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La sabina de Villamayor y las parábolas del Reino

Hace años tuve la suerte de visitar la sabina de Villamayor, un árbol centenario y singular situado a muy pocos kilómetros de la ciudad de Zaragoza. De lejos parece un árbol más, pero cuando uno se acerca y conoce su historia descubre que es único.

Es una especie de náufrago. Una de las pocas supervivientes de la época en la que su especie dominaba la parte más árida de la cuenca media del río Ebro (la región conocida como los Monegros o Montes Negros, debido al color verde oscuro de la sabina).

El hacha del leñador y el arado del agricultor fueron arrinconando la sabina albar o sabina vera (Juniperus thurifera) en los lindes de los campos y en las zonas más innacesibles. Su excelente madera, casi imputrescible, se utilizaba en la construcción hasta hace poco. Hoy día está protegida y debido al abandono de muchos cultivos marginales de secano y a la estabulación del ganado va recuperando, muy lentamente, el territorio perdido.

Si alguna especie arbórea en estas latitudes simboliza la tenacidad y la capacidad de resistencia ante condiciones extremas de temperatura, aridez y pobreza de suelos, esa especie es la sabina. Quizás por ello es uno de mis árboles favoritos.

Sabina Villamayor

La sabina no es el árbol frondoso, plantado junto a la acequia, que produce frutos a su hora –ese árbol del que habla el salmista–. Al contrario, no cambia de color con las estaciones ni da frutos comestibles. Tampoco posee una flor vistosa y atractiva, pues es una gimnosperma. La sabina no tiene nada de todo eso.

Sin embargo, lo poco que tiene lo ofrece: sus ramas son refugio para los pájaros, sus raíces y su copa protegen el suelo desnudo de la erosión, su sombra ofrece alivio al caminante acalorado, su perfil enriquece el monótono horizonte estuario del valle del Ebro.

No tiene mucho, pero lo que tiene lo da. Ella cumpliría –de haberla conocido Jesús– los requisitos para ser incluida entre las parábola del Reino.

Porque la clave de la vida no consiste tanto en preguntarse cuánto se me ha dado, sino qué hago con lo que se me dió. La sabina recibió poco, muy poco, pero lo da todo. Y esta es una de las llaves que abren la puerta del Reino de Dios.

La sabina albar de Villamayor está al nivel de la mostaza, de la levadura, de la perla y del tesoro escondido. Un tesoro escondido en un barranco anónimo, perdido y reseco, a muy pocos kilómetros de Zaragoza.

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