Reflexión

Servicios ocultos

El Papa Francisco ha expresado en varias ocasiones su devoción por San José, comparable tan solo a la que siente por Francisco de Asís, el santo de quien tomó el nombre al empezar su pontificado. En la homilía de inicio de su ministerio petrino (la primera como Papa) señaló la vocación de custodio de José y se preguntó de modo retórico: “¿Cómo ejerce José esta custodia?”. La respuesta no se hizo esperar: “Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total”. A continuación, Francisco recordó varias de las escenas de los evangelios que ilustran ese modo de ser—discreto, humilde y silencioso—tan particular de José.

Un poco más adelante hizo su primera afirmación en relación con un tema que está siendo central en su pontificado, el cuidado de la casa común: “Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos”.

Los dos santos de la tradición cristiana que atraen la atención y la devoción del Pontífice son presentados como modelos de la vocación cristiana; una vocación que hoy significa tanto cuidar al hermano como a la creación. José y Francisco, sin embargo, no son sólo personajes sugerentes e inspiradores de la tradición cristiana, encarnan también dos conceptos que están cobrado una importancia creciente en nuestra época: la ética de los cuidados y la presencia de servicios ocultos. Ambas realidades necesitan visibilizarse y valorarse convenientemente para poder ser conscientes de quiénes somos, de dónde venimos y qué nos sostiene.

Uno de los primeros ejemplos que viene a la cabeza al pensar en los cuidados y los servicios ocultos es el trabajo (no remunerado) que muchas mujeres han desempeñado y siguen desempeñando a lo largo y ancho del mundo. Se trata de una labor fundamental, aunque oculta en términos monetarios, para el sostenimiento de la vida familiar y del tejido social. Puestos de relieve en las últimas décadas por el pensamiento feminista y por algunos economistas, estos cuidados—discretos, humildes y silenciosos—se han ido poco a poco reconociendo, valorando y protegiendo.

De un modo similar al trabajo doméstico, se habla hoy también de los servicios ocultos que ofrecen los ecosistemas naturales. Se trata de funciones básicas que a menudo no valoramos hasta que las perdemos. Por ejemplo: la capa de ozono nos protege de la radiación ultravioleta previniendo el cáncer; los humedales actúan como esponjas minimizando las riadas; la vegetación retiene el suelo evitando los deslizamientos de tierras; las abejas polinizan las flores posibilitando la fructificación; los sistemas de dunas impiden que los temporales destrocen la línea de costa; los bosques atrapan el exceso de carbono que emitimos al quemar combustibles fósiles estabilizando el clima. La lista es interminable.

Los economistas ambientales han llamado a estos diversos procesos “servicios ecosistémicos” o “externalidades positivas” y han denunciado que no son suficientemente valorados por nuestro actual modelo económico. Se trata de servicios tan básicos e imprescindibles como la purificación del aire, la filtración del agua, la estabilización del suelo, la fijación del carbono o la preservación de la biodiversidad. Si pensamos en un bosque cercano a una ciudad, podríamos añadir otros valores intangibles como la experiencia estética o la posibilidad de descanso, meditación y recreo que ofrece a los estresados urbanitas.

De un modo similar a José de Nazaret y a Francisco de Asís, la Creación entera ejerce también una labor de cuidado—discreta, humilde y silenciosa—que posibilita la vida tal y como la conocemos, aunque esa labor pase desapercibida a ojos de la mayoría. Sus cuidados y sus servicios, paradójicamente, quedan ocultos y se nos olvida que siempre nos acompañan, llevándonos a la trágica ceguera de herir la tierra que nos da de comer y contaminar el agua que nos quita la sed. En gran medida, la crisis socioambiental en la que estamos inmersos no es un acto deliberado, sino el resultado del desconocimiento, el descuido y la falta de agradecimiento por tantos servicios ocultos que nos sostienen a diario.

En este sentido, los milagros de Jesús pueden interpretarse no sólo como una ruptura de las leyes de la naturaleza, sino también como una experiencia de transformación interior, como una revelación, un despertar a la centralidad del cuidado y el servicio como dinámicas que posibilitan la vida y el funcionamiento del mundo.

El conocido milagro de la multiplicación de los panes y los peces narrado por los cuatro evangelistas expresa de forma magnífica esta doble dinámica de cuidado humano y donación generosa de la creación. La acción de gracias pronunciada por Jesús y la distribución de los alimentos por parte de los discípulos ponen en marcha una dinámica de servicio cuidadoso que construye comunidad y genera abundancia. Esa acción de gracias es la que abre los ojos y permite reconocer el don de la Creación. Jesús y los discípulos se convierten así en custodios de la multitud desamparada, en constructores de tejido social, en canales de la gracia.

El milagro de la vida se manifiesta cada vez que descubrimos quiénes somos: el fruto de innumerables cuidados humildes y de incontables servicios ocultos. Reconocerlo es el primer paso para agradecerlo y para, a su vez, poder asumir la vocación del servicio cuidadoso “con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total”.

Como Jesús nos recordó en su predicación, y tal y como José y Francisco nos mostraron, somos Hijos de los hombres e Hijos del Dios creador; somos el fruto de los innumerables cuidados de quienes nos criaron y de los incontables servicios ocultos de la Creación.

Jaime Tatay, SJ

Esta meditación apareció en el número de marzo de 2020 de la Revista Mensajero

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