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Trastorno por Déficit de Espiritualidad

En estos últimos años, se ha popularizado un conjunto de expresiones provenientes del mundo de la sicología y la pedagogía para tratar de explicar los trastornos que sufren los jóvenes y los adolescentes en sus procesos de crecimiento y aprendizaje. Una de las más conocidas es el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Según los especialistas, esta patología hace que sea muy difícil para un niño estarse quieto, prestar atención, controlar los impulsos y concentrarse en una tarea.

El déficit de atención y el de hiperactividad no son lo mismo, aunque en la mayoría de los casos coinciden y suelen ser causa de problemas sociales y educativos para quienes los padecen y para sus familias. La dificultad, sin embargo, no es exclusiva de los más jóvenes. También hay muchos adultos que, ante la omnipresencia de los smartphones y la permanente interconexión que ofrece la era digital, sufren síndromes muy similares a los de los jóvenes, viviendo en una distracción permanente.

En referencia a esta problemática, y tomando como referencia el TDAH, hay quienes hablan incluso de un Trastorno por Déficit de Naturaleza. En un mundo digital como el nuestro, que se urbaniza a gran velocidad—y en el que son cada vez más las personas que crecen alejadas del entorno rural ignorando, por tanto, los ciclos de la naturaleza, el funcionamiento de las plantas y el comportamiento de los animales—no resulta del todo descabellada la expresión. De hecho, hay estudios que tratan de mostrar los efectos que tiene sobre la salud una desconexión prolongada del mundo natural. A diferencia del TDAH, en este caso el trastorno no se debe tanto a causas genéticas o hereditarias, sino al contexto cultural en el que cada vez más personas estamos inmersas.

En relación con estos dos trastornos, y especialmente en sociedades crecientemente secularizadas como la nuestra donde la religión juega un papel cada vez más irrelevante, ¿tendría sentido hablar también de un Trastorno por Déficit de Espiritualidad?

Para las tradiciones bíblicas, la posibilidad de una experiencia espiritual se fundamenta en el hábito del silencio y la contemplación. La distracción permanente y la dispersión se convierten en amenazas que descentran y acaban desintegrando al creyente. Al mismo tiempo, la relación con el conjunto de la creación—signo permanente de la presencia del Creador—se concibe como un lugar privilegiado de encuentro con Dios. Su desaparición influiría también en la riqueza e intensidad de esos encuentros. En resumen, no resulta descabellado afirmar que tanto el déficit de naturaleza como el déficit de atención entorpecen el crecimiento y la maduración espiritual.

Ahora bien, el Trastorno por Déficit de Espiritualidad—si aceptamos su existencia—no cabría achacarlo sólo a los males de nuestra época. Se trataría de un problema que afecta al ser humano de todos los tiempos, por el mero hecho de serlo. En las propias Escrituras aparecen ya referencias sutiles a este problema.

Uno de los relatos evangélicos más extraños y difíciles de interpretar para el lector moderno es un pasaje del evangelio de Marcos que describe el exorcismo del endemoniado de Gerasa (Mc 5, 1-10). En esta historia—que ha sido interpretada de múltiples maneras a lo largo de la historia—el hombre poseído de espíritu impuro responde a la pregunta de Jesús–“¿Cómo te llamas?”–afirmando: “Mi nombre es legión, pues somos muchos”. Tras la enigmática respuesta de aquel hombre que se golpeaba contra las piedras aparecen algunos de los rasgos principales de la persona desintegrada espiritualmente: el aislamiento, la dispersión, la fragmentación y la violencia interior.

Menos dramática que la historia del geraseno es la que narra el encuentro de Jesús con dos hermanas, Marta y María, con quienes le unía una sincera amistad (Lc 10, 38-42). En esta ocasión, Jesús reprende a Marta por su dispersión y su activismo, por su incapacidad—oculta bajo la apariencia de un servicio desinteresado—para hablar, escuchar y contemplar. “Marta, Marta, te preocupas por muchas cosas y sólo es necesaria una”, le advierte Jesús. Bajo su advertencia resuena un mensaje universal, dirigido a los creyentes de todos los tiempos: céntrate en lo único importante, en Dios.

La pérdida de sintonía y de finura para intuir qué es lo que Dios me pide en cada momento es, quizás, uno de los síntomas más claros del déficit de espiritualidad. El “síndrome de Marta”—así lo han definido algunos comentaristas—expresa de forma paradigmática el tipo de dispersión que caracteriza nuestra época, encarnado en un personaje bíblico. Frente a la exégesis tradicional que contraponía la vida contemplativa (María) y la activa (Marta), esta interpretación alternativa no sólo resulta plausible, sino más actual que nunca.

A diferencia del TDAH, el déficit de naturaleza y el de espiritualidad no han entrado todavía en los tradicionales cauces académicos e institucionales. Sin embargo, no son pocos los autores que, en los últimos años, han propuesto la existencia de una Inteligencia Espiritual, tratando de describir sus rasgos y sus beneficios físicos, sicológicos y sociales.

Ciertamente—más allá incluso de las convicciones religiosas particulares—si asumimos que existe en el ser humano una dimensión religiosa, espiritual o trascendente, una Inteligencia Espiritual, cabría aceptar también la posibilidad de un trastorno que afecte al desarrollo y la maduración de esta dimensión. La superficialidad, la dispersión, el aislamiento, el activismo y la desconexión de la naturaleza serían algunos de sus síntomas.

Frente al riesgo de empobrecer la experiencia humana atrofiando una de sus dimensiones más importantes, la tradición espiritual cristiana propone un camino de integración, profundización y unidad. Este es el deseo que expresa Jesús: “que todos sean uno” (Jn 17, 21). El Papa Francisco, siglos después, se ha hecho eco de este deseo, expresándolo con sus palabras: “Estamos hablando de una actitud del corazón, que vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después, que se entrega a cada momento como don divino que debe ser plenamente vivido” (Laudato si’, 226).

Jaime Tatay, SJ

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One thought on “Trastorno por Déficit de Espiritualidad

  1. lorenzo says:

    “..te preocupas por muchas cosas” o “…me llamo legión porque somos muchos”….son frases parecidas en contextos diferentes….creo que hay mucha presion ….incluso en el campo….contra la propia vida

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