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Símbolos de resurrección

En la primavera de 1986, el reactor número 4 de Chernóbil se incendió y explotó, enviando un penacho de radiación atómica a la atmósfera. La catástrofe obligó a más de 100.000 personas a abandonar sus hogares. Inmediatamente se creó una zona de exclusión de un radio de 30 kilómetros alrededor del reactor, dejando vacías dos grandes ciudades, así como más de 100 pueblos y multitud de granjas.

Mucha gente piensa que la zona que rodea la central nuclear de Chernóbil es hoy un escenario post-apocalíptico, un lugar desolado y muerto. Sin embargo, más de 30 años después de la explosión que provocó el peor accidente nuclear de la historia, la ciencia nos dice algo muy diferente.

De hecho, la mayor parte de la radioactividad liberada por el reactor se descompuso rápidamente. Al cabo de un mes, sólo quedaba un pequeño porcentaje de la contaminación inicial y, después de un año, se redujo a menos del 1%.

Los investigadores han descubierto también que el terreno que rodea la central, que ha estado prácticamente vedado a los humanos desde hace más de tres décadas, se ha convertido en un refugio para la fauna, con bisontes, alces, ciervos, caballos, jabalíes, lobos, linces, cigüeñas negras y otros animales que habitan en los espesos bosques circundantes.

La llamada Zona de Exclusión de Chernóbil (ZEC), que abarca 2.800 km2 en el norte de Ucrania, representa ahora la tercera reserva natural más grande de Europa continental y se ha convertido en un experimento icónico —aunque accidental y trágico en su origen— de “vuelta a un estado silvestre” (rewilding, en inglés).

Pripyat, Chernobyl

Sergiy Zibtsev, experto en silvicultura de la Universidad Nacional de Ciencias de la Vida y el Medio Ambiente de Ucrania, afirma que es irónico que haya sido necesario un accidente nuclear para crear un ecosistema forestal más rico en la ZEC: “Las plantaciones de pinos que había en 1986 han dado paso a bosques primarios más biodiversos, más resistentes al cambio climático y a los incendios forestales, más capaces de secuestrar carbono”, sostiene el técnico.

La ZEC es un ejemplo fascinante del poder de la naturaleza para recuperarse de la degradación. Otro ejemplo similar es el del antiguo Telón de Acero que dividió Europa en dos partes enfrentadas. Durante décadas, esa franja de tierra fuertemente militarizada dividió el Este y el Oeste del continente. Hasta 1989, como si de una larga y profunda herida se tratase, atravesaba Alemania y los Balcanes llegando al Mar Negro y al Adriático. En el norte de Europa, existe todavía entre Finlandia y Rusia. 

Para las personas, el Telón de Acero fue durante décadas una barrera impenetrable. Pero, para la naturaleza, se convirtió en una magnífica oportunidad, en una zona libre de la ocupación humana. Precisamente allí donde el alambre de espino, las torres de vigilancia y los campos de minas dividían Europa, se desarrolló un hábitat ecológico libre de interferencias a lo largo de 12.500 km de frontera. Durante sus cuarenta años de existencia, el Telón de Acero no permitió ninguna actividad humana, ningún desarrollo, ofreciendo al mismo tiempo un refugio único e inesperado para las especies animales y la flora en peligro de extinción. 

Por eso, hoy se encuentran repartidos a lo largo de esa larga franja, como si de un collar de perlas naturales se tratase, bosques y pantanos en un magnífico estado de conservación, multitud de paisajes ricos en especies, así como cordilleras salvajes y corredores fluviales como apenas pueden encontrarse en ningún otro lugar de Europa. 

El bautizado como Cinturón Verde Europeo es otro de los grandes experimentos contemporáneos –tampoco intencionado— de vuelta a un estado silvestre. Al igual que ha sucedido en Ucrania, este corredor natural está proporcionando valiosos hábitats para lobos, osos, linces, águilas y numerosas aves migratorias. Hoy, el proyecto implica a 24 países, 49 parques nacionales, más de 7.000 zonas protegidas y se beneficia de fondos europeos específicos como el Programa Transnacional del Danubio y el Programa Life.

Monument, Memorial, The Iron Curtain, Devín, Slovakia
Memorial al Telón de Acero (Eslovaquia)

Como europeo, me resulta casi inevitable asociar estos dramáticos ejemplos de nuestra historia con la experiencia central de la fe cristiana. Los paralelismos son muchos: Allí donde se sembró la destrucción y la muerte, ha resurgido con fuerza la vida y la esperanza. Allí donde se instaló la división y el enfrentamiento, se ha dado paso a la unión y al entendimiento. Como si de un Pentecostés de la Creación se tratase, el espíritu de la reconciliación ha transformado el miedo en paz, la degradación en restauración, la muerte en resurrección.

Las palabras del profeta Isaías resuenan en esta historia con una fuerza especial:

De las espadas forjarán arados,

de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada pueblo contra pueblo,

no se adiestrarán para la guerra.

A la luz de la restauración ecológica resuenan también muchas de las parábolas y mensajes de Jesús. Resulta casi evidente que el maestro de Nazaret escogiese en tantas ocasiones ejemplos del mundo de la naturaleza para describir el sentido de su misión, el sentido del Reino de Dios y el sentido de su vida. La semilla enterrada, el lento y oculto crecimiento vegetal, el fruto que se multiplica inesperadamente: todas estas metáforas expresan la centralidad de la esperanza y la experiencia de la resurrección. 

En todos los casos, sin embargo, la paciencia resulta imprescindible. Porque cualquier proyecto de restauración ecológica demanda tiempo, normalmente décadas, para ver el resultado. La germinación de la semilla, el crecimiento de la planta y la producción de fruto también requieren del tiempo. Y la resurrección solo puede captarse en el transcurrir, “al tercer día”, echando la vista atrás. 

Todas las heridas —las que marcan la historia de los pueblos, la geografía física y la propia creación— demandan tiempo para transformarse en cicatrices. Cicatrices que nos recuerdan el dolor pasado, pero que pueden convertirse en símbolos de esperanza. Símbolos de resurrección.

Jaime Tatay, SJ

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