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Masa crítica

La física de partículas dio un gran salto en el siglo XX cuando descubrió que es posible iniciar una reacción atómica en cadena capaz de liberar una enorme cantidad de energía. Toda esa energía—como ha sucedido siempre que se ha producido un desarrollo tecnológico—puede ser utilizada bien o mal; para generar electricidad en una central nuclear o para fabricar una bomba atómica. Ahora bien, en cualquier caso, iniciar la reacción en cadena requiere conseguir un mínimo de uranio enriquecido, la “masa crítica” imprescindible.

Las ciencias sociales, por otro lado, han mostrado recientemente que las protestas no violentas son el doble de efectivas a la hora de conseguir un cambio social que aquellas que recurren a la fuerza. Sin embargo, aunque su eficacia está de sobras demostrada, para que este tipo de estrategias prosperen es necesario—como sucede con las reacciones nucleares—atravesar un “umbral crítico”. Los sociólogos que han estudiado estos fenómenos estiman que, para que se den estos procesos de transformación, se requiere involucrar al menos a un 3,5% de la población.

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Otros estudios de carácter histórico revelan que a lo largo de la historia se han generado en unos pocos enclaves geográficos las condiciones idóneas para una gran creatividad intelectual, artística, empresarial o tecnológica. La Atenas de la Academia, la Florencia de los Medici o el actual Silicon Valley de California serían ejemplos de lugares en los que una compleja combinación de factores ha iniciado transformaciones culturales profundas. Aunque no se han podido identificar todos esos factores, ni se ha podido estimar exactamente la combinación y la cantidad que se precisa de cada uno de ellos, sí que hay indicadores claros de la necesidad de alcanzar un mínimo de condiciones —sociales, económicas, institucionales y políticas— que hacen posible la emergencia de estos hubs de innovación.

En definitiva, podríamos afirmar de una forma quizás un tanto apresurada que para que se inicien procesos de transformación —ya sean estos sociales, culturales, económicos o físicos— hace falta un mínimo de personas, de ideas, de instituciones o de uranio enriquecido. En todos los casos es preciso atravesar un umbral que conducirá a una nueva situación.

Atendiendo a la historia de las religiones, podríamos también formular una pregunta similar a la planteada en otros ámbitos de la experiencia humana: ¿Qué condiciones se han dado para que un movimiento carismático liderado por un innovador religioso —Abraham, Moisés, Buda, Jesús o Mahoma— y un pequeño grupo de seguidores se convierta en una religión universal? ¿Y cuántas personas hacen falta para que se inicie una transformación espiritual de gran calado?

En el caso del cristianismo, tanto los Evangelios como los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo nos dan algunas pistas al respecto. Conviene recordar que ninguno de los autores de estos libros—Marcos, Mateo, Lucas, Juan y Pablo—escribió con las mismas intenciones, ni con los mismos métodos, ni con los mismos intereses que los modernos sociólogos de la religión. Sin embargo, todos describieron el proceso de formación del grupo que transmitió el mensaje de Jesús, iniciando la transformación cultural que condujo finalmente a la conversión del cristianismo en una religión universal.

Los diversos relatos de “la llamada de los doce” son testimonios de la formación de la primera comunidad cristiana. Según la narración de Marcos y Mateo, Jesús llama a seis pescadores que, “al instante, dejando la barca y a su padre, lo siguieron” (Mt 4, 22). El relato de Lucas narra de forma más detallada el acercamiento al grupo de pescadores, de un modo más cercano a lo que probablemente sucedió en la realidad. Es solo tras la convivencia con Jesús y, sobre todo, tras la pesca milagrosa junto al lago, cuando Pedro y sus compañeros confiesan “sobrecogidos de espanto ante la pesca realizada” (Lc 5,9) su condición de pecadores y deciden seguirle. En este relato, de nuevo, percibimos un proceso de transformación progresiva de los discípulos, que se acelera tras atravesar un particular umbral—la pesca milagrosa.

Ahora bien, este pequeño grupo no constituía ni mucho menos el 3,5% de la población de Israel, el porcentaje mínimo que los modernos estudios de sociología señalan como el porcentaje necesario para que un movimiento de reforma no violento prospere y llegue a buen puerto. Pero no podemos obviar que el número de seguidores y personas transformadas por la acción de Jesús no se limitó al grupo de los doce. Durante su vida apostólica, el predicador de Nazaret obró numerosos milagros por medio de sus palabras y de sus acciones prodigiosas. De este modo, dejó a su paso un auténtico reguero de personas transformadas que, a su vez, es probable que transmitiesen su propia experiencia y su fe en el profeta y rabino de Galilea.

Ejemplos de estos encuentros hay muchos en los evangelios. Por ejemplo, tras curar a un leproso anónimo, y a pesar de pedirle Jesús expresamente “no se lo digas a nadie”, Lucas afirma que “su fama se extendió mucho y se congregaban grandes multitudes para oírlo y ser curados de sus enfermedades” (Lc 5,15). Aunque no todos seguirán a Jesús hasta el final, es evidente que muchos conservan su confianza en él hasta el punto de seguirle hasta Jerusalén y acompañar al grupo de mujeres que le dan sepultura tras su muerte. Simón de Cirene—un campesino—y José de Arimatea—un miembro del sanedrín que condenó a Jesús—representan este tipo de seguidores discretos y silenciosos que, sin duda, se sumaron al grupo de los primeros cristianos hasta constituir una minoría silenciosa en torno al grupo de los doce.

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Al pensar en el surgimiento del cristianismo no contamos con toda la evidencia científica que hoy gustan manejar historiadores, antropólogos y sociólogos de la religión. Pero lo que sí sabemos es que Jesús, desde el inicio de su vida hasta sus últimas apariciones como resucitado, provocó—como si de una reacción en cadena se tratase—profundas transformaciones personales. Es más, su presencia se extendió más allá de su vida histórica y ha seguido atrayendo y transformando a personas muy diferentes a lo largo de la historia. Quizás porque, como él mismo afirmó, “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Dos o tres. Con eso basta. Quizá sea ese el umbral, la cantidad mínima, la masa crítica necesaria para que se constituya la comunidad cristiana.

Jaime Tatay, SJ

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