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El colmo del misterio

“El cuerpo de Cristo”, dice el sacerdote al dar la comunión elevando ligeramente la forma ante los ojos del comulgante. “Amén”, responde el feligrés justo antes de ingerir el pequeño trozo de harina de trigo consagrada.

Este gesto, tan familiar para aquellos que hemos sido educados en el cristianismo resulta, sin embargo, desconcertante para alguien ajeno a nuestra tradición religiosa: ¿Cómo es posible comerse a Cristo? ¿Cómo se explica que su cuerpo (y su sangre, en el vino consagrado) vuelva a hacerse presente, miles de años después, en la eucaristía, convirtiéndose en alimento espiritual para el creyente? El Papa Francisco lo ha tratado de explicar:

“Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por su criatura. El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él” (Laudato si’ 236).

Esta pretensión cristiana –desconcertante, incomprensible y hasta herética para muchos– es el colmo para los creyentes de otras muchas religiones, pero no del misterio, sino del absurdo: ¿Cómo es posible que Dios, que todo lo trasciende, todo lo sabe y todo lo puede, se encarne en una persona concreta, en Jesús? Y lo que es todavía más increíble: ¿Cómo puede ser que se haga presente de forma real en momentos y lugares concretos, como el sacramento de la eucaristía? 

De un modo similar a Francisco, el crítico literario inglés Terry Eagleton ha afirmado que “la doctrina de la encarnación nos muestra a un Dios enamorado de lo carnal, lo débil y lo finito”. Lo cual no significa que Dios sea débil, pasajero o accidental, sino que, además de ser omnisciente, omnipresente y omnipotente (los tradicionales atributos divinos) también puede encontrarse en lo humano, lo frágil y lo limitado. 

Esto es, ciertamente, “el colmo” de la cercanía de un Dios que quiere estar con nosotros, entrar en nosotros y actuar desde nosotros. Como decía San Agustín, “comemos con Cristo, comemos a Cristo, somos comidos por Cristo”. Porque una cosa implica la otra, el creador y la criatura entran en relación. El Dios creador y trascendente es el Dios presente e inmanente. Esta doble experiencia de Dios y el modo de comunicarlo es, sin duda, una de las grandes contribuciones del cristianismo a la historia de las religiones.

Pero la doctrina de la encarnación nos muestra además algo que también es fundamental para la fe. Nuestro Dios es un “Dios por venir”, un Dios que hacemos entre todos, pero no como construcción artificial o como proyección distorsionada de nuestros deseos, sino como acontecimiento: cuando permitimos que la justicia, la compasión y la solidaridad reinen en nuestras relaciones. 

El filósofo y literato Miguel de Unamuno, a pesar de sus muchas dudas de fe, intuyó y expresó bien esta convicción cristiana: “Se crea Dios a sí mismo en nosotros por la compasión, por el amor”. Dios acontece en las personas, se encarna en nuestros actos, haciéndonos templos y canales de su presencia. San Agustín, de nuevo, resulta iluminador cuando explica la transformación a la que está invitado el creyente: “recibid lo que sois, cuerpo de Cristo; sed lo que recibís, cuerpo de Cristo”. Creer que Dios vino, en el pasado, nos compromete, en el aquí y el ahora, a seguir haciéndolo presente y proclamar su venida futura. 

El término adviento, relacionado con la espera y la expectación ilusionada en un futuro que se acerca y se construye, subraya esta doble orientación de la fe cristiana. El adviento dirige nuestra atención a lo pequeño y lo marginal, a los pequeños detalles (la tradición de los belenes es uno de los mejores ejemplos). Pero el adviento estimula también la esperanza y el compromiso con la irrupción de Dios. Es el Dios que se acerca, viene y se hace presente en medio de una comunidad, por medio de sus actos.

Algunos pensadores cristianos han acuñado la palabra excarnación. En contraposición a la encarnación, la excarnación sería la tentación o herejía que rechaza, como hacía el gnosticismo, los dos sentidos de la encarnación a los que hemos hechos referencia: niega, por un lado, la presencia de Dios –como decía Eagleton– en “lo carnal, lo débil y lo finito” y renuncia, por otro lado, a un Dios que viene y es recreado en nosotros –como decía Unamuno– por medio de la compasión.

Francisco, en su reciente exhortación apostólica Gaudete et exultate, nos ha alertado sobre los peligros de una antigua herejía que sigue teniendo “alarmante actualidad”:

“Gracias a Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos y conocimientos que acumulen. Los ‘gnósticos’ tienen una confusión en este punto, y juzgan a los demás según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de determinadas doctrinas. Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones. Al descarnar el misterio finalmente prefieren ‘un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo’” (GE 37).

Una fe gnóstica, desencarnada o “excarnada”, es aquella incapaz de descubrir a Dios como acontecimiento cotidiano y sencillo, es una fe anclada en un presente sin miras ni ilusión por el futuro. Una fe que renuncia a la compasión y rehúye la comunidad. 

Ante esta tentación, el mejor revulsivo es “comerse a Dios”. Porque la comunión frecuente, vivida con sentido, no es solo el colmo de la provocación. Es también el mejor antídoto frente a la tentación de vivir desencarnados.

Jaime Tatay, SJ

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2 comentarios en “El colmo del misterio

  1. Luciano Machado dijo:

    Agradecido por la reflexión. También he pensado mucho en la Eucaristía, la Encarnación, la comunión de Dios con nosotros a través de la naturaleza. ¡Hay infinitas posibilidades para comprender su amor y su presencia entre nosotros! La elección de Dios de revelarse en lo humano, en el pan, en los miserables y en los actos de amor confunde a muchos que solo quieren entender a Dios en poder y triunfo. ¡Dejemos que se revele y nos sorprenda! ¡Dios es amor, Dios es el acto de amar!

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