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Lo relativo y lo absoluto

Al inicio de sus Ejercicios Espirituales, Ignacio de Loyola invita a quien se inicia en la meditación a hacerse “indiferente”. Esta palabra, cinco siglos después, lleva a confusión, ya que puede interpretarse como pasividad, pasotismo o desafección. Pero no era ese el sentido que le quiso dar el santo vasco. Al contrario, llegar a ser indiferente supone, en el camino de la profundización espiritual, una implicación activa y un costoso ejercicio de la libertad:

“hacernos indiferentes a todas las cosas criadas […] en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás” [EE 23].

La primera pregunta que hoy provoca la invitación ignaciana a la indiferencia es si tiene algún sentido o si, incluso, refleja la distorsión de una religiosidad masoquista que convendría olvidar. Porque la salud, el honor o la estabilidad económica son elementos centrales de una vida buena y digna. Millones de personas en nuestro mundo sufren por haber sido privadas de ellas. ¿Por qué ponerlas en cuestión? ¿Por qué relativizar aspectos tan nucleares del bienestar humano? ¿No refleja esta invitación el desprecio al cuerpo, a la salud y al placer del que tantas veces se ha acusado al cristianismo?

Para poder responder a estas preguntas, conviene primero dar un paso atrás y recordar una convicción básica de la fe cristiana: la indiferencia no puede darse sin tener a Dios como el absoluto de la vida. La indiferencia no es el fin de la vida espiritual, sino algo secundario, derivado del bien mayor que es vivir orientado hacia Dios. Dicho de otro modo, la indiferencia no es un fin en sí mismo, sino un medio.

Porque la cuestión de fondo que plantea la búsqueda de la indiferencia es si las grandes aspiraciones de la vida humana pueden llegar a convertirse en pequeños ídolos que no solo distraen, sino que esclavizan y acaban sepultando a Dios. La pregunta por la indiferencia es la pregunta por lo relativo y lo absoluto en nuestras vidas. O dicho al revés, es la pregunta por la libertad, por la capacidad de relativizarlo todo, salvo a Dios.

Y aquí es donde ayuda pensar en Jesús y recordar su manera de pensar y de ser. Porque, en sentido estricto, el único indiferente, el único libre, el único que relativizó todo –salvo a Dios– ha sido Jesús. Describiendo su modo de actuar, el evangelista Juan afirma en el relato del lavatorio de los pies: “sabiendo que todo lo había puesto el Padre en sus manos, que había salido de Dios y que a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe” (Jn 13, 4). 

Jesús sabe que viene de Dios y a Dios vuelve. Todo lo demás es pasajero, provisional, relativo. Su lucidez respecto al único absoluto le permite vivir libre de todo aquello que no lo es. El desprendimiento, el servicio radical y la entrega por amor hasta el extremo que narra el relato del lavatorio y de la última cena anunciando el sentido de la Pascua solo son posibles desde Dios. La vida de Jesús tenía un mismo principio, fundamento y destino: su Padre. Todo lo demás se orientaba en función de esa única coordenada.

La visión del seguimiento cristiano, planteada en estos términos tan radicales, inevitablemente produce vértigo, pero es también fuente de una estabilidad, una paz y una libertad que permiten apostar por ella. Como expresó Charles de Foucauld: “Desde el momento en que entendí quién era Dios para mí, supe que ya solo podía vivir para Él”.

La experiencia que describe Foucauld es similar al proceso de enamoramiento que conduce al compromiso de por vida entre dos personas. Muchas jóvenes parejas, en el día de su matrimonio, sienten un vértigo no muy distinto del que provoca la propuesta ignaciana de la indiferencia al pronunciar públicamente la promesa de seguir juntos “en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza […] hasta que la muerte nos separe”. 

Sin embargo, a pesar del vértigo y el miedo, la ilusión, el amor y la confianza en el otro les impulsan a pronunciar esas palabras, a dar el salto al vacío, a volverse indiferentes antes otras muchas invitaciones y posibilidades que quedan, a partir de ese momento, relativizadas.

No es casual que la relación entre Israel y Yahvé se haya expresado en términos esponsales. Igual que el amor, la perseverancia y la oración son capaces de vencer los miedos y superar las muchas trampas que acechan a la vida conyugal, también la oración y la fe en Dios ayudan a buscar y desear la indiferencia. Ya se lo dijo San Pablo a los romanos para confortarles en ese camino: “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra?” (Rom 8, 28). Si Dios está con nosotros, ¿qué mas dará todo lo demás?

La invitación a la indiferencia no supone despreciar el cuerpo, ni la salud, ni la alegría de vivir. Al contrario, la indiferencia ilumina la existencia con una luz nueva. El bienestar, la riqueza, el honor y una larga vida son bendiciones de Dios que debemos recibir agradecidos si nos son concedidas. Ahora bien, si es así, que no nos nublen el entendimiento, que no nos hagan perder el norte, que nos hagan confundir el medio y el fin, lo secundario y lo fundamental, lo relativo y lo absoluto.

Jaime Tatay, SJ

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Un comentario en “Lo relativo y lo absoluto

  1. Lorenzo Lopez Amo dijo:

    Muchas gracias, sin duda mejora con su detalle logrado la manera en la que Ignacio lo expresó. A colación de la manera de presentar la relación con Yaveh de los israelitas como esponsales que comenta en su texto, en su alegato religioso le pido que en algún momento haga otro del porqué Yaveh tomó, se fijó, eligió a los israelitas como su pueblo Muchas gracias

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