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Sanación o salvación

Cuentan que, tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, un grupo de sacerdotes se dirigieron a la estación de Atocha para ofrecer sus servicios pastorales. Para sorpresa de muchos, no hubo ningún interés en su oferta. Allí lo único que se precisaba aquel día era personal sanitario, policía y atención psicológica. En vista de lo acontecido, y al comprobar la irrelevancia de su presencia, se volvieron por donde habían venido.

La anécdota —oculta bajo los dramáticos acontecimientos que se precipitaron durante aquellas semanas— ilumina una de las dinámicas culturales de nuestro tiempo: la sustitución de la búsqueda de salvación por el deseo de sanación.

Durante la epidemia del Covid-19, la anécdota del 11M me volvió a la cabeza y me hizo preguntarme, de nuevo, por el declive de las creencias religiosas en nuestra cultura y por la preeminencia de lo terapéutico. En no pocas ocasiones, resulta imprescindible que sucedan acontecimientos extraordinarios para que emerja aquello que permanece oculto en lo ordinario.

Como en el antiguo proceso de revelado fotográfico, se precisa introducir el negativo en un líquido, a oscuras, durante un tiempo, para que la imagen latente presente en la película se haga visible. El ocultamiento —confinamiento o cuarentena— impuesto durante aquellas semanas ejerció una función de “revelación cultural”, similar a la fotográfica. Y una de las imágenes más poderosas que emergió fue, sin duda, la terapéutica. La preocupación por la salud.

Aunque el fenómeno no es nuevo. Hace ya tiempo que médicos, entrenadores, psicólogos (y ahora coachs) desplazaron al clero y se transformaron en los referentes principales para alcanzar el bienestar corporal y la salud mental, valores sacrosantos de nuestra cultura.

A lo largo de la historia, sin embargo, esto no fue así. Al contrario, la dimensión terapéutica —la búsqueda de sanación— y la soteriológica —la búsqueda de salvación— fueron siempre de la mano, subordinándose la primera a la segunda. No es casual que el término latino salus sea la raíz de ambas palabras.

Y no es casual tampoco que en los evangelios Jesús se presente, al mismo tiempo, como sanador, taumaturgo y exorcista. Al fin y al cabo, para la mentalidad bíblica no tiene ningún sentido desvincular salud corporal, mental y espiritual. Tras calmar una tempestad, curar una enfermedad o expulsar un demonio, Jesús invitaba siempre a marchar en paz, confiar en Dios y no pecar más. Porque la distorsión de la relación con Dios, con el prójimo y con la creación son dimensiones de una única ruptura que necesita ser sanada.

Los evangelios expresan muy bien las múltiples dimensiones de la salvación. Por ejemplo, los encuentros con el endemoniado de Gerasa, el ciego de Jericó, la hemorroísa, el paralítico de Cafarnaúm o la hija de Jairo narran experiencias de sanación radical que devuelven a la vida plena a cada uno de sus protagonistas. Otro encuentro conmovedor, esta vez con el cobrador de impuestos Zaqueo, muestra que Jesús no trataba sólo de restituir la salud corporal y mental de las personas con quien se encontraba. Pretendía mucho más. La particular misión que le impulsaba incluía en ocasiones la curación, pero buscaba sobre todo una rehabilitación integral, la salvación de la persona entera, su reconciliación con Dios, con el prójimo y con uno mismo. Por eso, tras aquel encuentro transformador, Jesús confiesa: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Él es el redentor, el Salvador del género humano, no solo un terapeuta.

Con el paso del tiempo, los creyentes hemos olvidado que Cristo vino al mundo para salvarnos, que dio su vida por nosotros. Hemos transformado la experiencia fundante de la comunidad cristiana primitiva en un vago anhelo de curación —corporal, psicológica y espiritual— pero desvinculado del encuentro vivificador y redentor que describen los evangelios.

Aunque quizás esta mutación de las expectativas religiosas no se deba sólo a nuestra inconsistencia o a nuestra falta de fe. Hay poderosas corrientes culturales que han puesto en el centro lo terapéutico como valor supremo, diluyendo la soteriología como experiencia central de la fe.

Tanto es así que el largo proceso de secularización de las sociedades occidentales ha llegado a desligar ambas dimensiones de la vivencia religiosa, hasta el punto de marginar y hacer prácticamente desaparecer la salvación como meta y horizonte. Charles Taylor, uno de intelectuales que mejor ha descrito este proceso, lo denomina “el auge de lo terapéutico”. La medicalización de la reproducción, el nacimiento y la muerte, o las soluciones farmacológicas a la tristeza, la soledad y la depresión son algunos ejemplos de esta profunda transformación cultural.

Ahora bien, en el actual contexto cultural los cristianos tenemos la obligación de preguntarnos —quizá ahora más que nunca— cuál es el valor central de nuestras vidas: ¿la sanación o la salvación?; cuál es la clave principal de nuestra existencia: ¿la terapéutica o la soteriológica?

A lo largo de la historia del cristianismo, numerosos santos y santas dieron su vida—de forma martirial o por medio de una larga entrega silenciosa—no sólo para curar a los apestados y olvidados de la sociedad, sino para salvarles. San Roque, San Luís Gonzaga o Santa Teresa de Calcuta son tan solo algunos de los nombres que vienen a la cabeza en esa larga historia de salvación.Por supuesto, no se trata de minusvalorar la centralidad de la salud corporal, ni de restar importancia al esfuerzo de los sanitarios, ni mucho menos de caer en un ingenuo escapismo espiritual, sino de preguntarnos con profundidad y sinceridad, como creyentes, qué deseamos, qué esperamos y en quién confiamos. O, dicho de otro modo: ¿Dónde deposito mi esperanza? ¿De qué necesito sanarme? ¿Quién podrá salvarme?

Jaime Tatay, SJ

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