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La imitación de Dios

Cada vez estamos más acostumbrados a las actualizaciones periódicas de nuestros dispositivos electrónicos. Ya sean ordenadores, tablets o móviles, todos necesitan ser puestos al día y configurados con las últimas aplicaciones y mejoras del sistema operativo. Las actualizaciones son como un proceso de mantenimiento permanente; ya no hace falta llevar el aparato a un técnico, con una conexión inalámbrica podemos hacerlo en cualquier lugar.

En el tiempo pascual, cuando celebramos la resurrección de Jesucristo, la Iglesia nos invita durante cincuenta días a actualizarnos y configurar nuestro sistema operativo cristiano para que se parezca, cada vez más, al de Cristo. Es una especie de recordatorio programado en el año litúrgico que se activa al inicio de la Cuaresma, cuando se nos dice: “Polvo eres y en polvo te convertirás. Conviértete y cree en el evangelio”. A partir de ese momento, empieza un periodo de actualización, reconfiguración o conversión en tres etapas: la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua de resurrección.

Pero a diferencia de los aparatos electrónicos, para convertirse no basta con tener una conexión wifi a mano y darle a un botón. No es tan sencillo. Para configurarnos con Cristo, para actualizar nuestra relación personal con Él, tenemos que implicarnos personalmente y convertirnos en los operarios del duro y costoso trabajo de transformación personal. Ninguna máquina puede hacerlo por nosotros.

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Cristomímesis

La conversión, para el cristiano, es el horizonte de la vida espiritual, un proceso que no termina nunca y en el que tratamos (torpemente) de imitar y parecernos, cada vez más, a Cristo (sabiendo que nunca lo conseguiremos). Ese proceso lo podríamos llamar “Cristomímesis”. La herramienta que se utiliza para este proceso no consiste en la descarga de una nueva aplicación o una actualización del sistema operativo. Consiste, como su nombre indica, en la imitación.

De hecho, no es casual que uno de los libros de lectura espiritual más populares durante siglos se titulase, precisamente, La imitación de Cristo. Imitar a Cristo, meditar sus palabras, imaginar su vida, reproducir sus gestos y aprender de sus respuestas era el modo tradicional de “actualizar” la fe para ir conformándola a la de Cristo. Los ejercicios espirituales de San Ignacio pretenden lo mismo. Mediante la contemplación de los misterios de su vida, usando la imaginación, el ejercitante va asimilando el modo de ser de Cristo, “para más amarle y seguirle”, para ser otro Cristo.

Es cierto que hoy día la palabra imitación nos suena un tanto desfasada. ¿Cómo voy yo a imitar a alguien?, nos preguntamos, eso lo hacen los niños, pero no los adultos. Al fin y al cabo somos hijos de la ilustración, somos libres y tenemos criterio propio, ¿por qué imitar entonces? Conviene no olvidar que, en cuestiones de fe, recorremos el camino de los muchos que nos precedieron y, por decirlo con lenguaje popular, “no hay mucho que inventar”. Un ejemplo traído de otro ámbito puede ayudar a entender por qué la imitación sigue teniendo un gran valor.

Biomímesis

Al hablar de imitación, siempre me viene a la cabeza un término que se popularizó hace unos años: biomímesis. Es una palabra que procede del ámbito académico y se refiere a la ciencia que estudia la naturaleza como fuente de inspiración para desarrollar nuevas tecnologías y solucionar así problemas humanos que la naturaleza ya ha resuelto hace tiempo.

Por ejemplo, la cabeza tractora de los trenes AVE, cuyo perfil aerodinámico imita la forma de la cabeza de cierta especie de patos, disminuye la fricción a alta velocidad. Otro ejemplo: las columnas de la Sagrada Familia diseñadas por Gaudí, que imitan el tronco y las ramas de los árboles, resuelven un problema de construcción ofreciendo una solución funcional y bella al mismo tiempo. Resulta que la naturaleza ya “resolvió” hace miles de años problemas con los que ahora nos tropezamos, ¿por qué no imitarla?

La palabra imitar, por tanto, aunque hoy nos parezca anticuada, resulta que ha vuelto con fuerza. Y esa vuelta es válida también para las cuestiones de fe.

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Teomímesis

Ahora bien –y aquí viene la última palabra rara de esta reflexión– si somos capaces de imitar la naturaleza y de imitar la vida de Jesús, ¿podemos también tratar de imitar a Dios mismo?, ¿podemos ejercitar algo así como la “teomímesis”, la imitación de Dios?, ¿o es ésta acaso una pretensión excesiva?

La respuesta es que no, que no lo es. Es legítimo tratar de imitar a Dios –sabiendo, eso sí, que no somos Dios ni lo vamos a ser nunca–. Al menos así se deduce de algunas invitaciones explícitas de Jesús, el gran imitador del Padre: “sed buenos como vuestro Padre del cielo es bueno” o “amaos los unos a los otros como yo os he amado” o “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Todas son ejemplos de la invitación de Jesús a ser como Dios. 

Dicho de otro modo, Jesús nos invita a reproducir en nuestras vidas la bondad, el amor y el perdón de Dios, nos invita a imitar a Dios, nos invita a la “teomímesis”. Y esto el lógico, porque el propio Dios, al final del relato de la creación, afirmó: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. De ahí que el hombre sea capax Dei (capaz de Dios) y no resulte tan descabellado que trate de parecerse a quien le creó –ser cada vez más su imagen y semejanza.

Un cristiano busca configurarse con el misterio de Dios hecho hombre. Porque en ese misterio estamos reflejados cada uno de nosotros. Mirando a Cristo, aclaramos el sentido de nuestra propia existencia, el misterio de nuestra vida, muerte y resurrección. Imitando a Dios nos configuramos con el Dios hecho hombre que es Jesús y así realizamos nuestra vocación más plena: ser otro Cristo. 

No desperdiciemos la oportunidad: actualicemos nuestra fe, configurémonos con Cristo, imitemos a Dios.

Jaime Tatay, SJ

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Un comentario en “La imitación de Dios

  1. Lorenzo Lopez Amo dijo:

    Está preciosa, su reflexión. Hay asuntos como el dolor que nos atenazan, nos atemorizan…ver a Jesús sufrir desde el momento que es llevado ante el Sumo sacerdote hasta su muerte en Cruz. Pensar que el dolor nos llegará, en ocasiones no a nosotros mismos sino a nuestros allegados, incluso a los que no conocemos de nada y que otros nos cuentan de sus sufrimientos…imitar a Jesús en el sufrimiento..

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