Reflexión

Me rindo

En los evangelios hay un personaje principal (Jesús), un nutrido grupo de actores secundarios (María, José, Juan el Bautista, discípulos, familiares y amigos de Jesús, fariseos, sacerdotes) y un conjunto de personajes menores o teloneros que aparecen durante un breve instante para desaparecer definitivamente (por ejemplo, los Reyes Magos, Jairo, la hemorroísa, el centurión romano, el anciano Simeón y la profetisa Ana).

La función de estos últimos en el conjunto de los evangelios es muy diversa: unos conectan con la tradición de Israel, otros suponen un giño al mundo gentil y algunos simplemente ilustran un aspecto de las enseñanzas de Jesús.

En el caso de Simeón y Ana –los ancianos que viven junto al templo y esperan la venida del Mesías– resulta evidente que su función consiste en vincular el nacimiento de Jesús con la promesa judía de la llegada del Mesías.

Pero la entrañable pareja, cuya historia leemos cada año en la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, nos recuerda además algo más importante todavía: cuáles son las actitudes básicas de un creyente ante la venida de Dios.

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Simeón y Ana representan la capacidad para esperar pacientemente a que suceda lo imposible; los dos muestran, además, la necesidad de renunciar a nuestros propios proyectos e ideas para acoger la Buena Noticia; y ambos señalan, por último, que es imprescindible rendirse para que Dios pueda entrar en nuestras vidas.

Estas actitudes quedan recogidas en el conocido Cántico de Simeón o Nunc dimitis:

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

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Simeón, con estas palabras, reconoce públicamente que su espera ha concluido, que ha encontrado definitivamente lo que buscaba, que todo lo que ha vivido cobra sentido. Tras una larga vida entregada a la oración y al estudio de las Escrituras, su búsqueda, su paciencia y su perseverancia han valido la pena y, por fin, se rinde ante la presencia de Jesús.

Tanto Ana como Simeón representan la madurez espiritual de quienes han ido dejando atrás todo para centrarse sólo en lo importante. Al mismo tiempo, expresan también un modo inocente y desarmado –infantil incluso– de vivir la fe. La fe de la Navidad, el tipo de fe que se despoja de argumentos, plazos y seguridades para dejar que Dios entre cuando lo crea oportuno.

La imagen de la rendición y de la fortaleza interior son motivos recurrentes en la Biblia y en la literatura mística. Los salmos están llenos de referencias a esta temática. “Refugio mío y fortaleza mía, mi Dios, en quien confío”, dice el salmista, “tú eres mi roca y mi castillo”. Santa Teresa de Jesús, haciéndose eco de la tradición sapiencial, habla también, en una de sus obras más conocidas, de las moradas del castillo interior.

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San Ignacio de Loyola, contemporáneo de Teresa, no utiliza estas expresiones, aunque la historia de su conversión religiosa y su vida entera puede entenderse como un largo proceso de rendición del propio castillo interior. De hecho, el punto de inflexión en su vida espiritual tuvo lugar, precisamente, durante la rendición de la ciudadela de Pamplona. Rodeado por las tropas francesas y herido por un cañonazo, Ignacio –que en aquella ocasión era el militar al cargo de la defensa de la plaza– no tuvo más remedio que izar la bandera blanca.

Pero la claudicación militar será seguida, con el paso del tiempo, por otras muchas. La entrega de la ciudadela fue la antesala de la rendición de las múltiples moradas de su fortaleza interior. Ignacio se desarmará progresivamente y abandonará sus pretensiones caballerescas, sus ideales de cortesano, sus deseos de permanecer en Tierra Santa y hasta sus recurrentes escrúpulos religiosos.

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Sólo entonces, tras purificar su experiencia espiritual y su seguimiento de Cristo a lo largo de muchos años –tras múltiples fracasos y varios intentos fallidos de conformar una comunidad, tras ser perseguido por la Inquisición y tras ser abandonado por sus primeros seguidores– Ignacio logra escribir los Ejercicios Espirituales, atraer a un grupo de hombres a su modo de vida y conseguir la aprobación de la Compañía de Jesús.

En ese momento, al final de su vida, el viejo Ignacio se asemeja al anciano Simeón y a la anciana Ana. Es entonces cuando, rendido ante la voluntad de Dios y despojado de toda falsa pretensión espiritual, pronuncia su particular Nunc dimitis. Y es entonces cuando el Espíritu Santo entra definitivamente en su fortaleza interior y se instala en ella.

Según cuenta en su autobiografía, al final de su vida Ignacio podía encontrar a Dios en cualquier lugar y con gran facilidad. Fruto de la intensa consolación espiritual que experimentaba, lloraba con tanta frecuencia que llegó al punto de hacerse daño en los ojos (el conocido don de lágrimas). Rendido ante la constante irrupción de Dios, no tenía palabras para expresar su inefable presencia.

Simeón, Ana, Teresa e Ignacio, por tanto, nos muestran, cada uno a su manera, caminos de crecimiento espiritual que pasan, todos ellos, por la sencillez, la perseverancia y la rendición. Caminos que conducen a la claudicación de los propios planes, las propias ideas y hasta las propias imágenes de Dios.

Aunque los cuatro son personajes marginales en la historia de la salvación, los cuatro reflejan rasgos característicos de la vida cristiana. Los cuatro nos muestran la importancia de vaciarnos y rendirnos para dejar entrar a Dios.

“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”, dice Pablo en la segunda carta a los Corintios. Y no le falta razón, porque Dios sólo entra cuando bajo las defensas, izo la bandera blanca y abro la puerta. Cuando, por fin, digo: “me rindo”.

Jaime Tatay, SJ

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