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Masa crítica

La física de partículas dio un gran salto en el siglo XX cuando descubrió que es posible iniciar una reacción atómica en cadena y liberar una enorme cantidad de energía. Ese gran descubrimiento—como ha sucedido siempre—puede ser utilizado bien o mal: para generar electricidad en una central nuclear o para fabricar bombas atómicas. En cualquier caso, para iniciar una reacción en cadena se requiere conseguir un mínimo de uranio enriquecido, la “masa crítica” imprescindible.

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Las ciencias sociales, por otro lado, han mostrado recientemente que las protestas no violentas son el doble de efectivas a la hora de conseguir un cambio social que aquellas que recurren a la fuerza. Sin embargo, aunque su eficacia está de sobras demostrada, para que este tipo de estrategias prosperen es necesario—como sucede con las reacciones nucleares—atravesar un “umbral crítico”. Los sociólogos que han estudiado estos fenómenos estiman que, para que se den procesos de transformación cultural, se requiere involucrar al menos a un 3,5% de la población.

Otros estudios de carácter histórico revelan que a lo largo de la historia se han generado en unos pocos enclaves geográficos las condiciones idóneas para una gran creatividad intelectual, artística, empresarial o tecnológica. La Atenas de la Academia, la Florencia de los Medici o el actual Silicon Valley de California serían ejemplos de lugares en los que una compleja combinación de factores ha iniciado transformaciones culturales profundas. Aunque no se han podido identificar todos esos factores, ni se ha podido estimar exactamente la combinación y la cantidad que se precisa de cada uno de ellos, sí que hay indicadores claros de la necesidad de alcanzar un mínimo de condiciones—sociales, económicas, institucionales y políticas—que hacen posible la emergencia de estos hubs de innovación.

En definitiva, podríamos afirmar de una forma quizás un tanto simple que para que se inicien procesos de transformación—ya sean estos sociales, culturales, económicos o físicos—hace falta un mínimo de personas, de ideas, de instituciones o de uranio enriquecido. En todos los casos es preciso atravesar el umbral que conducirá a la nueva situación.

Atendiendo a la historia de las religiones, podríamos formular una pregunta similar a la planteada en otros ámbitos de la experiencia humana: ¿Qué condiciones se han dado para que un movimiento carismático liderado por un “innovador religioso”—Abraham, Moisés, Buda, Jesús o Mahoma—y un grupo de seguidores se convierta en una religión universal? ¿Y cuántas personas hacen falta para que se inicie una transformación espiritual de gran calado?

En el caso del cristianismo, tanto los Evangelios como los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo nos dan algunas pistas al respecto. Conviene recordar que ninguno de los autores de estos libros—Marcos, Mateo, Lucas, Juan y Pablo—escribió con las mismas intenciones, ni con los mismos métodos, ni con los mismos intereses que los modernos sociólogos de la religión. Sin embargo, todos describieron el proceso de formación del grupo que transmitió el mensaje de Jesús, iniciando la transformación cultural que condujo finalmente a la conversón del cristianismo en una religión universal.

Los diversos relatos de “la llamada de los doce” son testimonios de la formación de la primera comunidad cristiana. Según la narración de Marcos y Mateo, Jesús llama a seis pescadores que, “al instante, dejando la barca y a su padre, lo siguieron” (Mt 4, 22). El relato de Lucas narra de forma más detallada el acercamiento al grupo de pescadores, de un modo más cercano a lo que probablemente sucedió en la realidad. Es solo tras la convivencia con Jesús y, sobre todo, tras la pesca milagrosa junto al lago, cuando Pedro y sus compañeros confiesan “sobrecogidos de espanto ante la pesca realizada” (Lc 5,9) su condición de pecadores y deciden seguirle. En este relato, de nuevo, percibimos un proceso de transformación progresivo de los discípulos, que se acelera tras atravesar un particular umbral—la pesca milagrosa.

Ahora bien, este pequeño grupo no constituía ni mucho menos el 3,5% de la población de Israel, el porcentaje mínimo que los modernos estudios de sociología señalan como el porcentaje necesario para que un movimiento de reforma no violento prospere y llegue a buen puerto. Pero no podemos obviar que el número de seguidores y personas transformadas por la acción de Jesús no se limitó al grupo de los doce. Durante su vida apostólica, el predicador de Nazaret obró numerosos milagros por medio de sus palabras y de sus acciones prodigiosas. De este modo, dejó a su paso un auténtico reguero de personas transformadas que, a su vez, es probable que transmitiesen su propia experiencia y su fe en el profeta y rabino de Galilea.

Ejemplos de estos encuentros hay bastantes en los evangelios. Por ejemplo, tras curar a un leproso anónimo, y a pesar de pedirle Jesús expresamente “no se lo digas a nadie”, Lucas afirma que “su fama se extendió mucho y se congregaban grandes multitudes para oírlo y ser curados de sus enfermedades” (Lc 5,15). Aunque no todos seguirán a Jesús hasta el final, es evidente que muchos conservan su confianza en él hasta el punto de seguirle hasta Jerusalén y acompañar al grupo de mujeres que le dan sepultura tras su muerte. Simón de Cirene—un campesino—y José de Arimatea—un miembro del sanedrín que condenó a Jesús—representan este tipo de seguidores discretos y silenciosos que, sin duda, se sumaron al grupo de los primeros cristianos hasta constituir una minoría silenciosa en torno al grupo de los doce.

Al pensar en el surgimiento del cristianismo no contamos con la evidencia científica que desearían los historiadores, los antropólogos y los sociólogos de la religión. Pero lo que sí sabemos es que Jesús, desde el inicio de su vida hasta sus últimas apariciones como resucitado, provocó—como si de una reacción en cadena se tratase—profundas transformaciones personales y sociales.

Es más, su memoria se propagó y ha seguido atrayendo y transformando a personas muy diferentes a lo largo del tiempo. Quizás porque, como Jesús mismo afirmó, “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Dos o tres. Con eso basta. Ese el umbral, la cantidad mínima, la masa crítica necesaria para que se inicie la comunidad cristiana.´

Jaime Tatay, SJ

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En nuestro país el verano es el tiempo de los incendios. A menudos estos fenómenos incontrolados resultan desastrosos, quemando grandes superficies forestales, casas y cultivos, amenazando incluso vidas humanas. Por eso la imagen que tenemos de los incendios es muy negativa y nos gustaría poder suprimirlos de un plumazo para siempre.

Sin embargo, el fuego cumple una función vital en muchos ecosistemas. Una función en apariencia perturbadora, pero que resulta más importante de lo que pensamos. De hecho, sin el fuego muchas especies no podrían reproducirse ni dispersarse y algunos ecosistemas perderían un importante elemento de su dinamismo.

Por ejemplo, en regiones de clima mediterráneo como la nuestra, la sequedad hace que los nutrientes acumulados en la materia orgánica tarden mucho en descomponerse. Sin el fuego, que acelera el lento proceso de mineralización, las plantas no podrían disponer de esos nutrientes. Por otro lado, algunas semillas necesitan el calor del fuego o ser parcialmente quemadas para poder resquebrajar su dura costra protectora. Sin el fuego, no serían capaces de germinar. Es más, aunque resulte paradójico, el fuego puede incluso prevenir… ¡los incendios! En efecto, al reducirse la carga de combustible y romperse la continuidad de la vegetación, los siguientes incendios no son tan extensos ni tan intensos. Sin la función reguladora del fuego, el propio fuego se volvería incontrolable.

Moraleja: las apariencias engañan y lo que a menudo estimamos pérdida, es ganancia.

Y lo que el libro de la naturaleza nos enseña al estudiarlo, podemos también aplicarlo a nuestras vidas: ¿Cuántas veces, volviendo la vista atrás, no hemos reconocido una etapa de crecimiento allí donde solo vimos frustración y pérdida? ¿Acaso la fe cristiana no se sostiene en la esperanza que tras la muerte (aparente) se esconde la vida (latente)?

A la luz de esta experiencia, las palabras de Jesús no suenan ya como una amenaza sino como una oportunidad: “He venido a traer fuego a la tierra”, nos dice, invitándonos a regenerar todo aquello que hay de dormido, seco y muerto en nuestras vidas.

La presencia del Espíritu de Dios entre nosotros se representa en la Biblia de muchas maneras: mediante la imagen del viento, el tabernáculo, la nube o la llama de fuego. Moisés, ante la zarza ardiente, descubre que el Dios que habla tras las llamas es un poder de vida que quiere unirse, comunicarse y propagarse. En el libro de los Hechos se nos narra que los primeros discípulos, asustados y paralizados, experimentaron la llegada del Espíritu Santo como llamas de fuego que se posaban sobre sus cabezas.

El fuego expresa bien la fuerza transformadora de Dios, que quema y abrasa, que reduce a cenizas, pero que lo hace iluminando y renovando. Parafraseando a Pablo, podemos decir que, de la ceniza del hombre viejo y muerto, surge el hombre nuevo y resucitado.

Los místicos cristianos han captado bien la fuerza del símbolo del fuego para expresar la presencia de Cristo resucitado. Para San Juan de la Cruz, aquel que vino “a traer fuego a la tierra” es quien sale a nuestro encuentro como espíritu y vida. Así lo expresa en su conocido poema Llama de amor viva:

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro!

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras:

y en tu aspirar sabroso,

de bien y gloria lleno

¿cuán delicadamente me enamoras!

 Francisco de Asís, en el Cántico de las criaturas, invita a reconocer en el fuego a un hermano:

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual iluminas la noche,

y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

 Los jesuitas, mucho más tarde, hemos recurrido también a la imagen del fuego. Pero no para recordar la labor de regeneración que las llamas realizan, sino –unidos a la experiencia de los místicos– para expresar el deseo misionero que impulsa a comunicar la presencia de Cristo y la buena nueva del Reino.

La última Congregación General nos recordó que estamos llamados a ser “fuego que enciende otros fuegos”, porque la dinámica de la fe es la dinámica del contagio, expresada de forma tan gráfica en la imagen del incendio. Y esto vale no solo para los consagrados: a esa misión están llamados todos los bautizados.

En septiembre, al inicio de curso escolar, cuando volvemos a la rutina y hacemos propósitos de curso nuevo, conviene recordar las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra”.

Que el nuevo curso sea una ocasión para reencontrarnos con Cristo en el día a día, el Cristo bello y alegre y vigoroso y fuerte de los místicos, el Cristo vivo –la llama de amor viva– que nos recuerda cómo es el Dios en quien creemos: un Dios pirómano.

Jaime Tatay, SJ

Estas y otras reflexiones similares están publicadas en el libro: https://l.gcloyola.com/llegada-dios-salvaje/

Reflexión

Un Dios pirómano

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Reflexión

Raíces aéreas

Los neumatóforos son raíces de plantas adaptadas a vivir en terrenos fangosos, como las marismas y los pantanos, o en lugares inundados regularmente, como los manglares y los estuarios. Estas peculiares raíces sobresalen verticalmente fuera del barro y su superficie está cubierta de lenticelas (o pequeños poros) que toman el aire y lo pasan a un tejido esponjoso que, a su vez, mediante un proceso de ósmosis, distribuye el oxígeno a la planta. Los neumatóforos son el fruto de una sorprendente adaptación biológica que ha permitido a unas pocas especies de plantas vivir en condiciones donde la mayoría no puede prosperar.

No debemos olvidar que el agua, para las plantas, es un arma de doble filo. Resulta imprescindible para vivir, pero en exceso conduce a la muerte. Por eso un suelo bien drenado es tan importante para la vida vegetal como el agua misma. El agua, aunque necesaria, debe ser administrada con cautela. Ya sea por exceso o por defecto, la fuente de vida puede convertirse en causa de muerte. 

Quizás por eso en la mentalidad bíblica tanto el diluvio como la sequía prolongada se interpretan como claras advertencias de Yahvé y consecuencias inequívocas del pecado humano. 

Podríamos profundizar en este simbolismo y afirmar que es en el justo medio donde se ubica la prudencia, la fecundidad y la bendición de Dios. Un suelo bien regado y drenado es comparable a una vida en la que la oración, la caridad y la ascesis están equilibradas. Como nos recuerda la carta de Tito, “una vida sobria, honrada y religiosa” constituye el ideal de vida del creyente. 

Quizás también por ello en la historia de la espiritualidad cristiana a menudo se han establecido comparaciones entre el drenaje y la ascesis. Aquellos que consagran su vida a la oración saben bien que es imprescindible no cometer excesos, incluso con prácticas tan recomendables como la oración, el ayuno y la penitencia. Porque, como sucede con el agua, estas prácticas, si no se dosifican, pueden acabar ahogando la vida espiritual.

Los Cartujos, una de las ordenes monásticas más estrictas, tienen establecido en la regla que regula su vida un día de excursión comunitaria donde pasean juntos, comen y conversan de modo informal. San Bruno, el fundador, aprendió que para poder vivir en soledad y en oración permanente, durante toda la vida, es preciso también experimentar la comunidad, el ocio y el descanso. El día de esparcimiento de los Cartujos funciona como un neumatóforo, como un conjunto de pequeñas lenticelas que oxigenan y refrescan la vida del monje. La experiencia de los maestros espirituales y el libro de la Creación se iluminan mutuamente.

Sin embargo, la experiencia dice que, por desgracia, no siempre es posible regar, drenar y oxigenar nuestra vida espiritual como desearíamos. A menudo, ni siquiera depende de nosotros. Hay ocasiones en que los acontecimientos se precipitan, nos desbordan y no podemos gestionar todo lo que experimentamos. Entonces quedamos anegados, empantanados, ahogados. Y, en el peor de los casos, la vida espiritual puede quedar asfixiada para siempre. En estas circunstancias, resulta imprescindible encontrar maneras de oxigenarnos, de permitir la llegada de aire fresco, de facilitar nuevos accesos del Espíritu a nuestras vidas. 

El término neumatóforo (del griego pneuma, aire, y phoros, portar) significa literalmente “portador de aire” o “portador del Espíritu”. Esta palabra resuena en la imaginación cristiana y conecta con diversas tradiciones y devociones que han explorado modos alternativos de orar y abrirse al viento del Espíritu.

María, para la devoción popular primero y para la reflexión teológica más tarde, se presenta como la madre de Dios, la portadora de Jesús. San Cristóbal (Christósphoros o portador de Cristo) es aquel que lleva a hombros al propio Jesús. También los profetas son presentados en la Biblia como los portadores del Espíritu de Dios, aquellos por medio de los cuales Yahvé se comunica. Y el propio Jesús es descrito en los evangelios como alguien impulsado por el Espíritu—conducido al desierto—y como portador del Espíritu—que anuncia la llegada de la buena nueva del Reino a toda la Creación—.

Visto desde esta perspectiva, al contemplar la vida de Jesús caemos en la cuenta de las numerosas aperturas que estableció al Espíritu. Como si de pequeñas lenticelas se tratase, Jesús acudía a Betania a descansar con sus amigas Marta y María, comía con sus discípulos y, sobre todo, se retiraba con frecuencia al descampado a orar. Aunque es en los relatos de la pasión, sobre todo en Getsemaní y durante la crucifixión—precisamente cuando se siente asfixiado por el miedo, la soledad y la traición–donde mejor vemos el modo como Jesús se abre al Espíritu en la oración. 

Esas dos sobrecogedoras escenas del final de los evangelios funcionan a modo de neumatóforos, como dramáticas oraciones elevadas al cielo, capaces de abrirse paso y sobresalir entre el asfixiante fango de la muerte para invocar al Espíritu de la vida. En estos últimos actos conscientes de la voluntad, Jesús consuma su propia evolución espiritual abriéndose a Dios, al Espíritu que le consuela, le esponja y le oxigena anunciando su futura elevación en la resurrección y la ascensión.

Contemplar la vida de Cristo constituye el ejercicio espiritual más básico, aquel al que tenemos que volver una y otra vez. Pero contemplar con frecuencia el libro la Creación y aprender de él puede enriquecer y profundizar ese primer ejercicio.

Busquemos creativamente, como han hecho unas pocas especies de árboles, aperturas al Espíritu. Elevémonos siempre que podamos sobre el suelo movedizo de la vida cotidiana y el barro de la rutina. Hagamos de la oración el pulmón de nuestra vida espiritual.

Esta es una de las principales tareas que tenemos como creyentes. Una tarea que acabará transformándose en un don. El don que nos oxigena, nos mantiene vivos y nos salva de la decadencia y la asfixia espiritual.

Jaime Tatay, SJ

Foto: Peripitus – wikipedia – https://en.wikipedia.org/wiki/Aerial_root#/media/File:Pneumatophore_overkill_-_grey_mangrove.JPG

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Un fuego que enciende otros fuegos

La mayoría de los católicos, a diferencia de los cristianos pentecostales, no hablamos mucho del Espíritu Santo. Nos resulta un tema lejano y un tanto extraño. Quizás por ello solemos dirigirnos a Dios, a Jesús y a María, pero rara vez al Espíritu. A los curas nos pasa igual. No solemos predicar sobre la tercera persona de la Trinidad y, aunque empecemos la misa invocando al Espíritu, la terminemos dando la bendición en su nombre e insistamos en la importancia de la “vida espiritual”, rara vez hacemos del Espíritu Santo el centro de nuestras predicaciones.

Con el Espíritu sucede como con la vajilla de porcelana que mi abuela utilizaba en contadas ocasiones. Ella, por miedo a que se rompiese, la tenía guardada en un mueble; nosotros, por no saber muy bien cómo hablar del Espíritu, acabamos hablando de otras cosas.

Sin embargo, y esta es la paradoja, sólo tenemos acceso a Dios por medio del Espíritu. El propio Jesús ya nos advirtió, “a Dios nadie lo ha visto nunca”. No esperemos nosotros verlo tampoco. Al único que podemos experimentar de forma directa es al Espíritu Santo. Como recordó Pablo en el areópago a los atenienses, “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos”.

Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, el día del año en que la liturgia subraya la importancia del Espíritu Santo, el día que recordamos el envío y la presencia permanente del Espíritu entre nosotros. Este es un buen día para sacar a la luz el tesoro mejor guardado de nuestra tradición y preguntarle: ¿Quién eres y qué haces entre nosotros?

El Espíritu nos abre los ojos 

Una breve historia nos puede ayudar a entender qué es lo primero que hace el Espíritu en nuestras vidas: abrirnos los ojos.

Hace unos años, una mujer llamada Sheila Harkin, ciega de nacimiento, recuperó la vista gracias a una nueva técnica médica. Después de la larga operación, pudo ver el mundo con sus propios ojos por primera vez. En una entrevista que ofreció poco tiempo después, dijo:

Nunca pensé que el mundo fuera tan bello. Ahora me cruzo con la gente y les digo: “¿Has visto lo bonita que ha sido la puesta de sol de esta tarde?” Siempre me dicen que no se han dado cuenta. Lo dan por supuesto, supongo. Me encanta el color de las flores, de los árboles, del césped… Todo es tan diferente de lo que yo había imaginado. No quiero ganar la lotería. Sólo quiero ver.

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Sheila tenía razón en dos cosas; vivimos en un mundo bello y pocas veces nos paramos a contemplarlo. San Agustín expresó una intuición similar, poco después de su conversión, en una de las frases mejor conocidas de las Confesiones: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba … Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo.”

Para un creyente, la belleza presente en la naturaleza y en el interior de cada uno es signo de la presencia del Espíritu. Convertirse consiste en abrir los ojos y descubrir esa presencia en lo cotidiano. Los signos escondidos en la realidad cotidiana sólo se descubren abriendo los ojos de nuevo, como Sheila, o tras una conversión, como Agustín.

El agradecimiento y la sorpresa por las cosas sencillas y cotidianas, por tanto, están en el centro de la experiencia de Pentecostés. Quien sólo espera encontrar al Espíritu en situaciones extraordinarias, es probable que no lo encuentre nunca. Ejercitar la mirada, examinando y dando gracias por todo lo bueno que recibimos a diario, es una de las mejores maneras de descubrir su presencia.

El Espíritu ilumina 

Pero la experiencia de Sheila y de Agustín se nos quedan cortas para entender cómo funciona el Espíritu Santo en nuestras vidas. Se quedan cortas porque el Espíritu no es sólo, ni principalmente, una experiencia estética y personal. El Espíritu es una experiencia de grupo, una experiencia que se vive y se alimenta en comunidad. Por ello, las historias que nos hablan del Espíritu Santo en la biblia casi siempre suceden teniendo como protagonista a un grupo de creyentes.

El día de Pentecostés, los discípulos experimentaron la alegría, la paz y la unidad en medio de una situación dominada por el miedo, la ceguera (era de noche) y la cerrazón (las puertas estaban cerradas). Es en esa situación angustiada, de oscuridad y aislamiento, cuando irrumpe el Espíritu de Jesús para traer paz, abrir las puertas e iluminar la noche.

La imagen tradicional de Pentecostés –un grupo de personas encerradas a oscuras y en silencio– siempre me ha recordado esos conciertos multitudinarios cuando el cantante, al final ya de su intervención, toca la canción que esperaban sus fans desde el principio. Es en ese momento, al generarse un fuerte sentimiento de comunión y fraternidad, cuando los asistentes sacan sus mecheros (ahora móviles) y empiezan a cantar al unísono, abrazados e iluminados por cientos de frágiles y pequeñas llamas.

Pentecostés no consiste tanto en ser iluminados desde fuera, por un fuego exterior, como en la capacidad de vibrar juntos, apoyarnos mutuamente e iluminarnos unos a otros.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos lo ha contado de otra manera al hablar de la sorprendente unidad generada entre creyentes provenientes de todo el mundo, capaces de “oír hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”. En medio de la diversidad de lenguas –símbolo del pecado y la ruptura de la comunión en el relato de la torre de Babel– los creyentes son capaces de entenderse, “cada uno los oía hablar en su propio idioma”. Pentecostés es la cara opuesta del relato de la torre de Babel. Si el orgullo humano generó incomunicación en Babel, el Espíritu Santo restableció la comunión.

Esta es otra de las intuiciones cristianas sobre el Espíritu: podemos convertirnos en cauces de comunicación, podemos iluminarnos los unos a los otros, podemos ser reflejo de la presencia del Espíritu a nuestro alrededor. Podemos convertirnos en imágenes luminosas de Dios, en signos de su presencia.

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El espíritu da consistencia 

Pero la presencia del Espíritu no es sólo una experiencia estética y una experiencia puntual que genera unión en un grupo humano. Esa unión, si es fruto del Espíritu, se mantiene a lo largo del tiempo.

Porque el Espíritu no solo genera entendimiento y comunión en la iglesia; también la cohesiona y la sostiene a lo largo del tiempo. A diferencia del sentimiento generado en los eventos multitudinarios–como un flash-mob o un concierto–la experiencia del Espíritu, cuando es auténtica, permanece y une al grupo a lo largo del tiempo.

La palabra religión, en una de sus muchas acepciones (re-ligio), significa re-ligar, unir, mantener cohesionado. Esta manera de entender la religión nos indica que el Espíritu no es una experiencia temporal, fluida y pasajera; es aquello que “religa”, da solidez y consistencia a la comunidad.

Igual que el cemento–mezclado con áridos y agua, tras un tiempo de fraguado–forma una estructura sólida y resistente, también la presencia del Espíritu alimentada en la contemplación, en los sacramentos, en la vida de comunidad y en los actos de caridad nos hace creyentes sólidos, fuertes frente a las dificultades y las dudas.

Es habitual escuchar que, en lugares donde ha estallado una guerra, son las organizaciones religiosas las últimas en marchar. Cuando los organismos internacionales y las empresas se han ido, son solo ellas las que permanecen. Hay algo que las hace resistentes al desánimo y les da fuerzas para continuar en medio de las dificultades, algo que las cohesiona y sostiene en el tiempo.

El Espíritu, para los cristianos, es el cemento de la vida de fe y el que cimienta la comunidad. La iglesia es fruto del Espíritu y sigue viva gracias al Espíritu. Cuando no sabemos a quién acudir, es el apoyo que nos sostiene; cuando parece que no podemos más, es la fuerza que sale de nuestra flaqueza; cuando parece que estamos solos, es la presencia que nos acompaña.

El Espíritu abre los ojos. El Espíritu genera comunidad. El Espíritu consolida la fe. El Espíritu “no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos”.

Jaime Tatay, SJ

Estas y otras meditaciones están publicadas en mi libro:

La llegada de un Dios salvaje (2019)

Hechos de los apóstoles 2, 1-11


Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

-No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, cómo es que cada uno los olmos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua

1 Corintios 12, 3b-7. 12-13


Hermanos:
Nadie puede decir: Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Juan 20, 19-23


Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

    Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

 

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Reflexión

Un cordón umbilical virtual

Hablando un día con un amigo me dijo, refiriéndose a la relación entre su mujer, él y sus hijos, “es como si existiese un cordón umbilical virtual”.

La frase me hizo gracia por la rima, por el tono y por la convicción con que la dijo. Al día siguiente, la frase me vino de nuevo a la cabeza, de forma inesperada, al tratar de preparar una homilía en la que quería predicar sobre cómo Dios se relaciona con cada uno de nosotros.

“Ya está” –me dije– “entre cada uno de nosotros y Dios existe también un cordón umbilical virtual. Lo que nos pasa, le afecta; lo que hacemos, le importa; lo que pedimos, lo escucha. Dios nunca corta su conexión con nosotros, pase lo que pase. Aunque no le veamos, mantiene un vínculo, en apariencia virtual, pero real”.

Ahora bien, si esto es así, una pregunta que muchos creyentes nos hacemos es: ¿Y por qué a menudo no siento a Dios de un modo directo y real? ¿Por qué, con frecuencia, me experimento desligado, desconectado, desvinculado de Dios? Y lo que es todavía más descorazonador: ¿Por qué ni siquiera le experimento de un modo virtual, es decir de un modo indirecto, diferido, mediado por otros?

Ante estos interrogantes, algunos rasgos de nuestra cultura global y urbana –impersonal, digital y virtual– pueden ayudarnos a entender cómo es Dios y cómo se relaciona con nosotros.

En efecto, una gran parte de nuestra vida social, a diferencia de lo que ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad, está hoy constituida por relaciones impersonales. En cada vez más ámbitos, para interaccionar con otras personas no necesitamos saber quiénes son, cómo se llaman o dónde viven. Es más, ni siquiera tenemos por qué comunicarnos con ellas directamente. Dispositivos digitales lo hacen ahora por nosotros, “mediando” esas relaciones.

Sin embargo, muchas de las cosas que hacemos, aunque estén “mediadas” y sean cada vez más inmediatas, siguen teniendo consecuencias y siendo tan reales como antes.

Los conceptos de huella digital y huella ecológica se han popularizado en los últimos años para medir el rastro digital que dejamos y las consecuencias medioambientales de nuestras acciones. Son herramientas que tratan de calcular el impacto de las decisiones humanas sobre las vidas de otras personas, sobre las generaciones futuras y sobre la naturaleza. Que nuestras relaciones sean cada vez más virtuales no significa que no haya personas, sino que no conocemos o interactuemos directamente con ellas, como pasaba antes. Significa que lo hacemos usando nuevas canales, estructuras y plataformas como internet o como las cada vez más “deslocalizadas” cadenas de producción y consumo.

Si bien es cierto que la imprenta, el teléfono o la televisión hace mucho que hicieron más impersonales nuestras relaciones, en las últimas décadas esta dinámica se ha profundizado y acelerado, trayendo cosas buenas y no tan buenas. Las redes sociales o la compra on-line serían claros ejemplos de nuevas mediaciones que han despersonalizado aspectos importantes de nuestras vidas, transformando aceleradamente algunos sectores de la economía, como estamos comprobando durante la actual crisis sanitaria del COVID.

La nueva realidad en la que estamos inmersos, por tanto, plantea preguntas interesantes y pertinentes, pero nos centraremos solo en aquellas con las que iniciamos esta reflexión.

Si, en efecto, nuestras relaciones son hoy más virtuales que nunca, ¿implica necesariamente que son menos reales, menos auténticas, menos humanas? Y en el caso de la relación con Dios, al no ser ni haber sido nunca interpersonal (en el sentido físico del término), ¿podemos también considerarla menos real y auténtica que el resto?

La experiencia del fuerte vínculo entre padres e hijos a la que me referí al inicio puede ayudarnos a responder a estas preguntas.

Por un lado, parafraseando las palabras de mi amigo, muchos padres y madres confirmarán la existencia de un “cordón umbilical virtual” que se establece para toda la vida entre progenitores y vástagos. Del mismo modo como le sucede a Yahvé con su pueblo les sucede a los padres con sus hijos: lo que les pasa, les afecta; lo que hacen, les importa; lo que piden, lo escuchan. Para los padres, las fotos, los recuerdos y las historias de sus hijos los hacen presentes y los vuelven reales, incluso en su ausencia.

El mejor ejemplo de esta relación en la Biblia es la de Jesús con su Padre. Los evangelistas describen esta relación como una especie de canal de comunicación virtual y permanente que acompaña a Jesús a lo largo de su vida y reaparece con especial intensidad en la oración. Se trata de un vínculo invisible, pero muy real, entre Padre e Hijo que sostiene la vida y la misión de Jesús.

Por otro lado, la experiencia de la encarnación –tan cercana a la paternidad y a la maternidad, y tan distinta al mismo tiempo– nos ayuda también a entender la posibilidad de una relación auténtica, aunque virtual, con las personas queridas y con el propio Dios. Cuando los cristianos afirmamos que Dios se encarna afirmamos que un día, hace muchos años, el propio Dios nació, físicamente, en un apartado rincón del mundo. Sin embargo, la encarnación no significa sólo que Dios nació, que se hizo carne; significa, sobre todo, que se estableció un antes y un después, que Dios dejó una huella permanente en la historia.

Pero la encarnación significa también que, por el simple hecho de ser criaturas, dejamos una huella imborrable en el Creador, como hacen los hijos con sus padres.

Las palabras que escuchamos en el evangelio de Juan apuntan a esa experiencia: “yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14).

Con la fe en la encarnación –y su otra cara, la resurrección– afirmamos que Dios sigue presente, comunicándose, naciendo, dando vida, relacionándose directamente con cada uno de nosotros. Su recuerdo es como una huella permanente, imborrable, indeleble, similar a la de las personas queridas ya fallecidas que, al cerrar los ojos y traerlas a la memoria, volvemos a hacer presentes.

La presencia de Dios en nuestro mundo es percibida casi siempre como una relación virtual mediada por espacios, tiempos, ritos, narraciones y símbolos que nos introducen en un ámbito de comunicación sagrada.

Pero esta presencia no es menos real por ser experimentada como algo virtual. Las mediaciones son fundamentales para vivir, expresar y transmitir nuestra relación con Dios. Lo son porque “median” las presencias de Dios, presencias que dejan huellas a nuestro alrededor y dentro de nosotros.

Esas mediaciones son el cordón umbilical virtual de nuestra fe.

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

Espiritualidad experimental

La astrónoma británica S. Jocelyn Bell Burnell sostiene que hay una sintonía natural entre su espiritualidad cristiana cuáquera y el método que guía su investigación académica: “El científico trabaja experimentando, anotando el resultado del experimento, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo el ciclo. De un modo análogo, los cuáqueros tienen experiencia de la acción de Dios en el mundo, revisan su comprensión a la luz de esa experiencia y ponderan qué es lo próximo que se requiere de ellos”.

Al leer esta frase en un libro que recomiendo a todos aquellos interesados en el diálogo ciencia-religión (Evolución espiritual, Sal Terrae 2019), pensé que en la tradición espiritual cristiana que más ha influido en mi vida, la ignaciana, hay también una importante dimensión “experimental”, aunque nunca la hubiese adjetivado antes de ese modo.

En aquel momento me vino también a la cabeza el comentario que el jesuita irlandés Brian O’Leary, experto en historia de la espiritualidad cristiana, hizo de pasada en un retiro sin darle demasiada importancia: “la espiritualidad ignaciana es una espiritualidad del ensayo-error”.

A continuación—así parece que funciona la asociación libre de ideas de la que hablan los sicólogos—me acordé de otra expresión de uso corriente en la jerga interna jesuita. Se trata de la expresión latina ad experimentum, que hace referencia a la importancia de probar, y evaluar, antes de asignar una misión particular. Para Ignacio, enviar de modo experimental—ad experimentum—a un jesuita (o a un grupo de jesuitas) era uno de los mejores métodos para recabar información y comprobar si aquel ministerio o tarea era viable y podría dar fruto a largo plazo. La toma de decisiones ante posibles nuevas misiones se basaba, en gran medida, en esta metodología experimental, del ensayo-error.

También el término experiencia es fundamental en el proceso de admisión de los nuevos candidatos jesuitas. Ignacio insistía en la importancia de que sólo hiciesen los votos quienes, “después de sus experiencias y probaciones”, fuesen idóneos. De nuevo experimentar—en este caso con la vocación—resulta fundamental para poder alcanzar un conocimiento suficiente de la autenticidad y la motivación del candidato.

En tercer lugar, la importancia de la dimensión experiencial está muy presente en los Ejercicios Espirituales. Para Ignacio, todo proceso de discernimiento consiste, precisamente, en “tomar claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones”. Alcanzar claridad en el conocimiento—cuestión fundamental para Descartes y el desarrollo de la metodología científica—requiere experimentar, anotar y seguir la pista a esos movimientos interiores (o mociones) del Espíritu que Ignacio llamaba consolaciones y desolaciones.

“Efectivamente”, me dije confirmando la primera intuición, “la espiritualidad ignaciana tiene una fuerte componente experimental”. Al fin y al cabo, Ignacio fue un hombre que vivió culturalmente en el tránsito de la Edad Media y el Renacimiento, justo cuando emerge con fuerza el moderno método científico que nos ha conducido al sorprendente desarrollo tecnológico contemporáneo.

No es casual tampoco que Ignacio, cuando se enfrentó con la Inquisición al ser acusado de alumbrado, tuviese que demostrar que su experiencia espiritual estaba en sintonía con la fe cristiana. Es decir, que no era un iluminado, sino alguien que se había comunicado con Dios y podía hablar con ciertas garantías (objetivas) de esas experiencias (subjetivas).

Las “Reglas de discernimiento de espíritus” que desarrolla en sus Ejercicios pueden entenderse, desde este punto de vista, como un intento de objetivar la experiencia, como una metodología para comprobar—mediante el uso de unas detalladas claves de interpretación probadas a lo largo de la propia vida de Ignacio—que las mociones, movimientos o experiencias espirituales son ciertas o falsas.

Parafraseando a Jocelyn Bell Bruner, podríamos afirmar que, para Ignacio, “el ejercitante trabaja experimentando interiormente, anotando el resultado de sus mociones, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo—de manera nueva—el ciclo”.

Esta reflexión nos lleva, por último, al examen ignaciano, otra pieza clave de los Ejercicios y una de las contribuciones más importantes de la espiritualidad ignaciana. La práctica frecuente del examen nos recuerda la importancia de la observación, la evaluación y la repetición—rasgos, de nuevo, propios de una metodología experimental—para permanecer atentos a la acción de Dios en nuestras vidas.

Dejar registro de aquello que experimentamos (de los ensayos y los errores), habitualmente en forma de diario espiritual, es una práctica recomendada en numerosas tradiciones religiosas. El hábito de reflexionar pausadamente y anotar los principales movimientos interiores guarda también, de nuevo, similitud con la disciplina y la meticulosidad que caracteriza a la ciencia experimental.

Ahora bien, llegados a este punto, cabría preguntarse no sólo si hay paralelismos entre el método científico experimental y la tradición espiritual cristiana, sino—lo que es quizás más atrevido sugerir—si esta última ha podido influir de algún modo en el surgimiento de la ciencia moderna.

Así lo han afirmado quienes argumentan que no es anecdótico que esta metodología surgiese en un contexto cultural cristiano, marcado por el hábito contemplativo, la visión positiva del mundo, la concepción del ser humano como imagen de Dios, la confianza en la inteligibilidad del mundo creado y la convicción en la importancia de compartir el conocimiento recibido gratuitamente.

En cualquier caso, lo que resulta evidente a la luz de esta breve reflexión es que la vida espiritual requiere no sólo de apertura y espontaneidad, sino también de una atención cuidadosa y metódica para descubrir los muchos modos como podemos experimentar, conocer y comunicarnos con Dios para responderle acertadamente.

Experimentamos a Dios, sí, pero Él también “nos experimenta” y nos visita cuando quiere. Por eso conviene estar preparados, atentos, esperándole. Para que no nos pille desprevenidos. Y para darle la bienvenida que se merece.

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

“El Señor es mi pastor”, sí, pero yo no soy un borrego más

La palabra domesticar puede parecer inadecuada para expresar nuestra relación con Dios. Sin embargo, no podemos ignorar que es una de las metáforas preferidas de la Biblia para hablar tanto de la relación de Yahvé con su pueblo como de la de Jesús –el buen pastor– con cada uno de nosotros –las ovejas de su rebaño.

Hoy día seguimos hablando de los pastores de la Iglesia para referirnos a los obispos, cuya misión es orientar y acompañar a los fieles. Pero, ¿tiene sentido seguir usando este tipo de expresiones que ya no forman parte de nuestra cultura urbana y tecnológica?, ¿no resultan un tanto anacrónicas?, ¿no habría que sustituirlas por otras más modernas?

Porque hablar de pastores, de ovejas y de domesticar nos suena mal, muy mal. Nos suena casi inaceptable, un lenguaje de otra época que toleramos por ser parte de la tradición que hemos recibido. Siendo, como somos, hijos de la Ilustración, no nos gusta que nos comparen con animales sometidos y dependientes. Si hace ya tiempo que nos emancipamos –al menos en teoría– y descubrimos la libertad individual y la autonomía personal como logros irrenunciables de la humanidad, ¿a qué santo viene ahora mantener una imagen tan trasnochada para expresar nuestra relación con Dios?

Una de las críticas que el filósofo ateo Nietzsche hizo al cristianismo fue, precisamente, haber generado una moral de débiles, de borregos asustados y miedosos que acabaron ensalzando al menos fuerte y al menos capaz, en una especie de “igualación por abajo”.

Recuerdo que en el Encuentro Mundial de la Juventud de Colonia del año 2005 un grupo laicista opuesto a la visita del Papa contrató un camión que arrastraba una plataforma donde se representaba una escena satírica en la que aparecía un dinosaurio rosa vestido con los atuendos del Pontífice, rodeado por un rebaño de ingenuas ovejas. El camión, que también llevaba un cartel que rezaba “Religion Free Zone”, daba vueltas sin parar a la amplia rotonda por la que pasábamos muchos peregrinos, tratando de abrir nuestros ojos ante tanta (supuesta) estupidez, engaño y aborregamiento religioso. ¿Estaba justificada la crítica burlona y ácida del grupo laicista?

Pese a todas las críticas recibidas contra este lenguaje, vale la pena que nos paremos un momento a considerar su validez antes de descartarlo de un plumazo.

La palabra domesticar proviene del termino latino domus, que quiere decir “casa”. Domesticar, en una de sus acepciones, significa algo así como “traer a casa”, entrar a formar parte del ámbito familiar. El animal doméstico, a diferencia del salvaje, es aquel que ha entrado a formar parte de la vida del ser humano en un largo y complejo proceso histórico que los científicos no han conseguido explicar todavía del todo. Lo que la investigación moderna sí concluye es que la domesticación no funciona en una sola dirección sino que, más bien, hay que entenderla como una relación de mutualismo o simbiosis, en la que ambas partas salen beneficiadas.

El caso de perros y gatos puede ser el más cercano y el más claro. Los lobos y los felinos de los que provienen nuestras innumerables razas de animales de compañía obtuvieron ventajas evolutivas al asociarse con los homínidos. Poco a poco fueron ganando en confianza, hasta llegar a asociarse definitivamente con nuestros antepasados. No sabemos muy bien quién de los dos dio el primer paso, pero sí sabemos que ese proceso transformó a ambas partes para siempre.

Ser domesticado por Dios, visto desde este punto de vista, no significa resignarse a una inaceptable relación de dominio, protección y sometimiento, como trataba de denunciar el grupo laicista alemán. Tampoco supone vivir en una permanente regresión infantilizante que impide alcanzar la mayoría de edad y acaba ensalzando a los mediocres, como pensaba Nietzsche.

Al contrario, ser domesticado significa aceptar libremente una invitación a formar parte de una nueva red de relaciones. Ser domesticado por el Dios de Jesucristo supone convertirse en miembro de la familia de Dios o, como decía Santa Teresa, en “amigo fuerte de Dios”. Y ese largo y complejo proceso de domesticación se denomina conversión.

El proceso lo expresó literariamente de forma magistral Antoine de Saint-Exupéry en su libro El Principito. La relación de amistad, se nos recuerda en el famoso diálogo entre el zorro y el joven príncipe, se asemeja al lento y paciente proceso de domesticación. El zorro –curiosamente un animal no domesticable– pide al Principito tiempo, tacto y paciencia para poder entrar en su ámbito humano, para poder ser domesticado.

¿No es acaso algo similar lo que nos cuenta la Biblia con un lenguaje más duro sobre la relación de Yahvé con Israel, su rebaño, ese pueblo de “dura cerviz” que no termina nunca de fiarse y dejarse guiar? La historia de Israel puede entenderse como un largo proceso de acercamiento entre un pueblo rebelde y arisco y un Dios que pide confianza y extiende la mano una y otra vez. La relación de cada uno de nosotros con el Dios de Jesucristo no dista tanto de la experiencia histórica de Israel. La diferencia principal, quizás, consiste en que la invitación se hace más personal.

Cuando Jesús dice en el evangelio de Juan, “Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen”, nos está recordando el tipo de vínculo personal que quiere establecer con cada uno de nosotros: uno de conocimiento y amor mutuo. Y lo importante aquí es que yo no soy “uno más” en una masa indiferenciada de fieles aborregados y anónimos. La gran diferencia del cristianismo respecto de otros movimientos religiosos es que el Señor “me conoce y me llama por mi nombre”, y que da su vida “por mí”.

Dicho de otra manera, el Señor es mi pastor, sí, pero yo no soy un borrego más, porque Él ya no me llama siervo, me llama amigo. Me llama y quiere que sea su amigo. Si me pierdo, lo deja todo (el otro 99% del rebaño) y viene a buscarme. Los cristianos bien podríamos dar la vuelta al slogan que popularizó el movimiento Occupy hace unos años y afirmar, en un sentido muy distinto: “Yo soy el 1%”.

Porque “el Señor es mi pastor”, pero yo no soy un borrego más. Él me conoce y me llama por mi nombre; me llama amigo. Si este es nuestro deseo –ser “amigos fuertes de Dios”, como le gustaba decir a Santa Teresa– entonces sí que valdrá la pena ser domesticado por Dios.

Jaime Tatay, SJ

Esta reflexión fue publicada en el libro “La llegada de un dios salvaje” (Sal Terrae, 2018)

 

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Homilia, Reflexión

Dudo, luego creo

“Pienso, luego existo”, decía Descartes en una de las frases más repetidas y comentadas de la historia de la filosofía. El matemático francés, que marca el inicio del periodo que denominamos modernidad, es recordado también por hacer de la duda un elemento clave de su propuesta intelectual. La duda se transformó para él en un método, en una herramienta capaz de cuestionar prejuicios heredados y en un modo de purificar falsos hábitos mentales.

La duda metódica cartesiana proponía cuestionar la tradición recibida para ponerla a prueba y permitir así progresar continuamente en la búsqueda de la verdad. Dudar, desde entonces, posee una connotación positiva y juega un papel clave en la investigación científica.

En el ámbito de la fe, sin embargo, la duda no goza de tal prestigio. Al contrario, dudar es sinónimo de una fe débil, insegura y vulnerable. Al creyente le gustaría tener una fe sin fisuras, una fe inquebrantable y firme. Le gustaría tener argumentos sólidos para rebatir las críticas, ejemplos apropiados para contestar las preguntas más difíciles y respuestas acertadas frente al insoportable silencio de Dios ante tanto sufrimiento absurdo.

Pero con frecuencia no tenemos nada de eso. No tenemos ni argumentos, ni ejemplos, ni respuestas. Más bien tenemos silencios y preguntas, muchas preguntas. Preguntas sobre los miedos, las angustias y las dudas que nos asaltan a diario. La duda es como una compañera incómoda de viaje que con demasiada frecuencia se acerca, se cuela en nuestra vida y nos cuestiona. ¿Y qué hacer con ella? ¿Qué responder cuando aguijonea con sus preguntas?

Meditar la Biblia puede darnos pistas. Si echamos un vistazo a las escrituras, comprobamos rápidamente que la duda atraviesa de principio a fin todos sus relatos: Adán y Eva dudaron ante la serpiente; Caín cuestionó mortalmente su propia fraternidad asesinando a Abel; el pueblo de Israel no se fiaba de Moisés –ni del propio Yahvé– y una y otra vez en su larga marcha por el desierto adoró al becerro de oro; Pedro y los discípulos –paralizados por el miedo y la duda– abandonaron también a Jesús en el último momento.

Es más, la duda visitó incluso a José y a María. En la anunciación, María pregunta desconcertada al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”; en el templo de Jerusalén, José y María interpelan angustiados a Jesús: “¿Por qué nos has hecho esto?”. Los propios padres de Jesús quedan desconcertados y no acaban de entender quién es su hijo ni qué ha venido a hacer al mundo.

Y lo más sorprendente de todo, la duda parece acosar también al propio Jesús a lo largo de su vida: en las tentaciones, en el abandono de los discípulos, en el huerto de Getsemaní y en la crucifixión. De principio a fin, la duda, representada por el demonio, tienta a Jesús.

Ya al final de su vida cuando, en lo alto de la cruz, pronuncia las desgarradoras palabras del Salmo 22 en un grito que han resonado a lo largo de la historia del cristianismo, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Cristo crucificado cuestiona a su Padre poniendo en tela de juicio su fidelidad y su palabra. Dicho de otro modo, el hijo de Dios parece dudar de Dios.

La duda, por tanto, no parece algo puntual y pasajero. Ha venido para quedarse. Forma parte de la misma estructura de la fe y de la experiencia del creyente. Dudar no es un mal trago que se pasa alguna vez en la vida; dudar y creer forman parte de la misma búsqueda, de la única búsqueda posible hacia una relación más sincera y auténtica con Dios. La duda y la fe, como el misterio de la muerte y la resurrección, van de la mano. Es más, parafraseando a Descartes, podríamos llegar a decir: “Dudo, luego creo”.

Chersterton lo resumió muy bien cuando dijo que: “una fe sin dudas es una fe dudosa”. Y no le faltaba razón, porque la duda, compañera inseparable de toda fe auténtica, incordia, pero también desenmascara a los falsos dioses, cuestiona sus seguridades y purifica la fe, abriéndola de forma incondicional a Dios.

El relato de Job y la pasión de Jesús son quizás los dos mejores lugares de la Biblia donde se muestra la dinámica de crecimiento que introduce la duda en la vida del creyente. Ambos, tanto Job como Jesús, acaban desnudos y abandonados –en sentido literal y figurado– dudando de todo y de todos, dudando incluso de Dios.

Pero es entonces cuando, solos y abandonados, se desnudan también de toda seguridad, de todo apoyo, de toda compensación, de todo falso dios. La soledad y la duda, al final de la prueba, se muestran en toda su crudeza, pero también permiten que la fe, purificada, se apoye en un fundamento más sólido que el deseo y la voluntad: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, exclama Jesús totalmente desarmado antes de expirar.

Las dudas que nos acosan pueden paralizar, desconcertar y llevarnos incluso a abandonar el camino de la fe; o pueden conducirnos a una fe purificada, a la rendición final, al desarme total. Ese desarme lo representa Tomás –símbolo del creyente que vacila– al decir, rendido ante Cristo resucitado: “Señor mío y Dios mío”.

Quizás por ello resulte una figura tan atractiva, tan cercana, tan humana. Él es quien, dudando, empezó a creer. Tomás bien podría haber dicho: “Dudo, luego creo”. Porque creer es dudar y dudar es empezar a creer; dudar de nuestras falsas seguridades y reconocer la insuficiencia de nuestras razones.

La duda puede ser un gran don. Un regalo que nos salva de nuestras seguridades, de nuestros falsos dioses, para hacernos más permeables y conducirnos al único Dios verdadero. Demos, pues, la bienvenida a la duda, no a la duda enferma y obsesiva de Judas, sino a la duda sana y purificadora de Tomás; la duda que nos conduce a decir: “Señor mío y Dios mío”.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación fue publicada en el libro “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/el-pozo-de-siquen/3162-llegada-dios-salvaje-9788429327304.html

 

 

 

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Recension

Evolución espiritual

Esta breve colección de diez autobiografías de científicos creyentes financiada por la Templeton Foundation se publicó por primera vez en inglés en 1998. Dos décadas más tarde, ve la luz en lengua castellana.

Se trata de un libro peculiar tanto por el tema que aborda—científicos que dan razón de su fe—como por la diversidad de estilos y modos de narrar la experiencia personal que llevó a este selecto grupo de académicos a abrazar o (en la mayoría de los casos) conservar la fe cristiana. Dada la gran diversidad de trayectorias personales, resulta difícil encontrar un hilo conductor de todos los relatos, aunque hay algunos elementos comunes.

En primer lugar, resulta llamativo que la mayoría de los científicos provienen del ámbito de la física y, en menor medida, de la biología, la bioquímica o la medicina. Es evidente que, por ciencia, los editores entienden ciencias naturales.

Hay un segundo denominador común identificable en casi todas las autobiografías, la escasa conflictividad que supuso la vivencia de la fe a lo largo de su desarrollo personal e intelectual: “Jamás he tenido la sensación de haber detectado una colisión frontal entre ellas”, afirma John Polkinghorne, profesor de física matemática de Cambridge.

Frente a la percepción habitual de un inevitable divorcio o guerra entre la ciencia y la religión, los autores narran un camino de complementariedad, profundización y enriquecimiento mutuo entre los dos ámbitos de la experiencia humana. Quizás porque, tal y como afirma el benedictino Stanley L. Jaki: “La ciencia, si se usa apropiadamente, puede ser de gran ayuda en la construcción de argumentos teológicos, incluso en teología bíblica” (p. 133).

Y en no pocos casos, además, se sugiere la posibilidad de una síntesis entre ellas. Tal y como confiesa Arthur Peacocke, antiguo director del Ian Ramsey Centre de la Universidad de Oxford: “mi síntesis de los aspectos científico y cristiano de mi vida y mi pensamiento se producía crecientemente a través de los sacramentos y de los aspectos sacramentales de la vida” (p. 153).

En tercer lugar, en la que es la sugerencia más provocadora y arriesgada de todas, se llega a sostener que la ciencia moderna no solo no entra en conflicto con el cristianismo, sino que le debe su origen y sus condiciones de posibilidad. Así lo formula el físico nuclear Peter E. Hodgson:

“Desde luego, la ciencia misma se basa en creencias muy específicas sobre el mundo natural que no se encuentran en otras culturas. Un examen adicional muestra que son creencias cristianas, y esta es la razón por la que la ciencia tal como la conocemos solo tuvo un nacimiento viable en Europa occidental durante la Alta Edad Media” (p. 91).

Algo similar expresan el médico internista Larry Dossey, “la ciencia nació de una motivación espiritual, del deseo de confrontarse con lo real de forma no mediada” (p. 49), o la cosmóloga cuáquera S. Jocelyn Bell Burnell cuando comenta el modo como su espiritualidad se relaciona con el método científico:

“El científico trabaja experimentando, anotando el resultado del experimento, reformulando su comprensión a la luz de ese resultado, diseñando experimentos adicionales y repitiendo el ciclo. De un modo análogo, los cuáqueros tienen experiencia de la acción de Dios en el mundo, revisan su comprensión a la luz de esa experiencia y ponderan qué es lo próximo que se requiere de ellos” (p. 37).

Jaki, por su parte, afirma que “el panteísmo fue la causa de los partos fallidos de la ciencia y de que solamente el monoteísmo cristiano posibilitó el nacimiento de la ciencia como criatura viable” (p. 131).

Por otro lado, se percibe también una sincera preocupación pastoral respecto al efecto secularizador de la cultura científica contemporánea. Esta inquietud lleva a plantear la urgente necesidad de procesos formativos y catequéticos que presenten la fe en categorías y estilos inteligibles: “El prestigio de la ciencia impresiona fuertemente a los jóvenes, quienes se alejan del cristianismo. Este es un problema que solo puede ser abordado convincentemente por cristianos con formación científica” (p. 93), sostiene Hodgson.

La tarea que se presenta por delante es, por tanto, enorme. “Se necesita un inmenso trabajo de educación general por doquier para que la fe religiosa pueda comenzar a confrontarse creativamente con las nuevas percepciones del mundo que la ciencia ofrece en la actualidad” (p. 157), afirma Peacocke.

Aunque la sensibilidad pastoral y pedagógica viene acompañada a menudo de una actitud combativa, apologética, que denuncia la “asimetría” en el modo de expresar las propias convicciones. Como observa Owen Gingerich, catedrático emérito de astronomía en la universidad de Harvard:

“Los profesores ateos pueden expresar—y a menudo expresan—sus opiniones personales en los cursos que imparten; en cambio, aludir a las creencias cristianas de uno de manera análogamente enérgica acarrearía sin duda acusaciones de proselitismo” (p. 72).

Para Jaki, es necesario rehabilitar el denostado concepto de apologética. El científico está invitado a reconocer que “toda enseñanza es una suerte de apologética pura. La apologética es una un alegato a favor de una idea, de una doctrina” (p. 128).

Hay que señalar también la centralidad que juega el amor como experiencia espiritual fundante y como clave de la vivencia de la fe y del modo de comunicarla para muchos de los científicos. “Nuestra única respuesta adecuada al amor persuasivo de Dios, al amor de la preocupación última, es la pasión infinita” (p. 28), afirma el biólogo australiano Charles Birch.

Al fin y al cabo, como nos recuerda el físico Russell Stannard, “a nadie se le persuade con argumentos para que entable una relación amorosa con Dios” (p. 187).

La prudencia del científico y la humildad del creyente se entretejen para bordar el rico tapiz de las diez autobiografías que conforman este pequeño gran libro: “Ser capaz de decir: ‘no lo sé’, requiere la habilidad de vivir con cuestiones irresueltas, que es una forma de madurez” (p. 40).

Jaime Tatay, SJ

TEMPLETON, John Marks; GINIGER, Kenneth Seeman: Evolución espiritual. Diez científicos escriben sobre su fe (Sal Terrae, Santander 2019)

 

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Homilia

El descenso por amor

En la película El Señor de los anillos, la elfa Arwen -hija de Elrond- abandona su privilegiada vida por amor a Aragorn –hijo de Arathorn. Renunciando a la inmortalidad élfica, Arwen entrelaza su destino con el de los hombres.

Traigo a colación esta historia de la taquillera película basada en las novelas de Tolkien porque el bautismo de Jesús -la fiesta que celebramos hoy- puede entenderse también como un descenso, por amor, hacia la humanidad. La historia de Arwen y Aragorn ilumina, salvando las diferencias, la decisión de Jesús de hacer cola y pedir el bautismo. Arwen y Jesús descienden (repito, por amor) hasta el corazón de lo humano, para acompañarlo.

Es cierto que ambas historias no son del todo comparables. De hecho hay diferencias importantes: la decisión de Jesús no supone una pérdida de superpoderes, sino una identificación más profunda con una realidad –la humana– a la que Jesús ya pertenece desde su concepción; el detonante de la decisión de descender no es el amor a una persona concreta, sino la misión de amar, a todos, hasta el extremo; una misión que no consiste en salvar a la Tierra Media del poder de Sauron y destruir el anillo, sino en salvar a la humanidad y llevar adelante el Reino de Dios.

Sin embargo, e insisto una vez más, hay un elemento clave en las historias de Erwin y Jesús que justifica la comparación y que, a mi juicio, está en el centro del mensaje del evangelio: el descenso por amor.

El bautismo de Jesús nos recuerda quién es Dios, amor que desciende; y cuál es su misión, proclamar al mundo la irrupción del amor que desciende a la vida de los hombres.

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Es el tipo de misión que resuena ya en las palabras del profeta Isaías, una misión que consiste en abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y, de las mazmorras, a los que habitan en tinieblas. El descenso de Jesús al Jordán anuncia su bajada a los sótanos de lo humano para liberar, devolver la vista y sacar de la oscuridad. El amor que desciende rompe cadenas, abre los ojos e ilumina la vida.

Recuerdo que en clase de historia medieval de la iglesia oí hablar por primera vez de los mercedarios, una congregación de religiosos fundada por San Pedro Nolasco en el s. XIII. Los mercedarios se comprometen, con un cuarto voto, a liberar a otros más débiles en la fe, aunque su vida peligre por ello. En la edad media se intercambiaban, literalmente, por prisioneros cristianos cautivos en el norte de África.

Si tuviésemos que elegir un ejemplo de amor gratuito, desinteresado, de “amor que desciende” hasta las mazmorras –literalmente– para salvar al que está preso, los mercedarios serían un magnífico ejemplo. Un ejemplo que, sin embargo, resulta incómodo, extremo y provocador. ¿No es excesivo este tipo de “descenso”, no produce vértigo imaginar una decisión de este tipo?

Esta es también la reacción entre los elfos ante la decisión de Arwen. Elrond, el padre de Arwen, pregunta preocupado a su hija si está segura de las consecuencias que supone descender al mundo de los humanos y renunciar a la inmortalidad. “Debido a su amor, temo que disminuirá la Gracia de Arwen, Estrella de la Tarde”, afirma otro de los elfos.

Una reacción similar de sorpresa y desconcierto expresa Juan cuando, escandalizado por la petición de Jesús de ser bautizado, se resiste y le pregunta: “¿Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Su sorpresa refleja la resistencia de la primera comunidad cristiana para entender la petición de Jesús, ¿cómo puede ser que el Mesías pida un bautismo que, en el caso de Juan, era “para el perdón de los pecados”?

El desconcierto de Juan y de los primeros cristianos es en parte lógico, pero, por otro lado, ilustra también la dificultad para reconocer en Jesús a uno de los nuestros y, por tanto, a nosotros en Él. Mantener a Jesús a distancia, en otra categoría -como alguien “de otro mundo”, como un elfo sólo en apariencia humano- es una de las grandes tentaciones del cristianismo (en teología se llama docetismo).

En el fondo, esta tentación es una excusa para no mirarnos más en Él, para no dejarnos arrastrar más por Él, para no identificarnos más con Él. El descenso de Jesús, su identificación con nosotros, su descenso por amor, nos compromete y nos invita a unirnos a su movimiento.

El relato del bautismo, como digo, resultó enormemente incómodo para los primeros cristianos, que insistían en la divinidad de Jesús. ¿Cómo es posible que Jesús haga cola, como uno más, para pedir el bautismo? ¿Acaso el Hijo de Dios no se encarnó y se hizo igual al hombre en todo, menos en el pecado? Jesús, sin embargo, no responde a la pregunta de Juan, la deja en suspenso al remitir a la voluntad del que le envió: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere”.

Dios quiere descender y su descenso, libre y gratuito, por amor, provoca siempre una mezcla de fascinación y sorpresa. Provoca preguntas que no pueden responderse.

Podríamos poner más ejemplos contemporáneos de esta lógica de descenso libre y gratuito que descoloca: el perdón radical de Nelson Mandela, por amor, en Sudáfrica; la bajada de Teresa de Calcuta, por amor, al submundo de la pobreza en la India, etc. La lista es larga. Hay algo en todas estas historias que atrae y repele al mismo tiempo. Algo que no puede ser totalmente explicado ni entendido, sólo intuido.

La decisión de Jesús no sorprendió solo a Juan, nos sigue sorprendiendo a todos, cuando profundizamos en ella. El amor, cuando desciende, es escandaloso, provoca e interpela. “¿Sería yo capaz de algo así, en circunstancias similares?”, nos preguntamos todos en algún momento. “Dejémoslo ahora. Está bien así”, nos decimos también al tratar sin éxito de encontrar razones que expliquen la lógica de estas historias.

El amor que desciende remueve, provoca y fuerza una reacción. Es cierto que en la vida nos mueven muchas cosas: la envidia, el deseo, el placer, el prestigio, el dinero, pero, sobre todo, lo que nos moviliza a largo plazo, es el amor. El amor es el detonante de muchas decisiones, conscientes o inconscientes, que nos acompañan toda la vida.

Ninguna persona amada de forma gratuita queda igual. Todos somos transformados por el amor: Aragorn por el amor generoso de Arwen, el cautivo por el amor inesperado del mercedario, el pueblo sudafricano por el amor que perdona de Nelson Madela, el dalit por el amor que sana de Teresa de Calcuta, el creyente por el amor universal de Cristo. Todos, sin exepción, quedan marcados para siempre, transformados por un amor que desciende para elevar al amado y sacar lo mejor que lleva dentro. El amor que desciende se traduce en el ascenso de lo humano.

El amor de Dios funciona como una polea, baja para otros suban; al ser visitados por el amor que desciende, nosotros subimos.

Este es el mensaje central del cristianismo.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación apareció publicada en el libro: “La llegada de un Dios salvaje” (Sal Terrae, 2019):

https://gcloyola.com/ebook/3178-llegada-dios-salvaje-9788429327120.html

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