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Anacronismos y herejías

Hace cinco siglos que sabemos que el sol no gira alrededor de la Tierra, sino justo al revés. Es nuestro planeta quien rota y orbita —siguiendo una trayectoria elíptica— en torno a la estrella que da nombre al sistema solar.

Sin embargo, el lenguaje coloquial, perezoso u obstinado, se resiste a reflejar lo que Copérnico, Kepler y Galileo demostraron. Por eso seguimos afirmando que el sol se levanta al amanecer y se pone al atardecer. Lo mismo sucede en otros idiomas, como el hoy todopoderoso inglés, que también habla del sunrise y el sunset, como si fuese el astro (the sun) quien estuviese en movimiento alrededor nuestro.

¿A qué se debe este anacronismo (o paracronismo, para ser más exactos) lingüístico? ¿A un mecanismo sicológico que se aferra a la intuición? ¿A un residuo histórico heredero del primer rechazo que la idea provocó? ¿A la simple pereza que resiste cualquier tipo de cambio? ¿O a un oculto lastre ideológico que se niega a aceptar la evidencia científica? 

Sea por la razón que sea, lo cierto es que desde el siglo XVI, cuando se formuló el modelo heliocéntrico como la forma más razonable y precisa de explicar lo que vemos en los cielos, el lenguaje—al contrario que la Tierra—no se ha movido.

Anacronismos hay muchos, por supuesto. Otro ámbito en el que la inercia histórica resulta también llamativa es el de la religión. A pesar de lo mucho reflexionado, discutido y escrito desde que los primeros cristianos transmitieran su experiencia espiritual, hemos heredado muchas expresiones que, con una pertinaz obstinación, se resisten a desaparecer del imaginario y del lenguaje de los creyentes: “Dios le ha castigado”; “Aquel sí que es un auténtico creyente”; “Ese se va a condenar”; “En el mundo hay gente buena y mala”—son tan solo algunas de ellas.

Estas expresiones bien merecen el nombre de herejías, porque entran en conflicto o contradicen abiertamente elementos centrales de la fe cristiana. Como sucede con la herejía científica del geocentrismo, se resisten a desaparecer. En particular, hay tres rémoras históricas sobre las que teólogos y pastores han llamado la atención: el gnosticismo, el pelagianismo y el maniqueísmo.

La primera de las herejías, el gnosticismo, es anterior al nacimiento de Jesús, pero recorre la historia de la Iglesia, llegando hasta nuestros días. Los gnósticos, como nos ha recordado el Papa Francisco, son aquellos que creen que con sus explicaciones “pueden hacer perfectamente comprensible toda la fe y todo el Evangelio. Absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan” (Gaudete et exultate 39). Esta es la principal tentación del teólogo.

Frente a ella, es bueno recodar con frecuencia que toda palabra y todo lenguaje—y no ya una simple expresión—se vuelve anacrónico y tramposo, dado que resulta limitado para poder hablar bien de Dios. “Si lo entiendes, no es Dios”, advertía San Agustín. “Nosotros llegamos a comprender muy pobremente la verdad que recibimos del Señor. Con mayor dificultad todavía logramos expresarla” (GE 43), alerta Francisco.

El problema del gnosticismo no es solo que nos hace pensar que hemos comprendido definitivamente. Nos lleva también a considerarnos mejores: más sabios, más capacitados, más lúcidos que los demás. Y esa tentación suele ir de la mano de la segunda de las herejías que percibimos a nuestro alrededor y en nuestro interior, la del pelagianismo, que es una especie de mutación del gnosticismo.

Los pelagianos son aquellos que, en lugar de poner su confianza en el conocimiento y la razón, como hacen los gnósticos, lo hacen en la voluntad y el esfuerzo personal. Estas dos actitudes son sin duda valiosas y deberíamos promoverlas y cuidarlas, pero no absolutizarlas. Porque ahí es cuando empieza el problema.

Un modo como esta forma (herética) de vivir la fe se expresa en el lenguaje cotidiano es cuando hablamos del logro, el éxito o el mérito aplicado a la vida religiosa. Entonces, empezamos a deslizarnos por la pendiente resbaladiza del pelagianismo, que a su vez nos conduce al tercero de los anacronismos teológicos mencionados: el maniqueísmo.

Los maniqueos—como los pelagianos y los gnósticos—tienden a dividir el mundo en dos grupos: buenos y malos, puros e impuros, creyentes e infieles, santos y pecadores. No hay espacios intermedios, matices, tonos, gradaciones o procesos. Sólo hay blancos y negros, ceros y unos, ellos y nosotros. 

La herejía del maniqueísmo se niega a aceptar que el sol brilla y la lluvia cae sobre todos. Se resiste a creer que, efectivamente, habrá un juicio, pero será solo Dios quien juzge. El maniqueísmo, tan presente en nuestra forma de pensar y en nuestro lenguaje cotidiano, se parece a una de esas bacterias capaces de plantar cara a los antibióticos de amplio espectro. Muchos creyentes siguen aferrados a una visión simplista, dicotómica y polarizada del mundo, a pesar de ser rechazada por la Biblia y la mejor tradición teológica.

Copérnico, Kepler y Galileo mostraron el error del geocentrismo, aunque su contribución, cinco siglos después, no se refleja todavía en el lenguaje corriente. También los Concilios, los papas y los teólogos han insistido, sin éxito, en la trampa tendida por gnósticos, pelagianos y maniqueos. En todos los casos, los anacronismos lingüísticos que escuchamos a diario ponen en evidencia que los cambios en el modo de pensar y hablar tardan siglos y, en no pocas ocasiones, hasta milenios para surtir efecto.

Quizá por ello Jesús, conocedor no sólo de la dureza del corazón humano, sino también de su limitado juicio, le dice a Pedro durante el lavatorio de los pies, con una mezcla de frustración y resignación: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde” (Jn 13,7). Poco después, le dice a Felipe: “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conoces?” (Jn 14,9).

Que Pedro y Felipe, igual que el resto de los apóstoles, fuesen tan lentos, tan torpes, tan incapaces de entender y conocer a Jesús nos ofrece un cierto consuelo. Que todavía, a estas alturas, afirmemos que el sol se levanta por la mañana y se pone por la tarde añade algo más de consuelo a nuestra estupidez colectiva. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, nos recuerda el refranero popular.

Ojalá podamos algún día dejar atrás tantos anacronismos y adoptemos, de una vez por todas, el heliocentrismo y el teocentrismo. Ojalá dejemos que la luz de Dios ilumine nuestras vidas.

Jaime Tatay, SJ

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One thought on “Anacronismos y herejías

  1. Lorenzo Lopez Amo says:

    Muchas gracias, resumiría su mensaje en actualizarse…cambiar, y en ello nos ayuda la razón y la búsqueda de la verdad, descubriendo por ejemplo que la Tierra no es el centro…No obstante ?cómo haría Jesús para enseñarnos hoy día su camino en medio del planeta conectado?…porque si creemos seguimos haciéndolo, que Jesús es la Verdad única

    El El sáb, 10 abr 2021 a las 19:41, jaimetatay escribió:

    > Jaime Tatay posted: ” Hace cinco siglos que sabemos que el sol no gira > alrededor de la Tierra, sino justo al revés. Es nuestro planeta quien rota > y orbita —siguiendo una trayectoria elíptica— en torno a la estrella que da > nombre al sistema solar. Sin embargo, el lenguaje c” >

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