel que es fruto del fracaso y la necesidad, Casiano reconoce que es menos elevado. Sin embargo, advierte también que no debemos despreciar su valor:

“del tercer grado, que parece ser el más bajo y tibio, también han surgido hombres perfectos y fervorosísimos, como los que siguiendo un propósito excelente entraron al servicio del Señor y pasaron el resto de su vida con un ardor espiritual también digno de elogio”.

Dicho de otro modo, no son pocos los que haciendo de la necesidad virtud han llegado a vivir como cristianos, a pesar de su rechazo o indiferencia primera. Es más, hay quienes, habiendo sido incluso incapaces de comprender la primera llamada, vuelven a ella gracias a una segunda que acaba superando las expectativas previas. En la Biblia, este es el caso de Jonás, David o Pedro.

Jonás, el más simpático y díscolo de los profetas, tras recibir una misión del mismísimo Yahvé huyó despavorido, traicionando la llamada y renunciando a su primera vocación. Ahora bien, el encuentro desesperado y angustioso con la soledad y la muerte-–simbolizadas bíblicamente por la tormenta, el mar embravecido y la ballena–-le hace reaccionar y, de algún modo, volver a la casilla de partida para encontrarse de nuevo con su vocación primera: ser profeta en Nínive. Jonás, como tantos otros antes y después que él, hizo de la necesidad virtud y acabó cumpliendo la misión encomendada de forma ejemplar.

David, de un modo todavía más explícito que Jonás, simboliza en las Escrituras la posibilidad de un nuevo inicio tras la sucia traición, el cruel asesinato y la escandalosa codicia en la que incurre al enviar a la muerte segura a Urías para robarle a su mujer, Betsabé. Sin embargo, después de tomar conciencia del mal cometido y pedir perdón, David acaba siendo el rey que, quizás, de otro modo, nunca hubiese llegado a ser.

Pedro es otro de los personajes bíblicos que representa la importancia del tercer modo de llamada al que se refiere Casiano. Todos conocemos de sobra su historia. A pesar de estar entre los primeros elegidos y ser el brazo derecho de Jesús durante su vida apostólica, duda y traiciona al Señor, negándole tres veces en público. Sin embargo, la amarga experiencia de su caída le abre a la posibilidad de un seguimiento más auténtico, más maduro y –posiblemente también– más humano.

Aunque Jonás, David y Pedro no son los únicos personajes bíblicos que hicieron de la necesidad virtud. En una de sus muchas parábolas, Jesús nos narra la historia de ese conocido que llama por la noche hasta que consigue que le abran. Su insistencia, fruto de la pura necesidad, es alabada por Jesús, quien reconoce en ella una virtud.

Por último, también en las curaciones y exorcismos que nos narran los evangelios aparecen multitud de pecadores públicos, hombres y mujeres marginales que fueron apartados de la sociedad, pero que aprovechan el paso de Jesús por sus vidas para salir de la degradante situación en que se encuentran. Son hombres y mujeres que, gracias a su insistencia –haciendo, de nuevo, de la necesidad virtud– salvan sus vidas. “Tu fe te ha salvado”, les dirá Jesús.

Las historias de Jonás, de David, de Pedro y de tantos otros personajes de la Biblia son iluminadoras porque reflejan experiencias espirituales humanas. Muestran procesos en los que hay subidas y bajadas, pasos adelante y atrás, incoherencias y deseos de un nuevo inicio.

Al fin y al cabo, ¿quién no ha necesitado de la experiencia del fracaso para crecer? ¿Quién no ha aprendido a valorar más la vida al ver de cerca la enfermedad y la muerte? ¿Quién no ha descubierto la posibilidad de una ganancia en una aparente pérdida? ¿Quién no ha visto en su propia hipocresía una nueva posibilidad de vida más auténtica? ¿Quién no se ha abierto a la pregunta por la fe tras una experiencia de soledad, fracaso o desengaño? En definitiva, ¿quién no ha hecho, en más de una ocasión, de la necesidad virtud?

Una tentación purista e hipócrita nos impulsa a creer que la fe es solo fruto de la fidelidad, la voluntad y la pureza de intención. Todas esas actitudes son, sin duda, de gran valor y conviene cultivarlas a lo largo de la vida.

Pero no debemos olvidar que el fracaso, la caída, la pérdida y hasta el miedo pueden ser también oportunidades inesperadas y privilegiadas de crecimiento espiritual y encuentro con Dios. No despreciemos las propias contradicciones ni las sorpresas de la vida. Interpretémoslas como oportunidades de crecimiento espiritual.

En definitiva, como ya advirtió sabiamente Casiano, no dejemos nunca de hacer de la necesidad virtud.

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

Rehabilitar la pureza

La palabra pureza, cuando se utiliza en ámbitos religiosos, genera todo tipo de reacciones: para unos, es un vestigio absurdo de una religiosidad obsesionada con la sexualidad y la negación del cuerpo; para otros, es un ideal al que sólo unos pocos elegidos (ángeles y santos) pueden llegar; para la mayoría, es un término que ha caído en desuso y que, quizá, convendría olvidar.

Sin embargo, la pureza como ideal de vida tiene profundas raíces en la tradición y en la espiritualidad cristiana que no podemos ignorar o descartar de un plumazo por el abuso histórico que de ella se haya hecho. Como en tantas otras ocasiones, para profundizar en el significado de una expresión y desempolvar las capas de sentido que se le han adherido con el paso del tiempo, ayuda mucho explorar sus distintos usos, por muy alejados que parezcan en un primer momento, y así redescubrir, en lo antiguo, algo nuevo.

En química, un compuesto es puro si no está mezclado con otros elementos. Por ejemplo, el oro. O un diamante, que es carbono puro. En el caso del agua es más difícil, porque casi siempre lleva sales disueltas u otras impurezas. Lo más cercano a un agua pura sería el agua destilada. La pureza de intención, en este sentido, significaría que no está mezclada con otras motivaciones (y no que las otras motivaciones sean buenas o dejen de serlo, eso es otro asunto). Por ejemplo, desear la prosperidad económica es algo bueno y bendecido por la Biblia. Sin embargo, mentir o utilizar a las personas para lucrarse no lo es. Aquí resulta evidente que una intención recta (pura) se contamina al mezclarse con otras razones o intereses.

La pureza, por tanto, remite en una de sus acepciones a unidad y simplicidad, a una intención y una voluntad centradas sólo en una cosa o en una persona. Parafraseando a Descartes, podríamos decir que la pureza remite a intenciones “claras y distintas”, a claridad de visión y unidad de deseo. Y aquí podemos ya extraer una primera conclusión: no debemos asociar la pureza (como ha sucedido a menudo) sólo con el sexto mandamiento, sino con los diez. Y especialmente con el primero: “amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”. Es decir, amarás con pureza de intención, sin mezcla ni dispersión, y eso centrará tu vida y reordenará todos tus otros amores, deseos e intenciones.

Conviene recordar que, para los cristianos, el principal problema no es que nos contaminemos con impurezas -algo, por otro lado, casi inevitable- sino que no nos centremos en lo importante, en Dios. En este sentido, la experiencia acumulada y la sabiduría de la tradición monástica puede clarificar una segunda acepción de la pureza. La palabra monacato (mona-toien griego) hace referencia a la unidad. El monje y la monja no son personas solitarias y aisladas (ni necesariamente puras), sino personas que tratan de orientarse hacia Dios, de centrarse “sólo en Dios”.

Su soledad es consecuencia del deseo de purificar su intención, no la razón por la que escogieron ese peculiar estilo de vida. La búsqueda de la pureza, para las personas consagradas, es el motor que les conduce a la oración, a la meditación y a una vida reglada. Pero todos esos aspectos externos –conviene insistir– son tan solo medios para alcanzar el fin que se desea: vivir unificado, centrado, puro.

Pero este tipo de pureza no es exclusivo de célibes y ascetas. En la Biblia encontramos muchos ejemplos y modelos de personas puras. La pureza de María, por ejemplo, nos recuerda su apertura incondicional a Dios, su disposición a centrarse en las palabras de Jesús, su unidad y sencillez de corazón. Por eso, en la tradición cristiana, afirmamos que María es modelo de pureza y primera cristiana. La historia del sacrificio de Isaac, salvando la distancia entre la figura de María y de Abraham, remite también a esa misma unidad del corazón. Abraham no responde a un Dios sádico, que exige sacrificios humanos, sino a una llamada que le pide mostrar su libertad interior y su pureza de intención.

Frente a la distorsión histórica en la comprensión de la pureza, el papel central que ha jugado María en la iconografía y la devoción popular resulta clarificador. Conviene recordar por un momento el pasaje evangélico que nos narra cómo María, tras la desaparición de Jesús en el templo de Jerusalén, “guardaba todo aquello en su corazón”.

Si químicos y monjes nos recuerdan que la pureza remite a unidad y a simplicidad, María nos advierte que también implica capacidad de examinar, contemplar y volver –una y otra vez– al misterio de las experiencias que no entendemos. Volver para desvelar sus mensajes y profundizar en sus significados. Volver a una segunda inocencia que descubre el misterio y lo sagrado en la rutina cotidiana.

Dicho de otro modo, la pureza no es sólo sinónimo de simplicidad de vida, claridad de intención y bondad moral. Es también deseo de búsqueda, apertura permanente y capacidad de dudar de las propias seguridades. La pureza de María brota tanto de su capacidad para confiar, contemplar y escuchar como de su disposición a buscar, meditar y dudar. La pureza de María nos invita a centrarnos en una sola cosa: el misterio de la vida de Jesús.

En el mes de mayo podemos inspirarnos en María, la madre de Jesús, imaginando que es su Hijo mismo quien nos dice: “Sed puros como María”, es decir, “permaneced dispuestos a buscar, meditar y dudar”. El mes de mayo es un tiempo idóneo para rehabilitar la pureza.

Jaime Tatay, SJ

 

Mt 5, 8

 

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Homilia, Reflexión

El síndrome de Peter Pan y la maduración espiritual

Si en algo se diferencia mi generación de la de mis abuelos es en el número de oportunidades que nos ofreció la vida: ellos no pudieron estudiar, nosotros accedimos a la universidad; ellos crecieron en un país dividido y lucharon en una sangrienta guerra civil, nosotros dimos por supuesta la paz y la democracia disfrutando de los beneficios de una educación universal y una sanidad pública; ellos nunca salieron del país ni dispusieron de tiempo para el ocio, nosotros hemos viajado a sitios lejanos y disfrutado de muchas oportunidades para formarnos y orientar nuestras vidas.

La lista continúa, pero basta esta breve enumeración para ilustrar la enorme transformación social, política y económica experimentada en nuestro país en el siglo XX y el gran salto generacional que supuso. Hay, sin embargo, otros ámbitos en los que no está tan claro qué generación salió más beneficiada, si la de ellos o la nuestra. Una anécdota familiar sirve para iluminar las diferencias de opinión sobre esta cuestión.

En una ocasión, mi abuelo materno nos dijo de forma tajante durante la sobremesa, tras una larga conversación sobre la adolescencia, “en mi época, no había adolescencia”. Su afirmación no era fruto de un estudio sociológico ni de una detallada investigación histórica. Más bien provenía de su propia experiencia. Nacido en 1920 en un pueblo de Castilla, el pequeño de siete hermanos no sólo quedó huérfano de padre y madre antes de llegar a la (supuesta) adolescencia, sino que fue llamado a filas en la conocida “quinta del chupete” para luchar junto a las tropas nacionales (mi otro abuelo valenciano, por cierto, luchó junto a los republicanos en Teruel).

Tras la guerra, no hubo tiempo ni para estudiar ni para viajar ni para conocer el mundo. A diferencia de sus nietos, empezó a trabajar inmediatamente, se casó, emigró y siguió trabajando para sacar adelante a su familia hasta el día de su jubilación. Y en efecto: él, como tantos otros de aquel entonces, no tuvo adolescencia (ni probablemente conoció la existencia del término hasta mucho después). A los ochenta años, poco antes de fallecer, tampoco parecía echarla de menos.

La reacción de mi abuelo me hizo pensar y me ayudó a reflexionar sobre uno de los aspectos en los que quizás nosotros –los nietos y biznietos de aquellos hombres y mujeres, los hijos de la transición y la democracia– no hayamos resultado tan favorecidos como creemos. Se trata de la cuestión de la maduración humana y espiritual, vinculada no sólo a nuestras propias decisiones personales, sino también al contexto cultural e histórico en el que nacemos y crecemos.

Ortega y Gasset decía, identificando las dos fuerzas que moldean nuestras vidas, “yo soy yo y mi circunstancia”. Y así es, la circunstancia, en algunos casos, hace madurar de golpe (o a golpes); en otros, retrasa la maduración durante años. Los psicólogos hablan de un trastorno del desarrollo de la personalidad en el que la persona se niega a asumir el paso del tiempo y desempeñar el rol de adulto. Le llaman el síndrome de Peter Pan. La primera vez que escuché la expresión, años después de la conversación familiar a la que me he referido, pensé: ¿qué hubiese dicho mi abuelo sobre esta patología? Estoy casi seguro que, de haberle preguntado, hubiera respondido: “en mi época no existía el síndrome de Peter Pan”.

Es verdad que hasta la década de 1980 –cuando la acuñó el sicólogo Dan Kiley– no se utilizaba la expresión. Pero lo que sí es indudable es que el ser humano siempre ha necesitado madurar, de un modo u otro.

Hay un famoso pasaje del evangelio en el que se apunta en esta dirección. Se trata del diálogo en el que Jesús pregunta tres veces a Pedro si le quiere. Hay varias maneras de interpretar esta escena, por supuesto. Las preguntas reiterativas son un recurso literario que trata de anticipar las posteriores tres negaciones de la Pasión, formando una especie de díptico sobre la vida de Pedro. Incluso podríamos llegar a sugerir que en el diálogo resuenan también las tentaciones de Jesús, poniendo de relieve la enorme diferencia entre maestro y discípulo (el primero dice “no” tres veces al demonio para poder decir sí al final a su Padre, mientras el segundo dice “sí” tres veces para acabar negando al maestro).

Pero también podemos interpretar el diálogo en clave pedagógica, como expresión de la progresiva maduración espiritual de Pedro y de todo creyente. La repetición, tan valorada por San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, es un poderoso instrumento de profundización espiritual al que Jesús recurre en múltiples ocasiones. Aunque la intuición no es exclusiva de Jesús. La Biblia está plagada de repeticiones, de oportunidades para volver una y otra vez a las grandes cuestiones que nos permiten crecer como personas y como creyentes: el perdón, la celebración, la muerte, la vida, la verdad, el pecado, la comunidad, la oración, etc. A todas ellas necesitamos regresar periódicamente si no queremos acabar estancados espiritualmente.

Sin duda algunas personas en nuestro tiempo, especialmente en las sociedades más industrializadas, tenemos problemas de maduración y somos presas del síndrome de Peter Pan. En nuestro país se ha popularizado el término “ni-ni” para referirse a los jóvenes adultos que ni trabajan ni estudian y que –a menudo– siguen viviendo en casa de sus padres. Sería injusto colgar el sambenito de Peter Pan a todos los ni-nis, cuando muchos son víctimas de la precariedad laboral, pero también resultaría imprudente negar la parte de dejación personal y social que hay tras algunas de estas situaciones.

La solución, en cualquier caso, no consiste en negar la existencia del problema o retrotraerse a un periodo en el que no había tiempo para hacerse preguntas. El camino de salida, al menos en el ámbito espiritual, no es otro que enfrentar la vida, con todas sus ambigüedades e incertidumbres. El propio Pedro, el del evangelio, tenía algo de Peter Pan y necesitó una confrontación directa con su propia cobardía para poder crecer.

Para el cristiano, la pregunta por la maduración espiritual conduce inevitablemente a la Pascua, a la realidad de la muerte y la resurrección. Si algunas personas no tienen ni idea de lo que es el síndrome de Peter Pan es porque, quizás, desde muy pronto, se topan de bruces con la cruda realidad de la muerte, la guerra y la pobreza. Quizás también por ello Pedro, como todos los discípulos, tuvo que esperar a la experiencia pascual para avanzar en su propio proceso de crecimiento, para poder comprender los anuncios de la pasión y poder interpretar la insistencia de Jesús al preguntarle, hasta tres veces, “¿me quieres?”.

Preguntémonos también nosotros repetidamente por nuestra propia maduración espiritual, hasta que podamos decir –como Pedro– “tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.

Jaime Tatay, SJ

Foto: @adilolli

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