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Drenaje espiritual

Los farmacéuticos y los médicos saben que las plantas psicoactivas afectan al sistema nervioso produciendo estados alterados de conciencia. Algunas de las sustancias que contienen son tóxicas y pueden provocar la muerte, por eso una pequeña variación en la dosis de estas plantas define su uso como medicina, como psicoactivo o como veneno. Al igual que en tantos otros ámbitos de la vida, se trata de dosificar en la justa medida.

Algo parecido sucede con la espiritualidad. Los monjes y las monjas de clausura que consagran su vida a Dios insisten en la importancia de alternar oración, trabajo y descanso, en la importancia de pautar cada una de estas dimensiones. Las diversas reglas monásticas se pueden interpretar como una forma sabia de dosificar los aspectos principales de la vida contemplativa.

Los monjes y las monjas de clausura también comparan la oración con el agua, y utilizan en ocasiones la metáfora del drenaje. Esta resulta oportuna y útil, porque en la vida espiritual, igual que sucede con el agua en el mundo vegetal, el exceso es tan peligroso como la escasez. Si se satura el suelo, las raíces se acaban pudriendo. De un modo similar, si la vida espiritual no se oxigena, se acaba asfixiando. Distribuir la oración y el trabajo asegurando un tiempo adecuado para cada actividad —afirman— es como aprender a regar y drenar. Para echar raíces, crecer y fructificar en un monasterio, hay que hacer ambas cosas.

Pero esta búsqueda de proporción no es solo una cuestión típica de la vida contemplativa. Ignacio de Loyola, fundador de una orden misionera o “de vida activa” —los jesuitas— experimentó la tentación de orar y mortificarse en exceso, y descubrió, no sin dificultades, que era importante ordenarse también en este aspecto, por muy piadoso que pareciese. El examen cotidiano de la oración y las reglas de discernimiento son herramientas orientadas a este fin. 

Si nos acercamos a la Biblia con esta mirada, el relato del diluvio universal del Génesis podría interpretarse como una especie de drenaje. Tras la infidelidad y el pecado humano, el Dios-jardinero decide inundar el mundo para destruir aquello que estaba enfermo y corrupto. Y así, tras el drenaje —la nueva creación simbolizada en el descenso de las aguas y la llegada de la paloma con una rama de olivo— poder empezar de nuevo la historia humana; purgada, saneada y oxigenada.

Otro relato bíblico muy sugerente que hace referencia al agua y su efecto destructivo es el de Jonás. El miedo y la infidelidad del profeta le llevan a huir y dar la espalda a la misión encomendada por Dios. Sin embargo, tras ser engullido por la ballena —el monstruo de las aguas— Jonás experimenta un proceso de purificación y penitencia, una especie de “poda interior”, que le devolverá de nuevo a la tierra seca, drenada, de la misión.

El paso del Mar Rojo, por supuesto, es otra historia paradigmática que recurre a la imagen del drenaje y la inundación. En este caso, es Dios mismo quien aparece como protagonista, apartando las aguas para evitar la muerte del pueblo judío. La sequedad se transforma de este modo en oportunidad y camino de liberación —para Israel— y el agua en asfixia y destrucción —para Egipto—.

También el precepto del Sabbat (o el domingo, en la tradición cristiana) podría ser interpretado como una forma de “drenaje existencial” que ayuda a eliminar el exceso de trabajo con el fin de restablecer el orden, el equilibrio espiritual, y reorientar la vida hacia Dios.

Todas estas intuiciones monásticas y bíblicas nos conducen a la pregunta por el modo como gestionamos nuestros tiempos, por la manera como pautamos trabajo, descanso y oración. ¿Dosificamos sabiamente o caemos en el exceso y la desproporción? Si los médicos y los agricultores recurren a los drenajes para eliminar el líquido que se acumula en la herida y el agua que satura el suelo, ¿no deberíamos los creyentes tomarnos también en serio el descanso y pautar un ritmo equilibrado de vida?

En este sentido, resulta sugerente la reflexión de Byung-Chul Han, un popular ensayista surcoreano afincado en Alemania. En su libro La sociedad del cansancio ha denunciado el modo en que los ciudadanos de las sociedades industrializadas de la modernidad se “auto-explotan”. El ser humano, afirma el filósofo, se ha convertido en un ser agotado, devorado por su propio ego, obsesionado por el trabajo, víctima y verdugo a la vez de una exigencia autoimpuesta. Su diagnóstico es discutible, pero lo cierto es que ha tocado con el dedo en la llaga de uno de los males de nuestra época: la dificultad para dosificar sabiamente descanso y trabajo.

Los cristianos hemos olvidado con demasiada facilidad que el reposo, en la tradición bíblica, no es un privilegio o una opción personal: es un mandamiento. Al final del relato de la creación, leemos: “El séptimo día Dios dio por concluida la labor que había hecho; puso fin el día séptimo a toda la labor que había hecho. Después bendijo Dios el día séptimo y lo santificó”. Santificar el descanso, desde entonces, es un precepto, una tarea, una manera de imitar a Dios.

El trabajo, al igual que los principios activos de las plantas, puede ser una bendición, una oportunidad para fecundar y dar sentido a nuestra vida; o una droga que la atonta y envenena. Aprender a trabajar y descansar —a regar y drenar— resulta vital para crecer, madurar y fructificar.

Jaime Tatay, SJ

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2 comentarios en “Drenaje espiritual

  1. Néstor Pineda dijo:

    Hola buen día Padre! Excelente reflexión para meditar y drenarnos física y espiritualmente, en estos tiempos en que los seres humanos estamos inundados de tantas cosas que nos permiten contemplar la belleza y al que es la Bondad! Gracias!
    Néstor Pineda

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