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Hombros de gigante, pasos de enano

“Si he podido ver más allá es porque me encaramé a hombros de gigantes”, escribió el físico y matemático Isaac Newton.

El origen de esta frase es discutido, y parece que hay versiones similares anteriores. En cualquier caso, la idea principal que Newton quería transmitir es que la ciencia avanza por medio de grandes personajes –“gigantes”– que nos han permitido auparnos, subiéndonos a sus espaldas, para ampliar así el horizonte del conocimiento.

La historia de la religión, como la de la ciencia, podría interpretarse también como un ascenso progresivo. Igual que los científicos, los grandes fundadores religiosos serían las atalayas que han permitido a la humanidad ver con más claridad y expandir su horizonte espiritual.

Ciertamente la teología de las religiones monoteístas adopta este esquema: el de la revelación progresiva. Según esta interpretación de la historia sagrada, diversos mensajeros (ángeles, profetas y maestros) anuncian o “prefiguran” la llegada final de un rey, un mesías o un último profeta. La cumbre definitiva.

En el cristianismo, Jesús se presenta como “el nuevo” y definitivo enviado, el Mesías, el Hijo de Dios. Por ejemplo, cuando dice a un grupo de fariseos: “Los hombres de Nínive …  se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón” (Mt 12, 41-42).

Jesús, es más que Juan el Bautista, más que Jonás y más que Salomón. Jesús sube a sus hombros, se eleva sobre ellos. Por eso representa, para los cristianos, la revelación definitiva, la cumbre más alta a la que podemos ascender.

Aunque esta interpretación de la historia de la ciencia y de la religión como revelaciónprogresiva no es incompatible con otra comprensión más incremental y discreta del conocimiento humano y de la manifestación del misterio de Dios. Cabría otra explicación que tiene en consideración no solo a los “gigantes”, sino también a los “enanos”, a la infinitud de personas anónimas y discretas que han hecho posible el avance de la ciencia y la transmisión de la fe.

En este sentido, los historiadores y los filósofos de la ciencia han dejado claro en las últimas décadas que no solo se precisa de genios, sino también de instituciones y estructuras que posibilitan los avances académicos y la emergencia de equipos de investigación potentes.

De un modo similar, en boca de Jesús encontramos referencias a muchos de los (aparentemente) insignificantes personajes que, sin embargo, resultan fundamentales para comprender el modo de ser del Dios cristiano y la verdadera actitud de un creyente. Ellos y ellas constituyen la infraestructura religiosa; son quienes posibilitan la transmisión y la maduración de la fe.

Por ejemplo, el papel de los pastores en la comprensión cristiana de la revelación resulta muy llamativa. Eran hombres cuyo testimonio no contaba en un juicio. Eran personas impuras que trataban con animales. Sin embargo, a pesar de ello, son los primeros en recibir la noticia de la venida del Mesías y los primeros en reconocerle y adorarle.

Otra historia esclarecedora es la de aquella –también anónima– mujer que, en el Templo de Jerusalén, ofrece limosna y a la que Jesús pone como modelo de creyente: “Alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo: «En verdad os digo que esa pobre viuda ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir»” (Lc 21, 1-4).

En definitiva, junto a patriarcas, jueces, profetas, sabios y reyes –los “gigantes” de la historia de la salvación— la Sagrada Escritura nos presenta, como si de un díptico se tratase, a innumerables “enanos”, personajes sin los que la interpretación de la historia de la salvación resultaría incompleta. Los necesitamos a todos.

Esta constatación supone que, en nuestra vida espiritual, estamos llamados a cuidar ambas dimensiones, a tener una mirada amplia y panorámica —contemplando los grandes personajes de la Biblia— dando al mismo tiempo pasos cortos —imitando la fe sencilla de tantos creyentes—.

La experiencia de la resurrección que revivimos cada Pascua requiere de ambas actitudes para poder ser captada. El ejemplo más claro lo encontramos en el relato de Emaús que nos narra el evangelista Lucas, cuando los discípulos, abatidos, se encuentran con aquel extraño peregrino que resultará ser el mismísimo Jesús.

La conversación durante el camino consistió en recorrer la historia de la salvación, la línea de cumbres que trazan los grandes personajes bíblicos. Para subir a sus hombros y ver con más claridad: “Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras”.

Ahora bien, ese ejercicio panorámico sólo se completa cuando Jesús, al ser invitado a cenar, bendice y parte el pan. Ese pequeño y sencillo gesto es el que abre el entendimiento de aquellos hombres y les ayuda a captar y experimentar la resurrección. “Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

Los discípulos de Emaús y nosotros no somos muy distintos. Estamos hechos de la misma pasta. Hoy, como ayer, necesitamos encaramarnos a lo alto y otear el horizonte, para bajar luego al llano y continuar el camino. Necesitamos subirnos a hombros de gigantes y dar pasos de enanos.

Ese doble ejercicio es el que nos permitirá vivir y creer plenamente.

Jaime Tatay, SJ

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