Homilia, Reflexión

Dudo, luego creo

“Pienso, luego existo”, decía Descartes en una de las frases más repetidas y comentadas de la historia de la filosofía. El matemático francés, que marca el inicio del periodo que denominamos modernidad, es recordado también por hacer de la duda un elemento clave de su propuesta intelectual. La duda se transformó para él en un método, en una herramienta capaz de cuestionar prejuicios heredados y en un modo de purificar falsos hábitos mentales.

La duda metódica cartesiana proponía cuestionar la tradición recibida para ponerla a prueba y permitir así progresar continuamente en la búsqueda de la verdad. Dudar, desde entonces, posee una connotación positiva y juega un papel clave en la investigación científica.

En el ámbito de la fe, sin embargo, la duda no goza de tal prestigio. Al contrario, dudar es sinónimo de una fe débil, insegura y vulnerable. Al creyente le gustaría tener una fe sin fisuras, una fe inquebrantable y firme. Le gustaría tener argumentos sólidos para rebatir las críticas, ejemplos apropiados para contestar las preguntas más difíciles y respuestas acertadas frente al insoportable silencio de Dios ante tanto sufrimiento absurdo.

Pero con frecuencia no tenemos nada de eso. No tenemos ni argumentos, ni ejemplos, ni respuestas. Más bien tenemos silencios y preguntas, muchas preguntas. Preguntas sobre los miedos, las angustias y las dudas que nos asaltan a diario. La duda es como una compañera incómoda de viaje que con demasiada frecuencia se acerca, se cuela en nuestra vida y nos cuestiona. ¿Y qué hacer con ella? ¿Qué responder cuando aguijonea con sus preguntas?

Meditar la Biblia puede darnos pistas. Si echamos un vistazo a las escrituras, comprobamos rápidamente que la duda atraviesa de principio a fin todos sus relatos: Adán y Eva dudaron ante la serpiente; Caín cuestionó mortalmente su propia fraternidad asesinando a Abel; el pueblo de Israel no se fiaba de Moisés –ni del propio Yahvé– y una y otra vez en su larga marcha por el desierto adoró al becerro de oro; Pedro y los discípulos –paralizados por el miedo y la duda– abandonaron también a Jesús en el último momento.

Es más, la duda visitó incluso a José y a María. En la anunciación, María pregunta desconcertada al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”; en el templo de Jerusalén, José y María interpelan angustiados a Jesús: “¿Por qué nos has hecho esto?”. Los propios padres de Jesús quedan desconcertados y no acaban de entender quién es su hijo ni qué ha venido a hacer al mundo.

Y lo más sorprendente de todo, la duda parece acosar también al propio Jesús a lo largo de su vida: en las tentaciones, en el abandono de los discípulos, en el huerto de Getsemaní y en la crucifixión. De principio a fin, la duda, representada por el demonio, tienta a Jesús.

Ya al final de su vida cuando, en lo alto de la cruz, pronuncia las desgarradoras palabras del Salmo 22 en un grito que han resonado a lo largo de la historia del cristianismo, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Cristo crucificado cuestiona a su Padre poniendo en tela de juicio su fidelidad y su palabra. Dicho de otro modo, el hijo de Dios parece dudar de Dios.

La duda, por tanto, no parece algo puntual y pasajero. Ha venido para quedarse. Forma parte de la misma estructura de la fe y de la experiencia del creyente. Dudar no es un mal trago que se pasa alguna vez en la vida; dudar y creer forman parte de la misma búsqueda, de la única búsqueda posible hacia una relación más sincera y auténtica con Dios. La duda y la fe, como el misterio de la muerte y la resurrección, van de la mano. Es más, parafraseando a Descartes, podríamos llegar a decir: “Dudo, luego creo”.

Chersterton lo resumió muy bien cuando dijo que: “una fe sin dudas es una fe dudosa”. Y no le faltaba razón, porque la duda, compañera inseparable de toda fe auténtica, incordia, pero también desenmascara a los falsos dioses, cuestiona sus seguridades y purifica la fe, abriéndola de forma incondicional a Dios.

El relato de Job y la pasión de Jesús son quizás los dos mejores lugares de la Biblia donde se muestra la dinámica de crecimiento que introduce la duda en la vida del creyente. Ambos, tanto Job como Jesús, acaban desnudos y abandonados –en sentido literal y figurado– dudando de todo y de todos, dudando incluso de Dios.

Pero es entonces cuando, solos y abandonados, se desnudan también de toda seguridad, de todo apoyo, de toda compensación, de todo falso dios. La soledad y la duda, al final de la prueba, se muestran en toda su crudeza, pero también permiten que la fe, purificada, se apoye en un fundamento más sólido que el deseo y la voluntad: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, exclama Jesús totalmente desarmado antes de expirar.

Las dudas que nos acosan pueden paralizar, desconcertar y llevarnos incluso a abandonar el camino de la fe; o pueden conducirnos a una fe purificada, a la rendición final, al desarme total. Ese desarme lo representa Tomás –símbolo del creyente que vacila– al decir, rendido ante Cristo resucitado: “Señor mío y Dios mío”.

Quizás por ello resulte una figura tan atractiva, tan cercana, tan humana. Él es quien, dudando, empezó a creer. Tomás bien podría haber dicho: “Dudo, luego creo”. Porque creer es dudar y dudar es empezar a creer; dudar de nuestras falsas seguridades y reconocer la insuficiencia de nuestras razones.

La duda puede ser un gran don. Un regalo que nos salva de nuestras seguridades, de nuestros falsos dioses, para hacernos más permeables y conducirnos al único Dios verdadero. Demos, pues, la bienvenida a la duda, no a la duda enferma y obsesiva de Judas, sino a la duda sana y purificadora de Tomás; la duda que nos conduce a decir: “Señor mío y Dios mío”.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación fue publicada en el libro “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/el-pozo-de-siquen/3162-llegada-dios-salvaje-9788429327304.html

 

 

 

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Homilia

El descenso por amor

En la película El Señor de los anillos, la elfa Arwen -hija de Elrond- abandona su privilegiada vida por amor a Aragorn –hijo de Arathorn. Renunciando a la inmortalidad élfica, Arwen entrelaza su destino con el de los hombres.

Traigo a colación esta historia de la taquillera película basada en las novelas de Tolkien porque el bautismo de Jesús -la fiesta que celebramos hoy- puede entenderse también como un descenso, por amor, hacia la humanidad. La historia de Arwen y Aragorn ilumina, salvando las diferencias, la decisión de Jesús de hacer cola y pedir el bautismo. Arwen y Jesús descienden (repito, por amor) hasta el corazón de lo humano, para acompañarlo.

Es cierto que ambas historias no son del todo comparables. De hecho hay diferencias importantes: la decisión de Jesús no supone una pérdida de superpoderes, sino una identificación más profunda con una realidad –la humana– a la que Jesús ya pertenece desde su concepción; el detonante de la decisión de descender no es el amor a una persona concreta, sino la misión de amar, a todos, hasta el extremo; una misión que no consiste en salvar a la Tierra Media del poder de Sauron y destruir el anillo, sino en salvar a la humanidad y llevar adelante el Reino de Dios.

Sin embargo, e insisto una vez más, hay un elemento clave en las historias de Erwin y Jesús que justifica la comparación y que, a mi juicio, está en el centro del mensaje del evangelio: el descenso por amor.

El bautismo de Jesús nos recuerda quién es Dios, amor que desciende; y cuál es su misión, proclamar al mundo la irrupción del amor que desciende a la vida de los hombres.

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Es el tipo de misión que resuena ya en las palabras del profeta Isaías, una misión que consiste en abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y, de las mazmorras, a los que habitan en tinieblas. El descenso de Jesús al Jordán anuncia su bajada a los sótanos de lo humano para liberar, devolver la vista y sacar de la oscuridad. El amor que desciende rompe cadenas, abre los ojos e ilumina la vida.

Recuerdo que en clase de historia medieval de la iglesia oí hablar por primera vez de los mercedarios, una congregación de religiosos fundada por San Pedro Nolasco en el s. XIII. Los mercedarios se comprometen, con un cuarto voto, a liberar a otros más débiles en la fe, aunque su vida peligre por ello. En la edad media se intercambiaban, literalmente, por prisioneros cristianos cautivos en el norte de África.

Si tuviésemos que elegir un ejemplo de amor gratuito, desinteresado, de “amor que desciende” hasta las mazmorras –literalmente– para salvar al que está preso, los mercedarios serían un magnífico ejemplo. Un ejemplo que, sin embargo, resulta incómodo, extremo y provocador. ¿No es excesivo este tipo de “descenso”, no produce vértigo imaginar una decisión de este tipo?

Esta es también la reacción entre los elfos ante la decisión de Arwen. Elrond, el padre de Arwen, pregunta preocupado a su hija si está segura de las consecuencias que supone descender al mundo de los humanos y renunciar a la inmortalidad. “Debido a su amor, temo que disminuirá la Gracia de Arwen, Estrella de la Tarde”, afirma otro de los elfos.

Una reacción similar de sorpresa y desconcierto expresa Juan cuando, escandalizado por la petición de Jesús de ser bautizado, se resiste y le pregunta: “¿Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Su sorpresa refleja la resistencia de la primera comunidad cristiana para entender la petición de Jesús, ¿cómo puede ser que el Mesías pida un bautismo que, en el caso de Juan, era “para el perdón de los pecados”?

El desconcierto de Juan y de los primeros cristianos es en parte lógico, pero, por otro lado, ilustra también la dificultad para reconocer en Jesús a uno de los nuestros y, por tanto, a nosotros en Él. Mantener a Jesús a distancia, en otra categoría -como alguien “de otro mundo”, como un elfo sólo en apariencia humano- es una de las grandes tentaciones del cristianismo (en teología se llama docetismo).

En el fondo, esta tentación es una excusa para no mirarnos más en Él, para no dejarnos arrastrar más por Él, para no identificarnos más con Él. El descenso de Jesús, su identificación con nosotros, su descenso por amor, nos compromete y nos invita a unirnos a su movimiento.

El relato del bautismo, como digo, resultó enormemente incómodo para los primeros cristianos, que insistían en la divinidad de Jesús. ¿Cómo es posible que Jesús haga cola, como uno más, para pedir el bautismo? ¿Acaso el Hijo de Dios no se encarnó y se hizo igual al hombre en todo, menos en el pecado? Jesús, sin embargo, no responde a la pregunta de Juan, la deja en suspenso al remitir a la voluntad del que le envió: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere”.

Dios quiere descender y su descenso, libre y gratuito, por amor, provoca siempre una mezcla de fascinación y sorpresa. Provoca preguntas que no pueden responderse.

Podríamos poner más ejemplos contemporáneos de esta lógica de descenso libre y gratuito que descoloca: el perdón radical de Nelson Mandela, por amor, en Sudáfrica; la bajada de Teresa de Calcuta, por amor, al submundo de la pobreza en la India, etc. La lista es larga. Hay algo en todas estas historias que atrae y repele al mismo tiempo. Algo que no puede ser totalmente explicado ni entendido, sólo intuido.

La decisión de Jesús no sorprendió solo a Juan, nos sigue sorprendiendo a todos, cuando profundizamos en ella. El amor, cuando desciende, es escandaloso, provoca e interpela. “¿Sería yo capaz de algo así, en circunstancias similares?”, nos preguntamos todos en algún momento. “Dejémoslo ahora. Está bien así”, nos decimos también al tratar sin éxito de encontrar razones que expliquen la lógica de estas historias.

El amor que desciende remueve, provoca y fuerza una reacción. Es cierto que en la vida nos mueven muchas cosas: la envidia, el deseo, el placer, el prestigio, el dinero, pero, sobre todo, lo que nos moviliza a largo plazo, es el amor. El amor es el detonante de muchas decisiones, conscientes o inconscientes, que nos acompañan toda la vida.

Ninguna persona amada de forma gratuita queda igual. Todos somos transformados por el amor: Aragorn por el amor generoso de Arwen, el cautivo por el amor inesperado del mercedario, el pueblo sudafricano por el amor que perdona de Nelson Madela, el dalit por el amor que sana de Teresa de Calcuta, el creyente por el amor universal de Cristo. Todos, sin exepción, quedan marcados para siempre, transformados por un amor que desciende para elevar al amado y sacar lo mejor que lleva dentro. El amor que desciende se traduce en el ascenso de lo humano.

El amor de Dios funciona como una polea, baja para otros suban; al ser visitados por el amor que desciende, nosotros subimos.

Este es el mensaje central del cristianismo.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación apareció publicada en el libro: “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/ebook/3178-llegada-dios-salvaje-9788429327120.html

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Homilia, Reflexión

¿Sanación o salvación?

Cuentan que, tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, un nutrido grupo de sacerdotes se dirigieron a la estación de Atocha para ofrecer sus servicios pastorales a quienes pudiesen necesitarlos. Para sorpresa de muchos, no hubo ningún interés en su oferta. Allí lo único que se precisaba aquel día era personal sanitario, policía y atención psicológica. En vista de lo acontecido, y al comprobar la irrelevancia de su presencia, se volvieron por donde habían venido.

La anécdota—oculta bajo los dramáticos acontecimientos que se precipitaron durante aquellas semanas—ilumina con gran claridad una de las principales dinámicas culturales de nuestro tiempo: la sustitución de la búsqueda de salvación por el deseo de sanación.

Ante la epidemia del coronavirus, la anécdota del 11M me ha vuelto a la cabeza y me ha hecho preguntarme, de nuevo, por el declive de las creencias religiosas en nuestra cultura y por la preeminencia de lo terapéutico. En no pocas ocasiones de la vida, resulta imprescindible que sucedan acontecimientos extraordinarios para que emerja aquello que permanecía oculto en lo ordinario.

Como en el antiguo proceso de revelado fotográfico, se precisa introducir el negativo en un líquido, a oscuras, durante un tiempo, para que la imagen latente presente en la película se haga visible. El ocultamiento—confinamiento o cuarentena—impuesto durante estas semanas ejerce una función de “revelación cultural”, similar a la fotográfica. Y una de las imágenes más poderosas que emerge es, sin duda, la terapéutica. La preocupación por la salud.

Aunque el fenómeno no es nuevo. Hace ya tiempo que médicos, entrenadores, psicólogos (y ahora coachs) desplazaron al clero y se transformaron en los referentes principales para alcanzar el bienestar corporal y la salud mental, valores sacrosantos de nuestra cultura.

A lo largo de la historia, sin embargo, esto no fue así. Más bien al contrario, la dimensión terapéutica—la búsqueda de la sanación—y la soteriológica—la búsqueda de la salvación—fueron siempre de la mano, subordinándose la primera a la segunda. Por eso el término latino salus hace referencia tanto a la salud como a la salvación.

No es casual que en los evangelios Jesús se presente, al mismo tiempo, como sanador, taumaturgo y exorcista. Al fin y al cabo, para la mentalidad bíblica no tiene ningún sentido desvincular salud corporal, mental y espiritual. Tras calmar una tempestad, curar una enfermedad o expulsar un demonio, Jesús invitaba siempre a marchar en paz, confiar en Dios y no pecar más. Porque la distorsión de la relación con Dios, con el prójimo y con la creación son dimensiones de una única ruptura que necesita ser sanada.

Los evangelios expresan muy bien, por medio de diversos relatos, las múltiples dimensiones de la salvación. Por ejemplo, los encuentros con el endemoniado de Gerasa, el ciego de Jericó, la hemorroísa, el paralítico de Cafarnaúm o la hija de Jairo narran experiencias de sanación radical que devuelven a la vida plena a cada uno de sus protagonistas.

Otro encuentro conmovedor, esta vez con el cobrador de impuestos Zaqueo, expresa muy bien que Jesús no trataba sólo de restituir la salud corporal y mental de las personas con quien se encontraba. Pretendía mucho más. La particular misión que le impulsaba incluía en ocasiones la curación, pero buscaba sobre todo una rehabilitación integral, la salvación de la persona entera, su reconciliación con Dios, con el prójimo y con uno mismo. Por eso, tras aquel encuentro transformador, Jesús confiesa: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Él es el redentor, el Salvador del género humano.

Con el paso del tiempo, parece que muchos creyentes hemos olvidado que Cristo vino al mundo para salvarnos, que dio su vida por mí. Hemos transformado la experiencia fundante de la comunidad cristiana primitiva en un vago anhelo de curación—corporal, psicológica y espiritual—pero desvinculado del encuentro vivificador y redentor que describen los evangelios.

Aunque quizás esta mutación de las expectativas religiosas no se deba sólo a nuestra inconsistencia o a nuestra falta de fe. Hay poderosas corrientes culturales que han puesto en el centro lo terapéutico como valor supremo, diluyendo la soteriología como dimensión central de la fe.

Tanto es así que el largo proceso de secularización de las sociedades occidentales ha llegado a desligar ambas dimensiones de la experiencia religiosa, hasta el punto de marginar y hacer prácticamente desaparecer la salvación como meta de la existencia. Charles Taylor, uno de intelectuales que mejor ha descrito este proceso, lo denomina “el auge de lo terapéutico” (the rise of the therapeutic). La medicalización de la reproducción, el nacimiento y la muerte, o las soluciones farmacológicas a la tristeza, la soledad y la depresión son algunos ejemplos de esta profunda transformación.

Ahora bien, en el actual contexto cultural los cristianos tenemos la obligación de preguntarnos—quizá ahora más que nunca—cuál es el valor central de nuestras vidas: ¿la sanación o la salvación?; cuál es la dimensión principal de nuestra existencia: ¿la terapéutica o la soteriológica?

A lo largo de la historia del cristianismo, numerosos santos y santas dieron su vida—de forma martirial o por medio de una larga entrega silenciosa—no sólo para curar a los apestados y olvidados de la sociedad, sino para salvarles. San Roque, San Luís Gonzaga o Santa Teresa de Calcuta son tan solo algunos de los muchos nombres que vienen a la cabeza en esa larga historia de salvación.

No se trata de minusvalorar la centralidad de la salud corporal, ni de restar importancia al enorme esfuerzo sanitario de estos días, ni mucho menos de caer en un ingenuo escapismo espiritual, sino de preguntarnos con profundidad y sinceridad, como creyentes, qué deseamos, qué esperamos y en quién confiamos.

O, dicho de otro modo: ¿Dónde deposito mi esperanza? ¿De qué necesito sanarme? ¿Quién podrá salvarme?

Jaime Tatay, SJ

 

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Homilia, Reflexión

El laberinto de la soledad y el hilo de la fe

El poeta y filósofo Jorge Riechmann afirma que las nuevas tecnologías –en especial el smartphone– han conducido a muchos al “laberinto de la cibersoledad”. La expresión, un poco rebuscada, ilustra sin embargo muy bien la conclusión a la que algunos sociólogos han llegado con palabras más sencillas: en la era digital vivimos permanentemente conectados, pero estamos solos (o corremos el riesgo de acabar estándolo).

No hay más que asomarse a la calle, darse un paseo o subirse al autobús para comprobar que hemos dejado de mirar al cielo, al tráfico y –lo que es todavía peor– a la cara de las personas. Abducidos como estamos por las pantallas luminosas de nuestros dispositivos móviles no prestamos atención a lo que pasa a nuestro alrededor.

Llevan razón estos lúcidos observadores de nuestro tiempo: el mundo digital y tecnológico ha traído sin duda ventajas y posibilidades insospechadas de comunicación instantánea e información ilimitada, sí, pero también nos ha encerrado en nosotros mismos creando personas ensimismadas, perdidas en la “cibersoledad” de la red, aisladas en un mundo habitado por amigos y contactos virtuales.

Esta realidad recuerda el mito griego que cuenta la historia de Ariadna, la hija del rey Minos de Creta, quien, para evitar que su enamorado el príncipe Teseo se perdiese en el laberinto del minotauro, tuvo la sencilla idea de darle un ovillo. “El hilo”, pensó lúcidamente la princesa, “le acompañará y le guiará de vuelta hasta la entrada después de dar caza al minotauro”. Y así fue. Sin el hilo, Teseo hubiese quedado, como tantos contemporáneos nuestros, desorientado en el laberinto. Gracias a esa guía, sin embargo, consiguió salir y emprender el viaje de vuelta a Atenas junto a Ariadna.

El hilo de la fe

El Adviento, igual que hizo Ariadna con Teseo, pone también en nuestras manos un ovillo, uno capaz de guiarnos a lo largo de todo el año por el laberinto de la vida. En este tiempo, los cristianos recordamos la humanidad de Dios –su encarnación y su sorprendente cercanía– y tratamos de cuidar o retomar el contacto con familiares y amigos. Es el tiempo por excelencia de las comidas, los reencuentros y las celebraciones; es el tiempo de la conversación, la compañía y la relación personal.

Por eso la Navidad contrasta con fuerza con el resto del año. Frente a la prisa, la dispersión y la soledad a la que nos aboca muchas veces el mundo laboral y la vida moderna, la Navidad invita justo a lo contrario: a la estabilidad, al diálogo y a la fraternidad. Invita, en definitiva, a retomar el hilo de lo importante, de aquello que nos humaniza: la amistad, la vida de fe y la celebración sencilla de la vida.

Cuando escuchamos a Jesús decir –en una frase tantas veces repetida– “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no está diciéndonos que haya un solo camino que todos tengamos que recorrer para alcanzar una vida plena. Se refiere, más bien, a su presencia en todos y cada uno de los caminos, como hilo conductor, guía y sentido. Sus palabras son más una invitación que una afirmación.

La fe cristiana no garantiza que no nos desorientemos, ni que jamás experimentemos la soledad, ni que nunca lleguemos a perdernos en el laberinto de la existencia. De hecho, igual que le sucedió a Teseo, a lo largo de nuestro peregrinar por este mundo acabamos con frecuencia perdidos y necesitados de orientación. ¿Quién no ha precisado en algún momento de su vida que le “echen un cable”, un hilo que le saque de las dificultades, le reoriente y le permita volver de nuevo a casa?

Como advierte Jesús a sus discípulos, “cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no tengáis pánico […] no se perderá ni un pelo de vuestra cabeza”. El Jesús adulto e itinerante afirma que al final no nos perderemos –que no se perderá, metafóricamente, ni uno de nuestros cabellos–. Nos asegura su presencia fiel, hasta el extremo, hasta el más oscuro de los laberintos que es la muerte. Pero es ahora, en el Adviento, al inicio, cuando el Dios que se hace humano nos invita a ser acompañante, hilo conductor del año que tenemos por delante.

Escuchemos su invitación, miremos su rostro, fijémonos en los brazos extendidos del niño en los belenes que veremos por todas partes durante estos días. Es Dios mismo quien nos tiende una mano, quien nos echa un cable, quien nos ofrece, como Ariadna, el extremo del ovillo, para que lo cojamos y no nos perdamos.

Durante el Adviento y la Navidad recordamos el inicio de la historia de la salvación, el principio de esa gran narración que es la vida de Jesús, aquella que nos acompañará y que iremos “desenrollando” si la meditamos y la hacemos nuestra. El inicio del ciclo litúrgico coincide con la época en que celebramos nuestra común humanidad y nos deseamos lo mejor unos a otros, el momento en que hacemos propósitos de vida nueva.

¡Y qué mejor propósito que coger el ovillo por el extremo y no soltarlo! No lo soltemos nunca, porque aquel que tira del hilo de la fe, no se perderá.

Jaime Tatay, SJ

Esta y otras reflexiones las he publicado en el libro “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

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Foto: paperblog.com

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Homilia, Reflexión

El síndrome de Peter Pan y la maduración espiritual

Si en algo se diferencia mi generación de la de mis abuelos es en el número de oportunidades que nos ofreció la vida: ellos no pudieron estudiar, nosotros accedimos a la universidad; ellos crecieron en un país dividido y lucharon en una sangrienta guerra civil, nosotros dimos por supuesta la paz y la democracia disfrutando de los beneficios de una educación universal y una sanidad pública; ellos nunca salieron del país ni dispusieron de tiempo para el ocio, nosotros hemos viajado a sitios lejanos y disfrutado de muchas oportunidades para formarnos y orientar nuestras vidas.

La lista continúa, pero basta esta breve enumeración para ilustrar la enorme transformación social, política y económica experimentada en nuestro país en el siglo XX y el gran salto generacional que supuso. Hay, sin embargo, otros ámbitos en los que no está tan claro qué generación salió más beneficiada, si la de ellos o la nuestra. Una anécdota familiar sirve para iluminar las diferencias de opinión sobre esta cuestión.

En una ocasión, mi abuelo materno nos dijo de forma tajante durante la sobremesa, tras una larga conversación sobre la adolescencia, “en mi época, no había adolescencia”. Su afirmación no era fruto de un estudio sociológico ni de una detallada investigación histórica. Más bien provenía de su propia experiencia. Nacido en 1920 en un pueblo de Castilla, el pequeño de siete hermanos no sólo quedó huérfano de padre y madre antes de llegar a la (supuesta) adolescencia, sino que fue llamado a filas en la conocida “quinta del chupete” para luchar junto a las tropas nacionales (mi otro abuelo valenciano, por cierto, luchó junto a los republicanos en Teruel).

Tras la guerra, no hubo tiempo ni para estudiar ni para viajar ni para conocer el mundo. A diferencia de sus nietos, empezó a trabajar inmediatamente, se casó, emigró y siguió trabajando para sacar adelante a su familia hasta el día de su jubilación. Y en efecto: él, como tantos otros de aquel entonces, no tuvo adolescencia (ni probablemente conoció la existencia del término hasta mucho después). A los ochenta años, poco antes de fallecer, tampoco parecía echarla de menos.

La reacción de mi abuelo me hizo pensar y me ayudó a reflexionar sobre uno de los aspectos en los que quizás nosotros –los nietos y biznietos de aquellos hombres y mujeres, los hijos de la transición y la democracia– no hayamos resultado tan favorecidos como creemos. Se trata de la cuestión de la maduración humana y espiritual, vinculada no sólo a nuestras propias decisiones personales, sino también al contexto cultural e histórico en el que nacemos y crecemos.

Ortega y Gasset decía, identificando las dos fuerzas que moldean nuestras vidas, “yo soy yo y mi circunstancia”. Y así es, la circunstancia, en algunos casos, hace madurar de golpe (o a golpes); en otros, retrasa la maduración durante años. Los psicólogos hablan de un trastorno del desarrollo de la personalidad en el que la persona se niega a asumir el paso del tiempo y desempeñar el rol de adulto. Le llaman el síndrome de Peter Pan. La primera vez que escuché la expresión, años después de la conversación familiar a la que me he referido, pensé: ¿qué hubiese dicho mi abuelo sobre esta patología? Estoy casi seguro que, de haberle preguntado, hubiera respondido: “en mi época no existía el síndrome de Peter Pan”.

Es verdad que hasta la década de 1980 –cuando la acuñó el sicólogo Dan Kiley– no se utilizaba la expresión. Pero lo que sí es indudable es que el ser humano siempre ha necesitado madurar, de un modo u otro.

Hay un famoso pasaje del evangelio en el que se apunta en esta dirección. Se trata del diálogo en el que Jesús pregunta tres veces a Pedro si le quiere. Hay varias maneras de interpretar esta escena, por supuesto. Las preguntas reiterativas son un recurso literario que trata de anticipar las posteriores tres negaciones de la Pasión, formando una especie de díptico sobre la vida de Pedro. Incluso podríamos llegar a sugerir que en el diálogo resuenan también las tentaciones de Jesús, poniendo de relieve la enorme diferencia entre maestro y discípulo (el primero dice “no” tres veces al demonio para poder decir sí al final a su Padre, mientras el segundo dice “sí” tres veces para acabar negando al maestro).

Pero también podemos interpretar el diálogo en clave pedagógica, como expresión de la progresiva maduración espiritual de Pedro y de todo creyente. La repetición, tan valorada por San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, es un poderoso instrumento de profundización espiritual al que Jesús recurre en múltiples ocasiones. Aunque la intuición no es exclusiva de Jesús. La Biblia está plagada de repeticiones, de oportunidades para volver una y otra vez a las grandes cuestiones que nos permiten crecer como personas y como creyentes: el perdón, la celebración, la muerte, la vida, la verdad, el pecado, la comunidad, la oración, etc. A todas ellas necesitamos regresar periódicamente si no queremos acabar estancados espiritualmente.

Sin duda algunas personas en nuestro tiempo, especialmente en las sociedades más industrializadas, tenemos problemas de maduración y somos presas del síndrome de Peter Pan. En nuestro país se ha popularizado el término “ni-ni” para referirse a los jóvenes adultos que ni trabajan ni estudian y que –a menudo– siguen viviendo en casa de sus padres. Sería injusto colgar el sambenito de Peter Pan a todos los ni-nis, cuando muchos son víctimas de la precariedad laboral, pero también resultaría imprudente negar la parte de dejación personal y social que hay tras algunas de estas situaciones.

La solución, en cualquier caso, no consiste en negar la existencia del problema o retrotraerse a un periodo en el que no había tiempo para hacerse preguntas. El camino de salida, al menos en el ámbito espiritual, no es otro que enfrentar la vida, con todas sus ambigüedades e incertidumbres. El propio Pedro, el del evangelio, tenía algo de Peter Pan y necesitó una confrontación directa con su propia cobardía para poder crecer.

Para el cristiano, la pregunta por la maduración espiritual conduce inevitablemente a la Pascua, a la realidad de la muerte y la resurrección. Si algunas personas no tienen ni idea de lo que es el síndrome de Peter Pan es porque, quizás, desde muy pronto, se topan de bruces con la cruda realidad de la muerte, la guerra y la pobreza. Quizás también por ello Pedro, como todos los discípulos, tuvo que esperar a la experiencia pascual para avanzar en su propio proceso de crecimiento, para poder comprender los anuncios de la pasión y poder interpretar la insistencia de Jesús al preguntarle, hasta tres veces, “¿me quieres?”.

Preguntémonos también nosotros repetidamente por nuestra propia maduración espiritual, hasta que podamos decir –como Pedro– “tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.

Jaime Tatay, SJ

Foto: @adilolli

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Homilia

Caminar, hablar y comer juntos

Estoy leyendo a ratos sueltos el último libro de Antonio Spadaro, un compañero jesuita italiano periodista que ha reflexionado sobre los retos y las oportunidades que “la red” ofrece a la teología. El título del libro es clarificador: “Ciberteología. Pensar el cristianismo en tiempos de la red.”

No pretendo hacer aquí propaganda de su libro (aunque es recomendable), sino tomar prestada una de sus intuiciones para tratar de traducir a nuestro tiempo y a nuestro lenguaje algo de lo que (creo) sucedió en el conocido relato de los caminantes de Emaús, el evangelio correspondiente a este III Domingo de Pascua.

En los últimos siglos, sugiere Spadaro, el hombre habría pasado de ser una brújula –que se orienta de forma natural a Dios– a ser un radar –que busca sentido por su cuenta, a menudo en el vacío–.

La brújula quedó rota, de forma irremediable, al dejar nuestras sociedades de mirar colectivamente a Dios como algo evidente y normal. El norte magnético dejó hace tiempo de ser Dios y las agujas dejaron de señalar en una única dirección.

Ahora son muchos los polos de atracción, las propuestas de vida y sentido en circulación. Por eso el radar sustituyó a la brújula durante un tiempo. Esta metáfora, aunque todavía útil para explicar nuestro modo de buscar sentido en la vida está, sin embargo, cada vez más agotada. El creyente hoy se enfrentaría a la soledad de una búsqueda individual que a menudo resulta estéril y desalentadora –como un radar que escanea en silencio un espacio vacío, sin recibir ninguna señal clara–.

Ni la brújula ni el radar, por tanto, servirían ya para explicar cómo funcionamos los creyentes en nuestro tiempo.

En la era digital (la “era de la red”), según Spadaro, nos habríamos convertido en algo así como en de-codificadores, personas desbordadas por las múltiples propuestas de sentido en circulación, bombardeadas constantemente por respuestas que, antes incluso de haber podido formular preguntas, nos seducen y atraen.

El gran reto de nuestra época, por tanto, consistiría en aprender a discernir en el gran supermercado cultural, en aprender a seleccionar y “de-codificar” bien las múltiples propuestas que recibimos, antes de confirmar su validez.

El camino de la fe, visto así, no consiste tanto en ponerse en camino hacia “un norte” (que ya no resulta evidente) ni en encontrar respuestas lógicas, atractivas o novedosas (respuestas que tenemos en abundancia), sino en formular bien las preguntas que nos conducirán a la respuesta más adecuada.

Este camino es el que recorren los discípulos de Emaús.

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Efectivamente, al principio de la historia, los caminantes de Emaús van perdidos y desorientados, sin norte y sin brújula. Por eso, desconsolados y tristes, vuelven a su lugar de origen. No son capaces de interpretar –de leer en el radar de la experiencia– lo que ha sucedido en Jerusalén durante los días de Pascua. La brújula ha quedado rota y el radar “barre” la experiencia vivida, sin encontrar nada.

Los testigos de la Pasión, tras la muerte de Jesús, quedan desorientados, incapaces si quiera de formular preguntas adecuadas. “Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto”, le dicen al peregrino desconocido que camina junto a ellos.

Entonces es cuando Jesús interviene e inicia el diálogo que dará un vuelco a la historia: “Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.”

Jesús, recordémoslo, porque es importante, no enseña nada nuevo en el camino de Emaús, tan sólo explica las escrituras y cena junto a los dos peregrinos. Es en el camino hacia Emaús -andando, hablando y finalmente comiendo juntos- cuando los discípulos aprenderán a preguntar bien y a descubrir al resucitado junto a ellos.

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Es la larga conversación y la cena compartida la que obrará la transformación, la que hará que todo se vea y se escuche con ojos y oídos nuevos. Como reconocerán sorprendidos más tarde, a toro pasado: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Caminando, dialogando y compartiendo la comida, los discípulos de-codifican el mensaje cristiano.

Porque este es el mensaje principal que la iglesia nos lanza este domingo: en el diálogo itinerante y en la cena compartida –en la palabra y en el sacramento– aprendemos a entender y ver, poco a poco, lo que nos ha sucedido. Cuando escuchamos la palabra, nos disponemos a escuchar y celebramos la vida, empezamos a ver con ojos nuevos aquello de lo que hemos sido ya testigos.

Dicho de otro modo, y volviendo a la sugerencia de Spadaro, los peregrinos aprenden, mediante la escucha y el diálogo, mediante la hospitalidad y la celebración comunitaria, a de-codificar los mensajes recibidos anteriormente y apropiárselos, como si fueran nuevos. Con nosotros, dos mil años después, sucede algo muy similar. No podía ser de otra manera.

Del relato de Emaús podemos extraer pistas para nuestra vida de fe y para la vida de nuestras comunidades cristianas. Algunos han afirmado que el evangelio de Emaús es una catequesis modélica que resume muy bien los tres pilares, las tres patas, sobre las que se apoya una identidad cristiana bien formada: la escucha dialogada de la palabra, la celebración de los sacramentos y el compromiso ético comunitario.

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Palabra, sacramento y hospitalidad conducen, por tanto, a la fe en el resucitado. Pero la relación funciona en ambos sentidos; la fe en Cristo resucitado nos envía también a cuidar los tres pilares que nos sostienen como comunidad cristiana: la escucha atenta de las escrituras, la celebración comunitaria de los sacramentos y el compromiso con los necesitados de nuestro mundo.

Jaime Tatay, SJ

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Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

-«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:

-«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»

El les preguntó:

-«¿Qué?»

Ellos le contestaron:

-«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron. »

Entonces Jesús les dijo:

¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:

-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron:

-«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

-«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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