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Coeficiente de esbeltez

El coeficiente de esbeltez de un árbol es la relación entre la altura y el diámetro en la base. Cuanto más esbelto es el árbol que crece en medio del bosque, más posibilidad tiene de alcanzar el dosel y recibir la luz directa del sol. Pero también más peligro de ser derribado por un vendaval y romperse.

La esbeltez, por tanto, es una delicada negociación entre dos dimensiones fundamentales para la vida vegetal. Y un arma de doble filo. Permite disfrutar de los beneficios de llegar primero y, al mismo tiempo, expone al riesgo de ir demasiado rápido y elevarse sin tener un anclaje sólido. Este tipo de dilema que observamos en el mundo vegetal lo enfrenta —de un modo u otro— toda forma de vida. También los seres humanos.

Las personas descubrimos durante nuestro crecimiento, a menudo de forma dolorosa, que el desequilibrio entre aspectos importantes de nuestra existencia conlleva negociaciones y riesgos. Esa experiencia universal la hemos recogido en dichos, refranes y expresiones coloquiales: “Torres más altas han caído”; “cuanto más alta es la subida, más dura es la caída”; “quien mucho abarca, poco aprieta”, “no por mucho madrugar amanece más temprano”. 

La vida tiene un ritmo, una proporción y un equilibro que conviene descubrir, como nos recuerda la sabiduría popular. De no hacerlo, las consecuencias pueden ser graves.

En la Biblia, el deseo de elevarse y alcanzar el conocimiento del bien y del mal (reservado a Dios), lleva al fatal desenlace que nos narra el Génesis: la expulsión del Edén. Más adelante, la historia de Babel podría considerarse otro antecedente bíblico de esta misma intuición, aunque expresada en términos colectivos. El empeño por exceder los límites y alcanzar el cielo, simbolizado en la construcción de una torre, es signo de soberbia y será igualmente castigado.

La lección de ambos pasajes es clara. Sobredimensionar un deseo —alcanzar el cielo o el conocimiento absoluto— y transgredir los límites conduce al colapso, la ruptura y la dispersión de la humanidad.

En este sentido, las palabras de Pablo a los Efesios adquieren un significado especial. Cuando invita a “comprender, con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo” (Ef 3, 18), ¿no está acaso pidiendo que prestemos atención a varias dimensiones, que no prioricemos solo una? Y al hacerlo, pone como modelo al propio Jesús. Porque el amor de Jesús no se centraba solo en un aspecto humano o seleccionaba un grupo particular de personas: lo abarcaba todo, lo abrazaba todo y alcanzaba a todos. 

La intuición bíblica, de nuevo, es clara. Nuestra vida está llamada, como la de Cristo, a ser plena, no plana; multidimensional, no unidimensional.

En 1964, el pensador Herbert Marcuse publicó un libro titulado El hombre unidimensional. En su crítica al marxismo y al capitalismo, Marcuse afirmaba que ambos sistemas habían generado un universo «unidimensional» de pensamiento y comportamiento, caracterizado por sujetos con «encefalograma plano».

Como les sucede a los «arboles unidimensionales» –aquellos que invierten de forma casi exclusiva en la altura—, cuando los seres humanos nos centramos en un solo aspecto de la vida nos volvemos superficiales, sin raíces, «personas unidimensionales» con un coeficiente de esbeltez excesivo que nos deforma, nos hace vulnerables y nos vuelve más frágiles.

Frente a este peligro, contemplar la plenitud del amor de Dios —su anchuralongitudprofundidad y altura— puede servir de antídoto. Nos puede ayudar a ser personas más plenas, más sólidas, más consistentes.

Dicho con las palabras que el pensamiento social cristiano desarrollará siglos después, se trata de promover un desarrollo humano integral. Un tipo de desarrollo que toma en consideración la complejidad del ser humano y no se fija solo en sus necesidades básicas y materiales, sino también en sus relaciones y sus aspiraciones estéticas, simbólicas y espirituales. Una persona plena es aquella que cultiva la profundidad y la anchura, no solo la longitud y la altura.

Y esta intuición sirve también para iluminar nuestra relación con los demás. La educación de los hijos, el cultivo de la amistad o la relación de pareja corren el mismo riesgo de tornarse frágiles cuando se centran en una única dimensión, descuidando el resto.

Por ejemplo, cuando unos padres proyectan sobre un hijo el sueño que ellos no pudieron alcanzar, forzándole a que sea él o ella quien lo cumpla; o cuando una pareja empobrece su comunicación, reduciéndola a un mínimo; o cuando una amistad gira solo en torno a un aspecto lúdico, perdiendo profundidad. En todos esos casos se corre el riesgo de olvidar otras dimensiones importantes. Y al hacerlo, la relación se deforma, se torna excesivamente esbelta e inestable, pudiéndose quebrar.

El papa Francisco, como pastor de la Iglesia, ha expresado una preocupación similar al advertirnos del peligro de una «Iglesia autorreferencial». Una Iglesia encerrada, que mira solo su propia imagen. Se trata, en palabras del obispo de Roma, de una especie de narcisismo de grupo que convierte a la comunidad cristiana —como le sucedió a aquella mujer del Evangelio— en una institución deformada, curvada sobre sí misma.

La creación, la experiencia humana y la sabiduría de las escrituras nos enseñan a educar nuestra mirada. Nos invitan a contemplar la realidad de forma plena —poliédrica o multidimensional— y así percibir en toda su riqueza cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Dios. 

Si obramos así, podremos evitar el exceso de esbeltez y aprenderemos a amar con la plenitud para la que hemos sido creados.

Jaime Tatay, SJ

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Hombros de gigante, pasos de enano

“Si he podido ver más allá es porque me encaramé a hombros de gigantes”, escribió el físico y matemático Isaac Newton.

El origen de esta frase es discutido, y parece que hay versiones similares anteriores. En cualquier caso, la idea principal que Newton quería transmitir es que la ciencia avanza por medio de grandes personajes –“gigantes”– que nos han permitido auparnos, subiéndonos a sus espaldas, para ampliar así el horizonte del conocimiento.

La historia de la religión, como la de la ciencia, podría interpretarse también como un ascenso progresivo. Igual que los científicos, los grandes fundadores religiosos serían las atalayas que han permitido a la humanidad ver con más claridad y expandir su horizonte espiritual.

Ciertamente la teología de las religiones monoteístas adopta este esquema: el de la revelación progresiva. Según esta interpretación de la historia sagrada, diversos mensajeros (ángeles, profetas y maestros) anuncian o “prefiguran” la llegada final de un rey, un mesías o un último profeta. La cumbre definitiva.

En el cristianismo, Jesús se presenta como “el nuevo” y definitivo enviado, el Mesías, el Hijo de Dios. Por ejemplo, cuando dice a un grupo de fariseos: “Los hombres de Nínive …  se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón” (Mt 12, 41-42).

Jesús, es más que Juan el Bautista, más que Jonás y más que Salomón. Jesús sube a sus hombros, se eleva sobre ellos. Por eso representa, para los cristianos, la revelación definitiva, la cumbre más alta a la que podemos ascender.

Aunque esta interpretación de la historia de la ciencia y de la religión como revelaciónprogresiva no es incompatible con otra comprensión más incremental y discreta del conocimiento humano y de la manifestación del misterio de Dios. Cabría otra explicación que tiene en consideración no solo a los “gigantes”, sino también a los “enanos”, a la infinitud de personas anónimas y discretas que han hecho posible el avance de la ciencia y la transmisión de la fe.

En este sentido, los historiadores y los filósofos de la ciencia han dejado claro en las últimas décadas que no solo se precisa de genios, sino también de instituciones y estructuras que posibilitan los avances académicos y la emergencia de equipos de investigación potentes.

De un modo similar, en boca de Jesús encontramos referencias a muchos de los (aparentemente) insignificantes personajes que, sin embargo, resultan fundamentales para comprender el modo de ser del Dios cristiano y la verdadera actitud de un creyente. Ellos y ellas constituyen la infraestructura religiosa; son quienes posibilitan la transmisión y la maduración de la fe.

Por ejemplo, el papel de los pastores en la comprensión cristiana de la revelación resulta muy llamativa. Eran hombres cuyo testimonio no contaba en un juicio. Eran personas impuras que trataban con animales. Sin embargo, a pesar de ello, son los primeros en recibir la noticia de la venida del Mesías y los primeros en reconocerle y adorarle.

Otra historia esclarecedora es la de aquella –también anónima– mujer que, en el Templo de Jerusalén, ofrece limosna y a la que Jesús pone como modelo de creyente: “Alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo: «En verdad os digo que esa pobre viuda ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir»” (Lc 21, 1-4).

En definitiva, junto a patriarcas, jueces, profetas, sabios y reyes –los “gigantes” de la historia de la salvación— la Sagrada Escritura nos presenta, como si de un díptico se tratase, a innumerables “enanos”, personajes sin los que la interpretación de la historia de la salvación resultaría incompleta. Los necesitamos a todos.

Esta constatación supone que, en nuestra vida espiritual, estamos llamados a cuidar ambas dimensiones, a tener una mirada amplia y panorámica —contemplando los grandes personajes de la Biblia— dando al mismo tiempo pasos cortos —imitando la fe sencilla de tantos creyentes—.

La experiencia de la resurrección que revivimos cada Pascua requiere de ambas actitudes para poder ser captada. El ejemplo más claro lo encontramos en el relato de Emaús que nos narra el evangelista Lucas, cuando los discípulos, abatidos, se encuentran con aquel extraño peregrino que resultará ser el mismísimo Jesús.

La conversación durante el camino consistió en recorrer la historia de la salvación, la línea de cumbres que trazan los grandes personajes bíblicos. Para subir a sus hombros y ver con más claridad: “Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras”.

Ahora bien, ese ejercicio panorámico sólo se completa cuando Jesús, al ser invitado a cenar, bendice y parte el pan. Ese pequeño y sencillo gesto es el que abre el entendimiento de aquellos hombres y les ayuda a captar y experimentar la resurrección. “Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

Los discípulos de Emaús y nosotros no somos muy distintos. Estamos hechos de la misma pasta. Hoy, como ayer, necesitamos encaramarnos a lo alto y otear el horizonte, para bajar luego al llano y continuar el camino. Necesitamos subirnos a hombros de gigantes y dar pasos de enanos.

Ese doble ejercicio es el que nos permitirá vivir y creer plenamente.

Jaime Tatay, SJ

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La imitación de Dios

Cada vez estamos más acostumbrados a las actualizaciones periódicas de nuestros dispositivos electrónicos. Ya sean ordenadores, tablets o móviles, todos necesitan ser puestos al día y configurados con las últimas aplicaciones y mejoras del sistema operativo. Las actualizaciones son como un proceso de mantenimiento permanente; ya no hace falta llevar el aparato a un técnico, con una conexión inalámbrica podemos hacerlo en cualquier lugar.

En el tiempo pascual, cuando celebramos la resurrección de Jesucristo, la Iglesia nos invita durante cincuenta días a actualizarnos y configurar nuestro sistema operativo cristiano para que se parezca, cada vez más, al de Cristo. Es una especie de recordatorio programado en el año litúrgico que se activa al inicio de la Cuaresma, cuando se nos dice: “Polvo eres y en polvo te convertirás. Conviértete y cree en el evangelio”. A partir de ese momento, empieza un periodo de actualización, reconfiguración o conversión en tres etapas: la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua de resurrección.

Pero a diferencia de los aparatos electrónicos, para convertirse no basta con tener una conexión wifi a mano y darle a un botón. No es tan sencillo. Para configurarnos con Cristo, para actualizar nuestra relación personal con Él, tenemos que implicarnos personalmente y convertirnos en los operarios del duro y costoso trabajo de transformación personal. Ninguna máquina puede hacerlo por nosotros.

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Cristomímesis

La conversión, para el cristiano, es el horizonte de la vida espiritual, un proceso que no termina nunca y en el que tratamos (torpemente) de imitar y parecernos, cada vez más, a Cristo (sabiendo que nunca lo conseguiremos). Ese proceso lo podríamos llamar “Cristomímesis”. La herramienta que se utiliza para este proceso no consiste en la descarga de una nueva aplicación o una actualización del sistema operativo. Consiste, como su nombre indica, en la imitación.

De hecho, no es casual que uno de los libros de lectura espiritual más populares durante siglos se titulase, precisamente, La imitación de Cristo. Imitar a Cristo, meditar sus palabras, imaginar su vida, reproducir sus gestos y aprender de sus respuestas era el modo tradicional de “actualizar” la fe para ir conformándola a la de Cristo. Los ejercicios espirituales de San Ignacio pretenden lo mismo. Mediante la contemplación de los misterios de su vida, usando la imaginación, el ejercitante va asimilando el modo de ser de Cristo, “para más amarle y seguirle”, para ser otro Cristo.

Es cierto que hoy día la palabra imitación nos suena un tanto desfasada. ¿Cómo voy yo a imitar a alguien?, nos preguntamos, eso lo hacen los niños, pero no los adultos. Al fin y al cabo somos hijos de la ilustración, somos libres y tenemos criterio propio, ¿por qué imitar entonces? Conviene no olvidar que, en cuestiones de fe, recorremos el camino de los muchos que nos precedieron y, por decirlo con lenguaje popular, “no hay mucho que inventar”. Un ejemplo traído de otro ámbito puede ayudar a entender por qué la imitación sigue teniendo un gran valor.

Biomímesis

Al hablar de imitación, siempre me viene a la cabeza un término que se popularizó hace unos años: biomímesis. Es una palabra que procede del ámbito académico y se refiere a la ciencia que estudia la naturaleza como fuente de inspiración para desarrollar nuevas tecnologías y solucionar así problemas humanos que la naturaleza ya ha resuelto hace tiempo.

Por ejemplo, la cabeza tractora de los trenes AVE, cuyo perfil aerodinámico imita la forma de la cabeza de cierta especie de patos, disminuye la fricción a alta velocidad. Otro ejemplo: las columnas de la Sagrada Familia diseñadas por Gaudí, que imitan el tronco y las ramas de los árboles, resuelven un problema de construcción ofreciendo una solución funcional y bella al mismo tiempo. Resulta que la naturaleza ya “resolvió” hace miles de años problemas con los que ahora nos tropezamos, ¿por qué no imitarla?

La palabra imitar, por tanto, aunque hoy nos parezca anticuada, resulta que ha vuelto con fuerza. Y esa vuelta es válida también para las cuestiones de fe.

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Teomímesis

Ahora bien –y aquí viene la última palabra rara de esta reflexión– si somos capaces de imitar la naturaleza y de imitar la vida de Jesús, ¿podemos también tratar de imitar a Dios mismo?, ¿podemos ejercitar algo así como la “teomímesis”, la imitación de Dios?, ¿o es ésta acaso una pretensión excesiva?

La respuesta es que no, que no lo es. Es legítimo tratar de imitar a Dios –sabiendo, eso sí, que no somos Dios ni lo vamos a ser nunca–. Al menos así se deduce de algunas invitaciones explícitas de Jesús, el gran imitador del Padre: “sed buenos como vuestro Padre del cielo es bueno” o “amaos los unos a los otros como yo os he amado” o “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Todas son ejemplos de la invitación de Jesús a ser como Dios. 

Dicho de otro modo, Jesús nos invita a reproducir en nuestras vidas la bondad, el amor y el perdón de Dios, nos invita a imitar a Dios, nos invita a la “teomímesis”. Y esto el lógico, porque el propio Dios, al final del relato de la creación, afirmó: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. De ahí que el hombre sea capax Dei (capaz de Dios) y no resulte tan descabellado que trate de parecerse a quien le creó –ser cada vez más su imagen y semejanza.

Un cristiano busca configurarse con el misterio de Dios hecho hombre. Porque en ese misterio estamos reflejados cada uno de nosotros. Mirando a Cristo, aclaramos el sentido de nuestra propia existencia, el misterio de nuestra vida, muerte y resurrección. Imitando a Dios nos configuramos con el Dios hecho hombre que es Jesús y así realizamos nuestra vocación más plena: ser otro Cristo. 

No desperdiciemos la oportunidad: actualicemos nuestra fe, configurémonos con Cristo, imitemos a Dios.

Jaime Tatay, SJ

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Símbolos de resurrección

En la primavera de 1986, el reactor número 4 de Chernóbil se incendió y explotó, enviando un penacho de radiación atómica a la atmósfera. La catástrofe obligó a más de 100.000 personas a abandonar sus hogares. Inmediatamente se creó una zona de exclusión de un radio de 30 kilómetros alrededor del reactor, dejando vacías dos grandes ciudades, así como más de 100 pueblos y multitud de granjas.

Mucha gente piensa que la zona que rodea la central nuclear de Chernóbil es hoy un escenario post-apocalíptico, un lugar desolado y muerto. Sin embargo, más de 30 años después de la explosión que provocó el peor accidente nuclear de la historia, la ciencia nos dice algo muy diferente.

De hecho, la mayor parte de la radioactividad liberada por el reactor se descompuso rápidamente. Al cabo de un mes, sólo quedaba un pequeño porcentaje de la contaminación inicial y, después de un año, se redujo a menos del 1%.

Los investigadores han descubierto también que el terreno que rodea la central, que ha estado prácticamente vedado a los humanos desde hace más de tres décadas, se ha convertido en un refugio para la fauna, con bisontes, alces, ciervos, caballos, jabalíes, lobos, linces, cigüeñas negras y otros animales que habitan en los espesos bosques circundantes.

La llamada Zona de Exclusión de Chernóbil (ZEC), que abarca 2.800 km2 en el norte de Ucrania, representa ahora la tercera reserva natural más grande de Europa continental y se ha convertido en un experimento icónico —aunque accidental y trágico en su origen— de “vuelta a un estado silvestre” (rewilding, en inglés).

Pripyat, Chernobyl

Sergiy Zibtsev, experto en silvicultura de la Universidad Nacional de Ciencias de la Vida y el Medio Ambiente de Ucrania, afirma que es irónico que haya sido necesario un accidente nuclear para crear un ecosistema forestal más rico en la ZEC: “Las plantaciones de pinos que había en 1986 han dado paso a bosques primarios más biodiversos, más resistentes al cambio climático y a los incendios forestales, más capaces de secuestrar carbono”, sostiene el técnico.

La ZEC es un ejemplo fascinante del poder de la naturaleza para recuperarse de la degradación. Otro ejemplo similar es el del antiguo Telón de Acero que dividió Europa en dos partes enfrentadas. Durante décadas, esa franja de tierra fuertemente militarizada dividió el Este y el Oeste del continente. Hasta 1989, como si de una larga y profunda herida se tratase, atravesaba Alemania y los Balcanes llegando al Mar Negro y al Adriático. En el norte de Europa, existe todavía entre Finlandia y Rusia. 

Para las personas, el Telón de Acero fue durante décadas una barrera impenetrable. Pero, para la naturaleza, se convirtió en una magnífica oportunidad, en una zona libre de la ocupación humana. Precisamente allí donde el alambre de espino, las torres de vigilancia y los campos de minas dividían Europa, se desarrolló un hábitat ecológico libre de interferencias a lo largo de 12.500 km de frontera. Durante sus cuarenta años de existencia, el Telón de Acero no permitió ninguna actividad humana, ningún desarrollo, ofreciendo al mismo tiempo un refugio único e inesperado para las especies animales y la flora en peligro de extinción. 

Por eso, hoy se encuentran repartidos a lo largo de esa larga franja, como si de un collar de perlas naturales se tratase, bosques y pantanos en un magnífico estado de conservación, multitud de paisajes ricos en especies, así como cordilleras salvajes y corredores fluviales como apenas pueden encontrarse en ningún otro lugar de Europa. 

El bautizado como Cinturón Verde Europeo es otro de los grandes experimentos contemporáneos –tampoco intencionado— de vuelta a un estado silvestre. Al igual que ha sucedido en Ucrania, este corredor natural está proporcionando valiosos hábitats para lobos, osos, linces, águilas y numerosas aves migratorias. Hoy, el proyecto implica a 24 países, 49 parques nacionales, más de 7.000 zonas protegidas y se beneficia de fondos europeos específicos como el Programa Transnacional del Danubio y el Programa Life.

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Memorial al Telón de Acero (Eslovaquia)

Como europeo, me resulta casi inevitable asociar estos dramáticos ejemplos de nuestra historia con la experiencia central de la fe cristiana. Los paralelismos son muchos: Allí donde se sembró la destrucción y la muerte, ha resurgido con fuerza la vida y la esperanza. Allí donde se instaló la división y el enfrentamiento, se ha dado paso a la unión y al entendimiento. Como si de un Pentecostés de la Creación se tratase, el espíritu de la reconciliación ha transformado el miedo en paz, la degradación en restauración, la muerte en resurrección.

Las palabras del profeta Isaías resuenan en esta historia con una fuerza especial:

De las espadas forjarán arados,

de las lanzas, podaderas.

No alzará la espada pueblo contra pueblo,

no se adiestrarán para la guerra.

A la luz de la restauración ecológica resuenan también muchas de las parábolas y mensajes de Jesús. Resulta casi evidente que el maestro de Nazaret escogiese en tantas ocasiones ejemplos del mundo de la naturaleza para describir el sentido de su misión, el sentido del Reino de Dios y el sentido de su vida. La semilla enterrada, el lento y oculto crecimiento vegetal, el fruto que se multiplica inesperadamente: todas estas metáforas expresan la centralidad de la esperanza y la experiencia de la resurrección. 

En todos los casos, sin embargo, la paciencia resulta imprescindible. Porque cualquier proyecto de restauración ecológica demanda tiempo, normalmente décadas, para ver el resultado. La germinación de la semilla, el crecimiento de la planta y la producción de fruto también requieren del tiempo. Y la resurrección solo puede captarse en el transcurrir, “al tercer día”, echando la vista atrás. 

Todas las heridas —las que marcan la historia de los pueblos, la geografía física y la propia creación— demandan tiempo para transformarse en cicatrices. Cicatrices que nos recuerdan el dolor pasado, pero que pueden convertirse en símbolos de esperanza. Símbolos de resurrección.

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

El evangelio de la simplicidad voluntaria

A lo largo de la historia, la mayoría de tradiciones religiosas han propuesto a sus seguidores vivir de un modo sencillo y sobrio, rechazando la avaricia, la usura y el materialismo. La razón principal de este consenso no es un rechazo al bienestar y a la riqueza (que es considerada, casi siempre, una bendición) sino una constatación tan simple como evidente: cuanto más tiempo y energías invertimos en alcanzar fines materiales, de menos disponemos para los aspectos inmateriales y relacionales de la vida, incluidos los espirituales.

La crítica al consumo excesivo y a la acumulación material atraviesa la tradición cristiana llegando hasta nuestros días. Recientemente, el Papa Francisco ha popularizado la expresión cultura del descarte, poniendo en relación la dimensión material y humana de una cultura que “usa y tira” a las personas y a la naturaleza. Con esta expresión, Francisco subraya la dimensión social de la tradicional crítica religiosa al materialismo introduciendo al mismo tiempo la preocupación por el medioambiente como una cuestión moral.

Las raíces históricas de la distorsión cultural a la que apunta Francisco son múltiples y desbordan el objeto de esta breve reflexión. Pero resulta oportuno recordar al menos uno de los motivos principales que hacen que una sociedad entre en la triple dinámica de degradación espiritual, social y ecológica.

Una convicción básica común a las tres grandes religiones bíblicas afirma que el ser humano se desorienta con facilidad y su corazón no se centra en lo más valioso, en aquello que le enriquece, crea vínculos profundos y da sentido a su existencia. Tradicionalmente, a esta ruptura en la tradición cristiana se le ha denominado pecado o mysterium iniquitatis.

Debido a esta distorsión, el creyente es invitado a cambiar de dirección y a volver, una y otra vez, a lo importante, dejando a un lado aquello que le estorba, incluidas las excesivas propiedades materiales.

Tanto es así que la llamada a una re-orientación radical de las motivaciones y los fines últimos de la vida constituye el mensaje central de la predicación de Jesús. Sus primeras palabras, en el evangelio de Marcos, son: “conviértete y cree en la buena noticia”.

Pero, ¿qué puede significar hoy día convertirse y creer en la buena noticia? Estos dos términos han sido interpretados de muy diversos modos a lo largo del tiempo y siguen siendo objeto de discusión para exegetas, teólogos, pastores y creyentes. La pregunta, sin embargo, desborda el marco del cristianismo –e incluso el de las religiones– y se introduce, desvestida de su ropaje confesional, en algunos debates seculares contemporáneos que han ido cobrando fuerza en las últimas décadas.

Así se pone de manifiesto en las propuestas académicas y los movimientos sociales que propugnan abiertamente –aunque sin hacer referencia a ninguna tradición espiritual– una necesaria conversión hacia estilos de vida austeros, frugales y sobrios, hacia una nueva simplicidad voluntaria.

Dos de estos movimientos seculares, provenientes del mundo anglosajón, resultan significativos por su sintonía con el tradicional mensaje religioso y por ensalzar el denostado valor de la ascesis. Se trata del Simplicity Institute (Instituto de la Simplicidad) y una pareja de jóvenes norteamericanos autodenominada The Minimalists (Los Minimalistas) que invita a simplificar la vida reduciendo el nivel de consumo y la cantidad de posesiones materiales con el fin de conseguir una mayor plenitud existencial.

Las procedencias y motivaciones de estos dos grupos son diversas, pero ambos coinciden en la búsqueda de una vida armónica y plena, en la necesidad de aceptar los límites ambientales de un planeta que no puede soportar un consumo ilimitado, en la conciencia de que los más pobres pagan los platos rotos del despilfarro y en el celo misionero por transmitir su particular evangelio de la simplicidad voluntaria.

El mensaje de estos nuevos predicadores seculares contrasta poderosa y paradójicamente con el de otros predicadores pentecostales y evangélicos contemporáneos que, en las últimas décadas, han divulgado con gran éxito el llamado evangelio de la prosperidad. La expresión se remonta al artículo del industrialista y multimillonario Andrew Carnegie, The Gospel of Wealth (1889). Con un sentido algo distinto del de Carnegie, los proponentes de la nueva interpretación afirman que el bienestar físico y la riqueza económica son siempre voluntad de Dios. La fe, el pensamiento positivo y las donaciones a causas religiosas a la larga aumentan la riqueza material. De ahí que los predicadores del evangelio de la prosperidad animen a sus fieles, inspirándose en algunos textos bíblicos, a orar e incluso a exigir a Dios la riqueza material.

Aunque no hay necesidad de entrar en el interesante debate teológico que se esconde tras la propuesta del evangelio de la prosperidad y su vinculación con el auge de las iglesias evangélicas y pentecostales que lo han divulgado con gran éxito (sobre todo en países en vías desarrollo), sí merece la pena contrastar su mensaje con el del –en apariencia tan secular– evangelio de la simplicidad voluntaria para descubrir que a menudo, en cuestiones religiosas, las apariencias engañan.

Engañan porque no queda nada claro cuál es el límite entre lo secular y lo religioso y quién, bajo un lenguaje y un ropaje espiritual, trata de vender (nunca mejor dicho) la moto del materialismo. Quizás debamos escuchar con atención otras voces que, desde los lugares más inesperados, usan palabras nuevas para indicarnos caminos recorridos desde muy antiguo.

Antonio Machado escribió: “a distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una”. Quizás el gran poeta andaluz presagiaba ya la urgencia del discernimiento espiritual y la necesidad de una nueva ascesis en el modo contemporáneo de vivir la fe.

En cualquier caso, no está de más prestar atención a toda palabra que hoy establezca puentes, ofrezca una mirada fresca y proponga redescubrir el evangelio de modo nuevo. Toda palabra que invite a la conversión, a la simplicidad voluntaria y a la buena noticia –venga de donde venga– es bienvenida.

 

Jaime Tatay, SJ

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Masa crítica

La física de partículas dio un gran salto en el siglo XX cuando descubrió que es posible iniciar una reacción atómica en cadena capaz de liberar una enorme cantidad de energía. Toda esa energía—como ha sucedido siempre que se ha producido un desarrollo tecnológico—puede ser utilizada bien o mal; para generar electricidad en una central nuclear o para fabricar una bomba atómica. Ahora bien, en cualquier caso, iniciar la reacción en cadena requiere conseguir un mínimo de uranio enriquecido, la “masa crítica” imprescindible.

Las ciencias sociales, por otro lado, han mostrado recientemente que las protestas no violentas son el doble de efectivas a la hora de conseguir un cambio social que aquellas que recurren a la fuerza. Sin embargo, aunque su eficacia está de sobras demostrada, para que este tipo de estrategias prosperen es necesario—como sucede con las reacciones nucleares—atravesar un “umbral crítico”. Los sociólogos que han estudiado estos fenómenos estiman que, para que se den estos procesos de transformación, se requiere involucrar al menos a un 3,5% de la población.

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Otros estudios de carácter histórico revelan que a lo largo de la historia se han generado en unos pocos enclaves geográficos las condiciones idóneas para una gran creatividad intelectual, artística, empresarial o tecnológica. La Atenas de la Academia, la Florencia de los Medici o el actual Silicon Valley de California serían ejemplos de lugares en los que una compleja combinación de factores ha iniciado transformaciones culturales profundas. Aunque no se han podido identificar todos esos factores, ni se ha podido estimar exactamente la combinación y la cantidad que se precisa de cada uno de ellos, sí que hay indicadores claros de la necesidad de alcanzar un mínimo de condiciones —sociales, económicas, institucionales y políticas— que hacen posible la emergencia de estos hubs de innovación.

En definitiva, podríamos afirmar de una forma quizás un tanto apresurada que para que se inicien procesos de transformación —ya sean estos sociales, culturales, económicos o físicos— hace falta un mínimo de personas, de ideas, de instituciones o de uranio enriquecido. En todos los casos es preciso atravesar un umbral que conducirá a una nueva situación.

Atendiendo a la historia de las religiones, podríamos también formular una pregunta similar a la planteada en otros ámbitos de la experiencia humana: ¿Qué condiciones se han dado para que un movimiento carismático liderado por un innovador religioso —Abraham, Moisés, Buda, Jesús o Mahoma— y un pequeño grupo de seguidores se convierta en una religión universal? ¿Y cuántas personas hacen falta para que se inicie una transformación espiritual de gran calado?

En el caso del cristianismo, tanto los Evangelios como los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo nos dan algunas pistas al respecto. Conviene recordar que ninguno de los autores de estos libros—Marcos, Mateo, Lucas, Juan y Pablo—escribió con las mismas intenciones, ni con los mismos métodos, ni con los mismos intereses que los modernos sociólogos de la religión. Sin embargo, todos describieron el proceso de formación del grupo que transmitió el mensaje de Jesús, iniciando la transformación cultural que condujo finalmente a la conversión del cristianismo en una religión universal.

Los diversos relatos de “la llamada de los doce” son testimonios de la formación de la primera comunidad cristiana. Según la narración de Marcos y Mateo, Jesús llama a seis pescadores que, “al instante, dejando la barca y a su padre, lo siguieron” (Mt 4, 22). El relato de Lucas narra de forma más detallada el acercamiento al grupo de pescadores, de un modo más cercano a lo que probablemente sucedió en la realidad. Es solo tras la convivencia con Jesús y, sobre todo, tras la pesca milagrosa junto al lago, cuando Pedro y sus compañeros confiesan “sobrecogidos de espanto ante la pesca realizada” (Lc 5,9) su condición de pecadores y deciden seguirle. En este relato, de nuevo, percibimos un proceso de transformación progresiva de los discípulos, que se acelera tras atravesar un particular umbral—la pesca milagrosa.

Ahora bien, este pequeño grupo no constituía ni mucho menos el 3,5% de la población de Israel, el porcentaje mínimo que los modernos estudios de sociología señalan como el porcentaje necesario para que un movimiento de reforma no violento prospere y llegue a buen puerto. Pero no podemos obviar que el número de seguidores y personas transformadas por la acción de Jesús no se limitó al grupo de los doce. Durante su vida apostólica, el predicador de Nazaret obró numerosos milagros por medio de sus palabras y de sus acciones prodigiosas. De este modo, dejó a su paso un auténtico reguero de personas transformadas que, a su vez, es probable que transmitiesen su propia experiencia y su fe en el profeta y rabino de Galilea.

Ejemplos de estos encuentros hay muchos en los evangelios. Por ejemplo, tras curar a un leproso anónimo, y a pesar de pedirle Jesús expresamente “no se lo digas a nadie”, Lucas afirma que “su fama se extendió mucho y se congregaban grandes multitudes para oírlo y ser curados de sus enfermedades” (Lc 5,15). Aunque no todos seguirán a Jesús hasta el final, es evidente que muchos conservan su confianza en él hasta el punto de seguirle hasta Jerusalén y acompañar al grupo de mujeres que le dan sepultura tras su muerte. Simón de Cirene—un campesino—y José de Arimatea—un miembro del sanedrín que condenó a Jesús—representan este tipo de seguidores discretos y silenciosos que, sin duda, se sumaron al grupo de los primeros cristianos hasta constituir una minoría silenciosa en torno al grupo de los doce.

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Al pensar en el surgimiento del cristianismo no contamos con toda la evidencia científica que hoy gustan manejar historiadores, antropólogos y sociólogos de la religión. Pero lo que sí sabemos es que Jesús, desde el inicio de su vida hasta sus últimas apariciones como resucitado, provocó—como si de una reacción en cadena se tratase—profundas transformaciones personales. Es más, su presencia se extendió más allá de su vida histórica y ha seguido atrayendo y transformando a personas muy diferentes a lo largo de la historia. Quizás porque, como él mismo afirmó, “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Dos o tres. Con eso basta. Quizá sea ese el umbral, la cantidad mínima, la masa crítica necesaria para que se constituya la comunidad cristiana.

Jaime Tatay, SJ

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Bioacústica

“Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no la escucha”. Así se expresaba Víctor Hugo en pleno siglo XIX. El escritor francés, que escribía en sentido metafórico, no podía imaginar que pocos años después el ser humano aprendería a escuchar, en sentido literal, la naturaleza.

En efecto, en la década de 1920, el biólogo esloveno Iván Regen empezó a estudiar sistemáticamente los sonidos de los insectos y comprobó que podían escuchar y responder a señales acústicas. La nueva disciplina que nació con sus investigaciones recibiría el nombre de bio-acústica.

Aunque no se trata solo de insectos. Los murciélagos, los delfines, las ballenas y algunas aves son capaces también de comunicarse y conocer su entorno emitiendo sonidos. La eco-localización, en la que posteriormente se inspirará el sonar y el radar, permite a estos animales interpretar el eco que producen los objetos a su alrededor, al rebotar el sonido que ellos mismos emiten. De este modo, pueden desplazarse con seguridad en ambientes totalmente oscuros.

Por desgracia, la contaminación acústica provocada por la actividad humana está transformando el entorno sonoro de muchos animales, y por eso la bioacústica ha evolucionado hacia el estudio del impacto que el ruido tiene en los ecosistemas. 

Como el sonido se propaga por diversos medios —agua, aire, suelo— se requieren diversos equipos para su estudio: hidrófonos (para sonidos submarinos), ultrasonidos (para sonidos de altas frecuencias) y vibrómetros(para señales sustrato-aire).

Una vez recogida la información con estos instrumentos, los científicos utilizan ordenadores para almacenar y analizar las grabaciones. Un software especializado permite editar el sonido, así como describir y organizar las señales según su intensidad, frecuencia y duración. Las colecciones de estos sonidos, recogidas por los museos de historia natural y otras instituciones académicas, son hoy una herramienta clave para la investigación. 

En los últimos años, estas técnicas han mostrado que el ruido generado por los barcos, los aviones y los vehículos terrestres tienen graves efectos —en algunos casos letales— en la vida de muchos animales. Por ejemplo, la contaminación acústica provocada por los motores de los barcos puede causar daños auditivos, estrés e incluso la desorientación de algunas ballenas que quedan varadas en la playa hasta morir.

Otra aplicación interesante de la bioacústica es su capacidad para estimar la diversidad biológica (o bio-diversidad) de los ecosistemas de forma rápida, fácil y poco invasiva, es decir, sin necesidad de recolectar ejemplares de las diversas especies. Instalando micrófonos en un bosque o en un lago, se puede calcular el número de especies presentes, así como el estado de sus poblaciones.

Las nuevas técnicas desarrolladas en las últimas décadas permiten, por último, completar la información de la fotografía aérea y la teledetección. Con las imágenes de satélites, aviones y drones analizamos con precisión el estado de la vegetación o la pérdida de suelo; con los sonidos captados por las modernas técnicas bioacústicas evaluamos la dinámica de las poblaciones de mamíferos, aves, anfibios e insectos. Y al unir imagen y sonido, alcanzamos un conocimiento mucho más preciso del estado de conservación de la naturaleza.

La historia de la bioacústica puede ser aleccionadora en nuestra época porque, en un mundo ruidoso y saturado de imágenes como el nuestro, necesitamos hacer silencio y escuchar atentamente, como hizo Iván Regen.

El sonido complementa la imagen y viceversa. Pero no solo en el estudio del mundo natural, también en la experiencia humana. Ya lo intuyó San Agustín: “el oído ve a través del ojo, y el ojo escucha a través del oído”, afirmaba el obispo de Hipona. Ahora bien, tanto la mirada como la escucha requiere paciencia, atención y cuidado. Y eso es algo que nuestro tiempo no facilita.

Francisco, en su reciente encíclica Fratelli tutti (FT), nos ha advertido, como hizo ya Víctor Hugo, que “el mundo de hoy es en su mayoría un mundo sordo”. Y añade, explicando las causas: “A veces la velocidad del mundo moderno, lo frenético nos impide escuchar bien lo que dice otra persona. Y cuando está a la mitad de su diálogo, ya lo interrumpimos y le queremos contestar cuando todavía no terminó de decir. No hay que perder la capacidad de escucha” (FT 48).

Aunque la advertencia no es nueva, tiene precedentes en la tradición bíblica. Una de las principales plegarias de la religión judía insiste en la importancia de escuchar con atención: “Escucha Israel, el Señor es nuestro Señor, uno es el Señor” (Dt 6,4). Y el autor del salterio advirtió del peligro de un tipo particular de sordera que impide escuchar a Dios: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor” (Sal 94). El propio Jesús, más tarde, constatará con preocupación que, también en su tiempo, “por más que miran, no ven; por más que escuchan, no oyen” (Mt 13,13).

Hoy, Francisco nos recuerda que el ruido y la incapacidad de escuchar generan interferencias en todas nuestras relaciones, y nos invita, en continuidad con la tradición anterior, a prestar de nuevo atención. Frente al ruido ensordecedor que nos amenaza, nos propone imitar a Francisco de Asís, quien “escuchó la voz de Dios, escuchó la voz del pobre, escuchó la voz del enfermo, escuchó la voz de la naturaleza. Y todo eso lo transforma en un estilo de vida” (FT 48).

La escucha es un estilo de vida que requiere del hábito del silencio, del recogimiento y del análisis reposado de todo lo escuchado. El ruido, exterior e interior, es una amenaza de la que debemos protegernos. El ruido, que desorienta a las ballenas y confunde a los pájaros, impide también al ser humano escuchar la voz de la naturaleza, del enfermo, del pobre y de Dios.

Si conseguimos hacer silencio, entonces quizás podamos escuchar de nuevo la voz polifónica de la naturaleza y la música del Evangelio.

Jaime Tatay, SJ

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Anacronismos y herejías

Hace cinco siglos que sabemos que el sol no gira alrededor de la Tierra, sino justo al revés. Es nuestro planeta quien rota y orbita —siguiendo una trayectoria elíptica— en torno a la estrella que da nombre al sistema solar.

Sin embargo, el lenguaje coloquial, perezoso u obstinado, se resiste a reflejar lo que Copérnico, Kepler y Galileo demostraron. Por eso seguimos afirmando que el sol se levanta al amanecer y se pone al atardecer. Lo mismo sucede en otros idiomas, como el hoy todopoderoso inglés, que también habla del sunrise y el sunset, como si fuese el astro (the sun) quien estuviese en movimiento alrededor nuestro.

¿A qué se debe este anacronismo (o paracronismo, para ser más exactos) lingüístico? ¿A un mecanismo sicológico que se aferra a la intuición? ¿A un residuo histórico heredero del primer rechazo que la idea provocó? ¿A la simple pereza que resiste cualquier tipo de cambio? ¿O a un oculto lastre ideológico que se niega a aceptar la evidencia científica? 

Sea por la razón que sea, lo cierto es que desde el siglo XVI, cuando se formuló el modelo heliocéntrico como la forma más razonable y precisa de explicar lo que vemos en los cielos, el lenguaje—al contrario que la Tierra—no se ha movido.

Anacronismos hay muchos, por supuesto. Otro ámbito en el que la inercia histórica resulta también llamativa es el de la religión. A pesar de lo mucho reflexionado, discutido y escrito desde que los primeros cristianos transmitieran su experiencia espiritual, hemos heredado muchas expresiones que, con una pertinaz obstinación, se resisten a desaparecer del imaginario y del lenguaje de los creyentes: “Dios le ha castigado”; “Aquel sí que es un auténtico creyente”; “Ese se va a condenar”; “En el mundo hay gente buena y mala”—son tan solo algunas de ellas.

Estas expresiones bien merecen el nombre de herejías, porque entran en conflicto o contradicen abiertamente elementos centrales de la fe cristiana. Como sucede con la herejía científica del geocentrismo, se resisten a desaparecer. En particular, hay tres rémoras históricas sobre las que teólogos y pastores han llamado la atención: el gnosticismo, el pelagianismo y el maniqueísmo.

La primera de las herejías, el gnosticismo, es anterior al nacimiento de Jesús, pero recorre la historia de la Iglesia, llegando hasta nuestros días. Los gnósticos, como nos ha recordado el Papa Francisco, son aquellos que creen que con sus explicaciones “pueden hacer perfectamente comprensible toda la fe y todo el Evangelio. Absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan” (Gaudete et exultate 39). Esta es la principal tentación del teólogo.

Frente a ella, es bueno recodar con frecuencia que toda palabra y todo lenguaje—y no ya una simple expresión—se vuelve anacrónico y tramposo, dado que resulta limitado para poder hablar bien de Dios. “Si lo entiendes, no es Dios”, advertía San Agustín. “Nosotros llegamos a comprender muy pobremente la verdad que recibimos del Señor. Con mayor dificultad todavía logramos expresarla” (GE 43), alerta Francisco.

El problema del gnosticismo no es solo que nos hace pensar que hemos comprendido definitivamente. Nos lleva también a considerarnos mejores: más sabios, más capacitados, más lúcidos que los demás. Y esa tentación suele ir de la mano de la segunda de las herejías que percibimos a nuestro alrededor y en nuestro interior, la del pelagianismo, que es una especie de mutación del gnosticismo.

Los pelagianos son aquellos que, en lugar de poner su confianza en el conocimiento y la razón, como hacen los gnósticos, lo hacen en la voluntad y el esfuerzo personal. Estas dos actitudes son sin duda valiosas y deberíamos promoverlas y cuidarlas, pero no absolutizarlas. Porque ahí es cuando empieza el problema.

Un modo como esta forma (herética) de vivir la fe se expresa en el lenguaje cotidiano es cuando hablamos del logro, el éxito o el mérito aplicado a la vida religiosa. Entonces, empezamos a deslizarnos por la pendiente resbaladiza del pelagianismo, que a su vez nos conduce al tercero de los anacronismos teológicos mencionados: el maniqueísmo.

Los maniqueos—como los pelagianos y los gnósticos—tienden a dividir el mundo en dos grupos: buenos y malos, puros e impuros, creyentes e infieles, santos y pecadores. No hay espacios intermedios, matices, tonos, gradaciones o procesos. Sólo hay blancos y negros, ceros y unos, ellos y nosotros. 

La herejía del maniqueísmo se niega a aceptar que el sol brilla y la lluvia cae sobre todos. Se resiste a creer que, efectivamente, habrá un juicio, pero será solo Dios quien juzge. El maniqueísmo, tan presente en nuestra forma de pensar y en nuestro lenguaje cotidiano, se parece a una de esas bacterias capaces de plantar cara a los antibióticos de amplio espectro. Muchos creyentes siguen aferrados a una visión simplista, dicotómica y polarizada del mundo, a pesar de ser rechazada por la Biblia y la mejor tradición teológica.

Copérnico, Kepler y Galileo mostraron el error del geocentrismo, aunque su contribución, cinco siglos después, no se refleja todavía en el lenguaje corriente. También los Concilios, los papas y los teólogos han insistido, sin éxito, en la trampa tendida por gnósticos, pelagianos y maniqueos. En todos los casos, los anacronismos lingüísticos que escuchamos a diario ponen en evidencia que los cambios en el modo de pensar y hablar tardan siglos y, en no pocas ocasiones, hasta milenios para surtir efecto.

Quizá por ello Jesús, conocedor no sólo de la dureza del corazón humano, sino también de su limitado juicio, le dice a Pedro durante el lavatorio de los pies, con una mezcla de frustración y resignación: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde” (Jn 13,7). Poco después, le dice a Felipe: “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conoces?” (Jn 14,9).

Que Pedro y Felipe, igual que el resto de los apóstoles, fuesen tan lentos, tan torpes, tan incapaces de entender y conocer a Jesús nos ofrece un cierto consuelo. Que todavía, a estas alturas, afirmemos que el sol se levanta por la mañana y se pone por la tarde añade algo más de consuelo a nuestra estupidez colectiva. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, nos recuerda el refranero popular.

Ojalá podamos algún día dejar atrás tantos anacronismos y adoptemos, de una vez por todas, el heliocentrismo y el teocentrismo. Ojalá dejemos que la luz de Dios ilumine nuestras vidas.

Jaime Tatay, SJ

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Fronteras y ecotonos

Para los científicos, un ecotono es una zona de transición entre ecosistemas diferentes. Se trata de lugares donde se entrecruzan mundos biológicamente diversos, puntos de encuentro en los que tiene lugar una mezcla sorprendente de especies que no suelen verse juntas habitualmente.

Algunos de los ejemplos más característicos de ecotonos son el límite donde el bosque da paso al pastizal, al matorral o al roquedo; o la estrecha franja de exuberante vegetación que crece junto a los ríos y en los oasis; o la zona intermareal que pasa parte del día sumergida bajo las aguas de la marea alta, y otra parte del día expuesta al aire y el sol durante la marea baja.

En casi todos estos lugares se da una combinación atípica de formas de vida, convirtiéndose en lugares de gran diversidad biológica con un mayor “potencial evolutivo”. 

Percibir la sutil transformación de un hábitat y la riqueza asociada a ese cambio exige educar la atención y permanecer abierto a la novedad que emerge en los pequeños detalles. El carácter poroso, fluido y liminal de los ecotonos no es, sin embargo, exclusivo del mundo biológico.

En la historia de las sociedades humanas también han existido épocas de intenso intercambio cultural, a menudo en enclaves fronterizos o en la confluencia de grandes rutas comerciales. El mundo Maya, la Grecia clásica o el antiguo Egipto serían buenos ejemplos de esas épocas fecundas de intercambio cultural y florecimiento civilizatorio.

Nuestro mundo globalizado se caracteriza por una sorprendente interconectividad y por una gran diversidad de estilos de vida. Al mismo tiempo, paradójicamente, se percibe también una creciente homogeneización y una reafirmación identitaria que trata de resistir el peligro de la disolución cultural.

Aprender a transitar fronteras lingüísticas, exponerse a la diversidad religiosa y enriquecerse del intercambio con aquellos que son racialmente distintos no siempre es tarea sencilla. Por eso los espacios de encuentro cultural se perciben como oportunidad y como amenaza.

La riqueza de los ecotonos culturales requiere—como sucede con los biológicos—de una delicada sensibilidad para ser valorada y preservada.

En este sentido, tanto para cristianos como para creyentes de otras religiones, la vida de Jesús resulta de enorme interés, pues nos ayuda a navegar en una cultura plural como la actual. Al fin y al cabo, el Oriente Próximo del siglo I fue también un espacio de encuentro entre mundos muy diversos: el semita y el grecolatino; el asiático, el europeo y el africano; el monoteísta y el politeísta.

La propia vida de Jesús puede interpretarse, en este sentido, como un tránsito entre ecotonos étnicos, culturales y religiosos, como un cruce constante de fronteras simbolizado en los numerosos encuentros con los personajes que pueblan los evangelios.

Pero no es sólo la vida de Jesús la que ilumina la complejidad cultural de nuestra época, sirviendo de inspiración; la Biblia entera está llena de narraciones que expresan la fecundidad de los lugares fronterizos, de los ecotonos culturales y espirituales.

Los encuentros con la mujer del faraón, con Rut o con Job representan oportunidades privilegiadas de creatividad y fecundación del pensamiento teológico de Israel.

La mujer sirofenicia, el centurión romano o la samaritana simbolizan fronteras culturales similares, espacios de diálogo en los que se enriquece la experiencia espiritual del propio Jesús.

De modo análogo, podemos preguntarnos también por aquellos tiempos y espacios que conforman, en nuestras propias vidas, ecotonos, lugares de encuentro en los que se puede manifestar un nuevo modo de comprender el mundo y de percibir a Dios. Todos ellos pueden ser, potencialmente, momentos privilegiados de revelación.

Muchos de estos momentos vienen dados por las inevitables transiciones de la vida. Se trata de los grandes “portales de la trascendencia” o experiencias vitales que coinciden con el nacimiento, la muerte, el inicio de la vida laboral, la despedida de un ser querido, el paso al mundo adulto, el nacimiento de un hijo, etc. 

Otros muchos momentos, sin embargo, son más sutiles y pasan desapercibidos por su carácter cotidiano, exigiendo de una atención más cuidadosa para percibir su riqueza y su potencial transformador.

La vuelta de las vacaciones, el fin de semana, la finalización de una tarea, un viaje inesperado, un rato de oración, el duermevela, la lectura reposada de la Biblia, la contemplación de la naturaleza o el encuentro fortuito con un amigo pueden ser este tipo de momentos de revelación o comunicación interior. 

En estos tiempos y lugares liminales se revela Dios, y en ocasiones de forma tan sorprendente como en las grandes transiciones vitales. Todos estos momentos—grandes y pequeños, extraordinarios y cotidianos—son ecotonos existenciales con un gran potencial espiritual. 

La vuelta del verano y el consiguiente regreso al trabajo, a la universidad o al colegio es ciertamente uno de los ecotonos más importantes del año, un momento en el que transitamos en muy breve espacio de tiempo del descanso y el ocio veraniego a la disciplina y la monotonía del trabajo, de la lógica de la fiesta a la lógica de la productividad, de la lógica de la gratuidad a la lógica del cálculo. 

Los ecotonos, nos dicen los biólogos, son lugares biodiversos y con un gran potencial evolutivo. Las pequeñas transiciones vitales, afirman los sicólogos, son oportunidades únicas para la transformación personal y el cambio de hábitos. Los teólogos, por su parte, pueden profundizar ambas afirmaciones, trasladándolas a un plano distinto: el del encuentro con Dios.

La fe cristiana invita a convertir las transiciones vitales en oportunidades para prestar atención y percibir la riqueza, la diversidad y la sutil presencia de Dios a nuestro alrededor.

Hagamos de todas esas fronteras, de esos ecotonos existenciales, un lugar de evolución y enriquecimiento espiritual.

Jaime Tatay, SJ

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Declaración de interdependencia

A lo largo de la historia, multitud de pueblos han logrado la independencia ejerciendo el hoy denominado derecho a la autodeterminación. De forma pacífica o por la fuerza de las armas, los nuevos Estados-nación de las Américas se libraron del yugo colonial europeo durante los siglos XVIII y XIX. En el siglo XX, el fin del colonialismo en África y Asia, la desmembración de Yugoslavia y la descomposición de la URSS hicieron posible la aparición de numerosos países, muchos de ellos con fronteras trazadas por las antiguas metrópolis.

Junto a esta dinámica centrífuga y desmembradora, se han realizado también intentos de reagrupación o establecimiento de alianzas. El caso de la Unión Europea ha sido sin duda el más exitoso, aunque muchas otras regiones del mundo también se han planteado la posibilidad de establecer lazos políticos, militares o comerciales más estrechos.

Los países, como los planetas o los objetos imantados, están sometidos a fuerzas de atracción y repulsión, a dinámicas centrífugas y centrípetas. A periodos coloniales o imperiales suceden épocas de fragmentación y aislamiento. A las declaraciones de independencia les siguen deseos de reunificación.

En los últimos años, de forma paradójica, las dos fuerzas que operan en la historia de los pueblos siguen más activas que nunca. Por un lado, se exaltan de nuevo los nacionalismos de todo cuño. Por otro, se toma dramática conciencia de la creciente interdependencia comercial, digital y biofísica de nuestro único hogar planetario.

Las migraciones, los flujos migratorios, las crisis financieras, las pandemias, las guerras comerciales, el ciberterrorismo o el calentamiento global son algunos de los fenómenos más característicos de la globalización y, también, los signos más evidentes de nuestra profunda interdependencia.

Podemos tratar, ingenuamente, de vivir en la ilusión de la autonomía y la independencia—sea esta del tipo que sea: intelectual, individual, social, cultural, económica o política—sin embargo, la tozuda realidad nos recuerda de una y mil maneras que habitamos un único planeta y formamos parte de una compleja red de relaciones vitales, de la que dependemos radicalmente para sobrevivir.

Francisco nos lo ha recordado: “la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra” (Laudato si’ 66).

Esta declaración de interdependencia no significa que tengamos que renunciar a las metas alcanzadas con sangre, sudor y lágrimas a lo largo de las diversas revoluciones modernas—la emancipación de la razón, la libertad individual o el derecho a la autodeterminación son algunas de las más preciosas—pero sí puede hacernos más lúcidos para reconocer que las sucesivas generaciones de derechos humanos que invocamos con frecuencia se sostienen en un bien mucho mayor: el bien común que posibilita precisamente cualquier ejercicio de libertad y autonomía.

Dicho de otro modo, toda pretensión de independencia debería ir siempre precedida de un sincero reconocimiento de nuestras múltiples dependencias.

El pensamiento social cristiano, en su crítica al liberalismo y al comunismo—y a su respectiva exaltación radical del individuo y de la colectividad—ha elaborado una interesante reflexión que resulta de gran utilidad para pensar bien las acuciantes cuestiones que hoy enfrentamos.

Los cristianos, al hablar del bien común, la solidaridad y la subsidiaridad, ofrecemos no sólo ideas, sino también herramientas valiosas para resolver la tensión generada por las fuerzas centrífugas y centrípetas que percibimos a nuestro alrededor y en nuestro interior. Son ideas y herramientas que nos pueden ayudar a vivir la interdependencia sin renunciar a la autonomía.

Aceptar la existencia de un bien común al que se subordina el bien individual, reivindicar el imperativo ético y político de la solidaridad junto al interés particular, y construir una sociedad basada en el respeto a los diversos niveles de decisión (subsidiariedad) pone en el centro una necesaria y lúcida conciencia de interdependencia. Para un cristiano, el mejor ejemplo de esta conciencia es la propia vida de Jesús. 

Jesús no habló del bien común—un término que los griegos ya utilizaban por aquel entonces—pero sí de un Reino que crece silenciosamente y hace posible la justicia, la paz, la vida y el amor. Tampoco usó la palabra solidaridad, pero insistió en todo momento en la importancia de la comunidad y en el apoyo al débil, al enfermo y al pecador. Y, por supuesto, no hizo nunca referencia a la subsidiariedad, aunque delegó en los discípulos la misión y distinguió entre aquello que corresponde a Dios y al César.

El pasaje del evangelio que mejor expresa su clara conciencia de interdependencia es el relato de las tentaciones. En aquella ocasión, al rechazar las sucesivas ofertas de Satanás, Jesús dijo alto y claro que necesitaba de otros para instaurar su Reino, que aquello sería un proceso lento y que implicaría obedecer siempre la voluntad de quien le envió.

Las tentaciones no son más que una invitación insistente y persuasiva para caer en una trampa. La trampa de la falsa autonomía. El poder y el éxito aparecen como las principales ofertas de aquel sobrecogedor diálogo, aunque ambas esconden una oferta mayor, aquella que el corazón humano anhela con todas sus fuerzas, la autonomía. 

De este modo, la probación del desierto se presenta como la respuesta alternativa a una tentación similar, la que Adán y Eva enfrentaron en el jardín de Edén. La pareja originaria, a diferencia de Jesús, no fue capaz de desenmascarar la trampa y cayó presa de un espejismo. Fruto de aquella decisión, “la armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas” (Laudato si’ 66).

Porque la invitación al conocimiento del bien y el mal esconde la seductora oferta de la independencia, el espejismo de la autonomía, el rechazo a reconocer en Dios la fuente última de vida y sentido. “Seréis como dioses”, afirmó la serpiente; “seréis absolutamente autónomos e independientes”, podríamos traducir hoy.

No caigamos en la tentación. No nos dejemos seducir por falsos espejismos. Hagamos pública nuestra declaración de interdependencia.

Jaime Tatay, SJ  

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