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Coste de oportunidad

Los economistas hablan del coste de oportunidad para referirse al valor de la mejor opción no realizada. El término fue acuñado por Friedrich von Wieser en 1914 y desde entonces se ha popularizado fuera del ámbito académico de la economía. En un sentido coloquial, el concepto se refiere también a aquello de lo que alguien se priva o renuncia cuando hace una elección o toma una decisión. La renuncia se justifica por el mayor valor asociado a la opción escogida.

Cualquier decisión que tomemos, por pequeña e irrelevante que parezca, tiene un coste de oportunidad. Por ejemplo, ir de vacaciones a un lugar excluye la posibilidad de conocer otros muchos. Aprender a tocar bien un instrumento musical suele hacer muy difícil llegar a dominar otro. Elegir unos estudios implica casi siempre renunciar a otra carrera profesional que también interesaba. En definitiva, una decisión excluye siempre otras muchas posibles y el precio a pagar es el potencial beneficio de las alternativas descartadas. La mayoría de estos costes, sin embargo, pasan desapercibidos y ni siquiera los formulamos en estos términos.

En el ámbito religioso este neologismo no se utiliza. Pero hay un concepto análogo que no resulta extraño al modo de razonar de la economía: el de sacrificio. Un sacrificio implica siempre una transferencia de valor entre aquello a lo que se renuncia y aquello que pretende conseguirse. Un ejemplo extremo es el de los sacrificios humanos propios de las religiones del mundo antiguo. En estos ritos, la sangre de la víctima aplacaba la ira de los dioses, sacrificándose así un gran valor—el de la vida humana—por otro todavía mayor: el restablecimiento del orden cósmico. En la Biblia, este tipo de dinámica aparece insinuada en el relato del sacrificio de Isaac (Gn 22, 1-19).

En la historia de las religiones, los sacrificios humanos fueron desapareciendo para ser sustituidos por animales o por la ofrenda de los primeros frutos de la cosecha (las primicias) u otros objetos valiosos. También en la Biblia encontramos referencias a esta dinámica ritual que hace de la ofrenda y el sacrificio algo central. Tal y como narra el evangelista Lucas: “Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor […] y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: ‘un par de tórtolas o dos pichones’” (Lc 2, 22-24).

Aunque en una etapa posterior estos sacrificios se simplificaron aún más, rechazándose la dimensión cruel y “sangrienta”, todavía hoy es habitual el sacrificio ritual de animales—por ejemplo, en la fiesta del cordero de la religión islámica—así como ofrendas votivas y ofertorios de objetos materiales y de dinero en muchas otras tradiciones religiosas, incluida la cristiana. La dimensión material, sin embargo, ha ido perdiendo fuerza progresivamente, dando paso a una concepción más mística del sacrificio. Uno de los mejores ejemplos de este proceso de “desmaterialización” sería la eucaristía, recuerdo espiritual del sacrificio pascual de Cristo.

Esta evolución no significa que la dinámica sacrificial sea una reliquia histórica en proceso de desaparición. Al contrario, a pesar de las apariencias sigue estando tan presente como siempre ya que es una parte constitutiva del ser humano. La experiencia del sacrificio, más bien, se habría camuflado cambiando su apariencia, mudando su ropaje religioso tradicional. Al fin y al cabo, como nos recuerda la moderna ciencia económica, mucho de lo que hacemos en la vida conlleva algún coste de oportunidad, implica una transferencia de valor, supone un sacrificio.

El término sacrificio, sin embargo, resulta cada vez más extraño, llegando incluso a generar un abierto rechazo. La razón principal es que se ha identificado exclusivamente con la negación de la libertad y de la autonomía personal—valores sacrosantos de nuestra cultura—asociándose exclusivamente a opciones de vida heroicas difícilmente imitables (en el mejor de los casos) o a peligrosas patologías y deformaciones religiosas (en el peor de ellos).

Pero hay que insistir en que, a pesar de las connotaciones históricas y los prejuicios culturales que arrastra la palabra sacrificio, la realidad a la que apunta es consustancial a todo lo que hacemos. Cuando uno piensa en ámbitos tan distintos como el deporte, la música, la investigación o la familia, rápidamente cae en la cuenta de la dinámica sacrificial que existe en todos ellos. Ser un buen atleta, adquirir conocimientos, aprender a tocar un instrumento o formar una familia conlleva muchas renuncias que, paradójicamente, no son formuladas en términos sacrificiales, sino como un ofrecimiento libre y generoso que permite alcanzar un bien mucho mayor.

Llegados a este punto, conviene recordar el origen del término y su sentido originario. La palabra sacrificio proviene del latín sacre (sagrado) y facere (hacer); sacrificar significa, literalmente, hacer sagrado. Un sacrificio es aquello que convierte una realidad en sagrada. El sacrificio, por tanto, no es una negación de la libertad sino un modo de ejercerla de forma plena.

Por eso conviene recuperar el sentido originario del término. No sólo para desvelar su presencia cotidiana y universal, sino también para desvelar y cuestionar los muchos sacrificios que hacemos de forma inconsciente e ingenua a lo largo de nuestras vidas, en forma de peajes que no hemos elegido. Pero conviene recuperar su sentido, sobre todo, para poder ver con mayor claridad el bien mayor por el que valdría la pena sacrificarse.

Para un cristiano, la meditación frecuente de la vida de Cristo es uno de los mejores lugares donde reflexionar sobre el sentido último del sacrificio. En el relato de las tentaciones del desierto se explicitan los tres principales costes de oportunidad del mesianismo escogido por Jesús. Frente a los valores de la riqueza, el prestigio y el poder, se contrapone el bien mayor del Reino de Dios, un Reino de paz y justicia, de vida y de amor.

Pero es en la eucaristía, misterio central de la fe cristiana, donde se manifiesta de forma más plena que el sacrificio entendido como entrega generosa, confiada y agradecida de la vida genera un bien: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).

Nuestras vidas están atravesadas, inevitablemente, por pequeños y grandes sacrificios. Elijamos bien, “como arqueros que apuntan al blanco”, para hacer sagrado sólo aquello que de verdad lo es.

Jaime Tatay, SJ

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One thought on “Coste de oportunidad

  1. religiosasniojesus says:

    Muchas gracias por tu reflexión y actualización del tema sacrificio. Un abrazo

    M. Ángeles Majado

    El sáb., 30 mar. 2019 19:47, sjtatay escribió:

    > Jaime Tatay posted: “Los economistas hablan del coste de oportunidad para > referirse al valor de la mejor opción no realizada. El término fue acuñado > por Friedrich von Wieser en 1914 y desde entonces se ha popularizado fuera > del ámbito académico de la economía. En un sentido c” >

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