En nuestro país el verano es el tiempo de los incendios. A menudos estos fenómenos incontrolados resultan desastrosos, quemando grandes superficies forestales, casas y cultivos, amenazando incluso vidas humanas. Por eso la imagen que tenemos de los incendios es muy negativa y nos gustaría poder suprimirlos de un plumazo para siempre.

Sin embargo, el fuego cumple una función vital en muchos ecosistemas. Una función en apariencia perturbadora, pero que resulta más importante de lo que pensamos. De hecho, sin el fuego muchas especies no podrían reproducirse ni dispersarse y algunos ecosistemas perderían un importante elemento de su dinamismo.

Por ejemplo, en regiones de clima mediterráneo como la nuestra, la sequedad hace que los nutrientes acumulados en la materia orgánica tarden mucho en descomponerse. Sin el fuego, que acelera el lento proceso de mineralización, las plantas no podrían disponer de esos nutrientes. Por otro lado, algunas semillas necesitan el calor del fuego o ser parcialmente quemadas para poder resquebrajar su dura costra protectora. Sin el fuego, no serían capaces de germinar. Es más, aunque resulte paradójico, el fuego puede incluso prevenir… ¡los incendios! En efecto, al reducirse la carga de combustible y romperse la continuidad de la vegetación, los siguientes incendios no son tan extensos ni tan intensos. Sin la función reguladora del fuego, el propio fuego se volvería incontrolable.

Moraleja: las apariencias engañan y lo que a menudo estimamos pérdida, es ganancia.

Y lo que el libro de la naturaleza nos enseña al estudiarlo, podemos también aplicarlo a nuestras vidas: ¿Cuántas veces, volviendo la vista atrás, no hemos reconocido una etapa de crecimiento allí donde solo vimos frustración y pérdida? ¿Acaso la fe cristiana no se sostiene en la esperanza que tras la muerte (aparente) se esconde la vida (latente)?

A la luz de esta experiencia, las palabras de Jesús no suenan ya como una amenaza sino como una oportunidad: “He venido a traer fuego a la tierra”, nos dice, invitándonos a regenerar todo aquello que hay de dormido, seco y muerto en nuestras vidas.

La presencia del Espíritu de Dios entre nosotros se representa en la Biblia de muchas maneras: mediante la imagen del viento, el tabernáculo, la nube o la llama de fuego. Moisés, ante la zarza ardiente, descubre que el Dios que habla tras las llamas es un poder de vida que quiere unirse, comunicarse y propagarse. En el libro de los Hechos se nos narra que los primeros discípulos, asustados y paralizados, experimentaron la llegada del Espíritu Santo como llamas de fuego que se posaban sobre sus cabezas.

El fuego expresa bien la fuerza transformadora de Dios, que quema y abrasa, que reduce a cenizas, pero que lo hace iluminando y renovando. Parafraseando a Pablo, podemos decir que, de la ceniza del hombre viejo y muerto, surge el hombre nuevo y resucitado.

Los místicos cristianos han captado bien la fuerza del símbolo del fuego para expresar la presencia de Cristo resucitado. Para San Juan de la Cruz, aquel que vino “a traer fuego a la tierra” es quien sale a nuestro encuentro como espíritu y vida. Así lo expresa en su conocido poema Llama de amor viva:

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro!

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras:

y en tu aspirar sabroso,

de bien y gloria lleno

¿cuán delicadamente me enamoras!

 Francisco de Asís, en el Cántico de las criaturas, invita a reconocer en el fuego a un hermano:

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual iluminas la noche,

y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

 Los jesuitas, mucho más tarde, hemos recurrido también a la imagen del fuego. Pero no para recordar la labor de regeneración que las llamas realizan, sino –unidos a la experiencia de los místicos– para expresar el deseo misionero que impulsa a comunicar la presencia de Cristo y la buena nueva del Reino.

La última Congregación General nos recordó que estamos llamados a ser “fuego que enciende otros fuegos”, porque la dinámica de la fe es la dinámica del contagio, expresada de forma tan gráfica en la imagen del incendio. Y esto vale no solo para los consagrados: a esa misión están llamados todos los bautizados.

En septiembre, al inicio de curso escolar, cuando volvemos a la rutina y hacemos propósitos de curso nuevo, conviene recordar las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra”.

Que el nuevo curso sea una ocasión para reencontrarnos con Cristo en el día a día, el Cristo bello y alegre y vigoroso y fuerte de los místicos, el Cristo vivo –la llama de amor viva– que nos recuerda cómo es el Dios en quien creemos: un Dios pirómano.

Jaime Tatay, SJ

Estas y otras reflexiones similares están publicadas en el libro: https://l.gcloyola.com/llegada-dios-salvaje/

Reflexión

Un Dios pirómano

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Reflexión

Raíces aéreas

Los neumatóforos son raíces de plantas adaptadas a vivir en terrenos fangosos, como las marismas y los pantanos, o en lugares inundados regularmente, como los manglares y los estuarios. Estas peculiares raíces sobresalen verticalmente fuera del barro y su superficie está cubierta de lenticelas (o pequeños poros) que toman el aire y lo pasan a un tejido esponjoso que, a su vez, mediante un proceso de ósmosis, distribuye el oxígeno a la planta. Los neumatóforos son el fruto de una sorprendente adaptación biológica que ha permitido a unas pocas especies de plantas vivir en condiciones donde la mayoría no puede prosperar.

No debemos olvidar que el agua, para las plantas, es un arma de doble filo. Resulta imprescindible para vivir, pero en exceso conduce a la muerte. Por eso un suelo bien drenado es tan importante para la vida vegetal como el agua misma. El agua, aunque necesaria, debe ser administrada con cautela. Ya sea por exceso o por defecto, la fuente de vida puede convertirse en causa de muerte. 

Quizás por eso en la mentalidad bíblica tanto el diluvio como la sequía prolongada se interpretan como claras advertencias de Yahvé y consecuencias inequívocas del pecado humano. 

Podríamos profundizar en este simbolismo y afirmar que es en el justo medio donde se ubica la prudencia, la fecundidad y la bendición de Dios. Un suelo bien regado y drenado es comparable a una vida en la que la oración, la caridad y la ascesis están equilibradas. Como nos recuerda la carta de Tito, “una vida sobria, honrada y religiosa” constituye el ideal de vida del creyente. 

Quizás también por ello en la historia de la espiritualidad cristiana a menudo se han establecido comparaciones entre el drenaje y la ascesis. Aquellos que consagran su vida a la oración saben bien que es imprescindible no cometer excesos, incluso con prácticas tan recomendables como la oración, el ayuno y la penitencia. Porque, como sucede con el agua, estas prácticas, si no se dosifican, pueden acabar ahogando la vida espiritual.

Los Cartujos, una de las ordenes monásticas más estrictas, tienen establecido en la regla que regula su vida un día de excursión comunitaria donde pasean juntos, comen y conversan de modo informal. San Bruno, el fundador, aprendió que para poder vivir en soledad y en oración permanente, durante toda la vida, es preciso también experimentar la comunidad, el ocio y el descanso. El día de esparcimiento de los Cartujos funciona como un neumatóforo, como un conjunto de pequeñas lenticelas que oxigenan y refrescan la vida del monje. La experiencia de los maestros espirituales y el libro de la Creación se iluminan mutuamente.

Sin embargo, la experiencia dice que, por desgracia, no siempre es posible regar, drenar y oxigenar nuestra vida espiritual como desearíamos. A menudo, ni siquiera depende de nosotros. Hay ocasiones en que los acontecimientos se precipitan, nos desbordan y no podemos gestionar todo lo que experimentamos. Entonces quedamos anegados, empantanados, ahogados. Y, en el peor de los casos, la vida espiritual puede quedar asfixiada para siempre. En estas circunstancias, resulta imprescindible encontrar maneras de oxigenarnos, de permitir la llegada de aire fresco, de facilitar nuevos accesos del Espíritu a nuestras vidas. 

El término neumatóforo (del griego pneuma, aire, y phoros, portar) significa literalmente “portador de aire” o “portador del Espíritu”. Esta palabra resuena en la imaginación cristiana y conecta con diversas tradiciones y devociones que han explorado modos alternativos de orar y abrirse al viento del Espíritu.

María, para la devoción popular primero y para la reflexión teológica más tarde, se presenta como la madre de Dios, la portadora de Jesús. San Cristóbal (Christósphoros o portador de Cristo) es aquel que lleva a hombros al propio Jesús. También los profetas son presentados en la Biblia como los portadores del Espíritu de Dios, aquellos por medio de los cuales Yahvé se comunica. Y el propio Jesús es descrito en los evangelios como alguien impulsado por el Espíritu—conducido al desierto—y como portador del Espíritu—que anuncia la llegada de la buena nueva del Reino a toda la Creación—.

Visto desde esta perspectiva, al contemplar la vida de Jesús caemos en la cuenta de las numerosas aperturas que estableció al Espíritu. Como si de pequeñas lenticelas se tratase, Jesús acudía a Betania a descansar con sus amigas Marta y María, comía con sus discípulos y, sobre todo, se retiraba con frecuencia al descampado a orar. Aunque es en los relatos de la pasión, sobre todo en Getsemaní y durante la crucifixión—precisamente cuando se siente asfixiado por el miedo, la soledad y la traición–donde mejor vemos el modo como Jesús se abre al Espíritu en la oración. 

Esas dos sobrecogedoras escenas del final de los evangelios funcionan a modo de neumatóforos, como dramáticas oraciones elevadas al cielo, capaces de abrirse paso y sobresalir entre el asfixiante fango de la muerte para invocar al Espíritu de la vida. En estos últimos actos conscientes de la voluntad, Jesús consuma su propia evolución espiritual abriéndose a Dios, al Espíritu que le consuela, le esponja y le oxigena anunciando su futura elevación en la resurrección y la ascensión.

Contemplar la vida de Cristo constituye el ejercicio espiritual más básico, aquel al que tenemos que volver una y otra vez. Pero contemplar con frecuencia el libro la Creación y aprender de él puede enriquecer y profundizar ese primer ejercicio.

Busquemos creativamente, como han hecho unas pocas especies de árboles, aperturas al Espíritu. Elevémonos siempre que podamos sobre el suelo movedizo de la vida cotidiana y el barro de la rutina. Hagamos de la oración el pulmón de nuestra vida espiritual.

Esta es una de las principales tareas que tenemos como creyentes. Una tarea que acabará transformándose en un don. El don que nos oxigena, nos mantiene vivos y nos salva de la decadencia y la asfixia espiritual.

Jaime Tatay, SJ

Foto: Peripitus – wikipedia – https://en.wikipedia.org/wiki/Aerial_root#/media/File:Pneumatophore_overkill_-_grey_mangrove.JPG

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Reflexión

Un cordón umbilical virtual

Hablando un día con un amigo me dijo, refiriéndose a la relación entre su mujer, él y sus hijos, “es como si existiese un cordón umbilical virtual”.

La frase me hizo gracia por la rima, por el tono y por la convicción con que la dijo. Al día siguiente, la frase me vino de nuevo a la cabeza, de forma inesperada, al tratar de preparar una homilía en la que quería predicar sobre cómo Dios se relaciona con cada uno de nosotros.

“Ya está” –me dije– “entre cada uno de nosotros y Dios existe también un cordón umbilical virtual. Lo que nos pasa, le afecta; lo que hacemos, le importa; lo que pedimos, lo escucha. Dios nunca corta su conexión con nosotros, pase lo que pase. Aunque no le veamos, mantiene un vínculo, en apariencia virtual, pero real”.

Ahora bien, si esto es así, una pregunta que muchos creyentes nos hacemos es: ¿Y por qué a menudo no siento a Dios de un modo directo y real? ¿Por qué, con frecuencia, me experimento desligado, desconectado, desvinculado de Dios? Y lo que es todavía más descorazonador: ¿Por qué ni siquiera le experimento de un modo virtual, es decir de un modo indirecto, diferido, mediado por otros?

Ante estos interrogantes, algunos rasgos de nuestra cultura global y urbana –impersonal, digital y virtual– pueden ayudarnos a entender cómo es Dios y cómo se relaciona con nosotros.

En efecto, una gran parte de nuestra vida social, a diferencia de lo que ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad, está hoy constituida por relaciones impersonales. En cada vez más ámbitos, para interaccionar con otras personas no necesitamos saber quiénes son, cómo se llaman o dónde viven. Es más, ni siquiera tenemos por qué comunicarnos con ellas directamente. Dispositivos digitales lo hacen ahora por nosotros, “mediando” esas relaciones.

Sin embargo, muchas de las cosas que hacemos, aunque estén “mediadas” y sean cada vez más inmediatas, siguen teniendo consecuencias y siendo tan reales como antes.

Los conceptos de huella digital y huella ecológica se han popularizado en los últimos años para medir el rastro digital que dejamos y las consecuencias medioambientales de nuestras acciones. Son herramientas que tratan de calcular el impacto de las decisiones humanas sobre las vidas de otras personas, sobre las generaciones futuras y sobre la naturaleza. Que nuestras relaciones sean cada vez más virtuales no significa que no haya personas, sino que no conocemos o interactuemos directamente con ellas, como pasaba antes. Significa que lo hacemos usando nuevas canales, estructuras y plataformas como internet o como las cada vez más “deslocalizadas” cadenas de producción y consumo.

Si bien es cierto que la imprenta, el teléfono o la televisión hace mucho que hicieron más impersonales nuestras relaciones, en las últimas décadas esta dinámica se ha profundizado y acelerado, trayendo cosas buenas y no tan buenas. Las redes sociales o la compra on-line serían claros ejemplos de nuevas mediaciones que han despersonalizado aspectos importantes de nuestras vidas, transformando aceleradamente algunos sectores de la economía, como estamos comprobando durante la actual crisis sanitaria del COVID.

La nueva realidad en la que estamos inmersos, por tanto, plantea preguntas interesantes y pertinentes, pero nos centraremos solo en aquellas con las que iniciamos esta reflexión.

Si, en efecto, nuestras relaciones son hoy más virtuales que nunca, ¿implica necesariamente que son menos reales, menos auténticas, menos humanas? Y en el caso de la relación con Dios, al no ser ni haber sido nunca interpersonal (en el sentido físico del término), ¿podemos también considerarla menos real y auténtica que el resto?

La experiencia del fuerte vínculo entre padres e hijos a la que me referí al inicio puede ayudarnos a responder a estas preguntas.

Por un lado, parafraseando las palabras de mi amigo, muchos padres y madres confirmarán la existencia de un “cordón umbilical virtual” que se establece para toda la vida entre progenitores y vástagos. Del mismo modo como le sucede a Yahvé con su pueblo les sucede a los padres con sus hijos: lo que les pasa, les afecta; lo que hacen, les importa; lo que piden, lo escuchan. Para los padres, las fotos, los recuerdos y las historias de sus hijos los hacen presentes y los vuelven reales, incluso en su ausencia.

El mejor ejemplo de esta relación en la Biblia es la de Jesús con su Padre. Los evangelistas describen esta relación como una especie de canal de comunicación virtual y permanente que acompaña a Jesús a lo largo de su vida y reaparece con especial intensidad en la oración. Se trata de un vínculo invisible, pero muy real, entre Padre e Hijo que sostiene la vida y la misión de Jesús.

Por otro lado, la experiencia de la encarnación –tan cercana a la paternidad y a la maternidad, y tan distinta al mismo tiempo– nos ayuda también a entender la posibilidad de una relación auténtica, aunque virtual, con las personas queridas y con el propio Dios. Cuando los cristianos afirmamos que Dios se encarna afirmamos que un día, hace muchos años, el propio Dios nació, físicamente, en un apartado rincón del mundo. Sin embargo, la encarnación no significa sólo que Dios nació, que se hizo carne; significa, sobre todo, que se estableció un antes y un después, que Dios dejó una huella permanente en la historia.

Pero la encarnación significa también que, por el simple hecho de ser criaturas, dejamos una huella imborrable en el Creador, como hacen los hijos con sus padres.

Las palabras que escuchamos en el evangelio de Juan apuntan a esa experiencia: “yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14).

Con la fe en la encarnación –y su otra cara, la resurrección– afirmamos que Dios sigue presente, comunicándose, naciendo, dando vida, relacionándose directamente con cada uno de nosotros. Su recuerdo es como una huella permanente, imborrable, indeleble, similar a la de las personas queridas ya fallecidas que, al cerrar los ojos y traerlas a la memoria, volvemos a hacer presentes.

La presencia de Dios en nuestro mundo es percibida casi siempre como una relación virtual mediada por espacios, tiempos, ritos, narraciones y símbolos que nos introducen en un ámbito de comunicación sagrada.

Pero esta presencia no es menos real por ser experimentada como algo virtual. Las mediaciones son fundamentales para vivir, expresar y transmitir nuestra relación con Dios. Lo son porque “median” las presencias de Dios, presencias que dejan huellas a nuestro alrededor y dentro de nosotros.

Esas mediaciones son el cordón umbilical virtual de nuestra fe.

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

Espiritualidad experimental

La astrónoma británica S. Jocelyn Bell Burnell sostiene que hay una sintonía natural entre su espiritualidad cristiana cuáquera y el método que guía su investigación académica: “El científico trabaja experimentando, anotando el resultado del experimento, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo el ciclo. De un modo análogo, los cuáqueros tienen experiencia de la acción de Dios en el mundo, revisan su comprensión a la luz de esa experiencia y ponderan qué es lo próximo que se requiere de ellos”.

Al leer esta frase en un libro que recomiendo a todos aquellos interesados en el diálogo ciencia-religión (Evolución espiritual, Sal Terrae 2019), pensé que en la tradición espiritual cristiana que más ha influido en mi vida, la ignaciana, hay también una importante dimensión “experimental”, aunque nunca la hubiese adjetivado antes de ese modo.

En aquel momento me vino también a la cabeza el comentario que el jesuita irlandés Brian O’Leary, experto en historia de la espiritualidad cristiana, hizo de pasada en un retiro sin darle demasiada importancia: “la espiritualidad ignaciana es una espiritualidad del ensayo-error”.

A continuación—así parece que funciona la asociación libre de ideas de la que hablan los sicólogos—me acordé de otra expresión de uso corriente en la jerga interna jesuita. Se trata de la expresión latina ad experimentum, que hace referencia a la importancia de probar, y evaluar, antes de asignar una misión particular. Para Ignacio, enviar de modo experimental—ad experimentum—a un jesuita (o a un grupo de jesuitas) era uno de los mejores métodos para recabar información y comprobar si aquel ministerio o tarea era viable y podría dar fruto a largo plazo. La toma de decisiones ante posibles nuevas misiones se basaba, en gran medida, en esta metodología experimental, del ensayo-error.

También el término experiencia es fundamental en el proceso de admisión de los nuevos candidatos jesuitas. Ignacio insistía en la importancia de que sólo hiciesen los votos quienes, “después de sus experiencias y probaciones”, fuesen idóneos. De nuevo experimentar—en este caso con la vocación—resulta fundamental para poder alcanzar un conocimiento suficiente de la autenticidad y la motivación del candidato.

En tercer lugar, la importancia de la dimensión experiencial está muy presente en los Ejercicios Espirituales. Para Ignacio, todo proceso de discernimiento consiste, precisamente, en “tomar claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones”. Alcanzar claridad en el conocimiento—cuestión fundamental para Descartes y el desarrollo de la metodología científica—requiere experimentar, anotar y seguir la pista a esos movimientos interiores (o mociones) del Espíritu que Ignacio llamaba consolaciones y desolaciones.

“Efectivamente”, me dije confirmando la primera intuición, “la espiritualidad ignaciana tiene una fuerte componente experimental”. Al fin y al cabo, Ignacio fue un hombre que vivió culturalmente en el tránsito de la Edad Media y el Renacimiento, justo cuando emerge con fuerza el moderno método científico que nos ha conducido al sorprendente desarrollo tecnológico contemporáneo.

No es casual tampoco que Ignacio, cuando se enfrentó con la Inquisición al ser acusado de alumbrado, tuviese que demostrar que su experiencia espiritual estaba en sintonía con la fe cristiana. Es decir, que no era un iluminado, sino alguien que se había comunicado con Dios y podía hablar con ciertas garantías (objetivas) de esas experiencias (subjetivas).

Las “Reglas de discernimiento de espíritus” que desarrolla en sus Ejercicios pueden entenderse, desde este punto de vista, como un intento de objetivar la experiencia, como una metodología para comprobar—mediante el uso de unas detalladas claves de interpretación probadas a lo largo de la propia vida de Ignacio—que las mociones, movimientos o experiencias espirituales son ciertas o falsas.

Parafraseando a Jocelyn Bell Bruner, podríamos afirmar que, para Ignacio, “el ejercitante trabaja experimentando interiormente, anotando el resultado de sus mociones, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo—de manera nueva—el ciclo”.

Esta reflexión nos lleva, por último, al examen ignaciano, otra pieza clave de los Ejercicios y una de las contribuciones más importantes de la espiritualidad ignaciana. La práctica frecuente del examen nos recuerda la importancia de la observación, la evaluación y la repetición—rasgos, de nuevo, propios de una metodología experimental—para permanecer atentos a la acción de Dios en nuestras vidas.

Dejar registro de aquello que experimentamos (de los ensayos y los errores), habitualmente en forma de diario espiritual, es una práctica recomendada en numerosas tradiciones religiosas. El hábito de reflexionar pausadamente y anotar los principales movimientos interiores guarda también, de nuevo, similitud con la disciplina y la meticulosidad que caracteriza a la ciencia experimental.

Ahora bien, llegados a este punto, cabría preguntarse no sólo si hay paralelismos entre el método científico experimental y la tradición espiritual cristiana, sino—lo que es quizás más atrevido sugerir—si esta última ha podido influir de algún modo en el surgimiento de la ciencia moderna.

Así lo han afirmado quienes argumentan que no es anecdótico que esta metodología surgiese en un contexto cultural cristiano, marcado por el hábito contemplativo, la visión positiva del mundo, la concepción del ser humano como imagen de Dios, la confianza en la inteligibilidad del mundo creado y la convicción en la importancia de compartir el conocimiento recibido gratuitamente.

En cualquier caso, lo que resulta evidente a la luz de esta breve reflexión es que la vida espiritual requiere no sólo de apertura y espontaneidad, sino también de una atención cuidadosa y metódica para descubrir los muchos modos como podemos experimentar, conocer y comunicarnos con Dios para responderle acertadamente.

Experimentamos a Dios, sí, pero Él también “nos experimenta” y nos visita cuando quiere. Por eso conviene estar preparados, atentos, esperándole. Para que no nos pille desprevenidos. Y para darle la bienvenida que se merece.

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

“El Señor es mi pastor”, sí, pero yo no soy un borrego más

La palabra domesticar puede parecer inadecuada para expresar nuestra relación con Dios. Sin embargo, no podemos ignorar que es una de las metáforas preferidas de la Biblia para hablar tanto de la relación de Yahvé con su pueblo como de la de Jesús –el buen pastor– con cada uno de nosotros –las ovejas de su rebaño.

Hoy día seguimos hablando de los pastores de la Iglesia para referirnos a los obispos, cuya misión es orientar y acompañar a los fieles. Pero, ¿tiene sentido seguir usando este tipo de expresiones que ya no forman parte de nuestra cultura urbana y tecnológica?, ¿no resultan un tanto anacrónicas?, ¿no habría que sustituirlas por otras más modernas?

Porque hablar de pastores, de ovejas y de domesticar nos suena mal, muy mal. Nos suena casi inaceptable, un lenguaje de otra época que toleramos por ser parte de la tradición que hemos recibido. Siendo, como somos, hijos de la Ilustración, no nos gusta que nos comparen con animales sometidos y dependientes. Si hace ya tiempo que nos emancipamos –al menos en teoría– y descubrimos la libertad individual y la autonomía personal como logros irrenunciables de la humanidad, ¿a qué santo viene ahora mantener una imagen tan trasnochada para expresar nuestra relación con Dios?

Una de las críticas que el filósofo ateo Nietzsche hizo al cristianismo fue, precisamente, haber generado una moral de débiles, de borregos asustados y miedosos que acabaron ensalzando al menos fuerte y al menos capaz, en una especie de “igualación por abajo”.

Recuerdo que en el Encuentro Mundial de la Juventud de Colonia del año 2005 un grupo laicista opuesto a la visita del Papa contrató un camión que arrastraba una plataforma donde se representaba una escena satírica en la que aparecía un dinosaurio rosa vestido con los atuendos del Pontífice, rodeado por un rebaño de ingenuas ovejas. El camión, que también llevaba un cartel que rezaba “Religion Free Zone”, daba vueltas sin parar a la amplia rotonda por la que pasábamos muchos peregrinos, tratando de abrir nuestros ojos ante tanta (supuesta) estupidez, engaño y aborregamiento religioso. ¿Estaba justificada la crítica burlona y ácida del grupo laicista?

Pese a todas las críticas recibidas contra este lenguaje, vale la pena que nos paremos un momento a considerar su validez antes de descartarlo de un plumazo.

La palabra domesticar proviene del termino latino domus, que quiere decir “casa”. Domesticar, en una de sus acepciones, significa algo así como “traer a casa”, entrar a formar parte del ámbito familiar. El animal doméstico, a diferencia del salvaje, es aquel que ha entrado a formar parte de la vida del ser humano en un largo y complejo proceso histórico que los científicos no han conseguido explicar todavía del todo. Lo que la investigación moderna sí concluye es que la domesticación no funciona en una sola dirección sino que, más bien, hay que entenderla como una relación de mutualismo o simbiosis, en la que ambas partas salen beneficiadas.

El caso de perros y gatos puede ser el más cercano y el más claro. Los lobos y los felinos de los que provienen nuestras innumerables razas de animales de compañía obtuvieron ventajas evolutivas al asociarse con los homínidos. Poco a poco fueron ganando en confianza, hasta llegar a asociarse definitivamente con nuestros antepasados. No sabemos muy bien quién de los dos dio el primer paso, pero sí sabemos que ese proceso transformó a ambas partes para siempre.

Ser domesticado por Dios, visto desde este punto de vista, no significa resignarse a una inaceptable relación de dominio, protección y sometimiento, como trataba de denunciar el grupo laicista alemán. Tampoco supone vivir en una permanente regresión infantilizante que impide alcanzar la mayoría de edad y acaba ensalzando a los mediocres, como pensaba Nietzsche.

Al contrario, ser domesticado significa aceptar libremente una invitación a formar parte de una nueva red de relaciones. Ser domesticado por el Dios de Jesucristo supone convertirse en miembro de la familia de Dios o, como decía Santa Teresa, en “amigo fuerte de Dios”. Y ese largo y complejo proceso de domesticación se denomina conversión.

El proceso lo expresó literariamente de forma magistral Antoine de Saint-Exupéry en su libro El Principito. La relación de amistad, se nos recuerda en el famoso diálogo entre el zorro y el joven príncipe, se asemeja al lento y paciente proceso de domesticación. El zorro –curiosamente un animal no domesticable– pide al Principito tiempo, tacto y paciencia para poder entrar en su ámbito humano, para poder ser domesticado.

¿No es acaso algo similar lo que nos cuenta la Biblia con un lenguaje más duro sobre la relación de Yahvé con Israel, su rebaño, ese pueblo de “dura cerviz” que no termina nunca de fiarse y dejarse guiar? La historia de Israel puede entenderse como un largo proceso de acercamiento entre un pueblo rebelde y arisco y un Dios que pide confianza y extiende la mano una y otra vez. La relación de cada uno de nosotros con el Dios de Jesucristo no dista tanto de la experiencia histórica de Israel. La diferencia principal, quizás, consiste en que la invitación se hace más personal.

Cuando Jesús dice en el evangelio de Juan, “Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen”, nos está recordando el tipo de vínculo personal que quiere establecer con cada uno de nosotros: uno de conocimiento y amor mutuo. Y lo importante aquí es que yo no soy “uno más” en una masa indiferenciada de fieles aborregados y anónimos. La gran diferencia del cristianismo respecto de otros movimientos religiosos es que el Señor “me conoce y me llama por mi nombre”, y que da su vida “por mí”.

Dicho de otra manera, el Señor es mi pastor, sí, pero yo no soy un borrego más, porque Él ya no me llama siervo, me llama amigo. Me llama y quiere que sea su amigo. Si me pierdo, lo deja todo (el otro 99% del rebaño) y viene a buscarme. Los cristianos bien podríamos dar la vuelta al slogan que popularizó el movimiento Occupy hace unos años y afirmar, en un sentido muy distinto: “Yo soy el 1%”.

Porque “el Señor es mi pastor”, pero yo no soy un borrego más. Él me conoce y me llama por mi nombre; me llama amigo. Si este es nuestro deseo –ser “amigos fuertes de Dios”, como le gustaba decir a Santa Teresa– entonces sí que valdrá la pena ser domesticado por Dios.

Jaime Tatay, SJ

Esta reflexión fue publicada en el libro “La llegada de un dios salvaje” (Sal Terrae, 2018)

 

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Homilia, Reflexión

Dudo, luego creo

“Pienso, luego existo”, decía Descartes en una de las frases más repetidas y comentadas de la historia de la filosofía. El matemático francés, que marca el inicio del periodo que denominamos modernidad, es recordado también por hacer de la duda un elemento clave de su propuesta intelectual. La duda se transformó para él en un método, en una herramienta capaz de cuestionar prejuicios heredados y en un modo de purificar falsos hábitos mentales.

La duda metódica cartesiana proponía cuestionar la tradición recibida para ponerla a prueba y permitir así progresar continuamente en la búsqueda de la verdad. Dudar, desde entonces, posee una connotación positiva y juega un papel clave en la investigación científica.

En el ámbito de la fe, sin embargo, la duda no goza de tal prestigio. Al contrario, dudar es sinónimo de una fe débil, insegura y vulnerable. Al creyente le gustaría tener una fe sin fisuras, una fe inquebrantable y firme. Le gustaría tener argumentos sólidos para rebatir las críticas, ejemplos apropiados para contestar las preguntas más difíciles y respuestas acertadas frente al insoportable silencio de Dios ante tanto sufrimiento absurdo.

Pero con frecuencia no tenemos nada de eso. No tenemos ni argumentos, ni ejemplos, ni respuestas. Más bien tenemos silencios y preguntas, muchas preguntas. Preguntas sobre los miedos, las angustias y las dudas que nos asaltan a diario. La duda es como una compañera incómoda de viaje que con demasiada frecuencia se acerca, se cuela en nuestra vida y nos cuestiona. ¿Y qué hacer con ella? ¿Qué responder cuando aguijonea con sus preguntas?

Meditar la Biblia puede darnos pistas. Si echamos un vistazo a las escrituras, comprobamos rápidamente que la duda atraviesa de principio a fin todos sus relatos: Adán y Eva dudaron ante la serpiente; Caín cuestionó mortalmente su propia fraternidad asesinando a Abel; el pueblo de Israel no se fiaba de Moisés –ni del propio Yahvé– y una y otra vez en su larga marcha por el desierto adoró al becerro de oro; Pedro y los discípulos –paralizados por el miedo y la duda– abandonaron también a Jesús en el último momento.

Es más, la duda visitó incluso a José y a María. En la anunciación, María pregunta desconcertada al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”; en el templo de Jerusalén, José y María interpelan angustiados a Jesús: “¿Por qué nos has hecho esto?”. Los propios padres de Jesús quedan desconcertados y no acaban de entender quién es su hijo ni qué ha venido a hacer al mundo.

Y lo más sorprendente de todo, la duda parece acosar también al propio Jesús a lo largo de su vida: en las tentaciones, en el abandono de los discípulos, en el huerto de Getsemaní y en la crucifixión. De principio a fin, la duda, representada por el demonio, tienta a Jesús.

Ya al final de su vida cuando, en lo alto de la cruz, pronuncia las desgarradoras palabras del Salmo 22 en un grito que han resonado a lo largo de la historia del cristianismo, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Cristo crucificado cuestiona a su Padre poniendo en tela de juicio su fidelidad y su palabra. Dicho de otro modo, el hijo de Dios parece dudar de Dios.

La duda, por tanto, no parece algo puntual y pasajero. Ha venido para quedarse. Forma parte de la misma estructura de la fe y de la experiencia del creyente. Dudar no es un mal trago que se pasa alguna vez en la vida; dudar y creer forman parte de la misma búsqueda, de la única búsqueda posible hacia una relación más sincera y auténtica con Dios. La duda y la fe, como el misterio de la muerte y la resurrección, van de la mano. Es más, parafraseando a Descartes, podríamos llegar a decir: “Dudo, luego creo”.

Chersterton lo resumió muy bien cuando dijo que: “una fe sin dudas es una fe dudosa”. Y no le faltaba razón, porque la duda, compañera inseparable de toda fe auténtica, incordia, pero también desenmascara a los falsos dioses, cuestiona sus seguridades y purifica la fe, abriéndola de forma incondicional a Dios.

El relato de Job y la pasión de Jesús son quizás los dos mejores lugares de la Biblia donde se muestra la dinámica de crecimiento que introduce la duda en la vida del creyente. Ambos, tanto Job como Jesús, acaban desnudos y abandonados –en sentido literal y figurado– dudando de todo y de todos, dudando incluso de Dios.

Pero es entonces cuando, solos y abandonados, se desnudan también de toda seguridad, de todo apoyo, de toda compensación, de todo falso dios. La soledad y la duda, al final de la prueba, se muestran en toda su crudeza, pero también permiten que la fe, purificada, se apoye en un fundamento más sólido que el deseo y la voluntad: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, exclama Jesús totalmente desarmado antes de expirar.

Las dudas que nos acosan pueden paralizar, desconcertar y llevarnos incluso a abandonar el camino de la fe; o pueden conducirnos a una fe purificada, a la rendición final, al desarme total. Ese desarme lo representa Tomás –símbolo del creyente que vacila– al decir, rendido ante Cristo resucitado: “Señor mío y Dios mío”.

Quizás por ello resulte una figura tan atractiva, tan cercana, tan humana. Él es quien, dudando, empezó a creer. Tomás bien podría haber dicho: “Dudo, luego creo”. Porque creer es dudar y dudar es empezar a creer; dudar de nuestras falsas seguridades y reconocer la insuficiencia de nuestras razones.

La duda puede ser un gran don. Un regalo que nos salva de nuestras seguridades, de nuestros falsos dioses, para hacernos más permeables y conducirnos al único Dios verdadero. Demos, pues, la bienvenida a la duda, no a la duda enferma y obsesiva de Judas, sino a la duda sana y purificadora de Tomás; la duda que nos conduce a decir: “Señor mío y Dios mío”.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación fue publicada en el libro “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/el-pozo-de-siquen/3162-llegada-dios-salvaje-9788429327304.html

 

 

 

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Reflexión

No soy digno, pero…

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Esta es la frase que decimos en la eucaristía, justo antes de la comunión. Está tomada de la escena del evangelio que narra el encuentro del centurión romano con Jesús y, por alguna razón, se coló en la liturgia quedando grabada para siempre en la memoria colectiva de la comunidad cristiana.

Pero, ¿Por qué esta frase y no otra? ¿Qué atrajo la atención de los primeros cristianos para considerar su inclusión en un momento central de la eucaristía?

La indignidad que confiesa el centurión (un gentil) antes de pedir la intercesión de Jesús (un judío) trasciende su condición religiosa y apunta a una vivencia compartida por todo creyente que, siendo sincero consigo mismo, reconozca sus propios límites. Se trata de la doble experiencia de reconocerse indigno, pero también capaz de buscar a Dios, de pedir su perdón y de hacer algo por cambiar.

Esa fue la experiencia y la esperanza de aquel romano cuyo nombre desconocemos. Consciente de sus límites, de su indignidad y de su pretensión, reunió las fuerzas necesarias para salir al encuentro de quien podía curar a uno de sus criados.

Hay un pequeño detalle en esta narración que ilumina la escena con una luz especial y suele pasar desapercibido. El centurión acude a Jesús implorando su intervención, pero lo hace en favor de uno de sus siervos. No pide nada para sí, ni para su familia, ni para sus soldados, sino para un simple criado.

Como leemos en el evangelio: “le rogó diciendo: Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos”. El centurión no busca su propia salvación, intercede para que otra persona sea sanada, una persona insignificante en ese contexto cultural: un criado que, por si fuese poco, además es paralítico.

La grandeza del centurión (y probablemente también el mensaje principal de esta historia del evangelio) no consiste solo en reconocer su condición indigna, sino en compadecerse ante el sufrimiento de alguien socialmente inferior, preocupándose por él. Es su compasión hacia el débil la que le impulsa, primero, a buscar ayuda y la que le permite, a continuación, experimentar la cercanía y la gracia de Dios expresada por medio de las palabras de Jesús.

Como si de un boomerang se tratase, la compasión se vuelve hacia él mismo transformada en alabanza, una de las mayores que encontramos en los evangelios:

“Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande”.

¿Puede ser ésta la razón por la que la primitiva comunidad cristiana, abierta cada vez más al mundo gentil,  identificó la figura del centurión como alguien clave? ¿Fue por ello que decidió recordarle en la invocación de los fieles previa a la comunión?

El centurión representa a los gentiles que son invitados a participar del banquete de la eucaristía, pero simboliza algo todavía más importante en la configuración del cristianismo: la centralidad de la caridad como una de las tres virtudes teologales.

Es la mezcla de compasión y fe sincera de una persona que se reconoce indigna la que conmueve a Jesús y la que lo hace tan auténtico ante la comunidad cristiana. Es la mezcla de humildad y valentía la que caracteriza al centurión; la humildad de quien reconoce su propia fragilidad y la valentía de quien no queda por ello paralizado a la hora de ayudar al prójimo.

La dura experiencia de una creyente contemporánea ilustra con fuerza esta combinación de fe lúcida, humilde y compasiva.

Hoy sabemos por su propio testimonio que Teresa de Calcuta vivió una larga noche oscura, siendo incapaz de encontrar a Dios en la oración. Sin embargo, no dejó por ello de salir a las calles de Calcuta cada mañana, día tras día, año tras año, para buscar y acompañar a los moribundos, dándoles consuelo y una sepultura digna.

Teresa era consciente de su indignidad, su desorientación y su fragilidad, pero dejó, a pesar de la dolorosa ausencia de Dios, que la compasión fuese sostén, guía y luz. En este caso, fue la caridad quien sostuvo a la fe. “No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya me dará fuerzas para acompañar a este moribundo”, debió pensar Teresa en más de una ocasión.

A menudo la experiencia de nuestras limitaciones nos paraliza y nos empequeñece, ensimismándonos en nuestro pequeño mundo de preocupaciones, impidiéndonos prestar atención a las necesidades del otro. Frente a esta tentación, los testimonios del centurión, de Teresa y de tantos otros creyentes sirven de inspiración y estímulo para vivir nuestra fe en medio de la incertidumbre. Se trata de reconocer nuestros “peros”, sí, pero no para excusarnos o echarnos atrás, sino para dar un paso adelante, a pesar de las dudas.

Porque todos somos indignos, y en unos momentos de la vida más que en otros: indignos de llamarnos seguidores de Jesús; indignos de pedir cuando olvidamos agradecer; indignos de la gracia de Dios, que es siempre un regalo inmerecido.

La entrada de Jesús en la casa del centurión y la curación del criado paralítico representan la irrupción –sorprendente, gratuita y sanadora– de la gracia en la vida de aquellos que buscan a Dios con sinceridad y conscientes de sus límites. Por ello la presencia fugaz de este hombre en el evangelio nos recuerda algo fundamental: cuando nos convertimos en mediadores, intercesores y canales de la misericordia superamos nuestra mediocridad y abrimos las puertas a la gracia de Dios.

Entonces entramos en comunión con los creyentes que nos han precedido, con los cristianos anónimos que buscan a Dios y ayudan al prójimo sin quedar paralizados por sus miedos y miserias. Porque entrar en comunión consiste en reconocer que “no soy digno de que entres en mi casa, Señor, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación fue publicada en el libro “La llegada de un dios salvaje” (2019)

https://gcloyola.com/ebook/3178-llegada-dios-salvaje-9788429327120.html

Foto: pixabay

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Reflexión

Servicios ocultos

El Papa Francisco ha expresado en varias ocasiones su devoción por San José, comparable tan solo a la que siente por Francisco de Asís, el santo de quien tomó el nombre al empezar su pontificado. En la homilía de inicio de su ministerio petrino (la primera como Papa) señaló la vocación de custodio de José y se preguntó de modo retórico: “¿Cómo ejerce José esta custodia?”. La respuesta no se hizo esperar: “Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total”. A continuación, Francisco recordó varias de las escenas de los evangelios que ilustran ese modo de ser—discreto, humilde y silencioso—tan particular de José.

Un poco más adelante hizo su primera afirmación en relación con un tema que está siendo central en su pontificado, el cuidado de la casa común: “Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos”.

Los dos santos de la tradición cristiana que atraen la atención y la devoción del Pontífice son presentados como modelos de la vocación cristiana; una vocación que hoy significa tanto cuidar al hermano como a la creación. José y Francisco, sin embargo, no son sólo personajes sugerentes e inspiradores de la tradición cristiana, encarnan también dos conceptos que están cobrado una importancia creciente en nuestra época: la ética de los cuidados y la presencia de servicios ocultos. Ambas realidades necesitan visibilizarse y valorarse convenientemente para poder ser conscientes de quiénes somos, de dónde venimos y qué nos sostiene.

Uno de los primeros ejemplos que viene a la cabeza al pensar en los cuidados y los servicios ocultos es el trabajo (no remunerado) que muchas mujeres han desempeñado y siguen desempeñando a lo largo y ancho del mundo. Se trata de una labor fundamental, aunque oculta en términos monetarios, para el sostenimiento de la vida familiar y del tejido social. Puestos de relieve en las últimas décadas por el pensamiento feminista y por algunos economistas, estos cuidados—discretos, humildes y silenciosos—se han ido poco a poco reconociendo, valorando y protegiendo.

De un modo similar al trabajo doméstico, se habla hoy también de los servicios ocultos que ofrecen los ecosistemas naturales. Se trata de funciones básicas que a menudo no valoramos hasta que las perdemos. Por ejemplo: la capa de ozono nos protege de la radiación ultravioleta previniendo el cáncer; los humedales actúan como esponjas minimizando las riadas; la vegetación retiene el suelo evitando los deslizamientos de tierras; las abejas polinizan las flores posibilitando la fructificación; los sistemas de dunas impiden que los temporales destrocen la línea de costa; los bosques atrapan el exceso de carbono que emitimos al quemar combustibles fósiles estabilizando el clima. La lista es interminable.

Los economistas ambientales han llamado a estos diversos procesos “servicios ecosistémicos” o “externalidades positivas” y han denunciado que no son suficientemente valorados por nuestro actual modelo económico. Se trata de servicios tan básicos e imprescindibles como la purificación del aire, la filtración del agua, la estabilización del suelo, la fijación del carbono o la preservación de la biodiversidad. Si pensamos en un bosque cercano a una ciudad, podríamos añadir otros valores intangibles como la experiencia estética o la posibilidad de descanso, meditación y recreo que ofrece a los estresados urbanitas.

De un modo similar a José de Nazaret y a Francisco de Asís, la Creación entera ejerce también una labor de cuidado—discreta, humilde y silenciosa—que posibilita la vida tal y como la conocemos, aunque esa labor pase desapercibida a ojos de la mayoría. Sus cuidados y sus servicios, paradójicamente, quedan ocultos y se nos olvida que siempre nos acompañan, llevándonos a la trágica ceguera de herir la tierra que nos da de comer y contaminar el agua que nos quita la sed. En gran medida, la crisis socioambiental en la que estamos inmersos no es un acto deliberado, sino el resultado del desconocimiento, el descuido y la falta de agradecimiento por tantos servicios ocultos que nos sostienen a diario.

En este sentido, los milagros de Jesús pueden interpretarse no sólo como una ruptura de las leyes de la naturaleza, sino también como una experiencia de transformación interior, como una revelación, un despertar a la centralidad del cuidado y el servicio como dinámicas que posibilitan la vida y el funcionamiento del mundo.

El conocido milagro de la multiplicación de los panes y los peces narrado por los cuatro evangelistas expresa de forma magnífica esta doble dinámica de cuidado humano y donación generosa de la creación. La acción de gracias pronunciada por Jesús y la distribución de los alimentos por parte de los discípulos ponen en marcha una dinámica de servicio cuidadoso que construye comunidad y genera abundancia. Esa acción de gracias es la que abre los ojos y permite reconocer el don de la Creación. Jesús y los discípulos se convierten así en custodios de la multitud desamparada, en constructores de tejido social, en canales de la gracia.

El milagro de la vida se manifiesta cada vez que descubrimos quiénes somos: el fruto de innumerables cuidados humildes y de incontables servicios ocultos. Reconocerlo es el primer paso para agradecerlo y para, a su vez, poder asumir la vocación del servicio cuidadoso “con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total”.

Como Jesús nos recordó en su predicación, y tal y como José y Francisco nos mostraron, somos Hijos de los hombres e Hijos del Dios creador; somos el fruto de los innumerables cuidados de quienes nos criaron y de los incontables servicios ocultos de la Creación.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación apareció en el número de marzo de 2020 de la Revista Mensajero

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Homilia, Reflexión

¿Sanación o salvación?

Cuentan que, tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, un nutrido grupo de sacerdotes se dirigieron a la estación de Atocha para ofrecer sus servicios pastorales a quienes pudiesen necesitarlos. Para sorpresa de muchos, no hubo ningún interés en su oferta. Allí lo único que se precisaba aquel día era personal sanitario, policía y atención psicológica. En vista de lo acontecido, y al comprobar la irrelevancia de su presencia, se volvieron por donde habían venido.

La anécdota—oculta bajo los dramáticos acontecimientos que se precipitaron durante aquellas semanas—ilumina con gran claridad una de las principales dinámicas culturales de nuestro tiempo: la sustitución de la búsqueda de salvación por el deseo de sanación.

Ante la epidemia del coronavirus, la anécdota del 11M me ha vuelto a la cabeza y me ha hecho preguntarme, de nuevo, por el declive de las creencias religiosas en nuestra cultura y por la preeminencia de lo terapéutico. En no pocas ocasiones de la vida, resulta imprescindible que sucedan acontecimientos extraordinarios para que emerja aquello que permanecía oculto en lo ordinario.

Como en el antiguo proceso de revelado fotográfico, se precisa introducir el negativo en un líquido, a oscuras, durante un tiempo, para que la imagen latente presente en la película se haga visible. El ocultamiento—confinamiento o cuarentena—impuesto durante estas semanas ejerce una función de “revelación cultural”, similar a la fotográfica. Y una de las imágenes más poderosas que emerge es, sin duda, la terapéutica. La preocupación por la salud.

Aunque el fenómeno no es nuevo. Hace ya tiempo que médicos, entrenadores, psicólogos (y ahora coachs) desplazaron al clero y se transformaron en los referentes principales para alcanzar el bienestar corporal y la salud mental, valores sacrosantos de nuestra cultura.

A lo largo de la historia, sin embargo, esto no fue así. Más bien al contrario, la dimensión terapéutica—la búsqueda de la sanación—y la soteriológica—la búsqueda de la salvación—fueron siempre de la mano, subordinándose la primera a la segunda. Por eso el término latino salus hace referencia tanto a la salud como a la salvación.

No es casual que en los evangelios Jesús se presente, al mismo tiempo, como sanador, taumaturgo y exorcista. Al fin y al cabo, para la mentalidad bíblica no tiene ningún sentido desvincular salud corporal, mental y espiritual. Tras calmar una tempestad, curar una enfermedad o expulsar un demonio, Jesús invitaba siempre a marchar en paz, confiar en Dios y no pecar más. Porque la distorsión de la relación con Dios, con el prójimo y con la creación son dimensiones de una única ruptura que necesita ser sanada.

Los evangelios expresan muy bien, por medio de diversos relatos, las múltiples dimensiones de la salvación. Por ejemplo, los encuentros con el endemoniado de Gerasa, el ciego de Jericó, la hemorroísa, el paralítico de Cafarnaúm o la hija de Jairo narran experiencias de sanación radical que devuelven a la vida plena a cada uno de sus protagonistas.

Otro encuentro conmovedor, esta vez con el cobrador de impuestos Zaqueo, expresa muy bien que Jesús no trataba sólo de restituir la salud corporal y mental de las personas con quien se encontraba. Pretendía mucho más. La particular misión que le impulsaba incluía en ocasiones la curación, pero buscaba sobre todo una rehabilitación integral, la salvación de la persona entera, su reconciliación con Dios, con el prójimo y con uno mismo. Por eso, tras aquel encuentro transformador, Jesús confiesa: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Él es el redentor, el Salvador del género humano.

Con el paso del tiempo, parece que muchos creyentes hemos olvidado que Cristo vino al mundo para salvarnos, que dio su vida por mí. Hemos transformado la experiencia fundante de la comunidad cristiana primitiva en un vago anhelo de curación—corporal, psicológica y espiritual—pero desvinculado del encuentro vivificador y redentor que describen los evangelios.

Aunque quizás esta mutación de las expectativas religiosas no se deba sólo a nuestra inconsistencia o a nuestra falta de fe. Hay poderosas corrientes culturales que han puesto en el centro lo terapéutico como valor supremo, diluyendo la soteriología como dimensión central de la fe.

Tanto es así que el largo proceso de secularización de las sociedades occidentales ha llegado a desligar ambas dimensiones de la experiencia religiosa, hasta el punto de marginar y hacer prácticamente desaparecer la salvación como meta de la existencia. Charles Taylor, uno de intelectuales que mejor ha descrito este proceso, lo denomina “el auge de lo terapéutico” (the rise of the therapeutic). La medicalización de la reproducción, el nacimiento y la muerte, o las soluciones farmacológicas a la tristeza, la soledad y la depresión son algunos ejemplos de esta profunda transformación.

Ahora bien, en el actual contexto cultural los cristianos tenemos la obligación de preguntarnos—quizá ahora más que nunca—cuál es el valor central de nuestras vidas: ¿la sanación o la salvación?; cuál es la dimensión principal de nuestra existencia: ¿la terapéutica o la soteriológica?

A lo largo de la historia del cristianismo, numerosos santos y santas dieron su vida—de forma martirial o por medio de una larga entrega silenciosa—no sólo para curar a los apestados y olvidados de la sociedad, sino para salvarles. San Roque, San Luís Gonzaga o Santa Teresa de Calcuta son tan solo algunos de los muchos nombres que vienen a la cabeza en esa larga historia de salvación.

No se trata de minusvalorar la centralidad de la salud corporal, ni de restar importancia al enorme esfuerzo sanitario de estos días, ni mucho menos de caer en un ingenuo escapismo espiritual, sino de preguntarnos con profundidad y sinceridad, como creyentes, qué deseamos, qué esperamos y en quién confiamos.

O, dicho de otro modo: ¿Dónde deposito mi esperanza? ¿De qué necesito sanarme? ¿Quién podrá salvarme?

Jaime Tatay, SJ

 

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Homilia, Reflexión

El laberinto de la soledad y el hilo de la fe

El poeta y filósofo Jorge Riechmann afirma que las nuevas tecnologías –en especial el smartphone– han conducido a muchos al “laberinto de la cibersoledad”. La expresión, un poco rebuscada, ilustra sin embargo muy bien la conclusión a la que algunos sociólogos han llegado con palabras más sencillas: en la era digital vivimos permanentemente conectados, pero estamos solos (o corremos el riesgo de acabar estándolo).

No hay más que asomarse a la calle, darse un paseo o subirse al autobús para comprobar que hemos dejado de mirar al cielo, al tráfico y –lo que es todavía peor– a la cara de las personas. Abducidos como estamos por las pantallas luminosas de nuestros dispositivos móviles no prestamos atención a lo que pasa a nuestro alrededor.

Llevan razón estos lúcidos observadores de nuestro tiempo: el mundo digital y tecnológico ha traído sin duda ventajas y posibilidades insospechadas de comunicación instantánea e información ilimitada, sí, pero también nos ha encerrado en nosotros mismos creando personas ensimismadas, perdidas en la “cibersoledad” de la red, aisladas en un mundo habitado por amigos y contactos virtuales.

Esta realidad recuerda el mito griego que cuenta la historia de Ariadna, la hija del rey Minos de Creta, quien, para evitar que su enamorado el príncipe Teseo se perdiese en el laberinto del minotauro, tuvo la sencilla idea de darle un ovillo. “El hilo”, pensó lúcidamente la princesa, “le acompañará y le guiará de vuelta hasta la entrada después de dar caza al minotauro”. Y así fue. Sin el hilo, Teseo hubiese quedado, como tantos contemporáneos nuestros, desorientado en el laberinto. Gracias a esa guía, sin embargo, consiguió salir y emprender el viaje de vuelta a Atenas junto a Ariadna.

El hilo de la fe

El Adviento, igual que hizo Ariadna con Teseo, pone también en nuestras manos un ovillo, uno capaz de guiarnos a lo largo de todo el año por el laberinto de la vida. En este tiempo, los cristianos recordamos la humanidad de Dios –su encarnación y su sorprendente cercanía– y tratamos de cuidar o retomar el contacto con familiares y amigos. Es el tiempo por excelencia de las comidas, los reencuentros y las celebraciones; es el tiempo de la conversación, la compañía y la relación personal.

Por eso la Navidad contrasta con fuerza con el resto del año. Frente a la prisa, la dispersión y la soledad a la que nos aboca muchas veces el mundo laboral y la vida moderna, la Navidad invita justo a lo contrario: a la estabilidad, al diálogo y a la fraternidad. Invita, en definitiva, a retomar el hilo de lo importante, de aquello que nos humaniza: la amistad, la vida de fe y la celebración sencilla de la vida.

Cuando escuchamos a Jesús decir –en una frase tantas veces repetida– “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no está diciéndonos que haya un solo camino que todos tengamos que recorrer para alcanzar una vida plena. Se refiere, más bien, a su presencia en todos y cada uno de los caminos, como hilo conductor, guía y sentido. Sus palabras son más una invitación que una afirmación.

La fe cristiana no garantiza que no nos desorientemos, ni que jamás experimentemos la soledad, ni que nunca lleguemos a perdernos en el laberinto de la existencia. De hecho, igual que le sucedió a Teseo, a lo largo de nuestro peregrinar por este mundo acabamos con frecuencia perdidos y necesitados de orientación. ¿Quién no ha precisado en algún momento de su vida que le “echen un cable”, un hilo que le saque de las dificultades, le reoriente y le permita volver de nuevo a casa?

Como advierte Jesús a sus discípulos, “cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no tengáis pánico […] no se perderá ni un pelo de vuestra cabeza”. El Jesús adulto e itinerante afirma que al final no nos perderemos –que no se perderá, metafóricamente, ni uno de nuestros cabellos–. Nos asegura su presencia fiel, hasta el extremo, hasta el más oscuro de los laberintos que es la muerte. Pero es ahora, en el Adviento, al inicio, cuando el Dios que se hace humano nos invita a ser acompañante, hilo conductor del año que tenemos por delante.

Escuchemos su invitación, miremos su rostro, fijémonos en los brazos extendidos del niño en los belenes que veremos por todas partes durante estos días. Es Dios mismo quien nos tiende una mano, quien nos echa un cable, quien nos ofrece, como Ariadna, el extremo del ovillo, para que lo cojamos y no nos perdamos.

Durante el Adviento y la Navidad recordamos el inicio de la historia de la salvación, el principio de esa gran narración que es la vida de Jesús, aquella que nos acompañará y que iremos “desenrollando” si la meditamos y la hacemos nuestra. El inicio del ciclo litúrgico coincide con la época en que celebramos nuestra común humanidad y nos deseamos lo mejor unos a otros, el momento en que hacemos propósitos de vida nueva.

¡Y qué mejor propósito que coger el ovillo por el extremo y no soltarlo! No lo soltemos nunca, porque aquel que tira del hilo de la fe, no se perderá.

Jaime Tatay, SJ

Esta y otras reflexiones las he publicado en el libro “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/el-pozo-de-siquen/3162-llegada-dios-salvaje-9788429327304.html

Foto: paperblog.com

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